miércoles, 30 de enero de 2008

Lo siento, pero no

Sabéis que soy el primero en utilizar esta página para aportar mi granito de arena contra la intolerancia, contra el pensamiento reaccionario, ultraconservador, radical, neofascista, y el etcétera que proceda.
Esto hace que generalmente las críticas vayan a parar al costado que está más a la derecha del mundo de las ideas y las ideologías. Pero eso no quiere decir que la coartada de ser presuntamente de izquierdas lo justifique todo. Lo siento, pero no.
Por eso hoy quiero hablaros del informativo (es un decir) que presenta Iñaki Gabilondo en la cadena Cuatro.
Hace bastante tiempo que no soy precisamente un consumidor fiel de telediarios, y suelo verlos sin disciplina de horarios ni de cadenas.
En términos puramente periodísticos, el informativo nocturno de Gabilondo no se diferencia del de Sánchez Dragó ni del que en su día le reprochamos con uñas y dientes a Urdaci.
Es un noticiario “de autor” (o más bien de “la voz de su amo”), con todo lo que ello conlleva de arriesgado cuando se trata de un programa informativo.
Anoche arrancó con un editorial de viva voz en el que Gabilondo no informaba, sino que opinaba e interpretaba, censuraba y acusaba. Cargaba las tintas (los fonemas, para ser más exactos) contra Esperanza Aguirre y “su séquito” (lo entrecomillo porque lo dijo literalmente así), criticándoles por no haber rectificado públicamente tras conocerse la sentencia favorable para los médicos del Hospital Severo Ochoa de Leganés, expedientados en su día por la Comunidad de Madrid a causa de un presunto delito de negligencia que, finalmente, la justicia ha negado.
Pues bien, en realidad yo estaba de acuerdo con Gabilondo, pero creo que su papel no es el de revelar dicha opinión, sino el de mostrar los hechos para que nosotros, los espectadores, nos formemos la nuestra.
Para remate, su siguiente comentario giraba en torno a los célebres 400 euros de Zapatero, y entonces, preso de un ataque repentino de ortodoxia, o bien de los efectos retardados de un Lexatin, Gabilondo se amansó y jugó a ser realmente un informador, el típico busto parlante que recita de carrerilla mientras lee en el telepronter.
No voy a entrar a valorar la profesionalidad de Gabilondo frente a Urdaci, Buruaga, Pellicer, Matías Prats o Lorenzo Milá. Además, creo que en el fondo al público le importa más el partido político con el que simpaticen los presentadores que su verdadera valía o destreza ante las cámaras. Estoy seguro de que en cada hogar se elige el telediario que mejor se entiende con la papeleta que cada cuatro años se deposita en la urna. A estas alturas, que nadie quiera convencerme de lo contrario.
Ahora bien, lo peor del informativo de Cuatro no es que sea ideológicamente subjetivo (todos lo son), sino que es descaradamente partidista. Es proselitista y tendencioso. Aunque sea de izquierdas (en este caso, es lo de menos).
Tal vez me equivoque, pero a veces parece que aún no hayamos superado las reminiscencias del franquismo, y cualquier comentario de desaprobación hacia algo o alguien de la izquierda le coloque a uno el cartel de sospechoso y pierda la presunción de inocencia liberal o progresista. Lamentablemente, a veces da la impresión de que nosotros mismos hemos caído en la trampa reduccionista de los políticos y pensamos que no existen más alternativas de opinión que las patrocinadas por el PSOE o el PP.
Pues lo siento, pero no.

martes, 29 de enero de 2008

El respeto al gusto ajeno

Hay una diferencia importante entre afirmar que una película no nos gusta y decir que es “mala”.
Esta última fórmula es, curiosamente, la más empleada por la gente, supongo que porque nos otorga una posición de mayor fuerza a la hora de defender nuestro argumento, o bien porque nos hace parecer más entendidos, o sencillamente porque en el fondo disfrutamos más opinando negativamente que positivamente sobre lo que sea (esto vale para el cine, la política, el fútbol o el trabajo).
Me parece perfecto que todo el mundo pueda expresar libremente sus gustos. Cualquiera tiene derecho a decir que algo no le gusta aunque esa obra sea venerada por el resto de la Humanidad. Sin embargo, creo que para permitirse calificar de “mala” a una película se requiere un mínimo conocimiento del tema.
Estoy harto de escuchar el dichoso latiguillo a personas que han ido al cine cuatro veces en su vida, y por ahí no paso.
No se trata de querer imponer mis gustos, huelga decirlo. Lo que sí censuro es que se falte al respeto a las demás personas a quienes les gusta la película, la canción o la novela en cuestión. No cuesta nada decir “Esto no me gusta” sin necesidad de recrearse en muletillas despectivas del estilo de “Qué malo es” o “Vaya puta mierda”, que son, por desgracia, las más habituales.
Si lo aplicamos al terreno de la gastronomía se ve más fácilmente. Imaginaos que estáis comiendo vuestro plato favorito, y que ese alimento en concreto no le gusta al comensal que tenéis sentado enfrente. Pues bien, ¿cómo os sentaría que el tipo empezara a hacer muecas de asco y a exclamar “¡Vaya mierda de comida, qué asquerosidad, me dan ganas de vomitar!”?
Creo que, de igual manera, no deberíamos despreciar tan vehementemente un libro o una película que no nos gusta delante de los demás. Primero, por simple educación. Segundo, porque los demás tienen derecho a no compartir sus gustos con los nuestros. Y tercero, porque esa manera categórica y agresiva de denostar una obra provoca una situación irremediablemente incómoda. Yo la he vivido en innumerables ocasiones, y sé de lo que hablo.
Decenas de veces ha salido a colación el título de una película en el transcurso de una conversación y, antes de que los presentes pudiéramos dar nuestra opinión, alguien se ha despachado con un “Vaya puto coñazo de mierda”, o “Es malísima, para tontos”, o “Menuda gilipollez de película”, y entonces ha anulado cualquier posibilidad de defender lo contrario sin riesgo de iniciar una acalorada discusión. Es más, si se intenta contrarrestar el comentario de marras de forma educada y tranquila, parecerá que es uno el que quiere provocar la situación incómoda y dejar al bravucón en evidencia (lo mismo que cuando alguien afirma con rotundidad algo como: “Los funcionarios son unos vagos mantenidos”, y otra persona le responde a continuación, con serenidad y casi con miedo: “Mi padre es funcionario”. Pensad en cuál de los dos se sentirá más incómodo).
En el encabezamiento de este blog podéis leer que “El diálogo sin discrepancia es muy aburrido”. Desde luego que mantengo dicha máxima, pero parece ser que hay quien confunde discrepancia con bronca, con radicalismo. O tal vez sólo utilicen su reaccionario sentido crítico para defenderse de su ignorancia.
Hace unos meses vi una intervención del director Fernando Trueba en un programa de televisión donde se discutía (civilizadamente, por supuesto) sobre la situación actual del cine español. De entrada, mi opinión estaba más del lado de los que sostenían que la producción cinematográfica nacional estaba aún a años luz de las de otros países como el Reino Unido, Francia, o no digamos ya de la industria norteamericana. Eso no quiere decir que aquí no haya buenos profesionales ni creadores con talento, que los hay, pero parece que sólo existan dos posibles posturas a adoptar: la de arrogante superioridad o la de víctima (unos hacen anuncios un tanto grotescos tratando de ridiculizar el cine americano y otros se pasan la vida llorando por las propinas gubernamentales). En fin, el programa proponía también una encuesta entre los espectadores (que debían contestar enviando un SMS), y la pregunta era “¿Debería recibir más subvenciones estatales el cine español?”. El resultado fue aplastantemente mayoritario a favor del NO. Pues bien, a pesar de que dicho resultado se ajustaba más o menos a lo que yo mismo pensaba, y mientras los invitados defensores del NO se regodeaban en sus asientos de tertulianos, Trueba salió del trance con una reflexión que no sólo era defensiva, sino también enormemente acertada: “Es normal que salga el NO”, y añadió: “A estas cosas sólo llaman los que están en contra”.
Absolutamente cierto. Comparto plenamente la apreciación de Trueba, aunque aquel día no pensara lo mismo sobre otros asuntos puestos a debate.
Igual que os comentaba hace unos días en referencia a las votaciones de los concursos de telerrealidad, está claro que nos va la marcha, y que nos motiva mucho más el voto destructivo y censor que el afirmativo y de apoyo.
Quizá por eso se ve a tan poca gente defender apasionadamente sus películas favoritas y, sin embargo, no paro de toparme con individuos que, haciendo gala de pésimos modales (y a veces de un escandaloso desconocimiento de la materia), me insultan (explícita o implícitamente, tanto da) dando por hecho que sus juicios airados e irrespetuosos son la verdad absoluta e incuestionable.
Una pena.

