lunes, 29 de diciembre de 2008

Mentiras punto com

Por si no lo sabéis, resulta que existen empresas que se dedican a “fabricar” coartadas. La última de la que he tenido constancia nos llega desde Francia, y se llama Ibila.
Esta singular empresa se promociona en su página web con el eslogan "Coartadas virtuales para situaciones reales". Los servicios prestados, como ya imaginareis, van desde reservas de hoteles o alquiler de coches, hasta compras y envíos de joyas, flores, perfumes o libros en nombre del cliente. Por si fuera poco, también son capaces de proveernos de objetos o documentos que prueben materialmente nuestra presencia en cualquier lugar (facturas de restaurantes u hoteles, tickets de caja o de aparcamiento, invitaciones, convocatorias, etc.).
Todo ello para eludir compromisos engorrosos o gozar de momentos de libertad a espaldas de nuestros seres cercanos sin que éstos puedan sospechar o molestarse.
Por supuesto, Ibila advierte que la documentación facilitada sólo puede ser utilizada en el ámbito de lo privado o doméstico, ya que, evidentemente, se trata de material falsificado y, por consiguiente, ilegal.
Sea como sea, está claro que la tarea principal a la que se dedican estas empresas no es otra que la de encubrir infidelidades de pareja.
Al parecer, son numerosos los casos de clientes que solicitan la invención de un congreso, una boda familiar, una cena de negocios o una reunión de antiguos alumnos para gozar de una escapada con el amante de turno o incluso para reencontrarse con un viejo amor de los que dejan huella.
El aspecto más interesante de todo esto, me parece a mí, es que la necesidad de ocultar la felonía al cónyuge implica a su vez el deseo de conservar la relación por parte del infiel. Lo diré más claramente: si uno realmente desea a otra persona más que a su pareja, lo más fácil y sensato, en teoría, es romper con ésta y dedicarse en cuerpo y alma (o en alma y sexo) a la otra persona. Sin embargo, todos sabemos que la cosa no funciona así.
Hay quien sostiene que la infidelidad supone un estímulo puramente individual que, si se mantiene en secreto, no sólo no dañará a nuestro ser querido, sino que puede llegar a ser un refuerzo para la pareja. También hay quien piensa que, sencillamente, la mayoría de los infieles no terminan con su pareja por cobardía, por miedo a las reacciones del entorno o por el temor a perder una situación cómoda que les permite vivir, tal vez infelices, pero igualmente despreocupados. No falta asimismo quien tacha la infidelidad de enfermedad o patología inherente a la naturaleza humana (una patraña producto de confundir “infidelidad” con “promiscuidad”). Ya es ridículo oírselo decir a los hombres, pero más sorprendente me resulta escuchar en boca de mujeres supuestamente feministas la manida coletilla de que “el hombre es infiel por naturaleza”. Insisto: lo que somos todos por naturaleza es promiscuos; la fidelidad es caso aparte.
En mi opinión existen tantos modelos de compromiso como individuos pueblan el planeta, así que no merece la pena darle más vueltas al asunto. Lo que sí creo que debemos demandar ya mismo es el desarrollo de un sector paralelo al de las empresas como Ibila. Porque, del mismo modo que hay quienes necesitan excusas para poner los cuernos sin que se entere su pareja, digo yo que también estarán los que quieren romper y no se atreven a dar el paso. Se abriría aquí un mercado de falsas amantes o ex novias, de falsos resguardos de prostíbulos, de pelos sintéticos colocados estratégicamente sobre una hombrera de la chaqueta o el respaldo del asiento del coche… de pruebas inventadas, en suma, para que sea el otro quien tenga un motivo palpable para dejarnos, y ahorrarnos nosotros el engorro de explicar nuestros sentimientos confusos, nuestras ilusiones frustradas, o algo aún peor: obligarnos a salir por ahí e intentar ligar, que a estas alturas la cosa está cada día más difícil.

martes, 23 de diciembre de 2008

Ficciones y fricciones

Hace algún tiempo leí una entrevista al escritor Paul Auster en la que ponía a caer de un burro a Borges. Esto les parecerá a algunos un sacrilegio literario digno de tortura, pero no deja de ser la simple opinión de un individuo, y además, respetable.
Borges me despierta admiración por lo bien que escribía y porque me activa cuando lo leo algo tan sano y esencial como el mecanismo de la imaginación. Uno aprende a leer con sus cuentos y se contagia del gusanillo de la ficción. También me gusta que siempre defendiera algo despreciado a menudo por pedantes y pretenciosos: el argumento, la trama.
Pero entre su inmensa erudición y mis lagunas intelectuales hay un espacio demasiado vasto, y eso es lo que —supongo— no termina de desatar mi pasión por el genio argentino, fallecido hace poco más de veinte años.
Por eso prefiero a su paisano Bioy, o a su vecino Benedetti, o a su enemigo póstumo Auster, porque todos ellos consiguen algo que con Borges me cuesta a veces un trabajo excesivo: emocionarme.
Que uno le reconozca a un autor la capacidad para resumirnos la existencia humana en media página o el poder casi sobrenatural de inventar lo inimaginable usando tan sólo un puñado de palabras, no significa necesariamente que dicho artista vaya a conquistar nuestro corazón, del mismo modo que a veces no es la mujer más bella o virtuosa quien alimenta nuestras fantasías o desvela nuestros sueños.
Desde luego que Borges me parece un autor irrepetible e imprescindible, de esos que hay que conocer sin excusa, tanto los lectores aficionados como aquéllos que tengan ambiciones pedagógicas en materia literaria.
Pero el terreno de los sentimientos del lector es subjetivo y veleidoso, y es perfectamente factible reconocer el genio de un escritor sin necesidad de que nos entusiasme siempre con sus libros.
Curioso es que ambos, Borges y Auster, jueguen en la misma liga conceptual, por decirlo de algún modo. Los dos gustan de pasearnos por ese inquietante entorno que delimitan la cuerda floja de la realidad y el abismo inabarcable de la ficción.
Quizá Auster sea un escritor más popular, en el mejor sentido posible de la expresión. De entrada, cultiva mayoritariamente el género favorito de la población lectora, la novela. Por otra parte, y pese a su constante experimentalismo respecto a la frontera entre lo real y lo imaginado, sus textos rara vez son crípticos (como a menudo sí lo son los de Borges), sino que suele trabajar con materiales más reconocibles y cotidianos. Luego está su cinefilia latente, y también el hecho determinante de que en sus obras los sentimientos tienen tanta importancia como las ideas.
Soy seguidor de Paul Auster casi desde antes de afeitarme y tener DNI. Para mí es uno de los autores que mejores momentos me han hecho pasar con un libro entre las manos, y es asimismo una de las influencias que sin duda merodean por mi mollera cuando me pongo ante el teclado del ordenador o me enfrento al papel en blanco.
Lo que desde luego no voy a hacer es odiar a Auster por no compartir su opinión, como tal vez habrán empezado a hacer no pocos desde que el norteamericano blasfemara contra el argentino.
Bien a parir le pusieron algunos a él tras concederle el Príncipe de Asturias, así que no es extraño que el buen señor saque también de paseo su soberbia de autor consagrado, o puede que simplemente su sincera opinión de lector.

sábado, 20 de diciembre de 2008

El negocio de la polémica

Seguro que muchos de vosotros habéis pensado más de una vez en lo fácil que sería reducir las constantes polémicas que se montan cada fin de semana después de la correspondiente jornada liguera de fútbol, a costa de decisiones arbitrales erróneas, o como mínimo sospechosas, en según qué casos.
Nada más sencillo que poner la tecnología al servicio del juego limpio y la ecuanimidad deportiva. Nada más fácil que instalar, por ejemplo, monitores de televisión en la zona del campo donde se sitúa el árbitro suplente y que éste, lo mismo que hacemos los aficionados cuando vemos los resúmenes de los partidos en la televisión, pueda repasar la jugada de turno a cámara lenta o rápida, desde distintos ángulos, y así evitar que un equipo salga perjudicado por culpa de un penalti inexistente, o que un espabilado marrullero engañe al respetable con un piscinazo shakesperiano, o que un entrenador lenguaraz o un presidente cacique se dediquen a montar una campaña de agitación a costa de sus lamentos o su mal perder.
Hace años (diría que siglos) que muchos aficionados venimos reivindicando este tipo de solución, aunque parece ser que el propio entorno futbolero (jugadores incluidos) no está muy por la labor. Aducen que se perdería la esencia del juego; que lo que ocurre en el campo ahí debe quedarse. Es una manera torpemente eufemística de confesar que la misma marrullería que se critica al rival como si fuera el mismísimo demonio es una artimaña igualmente beneficiosa para el propio equipo cuando quien la perpetra es uno de los nuestros.
El mejor ejemplo de esta interesada contradicción lo tenemos en la jugada conocida como “falta táctica”. Se denomina así, “táctica”, cuando incurre en ella el jugador de nuestro equipo. Si la comete uno del equipo rival, lo más normal es que reclamemos airadamente la tarjeta amarilla o incluso la roja, ya que no debemos olvidar que la llamada falta táctica es aquella que se hace aposta, con la intención descarada de cortar una jugada peligrosa o un contraataque. Es decir, una falta intencionada; algo que en otros deportes se castiga severamente y que en fútbol, por el contrario, se asocia condescendientemente a la simple picaresca o incluso a una supuesta “inteligencia táctica”.
Deduzco de todo esto que una buena parte del negocio del fútbol, aparte de los fichajes millonarios y las campañas publicitarias que se mueven a su alrededor, depende precisamente de la polémica.
Sin escándalos, se venderían la cuarta parte de ejemplares del Marca, el Mundo deportivo o el As. Los programas radiofónicos punteros tal vez no perderían su nocturnidad, pero sí su alevosía, y eso se traduciría inevitablemente en un bajón de la audiencia. Idéntico destino correrían los espacios televisivos al uso y las secciones casi marginales que los telediarios dedican al deporte.
Puede incluso que una buena parte de los hinchas perdieran también interés por la Liga de fútbol si no pudieran desahogarse cada domingo derramando azufre y mala leche sobre el árbol genealógico de los árbitros.
A lo mejor lo único que buscamos en una manera de defendernos contra ese horrible invento llamado lunes. Qué sería de nosotros sin poder descargar las malas vibraciones que nos invaden el primer día de cada semana cuando suena el despertador. Puede que gracias al fútbol se nos esté brindando una posibilidad de desahogo y algunos desaprensivos queramos eliminarla en pos de la deportividad y la justicia competitiva. El caso es no estar nunca conformes, oye.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Café con letras


Pues nada. Otra vez estamos de parto.

