miércoles, 23 de enero de 2008

La edad de la inocencia

No sé si los demás seguiréis las noticias sobre accidentes de tráfico del mismo modo en que yo lo hago. Puede que la carencia de automóvil y de permiso de conducir me haga interpretar las cosas de otra manera.
El caso es que suelo tener muy en cuenta un detalle como el de la edad de las personas implicadas en los accidentes, un dato que los informativos nunca escatiman y que, aparte del componente morboso que en ocasiones no niego que pueda encerrar, debería ser igualmente una llamada de atención a nuestra conciencia.
Conductores o peatones, todos somos conscientes de que los tristes protagonistas de la crónica negra de tráfico suelen ser los más jóvenes.
Es muy sencillo (aunque duela) echarle toda la culpa al alcohol, a las drogas o a cualquier hábito o vicio asociado al ocio juvenil nocturno.
Al margen de esto, y aun sabiendo que a muchos os parecerá una opinión controvertida o incluso retrógrada, creo que debería retrasarse la edad para obtener el carnet de conducir, estipulada actualmente en los 18 años.
Ya sé que hace no mucho se propuso al Congreso precisamente lo contrario. Alguien sugirió adelantar dicha edad y establecerla en los 16 años, como ocurre en los Estados Unidos. Una locura.
Me parece a mí que las cifras de siniestralidad revelan que ni siquiera los chavales de 18 ó 20 años parecen ser lo suficientemente maduros como para asumir los riesgos que implica hacer el cretino mientras se conduce el coche (no digo yo que esa gilipollez no pueda ser hereditaria; sólo hay que ver cuánto energúmeno de 40 ó 50 años circula también por ahí).
Evidentemente, como todo en esta vida, lo que hay detrás de las estadísticas no es sólo la conciencia ciudadana, sino, sobre todo, la economía. Un negocio tan lucrativo como el de la industria automovilística (súmensele todas las derivaciones y conexiones pertinentes) nunca va a pisar el freno (perdón por el símil facilón) porque cada fin de semana unos cuantos jovenzuelos elijan el otro barrio como final de trayecto.
Así que seguiremos como hasta ahora. Continuaremos adorando a nuestro coche y pidiendo que los adolescentes puedan conducir.
Sin embargo, algo como el sexo, que sí es inherente a la juventud, a la plenitud orgánica, a la edad de la experimentación y los descubrimientos... ¡Ah, no!, amigos míos, el sexo seguirá siendo el tabú de los tabúes, el demonio mismo, vade retro.
No pocos se escandalizan todavía cuando descubren que la edad de pérdida de la virginidad se va situando cada vez más pronto. En algunos países está en los 16 ó 17 años (para los más prejuiciosos, aclaro que son datos referentes a países de la Europa occidental, y no a los rincones más pobres de Sudamérica o África).
Los de mi quinta recordaréis una canción que hizo furor en su época y que decía: “Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000”. Incómodo, sin duda; y hasta un pelín casposo, me atrevería a añadir. Pero entre hacer el amor en un utilitario cutre o convertirse en puré a bordo de un superbólido, ya me diréis.

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