viernes, 25 de enero de 2008

Escatología de diseño

Estaba esperando la cola para pagar en la caja del supermercado. La persona que había delante de mí era una mujer joven, acompañada de dos niños, probablemente sus hijos. Ni siquiera hacía falta mirarles a ellos para saberlo. Quiero decir que bastaba con observar los productos que había sobre el mostrador, en espera de ser facturados por el cajero: cereales para el desayuno, una de esas cajas de color blanco con una letra k enorme y roja; una bolsa de la sección de frutería con un kilo de kiwis, un paquete de galletitas de chocolate y una bolsa de chucherías, gusanitos de esos de color naranja que saben ligeramente a queso.
Centremos nuestra atención en los dos primeros artículos. Los cereales de la k y los kiwis (cuyo nombre empieza también por la misma letra, y empiezo a sospechar que no es en vano).
Parece que la preocupación por cagar se haya convertido últimamente en algo cool, fashion, de moda, imprescindible para la gente del siglo veintiuno, especialmente para las mujeres.
Como en la época revolucionaria de la publicidad de compresas —cuando a alguien se le ocurrió que nadie debía avergonzarse por tener la regla, y los anuncios invitaban a las féminas a salir a la calle y gritar que se sentían orgullosas de su condición sexual—, como en aquellos tiempos, decía, ahora cualquiera diría que las mentes creativas del marketing han cambiado la menstruación por el estreñimiento, como si éste fuera la preocupación mayor de las mujeres de hoy, con el añadido de que más o menos sutilmente acostumbran a asociar una figura esbelta y un cuerpo perfecto con la necesidad de gozar de un tránsito intestinal fluido.
Curioso. La escatología era tradicionalmente una disciplina de rango inferior y ordinario, un tema de conversación reservado a foros muy particulares, como el patio del colegio o las letrinas de un cuartel. Nuestros padres y abuelos lo esquivaban con retóricos eufemismos, y hablaban de “hacer de cuerpo” o “hacer de vientre”.
Pero un día apareció el galán José Coronado comiendo un yogur e invitando a aliviar las tripas, y el concepto pasó del lado oscuro a las tendencias de vanguardia.
Hace escasamente una década no existía el bífidus activo, ni el omega K, ni el L Casei, ni el Special K, ni siquiera los kiwis, que todavía hay quien los ve como inmigrantes o incluso marcianos en los cajones de las fruterías, pues no hace tanto que comenzaron a importarse (supongo que actualmente ya se cultivan aquí, pero no siempre fue así).
Con ello, se ha dado un paso más (un paso atrás, seguramente), pasando del eufemismo de nuestros abuelos a la omisión supuestamente elegante de las chicas esculturales. Porque ahora es este el patrón a seguir en los anuncios mencionados: señorita de buen ver (tirando a escuálida más que a jamona, claro), vestida con ropa ajustada (un maillot, una camiseta ceñida, un pijama escueto) o coquetamente informal (un pantalón de chándal holgado y una camiseta que deja a la vista el ombligo), sosteniendo un yogur o un tazón con los cereales de turno (ensopados en cualquier tipo de leche que no sea de vaca; ésa es otra), saliendo del cuarto de baño y acomodándose en el sofá con una sonrisa de oreja a oreja, exultante, pletórica, orgullosa, con la satisfacción del deber cumplido. Es decir, que ha cagado. Y todo ello, sin una sola alusión escatológica. No me refiero (es obvio) a que se eviten expresiones como “retortijón”, o vulgarismos del tipo “giñar”, “plantar un pino” o “irse de vareta”. Es lógico. Lo que de verdad me asombra son esos guiones elípticos y sugerentes, esa manera educada y remilgada al mismo tiempo que emplean los publicitarios para que una chica guapa nos confiese que antes iba estreñida y ahora celebra el momento de la defecación con gritos de aleluya, pero sin decirlo, estimulando nuestra imaginación como si se tratara de un juego erótico en lugar de escatológico.
Recuerdo que en cierta ocasión, un viejo amigo resentido por la reciente ruptura con su novia, me confesó: “Como ahora necesito olvidarla, me la imagino cagando”. Esto era hace años, claro, antes de que se inventaran los yogures milagrosos. Si hoy se imaginara a su chica en el váter, seguro que corría de nuevo a sus brazos pidiendo una segunda oportunidad.