Acaba de ver la luz la nueva Antología del Aula de Escritores, titulada Café con letras y publicada (como no podía ser de otra manera) por Hijos del Hule.

Es un libro de variopinta textura y abundancia de aromas, compuesto por una selección de cuentos cuyos autores son los alumnos de esta escuela literaria del barrio barcelonés de Gracia.


Este peatón (unido a la causa por partida doble, como profesor del taller virtual de novela del Aula y como autor publicado en la editorial Hijos del Hule), participa en la mencionada antología en calidad de "artista invitado" con el relato La mano postiza de Luigi Roscone, una historia a medio camino entre el homenaje y la parodia sobre uno de los géneros que mejores ratos me ha hecho pasar sentado frente a una pantalla: el cine de gangsters.


Mañana viernes,19 de diciembre, a las 20 horas, habrá una primera "puesta de largo" en la fiesta de Navidad del Aula de Escritores (c/ Sant Lluís, 6).

La presentación formal de esta nueva Antología tendrá lugar el 30 de enero a las 19 horas en la sala del Ámbito Cultural de El Corte Inglés del Portal de L' Angel.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Redundancias monetarias

No deja de ser curioso que, en estos tiempos de anorexia lingüística generalizada y perpetrada a base de mensajes SMS y anglicismos abusivos, exista un ámbito concreto —el de los términos monetarios— que peque precisamente de lo contrario, es decir, del pleonasmo o la redundancia innecesaria.
Y más irónico resulta aún el hecho de que se dé esta circunstancia en un periodo histórico saturado de profecías apocalípticas respecto a la economía, con los medios de comunicación compitiendo por batir el récord Guinness de sinónimos de la palabra crisis (recesión, desaceleración, crack, batacazo, lunes negro, cinturón apretado, penuria, globo pinchado, burbuja desinflada...).
Para empezar, no entiendo el porqué de esa aparente necesidad de introducir la palabra “antiguas” cada vez que alguien se refiere a las pesetas.
La peseta dejó de ser una moneda de curso legal hace seis años. Eso quiere decir que no sólo la palabra posee el matiz de antigüedad en sus propios genes semánticos, sino que incluso el objeto que nombra (y por tanto el concepto) es ya en sí mismo obsoleto.
Por verlo de forma más sencilla: imaginad que cada vez que nos referimos a los dinosaurios tuviéramos que añadir la palabra “antiguos” delante, para dejar claro que el bicho en cuestión está extinguido. La prueba de que sería una matización gratuita está en que el término “dinosaurio” se ha acabado convirtiendo —sin necesidad de aclaración al margen— en un calificativo para acusar a alguien de carcamal.
Las abuelas de antaño decían para piropear aquello de “Eres más majo que las pesetas”. Ahora, el mismo símil valdría para meterse con alguien por carroza, pero sería ridículo decirle “Eres más carca que las antiguas pesetas”.
Otra redundancia común (e inútil) es la de especificar “de euro” a la hora de hablar de céntimos. Este caso de manía repetitiva es todavía más flagrante, ya que la defunción de los céntimos de peseta se remonta a los estertores de Franco.
Por tanto, si decimos “8 céntimos” o “50 céntimos”, se sobreentiende que serán de la moneda de curso legal actual, o sea, de euro. Cada mañana escucho en un programa de radio una cuña publicitaria donde se insiste en que algo cuesta sólo “70 céntimos de euro”, y a pesar del sueño farragoso que me invade a horas tan tempranas, siempre acierto a responder imaginariamente: “No van a ser de rublo”.
Sería maravilloso que esta tendencia a la repetición se manifestara, ya puestos, en los propios números, y no en la manera de referirnos a ellos. Que redundaran tríos de ceros en los saldos de las cuentas corrientes y en las nóminas profesionales. Ceros “de euro”, por supuesto.

martes, 9 de diciembre de 2008

Privado

Recuerdo mi fascinación infantil hacia las puertas que lucían un cartel en el que se leía la palabra Privado. Las veía en las cafeterías, en determinadas tiendas o comercios, en lugares públicos de diversa índole.
Aquella palabra solemne y censora me provocaba una curiosidad idealizada. Para mí era el equivalente real de aquella otra expresión, Top secret, que solía ver en las películas de espías y en los tebeos, y cuyo objetivo era velar por la integridad de secretos de estado o misterios que cambiarían el sino de la Historia y de la raza humana.
Sentado a la mesa del café junto a mis padres, miraba aquellas puertas cerradas mientras tomaba un refresco e imaginaba la emoción de traspasarlas. A menudo la misteriosa puerta estaba situada al lado de la de los baños, y de vez en cuando me sobrevenían tentaciones de intentarlo fingiendo una razonable confusión. Pero igualmente me convencía de que un candado, una cerradura de seguridad o incluso una intrincada combinación se interpondría por fuerza entre mis azorados deseos y la solución del enigma.
Sé que alguien dijo que el hombre se hace adulto cuando toma conciencia de su mortalidad. Carezco de la capacidad para determinar la exactitud de mi momento revelador acerca de la exigüidad finita de ésta nuestra existencia, pero puedo asegurar que toda mi inocencia reventó hasta desintegrarse el día en que descubrí por fin que, tras aquella puerta y su provocativo letrero, se escondía algo tan anodino y prosaico como el cuarto de las escobas.
No sé si será una consecuencia de aquel traumático desengaño, pero siempre he visto a los enamorados como un trasunto de ese niño que mira el cartel de Privado desde la mesa de la cafetería, soñando con lo que habrá detrás antes de conocerlo realmente. Y no ocultaré lo mucho que me sorprende el hecho de que la práctica totalidad de mis semejantes, ya sea con convencimiento o simple resignación, haya limitado la búsqueda de la felicidad al reducido espacio del cuarto de las escobas.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Ultrapeatonismo radikal

Hoy mi vida se ha visto en serio peligro por partida doble, y ambas contingencias han sucedido en el breve transcurso de unos siete u ocho minutos.
Para empezar, un ciclista de esos que se creen más modernos y más enrollados que yo porque van esquivando viandantes a toda leche por una acera estrecha, ha provocado una especie de efecto dominó al calcular mal su filigrana y rozar con un pedal la bolsa de la compra que una señora más bien anciana y chaparra portaba con no poco esfuerzo y a paso de procesión.
La mujer, más por el susto, creo yo, que por la propia fuerza del impacto, se ha balanceado hacia su izquierda, chocando contra mí y provocando que yo tuviera que saltar el bordillo de la acera, quedándome plantado en el carril de los taxis y autobuses. Por pura chiripa no pasaba ninguno en ese momento, y aquí estoy, sano y salvo contando la anécdota.
Minutos después, me disponía a cruzar por un paso de cebra sin semáforo. A cierta distancia se acercaba una moto y, detrás de ésta, un coche. El tramo a cruzar era corto (no más de tres metros), así que, amparado en la presunta preferencia que me confería mi condición peatonal, he iniciado el paso en busca de la otra acera. Entonces, el motorista, que o bien tenía prisa o bien era pariente cercano del ciclista de antes, ha decidido que, en vez de detenerse para dejarme pasar, lo mejor era esquivarme haciendo un pase torero de dos orejas y rabo, sorteando mi cuerpo por la espalda y dejándome sordo con la pedorreta de su motor y casi ciego con el humo despedido por el tubo de escape.
Suerte que el conductor del coche que iba detrás no debía de tener ínfulas taurinas ni circenses, y ha hecho lo correcto, o sea, pararse, aunque a esas alturas yo ya había alcanzado la acera gracias a un respingo que ni Spiderman en hora punta. Lo que ha pasado después es que, al ir a cruzar por el siguiente paso de cebra, me lo he pensado muy mucho y hasta que no he visto al coche de turno totalmente quieto delante de las rayas blancas del suelo no me he atrevido a caminar. Según iba cruzando me ha salido espontáneamente un gesto muy típico de los peatones en los pasos de cebra, que no es otro que el de alzar la mano en señal de agradecimiento hacia ese conductor solidario que respeta nuestra preferencia.
Es injusto que yo deba darle las gracias a alguien por no atropellarme en un lugar donde los derechos me amparan y la obligación de pararse es suya, ¿verdad? Pues así está el tráfico. Y la vida misma. Qué os voy a contar.
Por cierto, si alguien creía que con el proyecto Bicing se iban a solucionar los problemas de tráfico, que sepa que lo lleva crudo. La proliferación de bicicletas no ha reducido la afluencia de coches y motos, sino la de peatones. Es decir, gente que antes iba andando o en metro ahora va en bici, con lo que son las aceras las que empiezan a sufrir problemas típicos de las calzadas urbanas y las autopistas, como los embotellamientos, los atropellos y las colisiones.
En consecuencia, tampoco tenemos una ciudad menos contaminada. Si el número de vehículos a motor es el mismo, los humos y gases desprendidos seguirán siendo los mismos. Como no cambie la cosa, el título de este blog dejará de ser una simple ironía para convertirse en una profecía. Ya veis, hoy tengo el día de peatón radikal (y lo escribo con k porque suena más contundente y rebelde).

