martes, 15 de enero de 2008

Patriotismo a distancia

Os pongo en antecedentes.
Según consta en algunos medios, el embajador de Ecuador ha solicitado una reunión con el ministro Rubalcaba para que explique las circunstancias de la muerte de un ecuatoriano el pasado 3 de enero en la localidad madrileña de Colmenar Viejo.
La víctima, Stopper Pinto, fue detenido por la Guardia Civil por conducir sin documentación, y según el informe de la benemérita presentaba además signos evidentes de embriaguez. Las autoridades afirman que, en el momento de proceder a efectuarle el correspondiente test de alcoholemia, el hombre comenzó a sentirse mal y a manifestar los síntomas típicos de un infarto. Fue entonces trasladado al servicio de urgencias del centro de salud Colmenar Viejo Sur, donde al parecer falleció de una parada cardio-respiratoria.
La familia del finado, sin embargo, sostiene que pudo sufrir malos tratos por parte de los agentes, a pesar de que su novia había revelado que Stopper padecía un tumor y que eso le había provocado malestar ya en los últimos días.
En fin, se ha abierto una investigación para esclarecer los hechos, y supongo que en su día se sabrá la verdad, o, al menos, la “versión oficial”.
Pero hoy no voy a hablaros exactamente de eso. No de xenofobia, ni de abuso de autoridad, ni de malos tratos. No exactamente.
Lo que he pensado al leer esta noticia es que somos más importantes para nuestro país cuando estamos fuera de él que cuando vivimos en el mismo. Es raro, ¿verdad?
Fijaos que mientras vivimos aquí pagamos impuestos, utilizamos (o sufrimos) los servicios autóctonos, se supone que estamos amparados por leyes que nos protegen y que velan por nuestros derechos.
Pues bien, si por desgracia somos víctimas de algún abuso o delito mientras pisamos suelo patrio, no me imagino yo a ninguna autoridad competente poniendo el grito en el cielo y preocupándose con semejante empeño y concreción por un simple ciudadano, por un currante del montón, por alguien que no sea un alto cargo o un personaje famoso.
Quizá lo primero que deberían pensar esas autoridades que claman al cielo cuando uno de sus súbditos sufre a miles de kilómetros de distancia es si la razón por la que la gente abandona sus países tiene que ver precisamente con la desprotección y la falta de sensibilidad que sus propios gobiernos les han demostrado. Y esto vale para todos, que conste (creo que ya he comentado aquí lo cretinos que se vuelven algunos españoles cuando viajan al extranjero y pretenden erigirse en embajadores campechanos de lo ibérico).
Cualquiera diría que esta especie de conciencia proteccionista institucional inclina la balanza a favor de de la xenofobia, aunque su razón de ser aluda precisamente a la condena de la misma. Porque, no nos engañemos: un inmigrante y un emigrante son exactamente la misma cosa. Sólo les diferencia el itinerario seguido desde su origen hasta su destino. Sin embargo, la solidaridad se nos va con el nativo que cruza la frontera, y se la negamos casi por sistema tanto al paisano que se queda como al forastero que nos visita.

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