jueves, 24 de enero de 2008

La pobre señora de Matusalén

Cada día encuentro referencias a algún estudio, sondeo o investigación que, lejos de fomentar mi interés por la ciencia o seudociencia conocida como Estadística, me acercan cada vez más al convencimiento de que dicha disciplina se inventó para dar una coartada matemática al entretenimiento inútil de ciertos individuos que, en vista de los frutos obtenidos, deben de aburrirse soberanamente.
Fijaos en el titulito en cuestión: “Una rencilla ocasional con el cónyuge puede prolongar la vida, según un estudio”.
Más adelante, encontramos en el redactado de la noticia perlas como “Pelear de vez en cuando con su cónyuge no solo puede resolver algún problema, también puede dar más años de vida”; o “Cuando ambos cónyuges suprimen su indignación ante un ataque o una crítica injusta del otro, la muerte prematura es el doble más probable que en los otros tipos”; o aún más tajante: “En los matrimonios en que sus miembros se tragan su indignación puede esperarse una muerte prematura”.
Esto ha sido perpetrado por la Escuela de Salud Pública y del Departamento de Psicología de la Universidad de Michigan, y fue divulgado para el bien común por la revista Journal of Familily Communication.
Si nos dicen que desahogarse beneficia a nuestra salud ninguno lo vamos a negar. No creo que nadie cuestione los beneficios orgánicos de sacar para afuera todo el mal que nos corroe por dentro. Todos sabemos que no conviene guardarse las emociones (sobre todo si son malas) y que es mejor airearlas para espantarlas lo antes posible.
Lo que no puede hacerse es circunscribir dicha práctica al entorno limitado de la pareja y, peor aún, hacerlo sinónimo de pelea en un contexto tan delicado. La palabra pelea posee unas connotaciones físicas que no tienen por qué derivarse de otras expresiones más apropiadas para lo que se nos quiere describir, como discutir, intercambiar pareceres, quejarse, discrepar, decirse las verdades a la cara o incluso mandarse a hacer puñetas.
Afirmar además que pelearse alarga la vida es todavía más desaprensivamente ridículo, cuando cada día se producen decenas de noticias sobre violencia conyugal, cuyas tristes protagonistas son mujeres que han muerto precisamente porque sus maridos deciden que sea ésa la forma de culminar una discusión de pareja.
Me parece perfectamente lícito que un psicólogo o un especialista nos aconseje el desahogo o la extroversión, si eso repercute positivamente en nuestra salud o nos redime de ciertas dolencias o traumas. Lo que no entiendo es que nadie pueda recomendarnos discutir o montar bronca exclusivamente con nuestra pareja (¿por qué no discutir con el jefe, con el vecino o con el pescadero?). ¿Regañar con alguien que no nos follemos no alarga también la vida o qué? Ya me diréis.
Decir barbaridades como que una rencilla con el cónyuge puede “dar más años de vida” es una interpretación de los hechos que podríamos calificar de pueril, siendo inmensamente benévolos (dan ganas de llamarles otra cosa, sobre todo pensando que, como bien afirman ellos mismos, provocar una bronca nos alargará la vida).
Imaginemos que a alguien se le ocurre la tontería de verificar el color de pelo de las personas que mueren de un infarto. Por fuerza habrá de obtenerse un número, un dato. Ahora sigamos imaginando que el resultado del recuento efectuado entre 100 fallecidos por ataque cardíaco es el siguiente: 44 morenos, 32 castaños, 13 rubios, 9 pelirrojos, 2 calvos. Aun sabiendo que esto no vale absolutamente para nada, continuemos imaginando que el estudio se publica en un periódico con el titular: “Ser moreno es más peligroso para el corazón y puede causar la muerte”; o bien: “Ser calvo alarga la vida”. Pues eso.
Me parece que los medios de comunicación deberían empezar a ignorar este tipo de estudios botarates que, al margen de su inutilidad manifiesta, pueden en algún caso hasta crear peligrosas confusiones y, sobre todo, faltar al respeto a aquellos que verdaderamente padecen según qué problemas.
Por mucho aval universitario que tenga la escuela que ha hecho el estudio mencionado hoy aquí, y por mucho nombre americano que ostente la revista que lo ha publicado, su rigor y credibilidad son absolutamente nulos, y la presunta labor divulgativa que debería desprenderse del mismo estará, como mucho, escondida en algún lugar viscoso y maloliente de semejante excremento estadístico y canallescamente frívolo.
Según consta en las sagradas escrituras, Matusalén vivió hasta los 969 años. Gracias a la Universidad de Michigan, ahora sabemos el calvario que tuvo que soportar su pobre esposa...

miércoles, 23 de enero de 2008

La edad de la inocencia

No sé si los demás seguiréis las noticias sobre accidentes de tráfico del mismo modo en que yo lo hago. Puede que la carencia de automóvil y de permiso de conducir me haga interpretar las cosas de otra manera.
El caso es que suelo tener muy en cuenta un detalle como el de la edad de las personas implicadas en los accidentes, un dato que los informativos nunca escatiman y que, aparte del componente morboso que en ocasiones no niego que pueda encerrar, debería ser igualmente una llamada de atención a nuestra conciencia.
Conductores o peatones, todos somos conscientes de que los tristes protagonistas de la crónica negra de tráfico suelen ser los más jóvenes.
Es muy sencillo (aunque duela) echarle toda la culpa al alcohol, a las drogas o a cualquier hábito o vicio asociado al ocio juvenil nocturno.
Al margen de esto, y aun sabiendo que a muchos os parecerá una opinión controvertida o incluso retrógrada, creo que debería retrasarse la edad para obtener el carnet de conducir, estipulada actualmente en los 18 años.
Ya sé que hace no mucho se propuso al Congreso precisamente lo contrario. Alguien sugirió adelantar dicha edad y establecerla en los 16 años, como ocurre en los Estados Unidos. Una locura.
Me parece a mí que las cifras de siniestralidad revelan que ni siquiera los chavales de 18 ó 20 años parecen ser lo suficientemente maduros como para asumir los riesgos que implica hacer el cretino mientras se conduce el coche (no digo yo que esa gilipollez no pueda ser hereditaria; sólo hay que ver cuánto energúmeno de 40 ó 50 años circula también por ahí).
Evidentemente, como todo en esta vida, lo que hay detrás de las estadísticas no es sólo la conciencia ciudadana, sino, sobre todo, la economía. Un negocio tan lucrativo como el de la industria automovilística (súmensele todas las derivaciones y conexiones pertinentes) nunca va a pisar el freno (perdón por el símil facilón) porque cada fin de semana unos cuantos jovenzuelos elijan el otro barrio como final de trayecto.
Así que seguiremos como hasta ahora. Continuaremos adorando a nuestro coche y pidiendo que los adolescentes puedan conducir.
Sin embargo, algo como el sexo, que sí es inherente a la juventud, a la plenitud orgánica, a la edad de la experimentación y los descubrimientos... ¡Ah, no!, amigos míos, el sexo seguirá siendo el tabú de los tabúes, el demonio mismo, vade retro.
No pocos se escandalizan todavía cuando descubren que la edad de pérdida de la virginidad se va situando cada vez más pronto. En algunos países está en los 16 ó 17 años (para los más prejuiciosos, aclaro que son datos referentes a países de la Europa occidental, y no a los rincones más pobres de Sudamérica o África).
Los de mi quinta recordaréis una canción que hizo furor en su época y que decía: “Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000”. Incómodo, sin duda; y hasta un pelín casposo, me atrevería a añadir. Pero entre hacer el amor en un utilitario cutre o convertirse en puré a bordo de un superbólido, ya me diréis.

martes, 22 de enero de 2008

Recortes

Ya sabéis que de vez en cuando me gusta transitar por los bajos fondos de la información, recorrer los callejones menos iluminados y las pequeñas barriadas alejadas de las ostentosas portadas y los sonoros titulares.
Más allá de Sarkozy y Brunni, Gallardón y Aguirre, Alonso y Hamilton, Obama y Clinton, Zapatero y Rajoy, Chávez y el Rey Juan Carlos, existen parcelas informativas donde se recogen sucesos más o menos curiosos, a veces patéticos o truculentos, otras veces de dudosa credibilidad, pero, al fin y al cabo, son noticias que nos retratan igualmente, o aun más fielmente, pues bien es cierto que si nuestra vida cotidiana hubiera de ser reflejada en un periódico, su ubicación casi segura estaría en las mencionadas zonas marginales, y rara vez ocuparía primeras planas (para bien o para mal, según se mire).
Hoy he recopilado tres de esas joyas escondidas, y os las sirvo aquí en intencionado orden, de la más macabra a la más jocosa, porque tampoco es mi intención dejaros con un mal sabor de boca.

Confiesa que mató a su novia y que la estaba cocinando
Un estadounidense de tan sólo 24 años llamó al servicio de urgencias para confesar que había asesinado a golpes a su novia y que en aquel momento se disponía a cocinar una de sus orejas. Esto ocurrió, mire usted por donde, en Texas, un estado que por culpa del cine ya tenía colgado desde hace tiempo el sambenito de las matanzas carniceras. La policía acudió a casa del joven y comprobó que efectivamente su confesión era cierta. La chica asesinada tenía 21 años. Un espanto.