domingo, 30 de noviembre de 2008

Palabras letales

Me temo que una buena parte de nuestros famosos y famosillos, a costa de su denodado empeño por erigirse en “la voz del pueblo”, están banalizando según qué cuestiones relacionadas con los derechos humanos o el respeto a nuestros semejantes, entre ellas algo tan serio como el llamado maltrato psicológico.
Puesto que las desavenencias o las vulgares peleas son el mejor caldo de cultivo para alimentar ciertas parrillas mediáticas, y ya que constituyen para muchos personajes el único modo de permanecer en el candelero, estamos asistiendo continuamente a representaciones vergonzosas y barriobajeras que no tendrían mayor importancia si sus protagonistas, sabedores de la repercusión que suelen tener sus actos, no se empeñaran en autodefinirse como reflejos de la realidad diaria.
Y es que estoy advirtiendo desde hace tiempo una tendencia creciente a acuñar el término “maltrato psicológico” con insensible ligereza y desaprensiva gratuidad.
No soy psicólogo, ni psicoanalista, ni mucho menos psiquiatra, pero entiendo que para determinar la existencia de maltrato psicológico es necesario que dicha conducta se presente con una mínima frecuencia o continuidad, que describa algo habitual y constante.
Ojo, no es que piense que no deba castigarse lo esporádico o puntual, no me he vuelto loco. Lo que sostengo es que insultar, sin más, no es maltratar psicológicamente. Mandar a alguien a freír boniatos, defecarse en sus difuntos o llamarlo imbécil en el fragor de una disputa o intercambio de discrepancias forma parte de nuestras debilidades humanas, y no creo yo que haya que tipificarlo como delito. Pero parece que nuestros famosillos han interpretado el término de un modo pueril y simplón, y así deciden que maltrato psicológico es cualquier palabrota, imprecación o exabrupto que no vaya acompañado de agresión física.
El verdadero maltrato psicológico tiene por objeto anular a otra persona, acobardarla, incluso crearle la sensación de la agresión física sin necesidad de consumarla. Esto pasa por desgracia en colegios, en ambientes laborales (no me sale de las narices llamarlo mobbing) y también en el entorno doméstico.
El maltrato psicológico de verdad puede llegar a provocar las mismas consecuencias fatales que el físico, incluida la de llevar a alguien a quitarse la vida, así que recomendaría a tanto cantamañanas con afán de notoriedad que se cuidara de alardear sus trifulcas narcisistas al viento y hacerse la víctima a costa de tantas otras personas que de verdad sufren un acoso terrible y difícil de atestiguar debido a la ausencia habitual de pruebas materiales.
Hablo hoy de esto porque he rescatado una información acerca de las consecuencias funestas que puede tener el amor. Se trata, una vez más, de un estudio llevado a cabo en Gran Bretaña.
Cuando me decidí a ahondar en la noticia más allá de los titulares, comprobé que éstos no eran del todo concisos, y que daban lugar a confusión.
Si uno lee encabezamientos como “Un estudio revela los peligros que el amor puede tener para la salud”, o “Expertos demuestran que el amor puede aumentar el riesgo de dolencias cardiacas”, o “Sí que es posible morir de amor”, qué demonios, parece que el mundo se haya vuelto del revés.
Sin embargo, como ya he apuntado, al leer con detalle descubrí que tales amenazas para nuestro corazón no se derivan del enamoramiento en sí mismo, sino, bien al contrario, son producto de relaciones tensas, de broncas diarias, celos enfermizos, y ese etcétera que todos sabemos relativo a la hostilidad como rutina.
Se supone que el estudio hace alusión a disputas conyugales y berrinches de andar por casa. No menciona los malos tratos ni las agresiones con repercusión judicial o penal. Lo curioso es que, si hacemos caso a los titulares, parece que nos estén diciendo que el amor significa eso, trifulca y sufrimiento, y, hombre, ya sabemos lo bobalicones que nos volvemos todos cuando nos enamoramos, pero de ahí al masoquismo hay un trecho.
Así pues, tenemos por un lado a cierta purrela farandulera largando sobre maltrato psicológico con insultante frivolidad, y, por otro, a unas supuestas lumbreras británicas que nos asustan afirmando que Cupido es peor que el colesterol, los triglicéridos, el tabaco y la fritanga.
Viva el término medio, sí señor.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Comer en paz

“Los restaurantes son para la gente de los 80 lo que eran los museos para la de los 60”. La frase no es mía; la dice Carrie Fisher en la película Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner, 1989).
Supongo que ni el director ni la guionista, Nora Ephron, pudieron llegar a imaginar que dicha sentencia no sólo seguiría vigente casi veinte años después, sino que incluso se radicalizaría hasta el extremo de haberse convertido en un hábito casi fundamentalista del ciudadano actual.
Ya comenté este asunto hace tiempo en la entrada titulada Sibaritas sucedáneos, pero hoy quisiera ampliar mi visión acercándome a las peligrosas consecuencias que puede acarrear en nuestra vida cotidiana (y también en nuestra salud) esta tendencia creciente hacia un odioso estereotipo de comensal que confunde la exigencia con la soberbia y la calidad con la perfección.
Para empezar, aclaro que me parece obvio que reclamemos un trato digno por parte de los camareros, y también que demandemos la máxima equivalencia entre lo que nos sirven en la mesa y lo que después nos cobrarán por ello.
Ahora bien, el peligro al que me refería nace del empeño de comportarnos como eminencias culinarias indistintamente, sea donde sea que comamos, lo mismo en una tasca de atmósfera cochinamente adhesiva que en un palacio del diseño vanguardista y la degustación minimalista.
Más allá de que podamos tener razón o no en nuestra protesta, recomiendo no montar el espectáculo ni adoptar la pose del tocacojones en ningún restaurante. Si el sitio no nos agrada, bastará con no volver a pisarlo; y si el agravio supera los límites de lo humanamente tolerable, mejor esperar al final, y una vez tragado todo (postre incluido) enzarzarnos en la disputa con el maitre, cocinero o sirviente de turno.
La razón es bien sencilla. Siempre que veo a alguien montar la bronca en un restaurante no puedo evitar pensar en lo fácil que sería añadirle un tropezón de más a nuestro gazpacho, o removernos el puré prescindiendo de cucharones o cacillos, o disimular una flema en las natillas. Supongo que me explico.
No digo que traguemos con lo intolerable ni que nos volvamos masoquistas. Hablo sobre todo de esa exigencia un tanto impostada que tal vez hayamos adquirido por empacho (nunca mejor dicho) informativo, por ese auge que ha experimentado la gastronomía en los últimos tiempos y que la ha desmarcado del humilde sector de la hostelería para situarla en la esfera de las disciplinas artísticas.
Me preocupa observar más a menudo de lo que quisiera la incapacidad de determinadas personas para contextualizar debidamente sus almuerzos o cenas. Me jode sobre todo la actitud de aquél que sabemos que no puede permitirse comer en según qué sitios, y se desahoga sentando cátedra gustativa en el bar del menú del día.
Recientemente, tuve el placer de compartir una agradable cena junto a mis colegas Inés Butrón y Carmen Lafay. Recuerdo que hablamos sobre esto y me alegró ver que coincidíamos en nuestra forma de pensar, sobre todo teniendo en cuenta que mis acompañantes eran personas interesadas especialmente en la materia (Inés se halla en estos momentos trabajando en la escritura de varios libros sobre gastronomía, y a Carmen le cedimos la tarea de elegir el vino, a sabiendas de su conocimiento y buen tino). De hecho, terminamos conversando acerca de excentricidades alimenticias traídas desde nuestros respectivos pueblos e infancias, y nos reímos con ganas, precisamente porque la comida es una cosa muy seria, y siempre me merecerá más respeto alguien capaz de reírse de lo importante que aquél que quiere hacerse el importante sólo porque no se ríe
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viernes, 21 de noviembre de 2008

El meme del siete

Mis considerables limitaciones en materia de jerga internauta provocaron que el pasado miércoles sufriera un amago de cortocircuito sensorial al leer que Mujeres me proponía algo tan enigmáticamente sugerente como “Hacer un meme del siete”.
En el mejor de los casos, sonaba a “hacer una mamada de la hostia”, y en el peor, me sugería algo así como “hacer una memez del calibre siete”, o incluso “una meada de siete metros”.
Suerte que, tras informarme debidamente, comprobé que estaba perfectamente capacitado para atender la petición. Resulta que memear (horrendo palabro) no es otra cosa que establecer una sucesión de entradas entre bitacoreros, partiendo de unas premisas que deben respetarse a lo largo de toda la cadena y cuyo objetivo supongo que es prolongar la interrelación bloggera hasta los límites del infinito.
Pues bien, las normas del meme en el que he sido invitado a participar son las siguientes:


1. Incluir un vínculo a la página de la persona que te invita a memear y poner estas normas en el blog propio.

2. Compartir 7 hechos sobre uno mismo en el blog, algunos al azar, otros curiosos.
3. Invitar a 7 personas al final de esta entrada, dejando sus nombres y los enlaces a sus blogs.
4. Hacerles saber que han sido invitados dejando un comentario en sus blogs.
5. Si no tienes 7 amigos, o si alguno ya fue invitado por otro, entonces busca a algún extraño insospechado.

Bueno, pues allá voy. Lo primero que acude a mi memoria, como casi siempre, son películas, pero no caeré en la tópica simpleza de enumerar mis siete favoritas, ni tampoco mis siete actores, directores, frases o títulos. Hurgando en la versión comprimida de la historia del cine que guardo en mi cabeza, he confeccionado una lista de siete largometrajes que hacen mención al número que nos ocupa:
  1. Seven (David Fincher, 1995). Seguramente, la película de suspense más influyente y paradigmática de la última década del siglo veinte. Si digo que la he visto por lo menos siete veces no es sólo por ser coherente con la entrada de hoy. Os juro que me encanta. (Por cierto, para el que no lo sepa, seven, en inglés, quiere decir siete.)

  2. Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954). Ésta sólo la he visto una vez, que yo recuerde, aunque es una obra imprescindible del también imprescindible Kurosawa. Sus más de 200 minutos de metraje pueden hasta con la vejiga más rocosa. Suerte que ahora, con el DVD, lo tenemos más fácil.

  3. Los siete magníficos (John Sturges, 1960). Inspirándose en la anterior, Sturges cambió los samuráis por pistoleros y se marcó un western como mandan los cánones. El excelente reparto incluía a Charles Bronson, quien por entonces aún se dedicaba a interpretar (después, aparte de ser el doble de Bryce Echenique, se especializó en protagonizar subproductos en los que siempre hacía de vengador justiciero). Por cierto, la música del anuncio de Marlboro era la banda sonora de esta película.

