martes, 29 de enero de 2008

El respeto al gusto ajeno

Hay una diferencia importante entre afirmar que una película no nos gusta y decir que es “mala”.
Esta última fórmula es, curiosamente, la más empleada por la gente, supongo que porque nos otorga una posición de mayor fuerza a la hora de defender nuestro argumento, o bien porque nos hace parecer más entendidos, o sencillamente porque en el fondo disfrutamos más opinando negativamente que positivamente sobre lo que sea (esto vale para el cine, la política, el fútbol o el trabajo).
Me parece perfecto que todo el mundo pueda expresar libremente sus gustos. Cualquiera tiene derecho a decir que algo no le gusta aunque esa obra sea venerada por el resto de la Humanidad. Sin embargo, creo que para permitirse calificar de “mala” a una película se requiere un mínimo conocimiento del tema.
Estoy harto de escuchar el dichoso latiguillo a personas que han ido al cine cuatro veces en su vida, y por ahí no paso.
No se trata de querer imponer mis gustos, huelga decirlo. Lo que sí censuro es que se falte al respeto a las demás personas a quienes les gusta la película, la canción o la novela en cuestión. No cuesta nada decir “Esto no me gusta” sin necesidad de recrearse en muletillas despectivas del estilo de “Qué malo es” o “Vaya puta mierda”, que son, por desgracia, las más habituales.
Si lo aplicamos al terreno de la gastronomía se ve más fácilmente. Imaginaos que estáis comiendo vuestro plato favorito, y que ese alimento en concreto no le gusta al comensal que tenéis sentado enfrente. Pues bien, ¿cómo os sentaría que el tipo empezara a hacer muecas de asco y a exclamar “¡Vaya mierda de comida, qué asquerosidad, me dan ganas de vomitar!”?
Creo que, de igual manera, no deberíamos despreciar tan vehementemente un libro o una película que no nos gusta delante de los demás. Primero, por simple educación. Segundo, porque los demás tienen derecho a no compartir sus gustos con los nuestros. Y tercero, porque esa manera categórica y agresiva de denostar una obra provoca una situación irremediablemente incómoda. Yo la he vivido en innumerables ocasiones, y sé de lo que hablo.
Decenas de veces ha salido a colación el título de una película en el transcurso de una conversación y, antes de que los presentes pudiéramos dar nuestra opinión, alguien se ha despachado con un “Vaya puto coñazo de mierda”, o “Es malísima, para tontos”, o “Menuda gilipollez de película”, y entonces ha anulado cualquier posibilidad de defender lo contrario sin riesgo de iniciar una acalorada discusión. Es más, si se intenta contrarrestar el comentario de marras de forma educada y tranquila, parecerá que es uno el que quiere provocar la situación incómoda y dejar al bravucón en evidencia (lo mismo que cuando alguien afirma con rotundidad algo como: “Los funcionarios son unos vagos mantenidos”, y otra persona le responde a continuación, con serenidad y casi con miedo: “Mi padre es funcionario”. Pensad en cuál de los dos se sentirá más incómodo).
En el encabezamiento de este blog podéis leer que “El diálogo sin discrepancia es muy aburrido”. Desde luego que mantengo dicha máxima, pero parece ser que hay quien confunde discrepancia con bronca, con radicalismo. O tal vez sólo utilicen su reaccionario sentido crítico para defenderse de su ignorancia.
Hace unos meses vi una intervención del director Fernando Trueba en un programa de televisión donde se discutía (civilizadamente, por supuesto) sobre la situación actual del cine español. De entrada, mi opinión estaba más del lado de los que sostenían que la producción cinematográfica nacional estaba aún a años luz de las de otros países como el Reino Unido, Francia, o no digamos ya de la industria norteamericana. Eso no quiere decir que aquí no haya buenos profesionales ni creadores con talento, que los hay, pero parece que sólo existan dos posibles posturas a adoptar: la de arrogante superioridad o la de víctima (unos hacen anuncios un tanto grotescos tratando de ridiculizar el cine americano y otros se pasan la vida llorando por las propinas gubernamentales). En fin, el programa proponía también una encuesta entre los espectadores (que debían contestar enviando un SMS), y la pregunta era “¿Debería recibir más subvenciones estatales el cine español?”. El resultado fue aplastantemente mayoritario a favor del NO. Pues bien, a pesar de que dicho resultado se ajustaba más o menos a lo que yo mismo pensaba, y mientras los invitados defensores del NO se regodeaban en sus asientos de tertulianos, Trueba salió del trance con una reflexión que no sólo era defensiva, sino también enormemente acertada: “Es normal que salga el NO”, y añadió: “A estas cosas sólo llaman los que están en contra”.
Absolutamente cierto. Comparto plenamente la apreciación de Trueba, aunque aquel día no pensara lo mismo sobre otros asuntos puestos a debate.
Igual que os comentaba hace unos días en referencia a las votaciones de los concursos de telerrealidad, está claro que nos va la marcha, y que nos motiva mucho más el voto destructivo y censor que el afirmativo y de apoyo.
Quizá por eso se ve a tan poca gente defender apasionadamente sus películas favoritas y, sin embargo, no paro de toparme con individuos que, haciendo gala de pésimos modales (y a veces de un escandaloso desconocimiento de la materia), me insultan (explícita o implícitamente, tanto da) dando por hecho que sus juicios airados e irrespetuosos son la verdad absoluta e incuestionable.
Una pena.

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