Un anciano chileno se despierta en medio de su propio velatorio
El protagonista de esta noticia, Felisberto Carrasco (el nombre ya apunta maneras fabulescas, de realismo mágico para arriba), de 81 años, se despertó en el ataúd durante su propio velatorio. Sucedió en Angol, Chile, y por supuesto que no se trata de milagro alguno ni nada que se le parezca. En este caso hablamos de una imperdonable negligencia por parte de sus familiares, quienes decidieron dictaminar su fallecimiento debido, según relata la crónica, “a la baja temperatura e inmovilidad de su cuerpo”. Me imagino a los atribulados parientes echando una moneda al aire y diciendo: “Cara, médico; cruz, funeraria”. Y salió cruz, claro.

Cerda fluorescente transmite modificación genética a sus cochinillos
Reproduzco literalmente: “Una cerda genéticamente modificada en China para brillar en la oscuridad dio a luz dos cochinillos fluorescentes, lo que demuestra que la modificación puede ser hereditaria, informó este miércoles la prensa estatal china. Después de emparejarla con un cerdo ordinario, dio a luz a once cochinillos, dos de los cuales heredaron esta característica”.
La noticia habla por sí sola, pero a mí se me ha ocurrido trasladar algunos de los términos a una conversación cualquiera entre personas que hablan a su vez de otras personas. Concretamente, ¿cómo os sonaría eso de “fue emparejada con un cerdo ordinario”? No hace falta que digáis nombres. A mí también se me ocurren algunos.

sábado, 19 de enero de 2008

La basura nostra

Una de mis debilidades cinematográficas es la afición a las películas de gangsters. Este interés filmófilo por las historias de mafiosos provoca asimismo mi curiosidad hacia cualquier noticia relacionada con el mundo del crimen organizado que aparece en los medios de comunicación.
Por ello, era imposible pasar por alto la información recogida estos días por la prensa acerca de la huelga de basureros que ha convertido la ciudad de Nápoles en un monumental vertedero.
Hablar de una conexión entre la basura y la mafia hubiera sonado hasta ayer mismo a esperpento y surrealismo, pero poca broma con el asunto, amigos.
"Para nosotros, la basura es oro", declaró ante el juez uno de los presuntos implicados en esta trama de tráfico de desperdicios.
Da la impresión de que los gangsters tampoco escapan a las enfermizas corrientes de innovación que sufren las organizaciones empresariales en general. Así, los tiempos del alcohol, las apuestas, las joyas o las drogas, quedan desfasados ante la búsqueda de nuevas formas de monopolio criminal.
(Inciso: nótese que escribo gangsters, en lugar de ‘gánsteres’, que es la forma recomendada por la Real Academia. Siento en este caso desairar a la Biblia de nuestra Lengua, pero el término ‘gánsteres’ me suena falso, forzado y artificioso, igual que cuando algún cursi pronuncia “bacalado” o un hortera pide “un martini on the rocks”.)
El metro de Madrid presentaba un panorama bastante parecido durante las últimas semanas del año recién terminado. Que se sepa, en la capital de España no existe ninguna organización mafiosa pareja a la Camorra napolitana. Lo que sí hay (y los últimos acontecimientos políticos así lo han confirmado) es un ambiente propicio para dar sentido a la definición coloquial del término ‘camorra’, a saber: bronca, riña o trifulca; es decir, la guerra Gallardón-Aguirre.
Si la situación en Nápoles no mejora, puede que la mafia local pierda su tradicional apelativo y se termine conociendo como “La Cosa Porca” o “La Costra Nostra”. O a lo mejor la solución al conflicto pasa porque los innegables daños medioambientales derivados de esta huelga lleguen a alertar el espíritu ecológico siempre en alerta del señor Gore, y se presente el susodicho en tierras italianas para imponer la paz y los buenos olores.
Al margen de los detritus napolitanos, la mafia ha aparecido también en los medios gracias a la detención de Calogero Lo Piccolo, hijo del capo Salvatore Lo Piccolo, considerado uno de los sucesores del gran jefe de la Cosa Nostra siciliana Bernardo Provenzano, acusado, entre otros muchos delitos, del tristemente célebre asesinato del juez Falcone.
Provenzano fue detenido hace dos años en una casa de campo cercana a la localidad de (¡¡sorpresa!!) Corleone, en las proximidades de la capital siciliana, Palermo (por si hay alguien que no lo sepa, Corleone es el apellido de la familia protagonista de El Padrino, ya que la patria chica del capo interpretado por Marlon Brando, Don Vito, era precisamente dicho pueblo).
En el momento de su detención tenía 73 años, y era conocido como “El Fantasma de Corleone”, ya que nadie conocía con detalle los rasgos de su fisonomía, y la policía poseía únicamente un retrato-robot realizado unos cuarenta años atrás.
Al parecer, Provenzano tenía en los bolsillos de sus pantalones gran cantidad de papelitos con notas que utilizaba para comunicarse por escrito con sus secuaces, ya que carecía de teléfono, fax, correo electrónico o móvil, con el fin de evitar su localización (cosa que finalmente no consiguió, como puede verse).
En fin, tal vez os aburran a muchos de vosotros estas historias sobre capos y matones. Si no es así, y, del mismo modo que me ocurre a mí, disfrutáis desde la butaca del cine o desde el sofá de vuestro comedor con las peripecias y tragedias de mafiosos sicilianos, hampones irlandeses, traficantes negros o latinos, bandas de Chicago, triadas chinas o camarillas rusas, os sugiero a continuación unos cuantos títulos de obligada visión, por si se os hubiera escapado alguno:

El enemigo público (The public enemy) – William A. Wellman, 1931
Scarface - Howard Hawks, 1932
Chicago, años 30 (Party Girl) – Nicholas Ray, 1958
El Padrino (The Godfather) – Francis Ford Coppola, 1972
Malas calles (Mean streets) – Martin Scorsese, 1973
El Padrino parte II (The Godfather part II) – Francis Ford Coppola, 1974
El precio del poder (Scarface) – Brian de Palma, 1983
Érase una vez en América (Once upon a time in America) – Sergio Leone, 1984
Los intocables de Elliot Ness (The Untouchables) – Brian de Palma, 1987
El clan de los irlandeses (State of grace) – Phil Joanou, 1990
Uno de los nuestros (Goodfellas) – Martin Scorsese, 1990
El Padrino parte III (The Godfather part III) – Francis Ford Coppola, 1990
Muerte entre las flores (Miller’s crossing) – Joel Coen, 1990
Atrapado por su pasado (Carlito’s way) – Brian de Palma, 1993
Una historia del Bronx (A Bronx tale) – Robert de Niro, 1993
Casino – Martin Scorsese, 1995
El funeral (The funeral) – Abel Ferrara, 1995
Donnie Brasco – Mike Newell, 1996
Gangs of New York – Martin Scorsese, 2002
Camino a la perdición (Road to Perdition) – Sam Mendes, 2002
Una historia de violencia (A history of violence) – David Cronenberg, 2005
Election – Johnnie To, 2005
Promesas del este (Eastern promises) – David Cronenberg, 2007