  4. Siete novias para siete hermanos (Stanley Donen, 1954). Archiconocida película y aclamado musical que a este peatón, sin embargo, le da bastante grima. De hecho, no sería descabellado considerarlo como antepasado directo del pasteloso y opusiano “Amo a Laura”.

  5. Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta, 2007). De lo mejorcito del cine español del año pasado. Sólo por ver a Maribel Verdú y, sobre todo, a Blanca Portillo ganarse el sueldo de actrices ya merece la pena. Y aprovecho para reivindicar a Enrique Villén (el eterno secundario estrábico), que aquí, como siempre, está genial. ¿Para cuándo el Goya a este hombre?

  6. Siete años en el Tíbet (Jean Jacques Annaud, 1997). Creo haber leído por ahí que la legendaria cualidad soporífera de este filme le condenó a ser rebautizado como “Siete años en el cine”. Los detractores de Brad Pitt sólo se acuerdan de ésta y de ¿Conoces a Joe Black?, pero el esposo de la señora Jolie sabe hacer muy bien su trabajo cuando quiere (Seven, El club de la lucha, Babel, Doce monos, Sleepers, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, Quemar después de leer).

  7. Siete mil días juntos (Fernando Fernán Gómez, 1994). Comedia negra de cierto espíritu berlanguiano, con el sello indiscutible del enorme Fernán Gómez. No es uno de sus trabajos más brillantes, pero, qué queréis, no he visto manera humana de asociar El viaje a ninguna parte con el número siete…

Y ahora, lanzo mi invitación a siete colegas bitacoreros. Antes que nada, y puesto que la mayoría sois infinitamente más expertos que yo en este tipo de saraos virtuales, confesaros que desconozco la más que probable existencia de algo parecido a la “objeción de conciencia memera” o cualquier otro tipo de incompatibilidad o reticencia que os pueda llevar a no atender mi invitación. Para mí es mi primera vez, y me hace gracia el invento, pero vaya por delante mi comprensión y respeto a vuestra libertad de decisión.

Estrellas invitadas:

1 – Seguro que Palimp encuentra en su cuchitril siete incunables, excéntricos o malditos dignos de ser reseñados y reivindicados, o bien siete clasicazos, o siete cuentos eróticos, o siete razones para distraer el insomnio provocado por un bebé…
2 – De Musa siempre cabe esperar un latido, un desgarro, un ingenio, un disparo, una consigna, un guiño, un escalofrío, una caricia o un delirio. Menudo quilombo cuando lo multiplique por siete, ché.
3 – Al Veí de dalt, tan aficionado él a los experimentos narrativos, los juegos retóricos, los cadáveres exquisitos, los anagramas, los palíndromos y otras calenturas de la lengua (y de la vista), seguro que esto del meme le parecerá pan comido. Bon profit.
4 –Encarna podrá elegir entre seguir practicando su recién adquirida vocación prosista por medio de siete microrrelatos, o bien componer un poema intimista de siete versos, aunque tal vez se decida por un cuento a siete voces o un cantar de siete estrofas… Amunt!
5 – Ya sé que en el proceloso e insondable océano de las veleidades humanas el número siete no equivale ni a la séptima parte de una gota, pero de verdad que con siete me conformo, C. Martín. O si no, ya sabes, escoge tus siete temazos del señor García.
6 – Letras de arena: Ahora que no nos lee nadie, te confieso que esto del meme me lo he inventado para ver si te animo a que actualices tu blog, collons, que hace ya más de un mes que no sabemos de ti. No me digas que en 32 líneas no vas a ser capaz de contarme siete cosas…
7 – En cuanto a Sfer, su repertorio es incalculable: libros, canciones, viñetas, fotos, viajes, graffittis, tatuajes y curiosidades bibliófilas en general, incluidas las habitaciones donde los escritores se ponen de parto. Sé que escoger sólo siete será difícil, pero podrás con ello.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Giros de la lengua

Delante de mí, en el autobús, viajaban dos chicas, casi un clon la una de la otra, parejas en edad (la del pavo) y en apariencia (una mezcla de pandilleras latinas y raperas suburbanas, con un toque de groupies modelo Benicàssim y otra pizca de cliente VIP del H&M o similar).
Una de ellas leía un diario gratuito mientras su acompañante, con ese gesto de profundo tedio existencial tan propio de la adolescencia, estrellaba su vista desenfocada contra la ventanilla, como si en realidad mirara estrictamente el cristal, y no lo que había tras él.
Su amiga interrumpió la lectura para compartir con ella una duda repentina:
“Oye, ¿qué es una falacia?”, le preguntó, señalando una noticia del periódico.
“Yo qué sé, tía”, respondió la otra, con ese inconfundible deje de socarronería que delataba que no había oído aquella palabra tan rara en su vida.
Pude haberles despejado la incógnita, pero no me gustan ese tipo de exhibicionismos públicos, por modestos que sean y por mucho que en realidad fuera a hacerles un favor. Entre el samaritano y el pedante, me quedo siempre con el pasota.
A los pocos segundos, la chica del periódico pareció iluminarse:
“Oye, ¿una falacia no es lo mismo que… o sea… que una mamada?”.
Ambas rieron entonces, y a mí no me quedó claro si celebraban un ingenioso juego de palabras o si, sencillamente, les hacía gracia la palabra “mamada”, cosa habitual entre los más jovencitos (bueno, y también entre la mayoría de los adultos).
Me divirtió deducir que aquella chica había confundido “falacia” con “felación” o “fellatio”, igual que esas personas que suelen decir cosas como “Después del régimen me quedé como una sífilis”, o “Ya encontrará la hormona de su zapato”, o “Se puso hecho un obelisco”, o “El médico me ha dicho que me tranquilice porque tengo mucho exprés”.
De igual modo, imaginé que confundiría “verborrea” con “gonorrea”, y así convertiría la locuacidad en una enfermedad venérea, y por tanto la facilidad de palabra sería una facultad que se podría adquirir por contagio al joder con una fulana.
Y entonces no pude evitar soñar con un mundo en el que las prostitutas habían conseguido dignificar su oficio al erigirse en educadoras alternativas, alfabetizando a golpe de pelvis y consiguiendo milagros como el de que algunos de esos futbolistas con fama de puteros que se despachan ante los micrófonos con podredumbres oratorias del tipo “Bueno, si, el partido es complicado pero lo importante es el equipo”, aparecieran de repente como certeros y elocuentes académicos.
Y así fue como entretuve aquel rutinario trayecto, a base de imaginar retorcidos giros de la lengua. Y, claro, después de tanto giro y tanta lengua, al bajar del autobús yo también me sorprendí pensando en felaciones.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Increíble, pero cierto

Si tuviera que elegir la película más original y sorprendente del año, sin duda me decantaría por ésta JCVD, que acaba de estrenarse desafiando prejuicios y jugando a desnudar la verdad y a disfrazar la mentira a partes iguales.
Evidentemente, no es lo que parece. O sea, una película de Jean-Claude Van Damme. Bueno, sí lo es, pero no. Es decir, él la protagoniza, pero no hace de su personaje, sino de sí mismo, o tal vez (y he ahí el misterio y la gracia del asunto) esté haciendo de un personaje que simula ser él mismo.
Follones conceptuales aparte, el mérito de este atrevido filme de Mabrouk El Mechri está en utilizar a uno de los actores más denostados por la cinefilia militante para crear a su costa una obra de filmoteca, arte y ensayo.
Ahí encontramos la primera pista. Una película de Van Damme que se estrena únicamente en un par de salas de las de versión original subtitulada. Desde luego que, si no fuera por eso, éste que firma jamás hubiera mostrado el más mínimo interés por acercarse a descubrir este trabajo. Sin embargo, no se trata de una epopeya primitiva y fascistoide de redención a base de mamporros y artes marciales de macarrilla, sino de un ejercicio de autoparodia, metalenguaje y espíritu crítico que ya quisieran haber ingeniado muchos de los que siguen presumiendo por ahí de integridad autoral por el solo hecho de copiar las futilidades retóricas del Dogma danés.
Lo que uno descubre al finalizar la proyección es, para empezar, que Van Damme tenía vocación real de actor. Quiero decir que no se trata de uno de esos casos (desde Bruce Lee hasta Schwartzenegger) en que un deportista, un culturista, un karateka o un especialista en cualquier disciplina similar termina convertido en estrella de cine por puro rebote. Se ve que este hombre aspiraba a ser reconocido como intérprete, independientemente de que sus aptitudes fueran mayores o menores (desde luego, se le da mejor el oficio de lo que uno pudiera creer hasta ahora; parece mentira, pero os prometo que es así). La fama rápida, el dinero fácil a cambio del mínimo esfuerzo y las tentaciones carnales y psicotrópicas inherentes a la farándula acabaron corrompiendo supuestamente esos deseos iniciales de llegar a ser, no un Marlon Brando ni un Paul Newman, pero quizá sí un Bruce Willis o un Nicholas Cage cualquiera.
JCVD no es un documental, aunque se vale de puntuales retazos biográficos de su protagonista para realzar el aspecto crítico de la historia. Por ejemplo, el juicio por la custodia de su hija, en el que un abogado le acusa de trabajar en películas violentas que suponen un mal ejemplo para la criatura, pero que, al mismo tiempo, y tal como argumenta el acusado, han servido para que tanto la niña como su madre vivan instaladas en el desahogo económico e incluso en el lujo. También se lanzan dardos envenenados contra la despiadada industria cinematográfica, que usa y tira a sus estrellas igual que al papel higiénico, e incluso contra el público (o sea, contra todos nosotros), que a menudo se cree propietario de sus ídolos y con derecho a manejarlos como si fueran títeres.
Aunque imagino que lo que más impresiona de esta obra insólita es la bravura torera del propio Van Damme, sin reparos a la hora de autoparodiarse y de reconocer sus errores; una apuesta que le hace a uno reflexionar sobre los vilipendios que durante décadas le ha dedicado al actor belga, justificados en cuanto a la valoración de su trabajo interpretativo, pero quizá exagerados en lo referente a su carisma. Por ser más claro: Van Damme no es tonto. Es más, si lo que en JCVD se nos vende como verdad es realmente cierto, me atreveré a decir que este hombre es el más sensato e inteligente de toda la cuadrilla de héroes de acción monolíticos que tan poco han aportado al séptimo arte en los últimos tiempos.
Y es que hay algo también de experimento Kulechov en esta cinta. Concretamente, en la secuencia que sin duda será más comentada por espectadores y críticos, cuando Van Damme mira de frente a la cámara y se confiesa llegando incluso a las lágrimas. Y te lo crees. No me digáis cómo ni por qué, pero parece auténtico, veraz y hasta conmovedor. ¿Nos lo creemos porque sabemos que no está interpretando; que es él, el Van Damme genuino, quien llora? ¿Nos lo creeríamos si hiciera lo mismo, pero en la piel de uno de sus personajes? ¿Resultará que este fulano es un actor desaprovechado, o pasa, sencillamente, que como cualquier ser humano (actor, taxista o enfermero) siente, padece y se emociona? Sólo por marear la duda, ya merece la pena la hora y media de metraje.
Pero es que la cosa no queda ahí. Además de un ejercicio arriesgado de cine dentro del cine y de desafío a las fronteras de la realidad, JCVD funciona igualmente como un thriller de atracos en la línea de Tarantino, Guy Ritchie o Luc Besson. Sólo me molesta la elección estética de esa fotografía asepiada que tal vez pretenda subrayar la veracidad, pero que en mi opinión le resta brillantez a un trabajo tan inclasificable como fascinante.
Del mismo modo que hizo Tim Burton con el estrafalario Ed Wood (aunque con distinto planteamiento), el director Mabrouk El Mechri nos sirve a un Jean-Claude Van Damme honesto, entrañable y cachondo, más allá de que sus películas nunca vayan a cotizar al alza en nuestra memoria filmófila.
Si hubiera un Oscar al experimento del año, por mi parte estaría más que cantado.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Muertos de sueño

