viernes, 18 de enero de 2008

Nominados

Por razones que espero poder explicaros en breve, durante los primeros meses del pasado año hice un pequeño estudio acerca de determinados programas de la televisión, concretamente los que se conocen como espacios de telerrealidad o reality shows.
De aquel simple muestreo pude extraer un puñado de conclusiones bastante interesantes, las cuales, lejos de alumbrar el pensamiento profundo o de desvelar incógnitas de hondo calado científico o intelectual, revelaban sin embargo curiosos detalles acerca de nuestro comportamiento y de la forma de ser de los individuos de nuestro tiempo.
Por ejemplo, es significativo (para mal, claro) que en todos esos programas que presuntamente basan su filosofía en la convivencia y la interrelación se confunda habitualmente “falso” con educado y “auténtico” con borde. Bueno, supongo que el motivo no es la confusión. Imagino que quienes tildan así a sus compañeros y contrincantes de concurso están convencidos realmente de que alguien que da siempre los buenos días y que huye de absurdos conflictos cotidianos para mantener la calma y el buen rollo en un contexto de convivencia forzada es necesariamente un hipócrita, en lugar de una persona cabal y de modales exquisitos. Del mismo modo, aquellos que aman la gresca y el escándalo sin importarles si ofenden o molestan a sus vecinos, o si están siendo filmados por decenas de cámaras, son normalmente bautizados con sincera admiración por sus rivales como “tíos legales que van de cara”, o algo por el estilo.
Otra de las cosas que más llamó mi atención de estos concursos es que todos ellos, excepto uno (y puedo aseguraros que conté, al menos, seis programas diferentes de sendas cadenas públicas y privadas) basaban el sistema de votación en la eliminación o el descarte, y no en la elección de favoritos.
Es decir, el público manda, es el soberano (presuntamente), la gente vota por teléfono o enviando un mensaje SMS, pero el voto no va dirigido a su ídolo, sino a aquél o a aquélla que peor le cae. Puede parecer una chorrada, un detalle nimio, pero yo creo que este sistema perverso de votación dice mucho de la naturaleza dudosa de la mayoría de estos programas (la excepción a la que he aludido antes es Operación Triunfo, donde el público vota a favor de su cantante preferido y no para eliminar a los demás. Habría mucho que decir sobre el resto de particularidades de esta especie de karaoke verbenero disfrazado de academia, pero hoy toca hablar de lo que toca, y en eso, como suele decirse, al César lo que es del César).
También me choca que a los concursantes propuestos para su eliminación no se les denomine “condenados” o “defenestrados”, sino, qué cosas, “nominados”. Hasta hace poco, la condición de nominado se asociaba con los aspirantes a premios como el Nobel o los Oscar de Hollywood, pero cualquiera que ose hoy en día utilizar dicha expresión provocará aunque no quiera una connotación negativa (por si esto fuera poco, el término “nominado” ni siquiera está aceptado aún por la Real Academia).
Hoy he recordado esto a raíz de la “Gallardonitis” galopante que están sufriendo en los últimos días nuestros medios de comunicación (no se habla de otra cosa; empieza a aburrirme seriamente). Para empezar, me imagino a Rajoy, Aguirre y compañía tecleando como posesos en sus teléfonos móviles el mensaje “VOTA (espacio) GALLARDÓN” para que el alcalde madrileño fuera expulsado del reality show conocido como Campaña Electoral o Carrera hacia La Moncloa.
Por otra parte, he pensado que si el sistema de voto para las elecciones generales se estableciera con los mismos criterios que rigen los concursos de telerrealidad, es más que probable que desapareciera la abstención o, como mínimo, que el porcentaje de participación en las urnas se elevara considerablemente.
Imaginad por un momento que el sobre que introducimos en la urna contuviera el nombre del partido que nunca jamás quisiéramos ver gobernando. Llamadme loco, pero os apuesto lo que queráis a que votaría mucha más gente. Palabra de peatón.

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