viernes, 18 de enero de 2008

Nominados

Por razones que espero poder explicaros en breve, durante los primeros meses del pasado año hice un pequeño estudio acerca de determinados programas de la televisión, concretamente los que se conocen como espacios de telerrealidad o reality shows.
De aquel simple muestreo pude extraer un puñado de conclusiones bastante interesantes, las cuales, lejos de alumbrar el pensamiento profundo o de desvelar incógnitas de hondo calado científico o intelectual, revelaban sin embargo curiosos detalles acerca de nuestro comportamiento y de la forma de ser de los individuos de nuestro tiempo.
Por ejemplo, es significativo (para mal, claro) que en todos esos programas que presuntamente basan su filosofía en la convivencia y la interrelación se confunda habitualmente “falso” con educado y “auténtico” con borde. Bueno, supongo que el motivo no es la confusión. Imagino que quienes tildan así a sus compañeros y contrincantes de concurso están convencidos realmente de que alguien que da siempre los buenos días y que huye de absurdos conflictos cotidianos para mantener la calma y el buen rollo en un contexto de convivencia forzada es necesariamente un hipócrita, en lugar de una persona cabal y de modales exquisitos. Del mismo modo, aquellos que aman la gresca y el escándalo sin importarles si ofenden o molestan a sus vecinos, o si están siendo filmados por decenas de cámaras, son normalmente bautizados con sincera admiración por sus rivales como “tíos legales que van de cara”, o algo por el estilo.
Otra de las cosas que más llamó mi atención de estos concursos es que todos ellos, excepto uno (y puedo aseguraros que conté, al menos, seis programas diferentes de sendas cadenas públicas y privadas) basaban el sistema de votación en la eliminación o el descarte, y no en la elección de favoritos.
Es decir, el público manda, es el soberano (presuntamente), la gente vota por teléfono o enviando un mensaje SMS, pero el voto no va dirigido a su ídolo, sino a aquél o a aquélla que peor le cae. Puede parecer una chorrada, un detalle nimio, pero yo creo que este sistema perverso de votación dice mucho de la naturaleza dudosa de la mayoría de estos programas (la excepción a la que he aludido antes es Operación Triunfo, donde el público vota a favor de su cantante preferido y no para eliminar a los demás. Habría mucho que decir sobre el resto de particularidades de esta especie de karaoke verbenero disfrazado de academia, pero hoy toca hablar de lo que toca, y en eso, como suele decirse, al César lo que es del César).
También me choca que a los concursantes propuestos para su eliminación no se les denomine “condenados” o “defenestrados”, sino, qué cosas, “nominados”. Hasta hace poco, la condición de nominado se asociaba con los aspirantes a premios como el Nobel o los Oscar de Hollywood, pero cualquiera que ose hoy en día utilizar dicha expresión provocará aunque no quiera una connotación negativa (por si esto fuera poco, el término “nominado” ni siquiera está aceptado aún por la Real Academia).
Hoy he recordado esto a raíz de la “Gallardonitis” galopante que están sufriendo en los últimos días nuestros medios de comunicación (no se habla de otra cosa; empieza a aburrirme seriamente). Para empezar, me imagino a Rajoy, Aguirre y compañía tecleando como posesos en sus teléfonos móviles el mensaje “VOTA (espacio) GALLARDÓN” para que el alcalde madrileño fuera expulsado del reality show conocido como Campaña Electoral o Carrera hacia La Moncloa.
Por otra parte, he pensado que si el sistema de voto para las elecciones generales se estableciera con los mismos criterios que rigen los concursos de telerrealidad, es más que probable que desapareciera la abstención o, como mínimo, que el porcentaje de participación en las urnas se elevara considerablemente.
Imaginad por un momento que el sobre que introducimos en la urna contuviera el nombre del partido que nunca jamás quisiéramos ver gobernando. Llamadme loco, pero os apuesto lo que queráis a que votaría mucha más gente. Palabra de peatón.

jueves, 17 de enero de 2008

Escuchando libros

No quería dejar pasar la ocasión de mencionaros aquí la agradable experiencia vivida por este peatón el pasado sábado 12 de enero.

Aún con los ecos gloriosos retumbando en mis oídos tras la presentación de Bolero envenenado en la librería Fuentetaja, tuve el placer de ser invitado al programa Rincón literario, que dirige y presenta brillantemente José Manuel Contreras en la Cadena SER Madrid Sur (94.4 FM - Todos los sábados, de 12'30 a 13 horas).

Además de disfrutar de una agradable charla con el presentador y con el escritor Fausto Guerra, el programa tuvo a bien incluir a esta humilde página entre sus recomendaciones semanales para internautas.

Como véis, las buenas noticias se acumulan...

miércoles, 16 de enero de 2008

Chunda chunda tachun tachun tachunda

Menos mal. Lo digo en serio.
Menos mal que el COE ha decidido aparcar de momento su propuesta de letra para el himno nacional, porque estaba empezando a temer que teníamos polémica absurda para largo. Por si no nos bastaba con la agitación demagógica propia de las fechas preelectorales, tuvo que aparecer la incansable crispación en forma de lírica patriótica.
Sé que no queda elegante citarse a uno mismo, pero os prometo que para ilustrar mi opinión acerca del asunto (no sólo de la letra de marras, sino de los himnos en general), no se me ocurre mejor testimonio que el del protagonista de mi novela Bolero envenenado, el cual, en un momento dado de la narración, se expresa como sigue:

“Sonaba la marcha de la cofradía y, como todos los himnos, era una fanfarria machacona y grotesca. Al margen de su significado, cualquier himno me suena inevitablemente pachanguero. No soy amigo de poner la música al servicio de la exaltación pomposa de los ideales o el encumbramiento acérrimo de las patrias. Repudio igualmente el patriotismo megalómano que el fundamentalismo geográfico, detesto por igual la ínfula pueril y grotesca de las barras y estrellas que el regionalismo exacerbado nacido de rencores o escozores pretéritos. El hecho de que la porción de tierra exaltada sea mayor o menor no altera las proporciones de la idea, en cualquier caso desorbitada, desquiciada. Así es el canto de los himnos. La representación melódica del borreguismo a ritmo castrense y cansino, apabullante y ebrio. Alguien pensó alguna vez en ponerle letra al de aquí, acaso preso de una innecesaria envidia al ver a los futbolistas de otras latitudes posando antes del comienzo del partido y entonando las ínfulas nacionales como en solemne karaoke patriótico”.

Por cierto, que nadie se crea eso de que el himno español no había tenido letra hasta ahora, porque recuerdo que en mis años de escolar algún que otro malandrín se atrevió de vez en cuando a canturrear esta versión alternativa y tímidamente contestataria, que seguro que muchos de vosotros ya conocía:

Franco, Franco
que tiene el culo blanco
porque su mujer
lo lava con Ariel.

Burro, zopenco,
cabestro, animal.
Sólo le falta el rabo
para rebuznar.

Pues eso. Con la música a otra parte. Y con la letra también.

martes, 15 de enero de 2008

En la tierra del cocido y el chocolate con porras

Como no podía ser de otra manera, la presentación de Bolero envenenado en Madrid fue todo un éxito.

Aquí tenéis algunas de las imágenes del evento, que celebramos en la librería Fuentetaja el pasado 10 de enero.


