Reproduzco literalmente un titular: “Un estudio demuestra que la falta de sueño puede ser mortal”.
Así es. Las personas que no duermen lo suficiente duplican al parecer el riesgo a morir por enfermedad cardiaca, según un estudio llevado a cabo en el Reino Unido.
La teoría de los investigadores se basa en que la falta de sueño podría estar relacionada con un aumento de la presión sanguínea, lo que se traduce en amenaza inminente de bomba para nuestro corazón urbanita y estresado.
Los especialistas en la materia achacan esta falta creciente de sueño entre la población al estilo de vida moderno, donde determinadas ocupaciones parecen invadir el territorio tradicionalmente sagrado del descanso doméstico.
Dicho esto, yo distinguiría tres tipos de causas, desde mi visión peatonal y corriente.
Por una parte, tendríamos a los individuos que padecen estrés, ansiedad, presión laboral, familiar o económica, motivos todos ellos más que suficientes para amargarle el sueño a cualquiera o, como mínimo, agitarlo salpicado de horribles pesadillas.
Por otro lado estarían los trasnochadores habituales, los que duermen poco porque salen de farra un día sí y otro también, porque siguen creyendo en eso de que la noche es joven y porque para ellos la juerga es el mejor sinónimo de la diversión. Tal vez mueran antes que los demás, pero lo harán como el general Custer, con las botas puestas.
La tercera categoría la formarían los noctámbulos televisivos, los adictos a series interminables, reality shows culebrónicos, teletiendas surrealistas y demás fauna catódica de la madrugada. Las audiencias de determinados programas revelan que la tele quita mucho más espacio al sueño desde que desapareció la carta de ajuste y la programación pasó a ser un flujo infinito e insaciable.
Siendo rigurosos, habría una cuarta clase, la de los insomnes patológicos, aunque éstos, por estar ya tipificados como enfermos, entiendo que no serían objeto del estudio que nos ocupa hoy y que se refiere a la disminución artificial y forzada de los hábitos durmientes como un mal de la era contemporánea.
Madrugar es uno de los sufrimientos que no he conseguido aliviar en mis cuarenta años de existencia pedestre, así que, al margen de si es o no riguroso, permitidme que esta vez apoye incondicionalmente este estudio (seguramente innecesario, como tantos otros).
Nos han organizado el mundo al revés, para que nos levantemos temprano y nos vayamos pronto a la cama, cuando la sabia naturaleza de nuestro organismo nos dicta que lo ideal es trasnochar lo que se quiera y no tener una hora fijada para levantarse. ¿Os imagináis el mundo sin despertador?
En fin, soñar es gratis, aunque dormir cueste caro.
Y ahora os dejo, que ya están ahí los Lunnis.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Complejo de inferioridad lingüística

Hace siglos, la gente llevaba pegada al salpicadero del coche una especie de orla familiar con la leyenda “Papá, no corras”. Era una horterada, de acuerdo. Como la pegatina de la discoteca Penélope de Benidorm, el perro que niega con la cabeza sobre la bandeja trasera, el mini ventilador o el cangrejo encapsulado en la bola de la palanca de cambios.
¿Somos ahora menos horteras? Habrá quien crea que sí, sólo porque le venden la misma bazofia, pero en inglés.
Lo siento por vosotros, pero eso es, entre otras muchas cosas, el famoso tunning.
Como acabo de decir, nuestros abuelos ya tuneaban su coche con el perro que niega, la Penélope, o el sofá porta pañuelos (por si fuera poco, la palabra tunear me recuerda a la Tuna, esa especie de aberración músico-universitaria que suele perpetrar sus crímenes acústicos en bodas, banquetes y comuniones).
Es verdad que hay cosas que con el tiempo van cambiando, y puede ser que lo que hace años era cutre, de repente se convierta en vanguardia (por ejemplo, los tatuajes, que hace escasamente un par de décadas eran patrimonio casi exclusivo de la imaginería legionaria y presidiaria, y ahora no hay moderno que se precie sin uno sobre su piel).
De igual modo, parece que el hecho de denominar algo en inglés lo dignificara automáticamente, como en los tiempos en que Miguel Ríos se hacía llamar Mike Ríos para parecer más rockero y juvenil.
A menudo, amigos y colegas me reprochan mi empeño por usar el castellano, y me tachan de “antiguo” por decir cosas como descanso, pausa o intermedio en vez de break; o por decir horario, programa u orden del día en vez de timming; o discurso, charla o ponencia en vez de speech; o soltero en vez de single, reserva en vez de rooming, cuestionario en vez de checklist, magdalena en vez de muffin y batido en vez de smoothie. (Y me paro, porque habría miles de ejemplos.)
Me gustaría resaltar, sobre todo, lo ridículo de llamarle a uno “antiguo” por esto. Ahora mismo no sabría confirmaros a cuándo se remontan los orígenes del inglés y el castellano, pero, como mínimo, casi todos sabéis que Shakespeare y Cervantes eran contemporáneos, por lo que ya me diréis qué tontería es eso de presumir de modernos por utilizar una lengua en detrimento de la otra.
Al hilo de mi parrafada de hoy, quiero aprovechar para recomendaros el libro La punta de la lengua, de Álex Grijelmo, en el que, además de encontrar útiles consejos y sabias reflexiones de forma amena y no exentas de ironía sobre nuestro idioma, hallaréis un apartado dedicado a los anglicismos del cual destaco una opinión que comparto totalmente: los españoles, aunque no queramos reconocerlo, nos acomplejamos ante el poder imperial de lo anglosajón, y eso termina afectando a una parcela tan específica como la del lenguaje.
Erróneamente pensamos que el castellano no posee recursos para traducir según qué términos pertenecientes al mundo de los negocios, la ciencia o la publicidad, pero eso no es verdad. Sucede, en cambio, que sigue habiendo mucho papanatas que, como en los tiempos de López Vázquez y las suecas turgentes, se siente más importante diciéndonos, por ejemplo, que se ha sometido a una terapia anti-aging, cuando todos sabemos que lo que ha hecho es quitarse las arrugas para parecer menos viejo.
En fin. Ya están tardando en sacar pegatinas que digan “Daddy don’t run fast”, o, ya puestos, “Paping no corring”, o lo que sea. A lo mejor se acaban los accidentes.

martes, 4 de noviembre de 2008

Coñazeision

Entre nosotros: ¿de verdad os interesan un carajo las condenadas elecciones norteamericanas? Estoy hasta el gorro de las verbenas preelectorales de Obama y McCain, de los sondeos por Estados, de las estadísticas churriguerescas, de los recuentos dudosos, del supermartes, de la señora Palin y la señora de Clinton, de Colin Powell, de Joe el fontanero, de Bush y de todos los corresponsales de prensa que se corren de gusto porque van a pasar una noche en Washington, como si hacer la cobertura rutinaria del escrutinio les fuera a poner en bandeja su Watergate personal o les convirtiera automáticamente en aspirantes a eso que ganan los periodistas de las películas, o sea, el Pulitzer.
Estoy harto de que todo el mundo quiera aparentar que le va la vida en ello, de que se apunten al carro informativo hasta los frívolos y los carroñeros, de que dé igual si el programa lo presenta Matías Prats o María Teresa Campos, de que no importe si la columna la firma Julio Anguita o Elvira Lindo... hasta los mismísimos cataplines de que esa veleidosa imposición temática que tendemos a llamar “actualidad” se haya convertido en un monográfico sobre la conquista de la Casa Blanca. ¡Qué coñazo, por favor!
Venga, ahora decidme que soy un ignorante por no darme cuenta de que el gobierno de los Estados Unidos es en realidad el de todos, que su política internacional decide el orden mundial, que la salud de la economía del planeta depende de si Wall Street se resfría, que sí, que vale, que dependemos de ellos hasta para elegir la talla de los gayumbos... tranquilos, que eso ya lo sé.
Pero, insisto, ¿de verdad os interesa tragaros todo el proceso informativo relativo a las listas, las urnas, los recuentos, las encuestas, las inefables “primeras impresiones” de analistas políticos y supuestos especialistas en la materia, las consignas acérrimas de los respectivos votantes, la parafernalia repetitiva que montan los medios de comunicación, obligados a llenar cientos de páginas y horas de emisión con cuatro fotos, un par de vídeos y nueve o diez imágenes de archivo que están más vistas que el culo de Boris Izaguirre?
Conmigo no contéis, porque ni siquiera me interesa el rollo que se monta cuando hay elecciones aquí. Me conformo con saber que la democracia sigue en vigor y que el partido que gobierna es el que se ha elegido mayoritariamente en las urnas. Con eso me va bastando, por el momento.

