domingo, 15 de junio de 2008

Fantasía no es imaginación

Ayer mantuve con una amiga un interesante debate acerca de lo sobrevalorado que está, en mi opinión, el concepto “fantasía sexual”.
Concretamente, abordábamos el espinoso asunto de cómo evitar la monotonía en nuestras relaciones domésticas, en el día a día de una pareja cualquiera.
Estoy convencido de que casi todo el mundo reconoce que el lugar más cómodo para practicar el sexo es la cama, pero a menudo nos sentimos obligados a responder, en el caso de que nos pregunten sobre nuestras preferencias, que lo más emocionante y placentero es hacerlo en la sección de congelados del supermercado, en un probador de Zara o en el sarcófago de una momia del museo de arte egipcio.
De acuerdo que la imaginación es una baza ganadora en las artes amatorias, si bien a veces su función es más la de ponernos a tono, la de provocarnos la excitación, la de agitar la libido y revolver los apetitos morbosos, y no exactamente la de obligarnos a escenificar un teatrillo picante al estilo del legendario Molino Rojo.
No hablo de un coito que se consuma en el lugar más insospechado debido a una espontánea incontinencia. Me refiero a la fantasía prefabricada y a la excentricidad premeditada.
Esto vino al caso porque mi amiga me confesó que una vez estuvo a punto de hacérselo con su novio en el váter del TALGO, y yo, que os puedo asegurar que conozco con minuciosidad casi pericial las prestaciones de nuestra red ferroviaria de largo recorrido, supe antes de que acabara de contarme su anécdota que aquel amago de polvo habría terminado por fuerza en un interruptus.
Los servicios del tren son incómodos y estrechos, y su exiguo espacio apenas concede la debida comodidad para los menesteres que le son propios.
Yo le dije a mi amiga que ese tipo de cosas no se hacen por el placer físico consecuente de toda relación sexual, sino por el placer posterior de su relato, porque siempre queda bien presumir de audacia en esas lides, porque queda mojigato y aburrido decir que sólo lo hacemos en el catre, porque nunca se sabe si nos vendrá bien una anécdota así para salir airosos en una reunión de amigos o colegas (al fin y al cabo, me estaba relatando los detalles de un polvo frustrado, algo que nadie osaría contar si no fuera porque lo atrevido del escenario elegido —que no improvisado— lo compensa).
Llegados a este punto sin un acuerdo, nos dimos cuenta de que tal vez ocurría, sencillamente, que no hablábamos de lo mismo. Y así era.
Ella hablaba de “fantasía” y yo de “imaginación”. Son dos términos éstos que coinciden en numerosas localizaciones de su campo semántico, pero que, igualmente y como todas las palabras de nuestro vocabulario, sinónimas o no, poseen sus propios matices que las hacen únicas.
Dicha confusión es también bastante común cuando se habla de arte. A menudo se tilda de imaginativa a una obra por el sólo hecho de pertenecer al género fantástico. Hoy por hoy circulan decenas de novelas y películas cuya acción transcurre en mundos imaginarios paralelos a éste, epopeyas que narran la eterna batalla entre el bien y el mal en reinos que mezclan lo medieval con lo mitológico, habitados por guerreros valientes, encantadoras princesas, magos, brujos, monstruos infernales, animales mutantes, criaturas híbridas de cualquier especie, árboles sabios, insectos gigantes, qué sé yo… Todas estas historias, es a lo que voy, forman parte de la narrativa fantástica, pero eso no significa necesariamente que sus autores hayan exprimido su imaginación para crearlas. Gran parte de ellos se han limitado a copiar los cuatro o cinco elementos clave de las más antiguas y genuinas, y los han reproducido con escasas variaciones, sabiendo que, cuando algo se pone de moda, la rentabilidad pasa por ser el más rápido, y no precisamente el más creativo.
Pues eso mismo nos pasa con nuestras fantasías sexuales. Si una escena tórrida surge como consecuencia de una provocación no calculada, seguro que la experiencia merecerá la pena, aunque su consumación no alcance una nota muy alta. Pero si, por el deseo superfluo de ser original o por la arrogante bobada de querer presumir ante los amigos, forzamos el coito sobre la pila de los cacharros de fregar o la fotocopiadora de la oficina (para terminar además con la crónica de un gatillazo anunciado o con los riñones destrozados), en fin, habiendo sofás, camas, alfombras y otras superficies mullidas, qué queréis que os diga.
Aclaro, por si acaso, que tanto a mi amiga como a mí hace años que se nos pasó la edad de vivir en casa de los padres y tener que darnos el filete en las butacas del cine o en el asiento trasero del coche prestado por un amigo.
A pesar de todo, ella sigue afirmando divertirse más si busca localizaciones exóticas para sus relaciones íntimas. Y digo yo, ¿no será que necesita adornar sus crónicas para disimular la insulsa realidad? Otro día se lo pregunto.

2 comentarios:

Las3Musas dijo...

Yo estuve muchos años disfrutando de lo cotidiano. Mis fantasías por suerte no han tenido mucho que enviadiarle... creo que lo exótico, al igual que la belleza, está en la cabeza, no en el baño de un tren

;)
musa

El último peatón dijo...

Así lo veo yo. Creo que los arquetipos, tanto si proceden de la publicidad como del cine porno, le quitan autenticidad al verdadero placer.

Felices fantasías. :)