Patriotismo a distancia

Os pongo en antecedentes.
Según consta en algunos medios, el embajador de Ecuador ha solicitado una reunión con el ministro Rubalcaba para que explique las circunstancias de la muerte de un ecuatoriano el pasado 3 de enero en la localidad madrileña de Colmenar Viejo.
La víctima, Stopper Pinto, fue detenido por la Guardia Civil por conducir sin documentación, y según el informe de la benemérita presentaba además signos evidentes de embriaguez. Las autoridades afirman que, en el momento de proceder a efectuarle el correspondiente test de alcoholemia, el hombre comenzó a sentirse mal y a manifestar los síntomas típicos de un infarto. Fue entonces trasladado al servicio de urgencias del centro de salud Colmenar Viejo Sur, donde al parecer falleció de una parada cardio-respiratoria.
La familia del finado, sin embargo, sostiene que pudo sufrir malos tratos por parte de los agentes, a pesar de que su novia había revelado que Stopper padecía un tumor y que eso le había provocado malestar ya en los últimos días.
En fin, se ha abierto una investigación para esclarecer los hechos, y supongo que en su día se sabrá la verdad, o, al menos, la “versión oficial”.
Pero hoy no voy a hablaros exactamente de eso. No de xenofobia, ni de abuso de autoridad, ni de malos tratos. No exactamente.
Lo que he pensado al leer esta noticia es que somos más importantes para nuestro país cuando estamos fuera de él que cuando vivimos en el mismo. Es raro, ¿verdad?
Fijaos que mientras vivimos aquí pagamos impuestos, utilizamos (o sufrimos) los servicios autóctonos, se supone que estamos amparados por leyes que nos protegen y que velan por nuestros derechos.
Pues bien, si por desgracia somos víctimas de algún abuso o delito mientras pisamos suelo patrio, no me imagino yo a ninguna autoridad competente poniendo el grito en el cielo y preocupándose con semejante empeño y concreción por un simple ciudadano, por un currante del montón, por alguien que no sea un alto cargo o un personaje famoso.
Quizá lo primero que deberían pensar esas autoridades que claman al cielo cuando uno de sus súbditos sufre a miles de kilómetros de distancia es si la razón por la que la gente abandona sus países tiene que ver precisamente con la desprotección y la falta de sensibilidad que sus propios gobiernos les han demostrado. Y esto vale para todos, que conste (creo que ya he comentado aquí lo cretinos que se vuelven algunos españoles cuando viajan al extranjero y pretenden erigirse en embajadores campechanos de lo ibérico).
Cualquiera diría que esta especie de conciencia proteccionista institucional inclina la balanza a favor de de la xenofobia, aunque su razón de ser aluda precisamente a la condena de la misma. Porque, no nos engañemos: un inmigrante y un emigrante son exactamente la misma cosa. Sólo les diferencia el itinerario seguido desde su origen hasta su destino. Sin embargo, la solidaridad se nos va con el nativo que cruza la frontera, y se la negamos casi por sistema tanto al paisano que se queda como al forastero que nos visita.

sábado, 12 de enero de 2008

Infiltrado en las líneas enemigas

No tendría por qué ser así, pero da la impresión de que los humanos de este siglo nos empeñamos en hacer incompatible el interés por los avances tecnológicos o las nuevas formas de ocio con otras disciplinas e inquietudes tradicionales como la literatura, el arte en general o el respeto por la lengua.
Sostienen los más agoreros que la informática y los ciberjuegos terminarán aniquilando a los divertimentos de toda la vida. Yo me resisto todo lo que puedo a secundar semejante profecía, pero no puedo negar la evidencia de que, entre unos y otros, estamos contribuyendo a separar en distintos bandos algunas cosas que, pensándolo bien, deberían militar en el mismo.
Al hilo de esto, me permito recomendaros el libro Como una novela, de Daniel Pennac, un ensayo ameno y muy eficaz que defiende la afición a la lectura de un modo casi campechano, sin pedanterías clasistas y sin solemnidades académicas. Muy al contrario, Pennac reivindica la literatura como esparcimiento y no como obligación, e insta a los padres y educadores a situar los libros en el mismo contexto que los balones, las muñecas, los patines y, cómo no, los videojuegos.
A menudo las buenas intenciones, si se aplican mal en la práctica, devienen lo contrario de lo pretendido. Algunos padres, guiados por el sano deseo de que sus hijos no renieguen de los libros, obligan a éstos a leer antes de dejarles jugar a otras cosas. Es decir, convierten el juego (el balón, la muñeca o la consola) en un premio por leer, con lo que la lectura se posiciona automáticamente en el sector de los deberes y no en el de las diversiones, igual que cuando se va al parque de atracciones por haber sacado buenas notas o se permite una tarta de chocolate como postre por haberse comido toda la verdura.
He hecho esta larga introducción porque, si bien la creación de un videojuego para mejorar la cultura lingüística debe celebrarse como una buena noticia, no estoy demasiado seguro de que el pasatiempo en cuestión pueda hacerles sombra a los verdaderos reyes del universo ciberlúdico (superhéroes, carreras de coches, hazañas bélicas, deportes de élite, etc.).
El juego al que me refiero se llama “Mi experto en vocabulario” (reconozco que suena repelente), y lo ha diseñado Antonio Moreno Ortiz, especialista en Lingüística Computacional y Lexicografía de la Universidad de Málaga. Su noble objetivo es contribuir a mejorar la riqueza léxica, no sólo de los más jóvenes, sino, ya puestos, de todo aquel capaz de comunicarse con palabras.
O sea, no hay que conquistar ningún reino, ni cargarse a ningún villano de la banda rival, ni ser el campeón de nada, ni adquirir superpoderes para salvar al mundo de catástrofes o invasiones, ni recuperar un anillo omnipotente o un cofre sagrado… Vamos, que es como el cole, pero en formato videoconsola. Y he aquí el problema.
Porque a mí no me cuesta nada identificar el invento como “juego”, pero ¿pensarán lo mismo los chavales, acostumbrados a otro concepto de ocio radicalmente distinto?
Una lástima, me temo. Este profesor malagueño se merece un monumento a la heroicidad, aunque ya veremos si su creación resiste la presión de ser algo así como un topo, un espía infiltrado en el bando enemigo, el lado donde mandan los SMS y las PSP.
Por supuesto, si alguno de los que leéis esto tenéis la intención de regalarles “Mi experto en vocabulario” a vuestros hijos, no vayáis a cometer la torpeza de obligarles a usarlo para ganarse el derecho posterior a sus otros juegos. Pennac os daría la bronca. Y yo, después de él.