sábado, 1 de noviembre de 2008

A buenas horas

Han tardado, pero parece que por fin se van dando cuenta.
Mira que llevo yo años diciendo que lo de cambiar la hora no vale para nada.
Sé que la intención de retrasar o adelantar el reloj en sendos momentos concretos del año es la de ahorrar energía porque supuestamente se contribuye a aprovechar las horas de luz natural, y no dudo de la eficacia de la medida desde un punto de vista colectivo.
Seguro que en el cómputo global de todos los países adscritos a nuestra zona horaria cuadran los números, pero ya sabéis, Spain is different.
Hay que tener en cuenta que en el resto de Europa se come por regla general a las 12 del mediodía y se cena como muy tarde a las 19 horas, con lo que nuestros vecinos del viejo continente que madrugan para ir a currar se están metiendo en la cama casi a la misma hora en que Los Lunnis nos instan aquí a que acostemos a nuestros hijos.
Con semejante ritmo de vida no es extraño que se salude con alegría la posibilidad de aumentar las horas de sol tempraneras, pero, sinceramente, decidme de qué nos sirve a nosotros que haga sol a las cinco de la mañana.
Somos un país de sobremesa y nocturnidad; cada vez que comemos —sea desayuno, almuerzo, merienda o cena— preferimos sentarnos, hacerlo con calma y palique, tomar el café, el carajillo o el sol y sombra de rigor, y después de cenar nos acoplamos frente a la tele hasta las tantas, o bien nos tomamos ese güisquito que nos alivia de un duro día de trabajo o de un mal resultado en la Champions.
Por eso, cuando en esta época del año uno ve que a las cinco de la tarde el cielo está negro como un tizón y encima hace un frío que pela, se acuerda de la madre que parió al que tuvo la ocurrencia de adelantar la noche con la excusa del ahorro energético. Un ahorro que, insisto, notarán si acaso en otros sitios.
Pensemos que, por maravilloso que sea levantarse a las 7 con un sol radiante como de anuncio de compresas o cereales con fibra, y por mucho que haya obreros condenados a poner el despertador a las 5 o las 6 de la mañana, siempre habrá a la fuerza más actividad en nuestras calles, nuestras casas o nuestros negocios entre las 5 y las 7 de la tarde. (Eso sin contar que, por mucha luz que le pongan a uno a según qué horas, la vista estará siempre nublada por culpa del madrugón y/o las legañas.)
Las macabras estadísticas sobre suicidios indican que éstos abundan más en países fríos y oscuros, en aquéllos donde el sol es introvertido y tibio, aun a pesar de que el nivel de vida en términos económicos sea obscenamente superior al nuestro.
Como deprimirme no entra en mis planes a corto y medio plazo, desde ahora mismo me autoproclamo fundador del movimiento contra el cambio horario.
Sí, sí, reíros, pero si lo hubiera dicho Al Gore o el primo de Rajoy, seguro que os lo tomaríais bien en serio.

jueves, 30 de octubre de 2008

La poesía también es cosa de risa

Me lo estoy pasando en grande leyendo Las mil peores poesías de la lengua castellana, un libro de Jorge Llopis publicado por primera vez en 1957, y corregido, aumentado y reeditado en 1973.
Llopis fue colaborador de la mítica revista La Codorniz, algo así como el antepasado directo de la contemporánea El Jueves, con la salvedad importante de que la primera nació con el siniestro y más que hostil panorama mediático del por entonces aún vigente régimen franquista como telón de fondo.
La intención de este volumen satírico no es otra que la de demostrar que no hay nada sagrado ni intocable en la literatura; que aquello en lo que unos ven sublime genialidad puede ser para otros insoportable cursilería o vulgar chapuza.
Reproduzco hoy aquí algunos fragmentos de esta obra subversiva, altamente recomendable para quienes —igual que este peatón— crean que leer y sonreír son dos ejercicios perfectamente compatibles, y que el saber, ocupe o no lugar, no debe provocar nunca el efecto secundario conocido como “cara de estreñimiento erudito”.

Extractos de Las mil peores poesías de la lengua castellana, de Jorge Llopis (Ed. Espuela de Plata):

“El arte, que es invento del hombre, tiene modas. Y lo que parecía deleznable y espantoso, la generación siguiente lo encuentra importantísimo. Recuerden ustedes que Hamlet —que hoy nos parece fuera de discusión— a Moratín le daba cien patadas en la boca del estómago. ¿Por qué no me las van a dar a mí Unamuno, pongo por caso, o Azorín?
Me consta que mucha gente se escandalizará cuando se penetre en las razones que aduzco para dar mazazos iconoclastas contra los pedestales de escayola gratuita de muchos conspicuos inmortales. No me importa que se atufen, porque sé que todos los que claman y se desgañitan hoy, dirán otra cosa dentro de diez años. Y muchos de ellos, hoy como mañana, harán suyo lo que escuchen decir a alguien que les inspire confianza. Los que defienden a bocados una postura —la que sea— y más intransigentes se muestran, son casi siempre los que hablan por boca de ganso; los que caminan —borregos del arte— delante de un pastor, los que no tienen ideas propias y necesitan que alguien se las dicte”.

“Lengua castellana es esa especie de ronquido que los españoles utilizan los lunes para discutir de fútbol. La lengua castellana sirve también para decir otras muchas cosas, pero menos importantes”.

“Se da el nombre de escritor a un señor que, generalmente, se pasa la vida sin un céntimo. A veces el escritor se torna glorioso, circunstancia que le permite comer algunos días de la semana.
Cuando dos escritores se reúnen, pueden suceder varias cosas:
1ª Que decidan hacer una comedia en colaboración.
2ª Que hablen mal de un tercer escritor, que, casualmente, no se halla presente.
3ª Que se limiten a tomar café.
Cuando en vez de ser dos los escritores reunidos, son tres, hablan mal, no sólo del colega que se encuentra ausente, sino de todos los escritores españoles y extranjeros.
Cuando en la reunión hay más de tres escritores que hablan mal, se llama Café Gijón”.

“Se llama obra literaria a esa clase de libros que, generalmente, no lee nadie. Los libros que suele leer la gente no son obras literarias, sino obras de solaz y esparcimiento. El público no suele leer obras literarias porque piensa:
a) Que son aburridas.
b) Que son largas.
c) Que son caras.
Casi siempre la gente acierta, y las obras literarias participan de las tres cualidades anteriormente apuntadas”.

domingo, 26 de octubre de 2008

El buen camino de Fesser

El fanatismo religioso no es sólo aquél que se manifiesta en forma de atentados suicidas o bombas ocultas en mochilas y maleteros de coches.
Existe una modalidad de fundamentalismo más delicada en sus formas, la cual renuncia a las explosiones y los golpes de efecto, y funciona de la misma manera que una epidemia, extendiendo su infección vírica a paso lento, seguro y letal.
De esa vil práctica manipuladora habla Javier Fesser en su nueva película, Camino, en la que ha conseguido por fin compaginar a la perfección su innegable virtuosismo técnico con la efectividad dramática de una historia que pone los pelos como chuzos, más aún sabiendo que se inspira en hechos reales.
Como ateo incurable que soy, las sotanas, las cruces y los púlpitos nunca me han resultado precisamente atractivos, ni siquiera en la ficción. Me aburren soberanamente las historias de sucesos milagrosos, de secretos de convento y de colonias parroquiales. No me interesan las conspiraciones vaticanas, ni las epopeyas misioneras, ni los pájaros espinos.
En Camino todo ello está más implícito que explícito, y de ahí que me guste tanto. Porque Fesser se centra sobre todo en el drama de una pobre niña esclava de unas cadenas que no son suyas, sino de su madre ultrabeata y de su maquiavélico círculo de allegados, con la única excepción de un padre que no necesita arrodillarse ni darse golpes en el pecho para reivindicar su humilde bondad.
Acojona y da grima al mismo tiempo contemplar la amabilidad viscosa de los farsantes con alzacuellos y sus entregados adeptos, la perversidad taimada y ceremoniosa de quienes venden miseria y sufrimiento como si fueran gloria y virtud, la crispante impasibilidad ante el dolor terrenal y esa apariencia de paz tras la que se esconde la más elemental de las codicias. Porque todo se reduce a llenarse los bolsillos de pesetas en nombre de Dios y a costa de la desesperación ajena, sacando infame provecho de la inculta bondad del prójimo.
Sin recrearse en detalles, valiéndose de un puñado de afinados trazos, Fesser retrata a la perfección a los relamidos curas, a los seglares mojigatos y a toda esa sarta de iluminados reprimidos y siervos obedientes que actúan como replicantes convencidos de ser humanos, aunque hayan sido despojados de su verdadera personalidad en aras del ascenso a los altares.
Y qué pena da esa niña a la que todavía le quedan resquicios de lucidez para rebelarse tímidamente y aferrarse a las fantasías que son más propias de su edad. Aplaudo la elegante ironía con que el director nos revela los verdaderos anhelos de la pequeña en contraste con lo que sus carroñeros adoradores esperan de su sacrificio: la obra teatral contra la Obra divina, el niño Jesús contra Jesús el niño, los pasteles de nata contra las hostias inmaculadas...
La debutante Nerea Camacho hace un estupendo trabajo en la piel de esa niña (cuyo nombre, ojo al dato, coincide con el título del libro sagrado del Opus Dei) atrapada y perdida en ese limbo que equidista de la limpia bonhomía del padre y del servilismo autodestructivo de la madre.
Otro tanto a favor de esta película es que hace crítica con estilo, sin exabruptos y sin mítines. Demuestra que se puede tratar con respeto la inteligencia del espectador sin necesidad de perderlo en intrincados alardes de soberbia intelectual (que aprendan los paladines del malditismo experimental y los reinventores del arte supremo).
En un año especialmente cochambroso para el cine español, donde sólo Casual day, Cobardes, Lo mejor de mí y 3 días se salvaban de la quema hasta la fecha, ha llegado Camino y ha puesto la nota más alta. Pero los cegatos académicos del séptimo arte nacional, por muy joven que sea su nueva directora, siguen aferrados a la versión más estereotipadamente rancia del cine de autor, y mandan a Hollywood como embajadora del talento patrio a Los girasoles ciegos, una película acartonada, vetusta, anacrónica, apolillada, encorsetada, avinagrada, mustia y trillada. Y lo siento por Cuerda, un señor al que respeto por haber parido dos obras notables, El bosque animado y La lengua de las mariposas; por haber tenido un par de bemoles en su día y rodar la delirante Amanece, que no es poco (en una época en la que aún no se habían inventado ni “La Hora Chanante” ni el Día del Orgullo Friki), y también por haber apostado en su día por un joven desconocido llamado Alejandro Amenábar.
Pero Los girasoles ciegos parece una película rodada en la misma época que los incunables que pasa Carmen Sevilla en “Cine de barrio”, o sea, una antigualla, por muy antifranquista que sea (¡sólo faltaría!), y creo que no es la mejor imagen que el cine español puede lucir de cara a abrirse un hueco en mercados ajenos.
Por desgracia, sigue abundando por estas latitudes mucho autor que confunde la sencillez con la racanería y la humildad con la precariedad. Creen erróneamente que su cine es más “auténtico” por el simple hecho de renunciar al espectáculo, y piensan que “comprometido” y “profundo” son conceptos inseparables de “austero” y “tedioso”.
Con Camino, Javier Fesser se ha desmarcado de las connotaciones del apellido familiar y se ha quitado por fin la etiqueta de “sólo para gomaespumeros”, demostrando que se puede criticar a los curas, al Opus Dei, al conservadurismo más atroz y reaccionario, y a la vez alardear un gusto por la estética y el arte visual que lo sitúa en la primera línea de las nuevas esperanzas del cine español.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Y tú, ¿qué harías?

Me he acordado ahora de una conversación que mantuve hace algún tiempo con un grupo de compañeros del trabajo mientras nos relajábamos charlando a la hora del bocata.
La mayoría de los presentes eran mujeres, lo cual no es un dato baladí, como se verá.
El origen de la charla se ha borrado ya de mi memoria, pero el caso es que, en un momento dado, alguien sacó a colación la escena quizá más conocida de la película de Clint Eastwood Los puentes de Madison.
Para quien no la haya visto, resumo fugazmente la trama y pongo en antecedentes sobre la secuencia en discordia: la protagonista, de nombre Francesca e interpretada por Meryl Streep, ha tenido un affaire amoroso durante unos días con un tipo aventurero y bohemio, un fotógrafo de National Geographic, interpretado por Clint Eastwood y en las antípodas (tanto intelectuales como varoniles) de su marido, un hombre bondadoso y cuya fidelidad está libre de toda sospecha, si bien, con el paso del tiempo, parece haber transformado la pasión en una suerte de tediosa constancia afectiva. El matrimonio, además, tiene dos hijos menores de edad.
El caso es que, tras el desliz, Francesca queda prendada de su aventurero, lo mismo que él, quien le propone a ella escaparse juntos y abandonar así para siempre su anodina existencia de maruja palurda.
Y así llegamos a la escena cumbre: Llueve a cántaros. Eastwood espera en la calle, sin paraguas ni capucha, calándose hasta sus huesos sexagenarios. Francesca viaja en el coche junto a su marido, que es quien conduce. El coche se para en un semáforo, ella ve a su héroe desde la ventanilla y alarga su mano hasta el mango de la puerta. Parece que la abrirá y saldrá corriendo a empaparse junto a su amante, pero no lo hace. El semáforo sigue en rojo y el marido, al menos aparentemente, en Babia. Francesca continúa sujetando la palanca de la puerta como si fuera a arrancarla…
Bien, me paro aquí para no joderle a nadie la peli. Sea como sea que se resuelva la escena en el filme, el meollo de la conversación a la que he empezado aludiendo en mi comentario de hoy se encuentra aquí.
Todas las mujeres presentes en aquel corrillo reconocieron que, mientras veían aquella secuencia, pensaron, murmuraron o incluso exclamaron: “¡Vamos, ábrela, ábrela, vete con él!”.
Obviamente, entiendo que lo pensaran. Cualquier persona a quien haya agradado la película reconocerá haberse contagiado de los sentimientos de los protagonistas. Sin embargo, lo que yo aduje al respecto fue que aquel entusiasmo y aquella complicidad con Francesca revelaban una escandalosa contradicción, en función de los valores que todas aquellas mujeres aplicaban en su vida cotidiana.
Reconozco que era una carta ganadora infalible si lo que pretendía era sembrar la polémica, como así fue. Mis compañeras criticaron mi supuesta falta de romanticismo y confundieron mi intención de cuestionar sus criterios con una aparente censura a la actitud adúltera de Francesca.
Dicho esto, me vi obligado a aclarar que mi incisivo comentario no versaba sobre la decisión del personaje de Meryl Steep, sino sobre qué hubieran pensado ellas de una amiga, vecina, compañera o conocida que les contara algo como: “He decidido abandonar a mi marido y a mis hijos para irme a disfrutar de la vida con mi amante bandido”.
No es que no se comprenda la necesidad de Francesca de ver realizados sus sueños. Os aseguro que me identifico totalmente con los anhelos de alguien que cree que cosas tan prosaicas como la edad, las convenciones sociales o los prejuicios no pueden aniquilar los deseos humanos y el derecho de cualquier persona a ser feliz.
Ahora bien, que nadie se engañe. Esos gritos de ánimo a Meryl Steep para que baje del coche de su marido representan también un sueño, una ilusión, una vía de escape, tal vez, pero de ningún modo reflejan el sentir generalizado a la hora de opinar sobre el comportamiento de nuestros semejantes.
Creo que si se hiciera una encuesta preguntando qué es lo peor que puede hacer una madre, la aplastante mayoría respondería de forma espontánea que lo peor sin duda sería abandonar o desatender a sus hijos. Y aunque añadiéramos que esa presunta madre fugitiva había huido por amor, a nadie le valdría como excusa.
Precisamente, una de las razones por las que admiro esta película de Clint Eastwood es por el tratamiento serio, adulto y coherente que hace de los sentimientos románticos. No necesita convertir la historia en un cuento de hadas donde todo el mundo termina comiendo perdices para trasmitir lo que significa enamorarse de alguien. Si no fuera porque son palabras que riman, cualquiera diría que romanticismo y realismo no tienen nada en común.

domingo, 19 de octubre de 2008

Decálogo del buen chiste

La gracia de un chiste, por raro que parezca, no reside en las cualidades humorísticas del mismo, sino que precisa del cumplimiento de una serie de requisitos que hacen que aquello que uno cuenta con la intención de divertir o agradar no se convierta en una chorrada gratuita que nos envíe directamente al infierno del ridículo.
Si elaborásemos una encuesta de opinión popular haciendo la pregunta “¿Por qué se ríe usted cuando le cuentan un chiste?”, el porcentaje de personas que responderían “porque el chiste tiene gracia” o “porque el chiste es bueno” sería cercano al cien por cien.
Sin embargo, desde estas líneas invito a la reflexión sobre dicho aspecto, y para ayudar a ejercerla detallaré a continuación lo que me he permitido en denominar el Decálogo del buen chiste. Una vez examinado con detenimiento, también vosotros os daréis cuenta de que la supuesta calidad del chiste en cuestión, lejos de ser el factor más influyente, resulta ser en realidad el menos determinante.
Las diez normas de obligado cumplimiento para que un chiste provoque la carcajada ajena son, por este orden, las siguientes:

1. Que la persona que lo cuenta nos caiga bien.

2. Que nuestro estado de ánimo o de salud sea el propicio.

3. Que el entorno sea o no el adecuado.

4. Que el chiste no nos afecte directamente por razones familiares, raciales, profesionales, religiosas, culturales, etc.

5. Que no nos lo hayan contado ya.

6. El momento en que se cuenta (si es el primero de la sesión o se han contado ya algunos antes para abonar el terreno).

7. Que el chiste haga gracia a la propia persona que lo cuenta.

8. Que el orador sepa manejar el chiste en su planteamiento y poner el debido acento en el clímax.

9. El salero o la gracia natural del orador.

10. Que el chiste sea bueno.

Las pruebas de que importa más el narrador que el chiste las encontraréis diariamente en vuestra vida cotidiana. Pensad en la persona que más odiéis en el mundo e imaginadla a continuación intentando ser graciosa. Por mucho ingenio que posea ese ser odioso y repulsivo, jamás conseguirá arrancaros una mísera mueca de agrado. Y que levante la mano el que esté libre de haberle reído un chiste espantoso a su jefe con tal de quedar bien. Pues eso.