martes, 8 de enero de 2008

Qué tarde la del otro día

Qué pena que se haya estrenado Across the universe en esta época de auge de determinados engendros musicales y seudomelódicos. Qué lástima que llegue a las pantallas en la era del reaggetón, del Caribe Mix, de las Shakiras y las Paulinas rubias de bote, de King África y la pedorra de Britney Spears, de los karaokes mediáticos y las remezclas asesinas.
Hace veinte años, esta peli hubiera sido algo así como el nuevo Grease, pero no sé si a día de hoy quedarán muchos jóvenes con ganas de regalarse los oídos al ritmo de Lennon y McCartney (con un poquito de Harrison también, claro).
Across the universe es como un musical de Broadway en dos dimensiones y con un repertorio que garantiza la complicidad del respetable casi al cien por cien.
Eso sí, de entrada, hay que agradecer que las canciones de los Beatles que suenan a lo largo de las dos horas de proyección no constituyan la típica antología de grandes éxitos. Haberlos, haylos, como no podría ser de otra manera cuando tratamos con los cuatro fantásticos de Liverpool, pero también sorprende positivamente que la directora se haya acordado de temas menos emblemáticos e igualmente memorables.
Por supuesto que la historia que cuenta, lo mismo que sucede en la mayor parte de los espectáculos teatrales similares, es ínfima y simplona a más no poder. Resalto esto porque tal vez ocurra que quienes no sean fans del grupo de rock más famoso de la historia no entiendan el por qué de mi entusiasmo al hablar de esta película. Y es que su encanto y su razón de ser están, literalmente, en su materia prima sonora. El argumento de turno es insignificante, pero la forma en que se han encajado las letras de las canciones en los contextos de la acción tiene su mérito, y el despliegue de medios visuales y estéticos se adivina obra de profesionales contrastados.
Así, Across the universe resulta un espectáculo psicodélico, kitsch, rockero, alucinógeno, surrealista, un tanto irónico, casi siempre romántico, y en ocasiones, también, un poco moñardo, como mandan los cánones de la comedia musical.
En este sentido, creo que es lo mejor de su género desde Chicago (no me olvido de Once, una de las sorpresas del año pasado, pero creo que, aunque cine musical, no pertenece al mismo género. Otro día os lo explico). Casi todos los números musicales merecen la pena, pero, por destacaros algunos, ojo al Let it be en versión gospel, o el I want you (she’s so heavy) en boca del Tío Sam llamando a filas a sus marines, o a los niños de Liverpool coreando Hey Jude por las calles, o el bombardeo de fresones para ilustrar el clásico Strawberry fields forever, o el final de fiesta en la azotea de los estudios Abbey Road, recreando a modo de homenaje la última actuación de los Beatles en su filme Let it be.
Por si esto fuera poco, encontraréis a Joe Cocker interpretando Come together, a Salma Hayek multiplicada por cinco enfermeras cachondas al son de Happiness is a warm gun, al cómico Eddie Izzard convertido en Mr. Kite, o al mesiánico Bono cantando I am the walrus (me refiero al cantante de U2, por supuesto, y no al “ej minijtro”).
Como detalle último de este ejercicio nostálgico y beatlemaniaco, reseñar que hasta los nombres de los personajes aluden a temas del grupo: Jude, Lucy, Prudence, Sadie, Rita, el Doctor Robert…
Beatles aparte, la película está repleta de referencias a la época histórica y musical en cuestión, los últimos años de la década de 1960. Su estética remite a menudo a ciertos espectáculos más o menos emblemáticos de aquella era hippy y contestataria (Hair, Jesucristo Superstar, Tommy), bodrios solemnes algunos de ellos, si bien casi siempre bendecidos por el público con una complicidad que a veces sólo puede entenderse si uno es capaz de hacer el viaje retrospectivo pertinente con la máquina del tiempo de su imaginación, ya que, a día de hoy, buena parte de ese estilo visual se ha convertido en pura horterada, e igualmente la grandilocuencia de ciertas reivindicaciones, por entonces oportunas, atrevidas y vanguardistas, ha degenerado hoy en un poso de lugares comunes y retórica libertaria de catálogo.
No obstante, la directora Julie Taymor sabe cocinar muy bien los ingredientes, y a la imaginería flower power sesentera le añade también una pizca de videocliperismo ochentero (hay algo de The wall, aunque la peli que nos ocupa no tiene nada de marginal, ni de sórdida, ni de canallesca), sin olvidarse de quienes constituyen el alma de la criatura (también viene a la cabeza Yellow submarine, la película de dibujos animados de los Beatles, o la propia Magical Mistery Tour).
Casi nadie se acuerda ya, pero hace treinta años un tal Michael Schultz intentó algo parecido con un filme justamente defenestrado, de título Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band, protagonizado por los Bee Gees y Peter Frampton, el cual fue un sonado fracaso (o más bien un fracaso a secas, pues su repercusión fue prácticamente nula). Así pues, doble mérito para esta Across the universe, ya que os aseguro que me temía lo peor.
Y como guinda, la agradable sorpresa de haber incluido en el repertorio uno de mis temas preferidos y a la vez menos conocidos de la banda (I’ve just seen a face, del álbum Help!), una de esas canciones pequeñas y modestas que nunca salen en recopilaciones o antologías y que —cualquiera sabe la razón— uno termina no obstante prefiriendo a muchas otras, incluidos algunos de los éxitos más sonados e inolvidables.
En resumen, como espectáculo y entretenimiento, un sobresaliente (otra cosa es que algunas canciones que asociamos irremediablemente con las voces de sus intérpretes originales puedan resentirse en boca de niños monos o jovencitas rubicundas, pero el “chou” es lo que tiene). Como veis, la tarde de cine no pudo irme mejor.
Yo no sé si Lennon está vivo como Elvis, pero dan ganas de pensar que, como mínimo, no está muerto.

lunes, 7 de enero de 2008

Despierta, que el mundo se acaba

Anoche soñé con el fin del mundo. Así, a lo bestia.
No recuerdo que me hubiera pasado antes. Todo el mundo sueña con tragedias o tiene pesadillas referidas a fallecimientos de seres queridos o incluso a la propia muerte de uno mismo. Eso no es tan raro.
Pero, en lo que a mí respecta, supongo que el fin del mundo era una materia excesivamente ambiciosa para mi temario de peripecias oníricas, por regla general (casi monográficamente) alusivo al modesto universo de mi cotidianidad.
No sé si habrá sido consecuencia de la entrada en el nuevo año, o tal vez una llamada de auxilio más o menos creativa de parte de mi aparato digestivo, castigado recientemente por los excesos y los virus de temporada. A lo mejor es un mensaje de mi inconsciente, para que no me olvide de que en este 2008 cumpliré cuarenta tacos.
Cualquiera sabe. Si hay algún lector freudiano o ducho en la disciplina de la interpretación de los sueños, agradeceré sus comentarios. Por si sirve de ayuda, describiré todo lo que he sido capaz de recordar (ésa es otra; basta que quieras acordarte de un sueño para que apenas puedas rescatar tres o cuatro secuencias inconexas). Allá va:
Yo formaba parte de una aglomeración muy numerosa de personas (también había animales, si no recuerdo mal) que, supuestamente, aguardaba en una especie de pradera o campo abierto la llegada de ese presunto Apocalipsis. Eso quiere decir que, aunque no se manifestara de forma explícita en ningún momento del sueño, estaba claro que el fin del mundo era algo esperado por todos los que estábamos allí. Pero dicha congregación no tenía nada de religioso. Es decir, no estábamos allí como fieles que han seguido una señal ni convocados por ninguna orden o ser superior. Éramos un grupo de gente como los que se forman en un centro comercial o un parque infantil a media tarde. Simplemente coincidíamos allí. Puede que no todos fueran conscientes de lo que se avecinaba. Sólo sé que yo sí lo era, y algunos de los que me rodeaban también (todo esto con ese halo de vaguedad y de sobreentendido propio de cualquier experiencia onírica).
Mi sentimiento en la pesadilla era más de incertidumbre que de terror. Por supuesto que me recuerdo asustado en el sueño, o más bien preocupado, pero, curiosamente, la sensación de angustia ha sido mayor al despertar, durante esos cinco o seis segundos en que uno recompone la realidad entre la penumbra de la madrugada y el revoltijo de las sábanas.
La imagen más nítida que recuerdo del sueño es la del planeta, éste nuestro, la Tierra, vista desde nuestra pradera apocalíptica lo mismo que cada noche vemos la luna, es decir, suspendida en el cielo y con aspecto de estar semi congelada. Esta imagen, aparte de parecer una transparencia sacada del último seminario de Al Gore, es una estampa desconcertantemente surrealista, ya que, para ver la Tierra de esa guisa, por fuerza tendría que estar uno ubicado en otro punto del universo distinto de éste, ya sea planeta, satélite o asteroide, y desde luego la sensación del sueño era que quienes aguardábamos resignados nuestro destino lo hacíamos desde aquí.
Así pues, un grupo de humanos a punto de extinguirse contemplaba su planeta congelado en el firmamento desde la superficie de ese mismo planeta. ¿Un galimatías metafísico? ¿Una fábula Borgesiana? ¿Una mala digestión nocturna? ¿Un delirio tautológico? ¿Una profecía cartesiana? ¿Será capicúa el próximo gordo de la lotería?
En fin. Esta noche me gustaría soñar con Monica Bellucci, pero quién lo sabe.

sábado, 5 de enero de 2008

Prohibido volar con tilde

Viajar en avión se ha convertido desde hace tiempo en una actividad en progresivo deterioro, y eso que, hasta hace no tanto, era prácticamente lo contrario; es decir, sinónimo de lujo, de arribismo, de privilegio (parece mentira que ahora, los vecinos de Barcelona y Madrid que antaño presumíamos de aquella fatuidad fallida conocida como Puente Aéreo, nos veamos mordiéndonos las uñas porque nunca llega el ansiado AVE).
Al margen de los miedos patológicos que muchos paisanos padecen a las alturas y de otras psicosis posmodernas derivadas de tragedias o lamentables atentados terroristas, el hecho simple de tener que hacer un trayecto por vía aérea se traduce en nuestros días en un rosario de síntomas desquiciados que reíros vosotros del Woody Allen más hipocondríaco.
No sabría decir si nuestra inagotable capacidad de resignación y tolerancia ante el abuso empresarial o institucional es la secuela inconsciente de una larga tradición cristiana basada en la filosofía del sacrificio, o bien si se trata de una simple inercia autodestructiva que deberíamos achacar a nuestro conformismo pasivo (por no decir directamente “Síndrome de Estocolmo Capitalista”).
Pero así seguimos, día tras día, tragando a dos carrillos y sin masticar. Eso sí, hasta que nos tocan lo más sensible.
Y eso precisamente es lo que me ocurrió la última semana del año, cuando, al ir a facturar mi equipaje en el mostrador de la compañía Vueling en Barcelona, la amable señorita que me emitió la tarjeta de embarque me aconsejó que la próxima vez que introdujera los datos para reservar mi billete no escribiera los acentos, ya que el sistema no los reproducía y el nombre que se leía impreso, más que el mío, parecía el de un sacerdote ortodoxo ruso.
¡Hasta ahí podríamos llegar!
Pase que tenga uno que escenificar un simulacro de Full Monty cada vez que cruza el arco detector de metales. Pase que te prohíban subir al avión una botella de Fanta, aunque luego (no me digáis por qué) pueda uno acceder a la zona de embarque con ¡¡un paraguas!! (os prometo que es verídico; me ocurrió en el aeropuerto de San Sebastián). Pase que el precio abusivo de los pasajes ya no incluya el derecho ni a un mísero zumo de tetra-brick o una microscópica bolsa de cacahuetes. Pase que los sufridos viajeros hayamos terminado asumiendo los vergonzosos retrasos como si fuéramos vulgares primos de la época del timo de la estampita. Pase que la estrechez de los asientos sea una apología de la anorexia. Pase que tengamos que soportar a los pasajeros pelmazos empeñados en no facturar y subir a bordo con el baúl de la Piquer a cuestas. Pase que la larga espera del equipaje en las cintas de recogida sea a veces mayor que el tiempo de demora del vuelo y que, además, podamos terminar el viaje con la sorpresa de que nuestra maleta se ha independizado de nuestra tutela y se ha ido de vacaciones al culo del mundo por cortesía de la compañía aérea de turno.
En fin, para todo está uno ya entrenado. Pero, ¡por favor!, decirme a mí que no escriba los acentos... ¡Pero qué es esto!
Por si no lo sabéis, mi nombre completo está formado por cuatro palabras, de las cuales tres llevan tilde: José, García y Martín. Llevo casi cuarenta años escribiéndolo, así que poca broma. Lo siento, señores de Vueling. La culpa no es mía.
Fijaos que, siendo como soy alérgico al anglicismo por capricho y al esnobismo bobalicón de quienes confunden el Spanglish con el dialecto de los elegidos, aun así me parece simpática la forma en que esta joven compañía de bajo coste hace uso de este singular hábito contemporáneo. El uso impostado del gerundio inglés en sus textos promocionales no chirría porque se deduce fácilmente su ironía y su simple intención de llamar la atención. Dicho de otra forma: se advierte sin problemas (o al menos se intuye) que quien escribe dichos textos ha mezclado el castellano y el inglés aposta, y sólo circunstancialmente (al contrario de los enteraos que van por ahí presumiendo de master o de seminario sólo porque llaman workshops a los talleres o slides a las diapositivas).
Así que, al contrario de lo que pudierais imaginar, no tengo nada que reprocharle a Vueling acerca de su libro de estilo o su imagen de marca.
Otra cosa es que quieran convertirnos a todos en analfabetos sólo porque su sistema informático esté anticuado o se lo hayan comprado a bajo precio (coherencia corporativa, sin duda) a un proveedor extranjero.
Si alguien cree que ser internacional pasa por despreciar o vulnerar los imponderables autóctonos, que no piense que es un cosmopolita, porque será, como mucho, un palurdo con ínfulas.
Lo malo de esto es que cambiar el sistema informático cuesta dinero, y para que mis deseos se vieran cumplidos seguramente tendríamos que padecer los viajeros, una vez más, las consecuencias de esa entelequia, tan de moda entre los empresarios, y que se conoce como “crecimiento rentable”. Porque, claro, si hay que invertir en renovar la tecnología, habrá que recuperar el dispendio aumentando el precio de los billetes.
O sea, que, si queremos acentos, tendremos que pagar más, y no quisiera convertirme yo de la noche a la mañana en el enemigo público número uno de mis semejantes, y que me señalaran en los aeropuertos o incluso me persiguieran para lincharme por ser el responsable del encarecimiento de los billetes.
Está claro que viajar en avión ya no es una prebenda reservada en exclusiva a los poderosos o los nobles. Y a este paso, terminará siendo el transporte de los incultos. Jodido dinero.

miércoles, 2 de enero de 2008

De gira por Madrid


De nuevo toca hacer las maletas. El peatón despegará sus pies del suelo por enésima vez en las últimas semanas para viajar a Madrid.

Y es que el próximo 10 de enero toca hacerle la puesta de largo a Bolero envenenado en la capital castiza (con entrevista radiofónica incluida, en este caso el sábado día 12, en la Cadena SER - Madrid Sur).

La presentación se celebrará en la librería Fuentetaja, una de las más antiguas de España y todo un clásico de la comunidad librera madrileña. Mi colega de letras y eventos Fausto Guerra hará de anfitrión, y estaremos acompañados de todos aquellos amigos, familiares, conocidos y (quién sabe) curiosos que quieran acercarse por allí.

Comenzaremos con puntualidad rgurosa a las 19'30 horas.

Estáis todos invitados.