jueves, 16 de octubre de 2008

Fiel

Estaba enamorado de X, y a la vez deseaba a W. Los más puritanos hubieran negado la convivencia de ambos anhelos, pensando erróneamente que eran incompatibles.
Con X me unía algo mucho más asentado que un impulso venéreo espontáneo, y desde luego que no estaba dispuesto a hacer nada que pudiera dolerle. Pero eso no bastaba para que yo fuera capaz de frenar la actividad volcánica que se desataba en mi interior cada vez que me cruzaba con W por un pasillo y jugábamos a ver quién de los dos mostraba los dientes más afilados al sonreír.
Harto de sufrir en solitario —cual insolente forúnculo— aquellos dilemas shakesperianos, decidí estudiar detenidamente mis opciones.
La primera era sencilla. Podía enrollarme con W a escondidas, perdernos por ahí en un lugar alejado de cualquier ojo indiscreto o casual, desahogar así nuestro reprimido apetito, y mantener después la historia en secreto por los siglos de los siglos.
La opción fue inmediatamente desechada. Es cierto que X no tenía por qué enterarse, y de este modo nunca podría sufrir por algo que desconocía, pero la infidelidad estaría consumada de todas maneras. De momento me quedaría a gusto, pero tal vez la felonía me pasara factura en el futuro, por no mencionar el hecho de que la reacción de W era todo un misterio (por no extenderme más en este aspecto, os invito a recordar películas como Atracción fatal o Escalofrío en la noche).
La segunda solución pasaba por recurrir al onanismo. En este caso, el conflicto sería únicamente de carácter semántico. Autosatisfacerme evocando a una mujer distinta de mi novia podría catalogarse como infidelidad en términos morales o intelectuales, pero, si nos ceñimos al concepto jurídico de la aportación de pruebas, en ningún caso habría lo que se conoce como “cuerpo del delito”. Además, aplicado el concepto a la práctica cotidiana, para acusar a alguien de “infiel” sería necesaria al menos una evidencia de relación carnal con otra persona.
Al margen de esto, la alternativa del onanismo no se traduciría en una disminución de la sexualidad en la pareja, sino tan sólo en la necesidad de un esfuerzo extra por mi parte. Con ello, la cosa terminaría pareciendo más un castigo que una verdadera solución (igual que cuando el profesor te castigaba a escribir cien veces en la pizarra que no volverías a cometer la travesura en cuestión). De esta manera, en el caso de mi tentación de infidelidad, cada paja contaría como una de esas cien veces en que tendría que escribir “No volveré a ponerme cachondo pensando en W”, y eso de sentirse culpable por darle al manubrio me sonaba a colegio de curas franquista, por lo que envié la segunda opción también al cubo de la basura.
La tercera posibilidad, y la que finalmente escogí, tuvo unos beneficios posteriores que, más allá de su cuestionable naturaleza, sirvieron para regalarle a X una suerte de compensación. La obsesión por W me duró unas cuantas semanas, así que lo que hice durante ese tiempo fue cerrar los ojos cada vez que hacía el amor con X y reproducir en mi mente la imagen de W. Esto me producía una inconmensurable excitación, una motivación añadida a la hora de entregarme al coito y, en resumidas cuentas, me convirtió en mejor amante.
Hace años que X y yo rompimos, y no recuerdo cuándo fue la última vez que nos vimos. A quien sí me encontré fue a W, hará nueve o diez meses. Estaba fea, estropeada, descuidada. He vuelto a cerrar los ojos muchas veces, pero jamás ha aparecido ella.

lunes, 13 de octubre de 2008

El timo como una de las bellas artes

Lo que más me jode es que ya lo veía venir... Y es una lástima, porque las dos primeras películas de Jaime Rosales (Las horas del día y La soledad) eran dos obras originales y certeras, tanto en la habilidad para transmitir emociones como en el empleo de técnicas de rodaje atrevidas y fuera de lo común.
En ambos casos, la intención de Rosales de definirse como un autor alternativo no era impedimento para que el espectador pudiera disfrutar de una historia, de una narración dramática y unos personajes de carne y hueso.
Así pues, enseguida incluí a este joven director en la nómina de los incondicionales, con el convencimiento de que sus películas iban a destacar del resto no sólo por su forma más o menos revolucionaria o exótica, sino también por su inusual manera de acariciar nuestra sensibilidad.
Además, su cine se ha comparado a menudo con el de directores que me interesan mucho, como el austriaco Haneke o el francés Rohmer.
Pero —oh, horror— este verano fui testigo de una entrevista en la que Rosales afirmaba que no era demasiado amante de la obra de Rohmer, y daba a entender además que no había visto ninguna película de Haneke, añadiendo que sus verdaderas influencias provenían de grandilocuentes artistas como Fellini, Pasolini o Antonioni. Y entonces empezó a entrarme el pánico.
Bajo el apacible disfraz de sus modales suaves y modestos, Rosales escondía el típico poso de pedantería de quien considera el cine como una simple manifestación plástica en la que los elementos narrativos clásicos serían prescindibles. O, dicho de otra manera: aparenta que le importa un carajo contar, narrar, explicar o compartir; él está por el arte (el Arte mayúsculo), por la experimentación y la búsqueda de nuevas formas de expresión, por desafiar las convenciones estéticas y estructurales, por el deseo de ser reconocido como un genio inventor y no como un simple profesional.
Cuando escucho este tipo de postulados, me acuerdo siempre de ese estereotipo del artista hipersensible que tan ácidamente retrataba Woody Allen en Annie Hall (el individuo en cuestión, con la afectación en la voz típica del que está convencido de decir algo sublime, le confesaba a su novia: “Ya he pensado en cómo me gustaría morir: quisiera ser despedazado por animales salvajes”; y añadía: “Y ahora tócame el corazón... con el pie”).
Tiro en la cabeza podría haberse titulado perfectamente Patada en los huevos (del espectador). Es un timo mayúsculo. Una estafa. Una ofensa. Y os lo dice alguien que está acostumbrado a ver de todo, que disfruta con lo común y con lo excéntrico, con lo espectacular y con lo minimalista. No es un problema de catetismo cinematográfico o de estrechez mental. Lo que verdaderamente me irrita de este pretencioso mamotreto visual es que me lo quieran vender como una forma de reinventar el cine o de sacar al pasivo espectador de su pereza intelectual. Puede que mis infinitas limitaciones culturales me incapaciten para poder permitirme el lujo de valorar en su justa medida una obra tan densa y profunda, pero de lo que sí estoy seguro es de que eso que vulgarmente se conoce como “el ciudadano de a pie” no espera ver algo así cuando va al cine.
Y, por supuesto, no me vale la tan recurrente falacia de que “no es cine comercial”. Óigame, señor Rosales: si no es comercial, ¿por qué me cobraron la entrada? ¿Por qué no es gratis? ¿Por qué cuesta lo mismo ver su película que cualquier otra?
Imaginad que compráis una novela que se publicita como una obra revolucionaria, audaz, atrevida, rompedora, etcétera, igual que la película de Rosales, y cuando abrís el libro todas sus páginas están en blanco. Entonces vais a reclamar y el librero os llama cazurros, vulgares, simplones, por no haber captado el mensaje transgresor. Un libro así podría formar parte perfectamente de una exposición en una galería de arte, en un espacio vanguardista, en la feria Arco o en cualquier foro que se precie de ser ultramoderno o contrario a la corriente. Lo que no puede hacerse es sacarle los cuartos al personal haciéndole creer que va a encontrar lo que luego no hay. Una novela experimental sería el Tristram Shandy, o Si una noche de invierno un viajero, pero un libro con todas sus páginas en blanco, ya me diréis.
Lo que ofrece Tiro en la cabeza al espectador no es muy distinto. Imágenes insulsas, tediosas y huecas, sin diálogos, gente que mueve la boca y a la que no escuchamos, motores y bocinas de fondo, y poco más. Puro onanismo.
Y que no os engañe la presunta polémica del tema que supuestamente aborda el filme, porque después de 80 minutos de aburrimiento es muy difícil que alguien llegue despierto a la última secuencia, cuando aparece la cuestión del terrorismo. Hay quien se ha rasgado las vestiduras por el hecho de que se nos muestra a un terrorista como un individuo corriente, que tiene amigos, toma café y folla. Esto no debería escandalizar a nadie, y en este caso sí entiendo la postura de Rosales. Si los asesinos tuvieran rabo y cuernos, supongo que el problema del terrorismo se habría solucionado hace ya unos cuantos años. Lo realmente jodido es que estos tipos viven infiltrados entre la multitud, que son gente aparentemente “normal”, y eso dificulta enormemente su identificación y su captura. Así que lo peor que ha hecho Rosales no es enseñarnos la faceta humana del pistolero de turno (también lo hizo Uribe en la estupenda Días contados), porque no olvidemos que “humano” no tiene por qué ser necesariamente sinónimo de “bueno”.
Mi decepción y enfado se deben, en resumidas cuentas, a que este director al que he admirado durante un tiempo parece decidido a cambiar de bando. Deja la pandilla de Haneke, Loach, Rohmer y Moretti para pasarse al clan de los Dardenne, Guerin y Van Sant. Pues peor para él.
Cuando un intelectual (sic) critica los programas televisivos tipo “Gran Hermano”, suele decir cosas como que a quién le importa ver a un puñado de Don Nadies hablar, comer, cagar, dormir o pasear. Suscribo dicha opinión, pero, entonces, la única diferencia entre Tiro en la cabeza (paradigma del cine intelectual) y los reality shows está en que la película de Rosales carece de diálogos. Por lo demás, parecen productos conceptualmente idénticos (puede que a Mercedes Milá también le guste Antonioni).

jueves, 9 de octubre de 2008

Leer de oídas

En breve llegará a las librerías españolas un ensayo de irresistible título: Cómo hablar de los libros que no se han leído. El autor se llama Pierre Bayard, y es, además de escritor, profesor de Literatura en la Universidad de París y psicoanalista.
El libro ha arrasado ya en Francia y Alemania, y, según cuenta Íker Seisdedos en el diario El País, se ha publicitado en algunos países bajo el eslogan “¡Si no piensa leer ningún libro este año, que sea éste!”.
Bayard afirma que su intención es “Reflexionar sobre la esencia de la lectura y despojar a los libros de su condición de objetos sagrados y de aterradoras llaves para ingresar en el mundo de la cultura”.
Me encanta que alguien diga esto. En serio. Ahora ya sé que no soy el único que desea terminar con el repelente estereotipo del escritor anacoreta y del lector taciturno e incapacitado para relacionarse socialmente.
Ya va siendo hora de que alguien se lance a defender sin vergüenza que un libro puede ser para la mente lo mismo que un consolador para el sexo, o sea, un instrumento destinado a alcanzar un placer y no un símbolo de distinción o un patrón de medida para juzgar la capacidad intelectual del prójimo.
Y que nadie piense que quien ha osado escribir un libro como éste es un terrorista literario o alguna especie de cazurro con ínfulas. Muy al contrario, Bayard deja claro que “No es un libro contra la lectura, ni una apología de la incultura”, y se confiesa “Un amante de la literatura que vive rodeado de libros”.
No obstante, aclara: “Pero no me parece razonable el modo en que funcionan las cosas. No puede haber sólo dos maneras de afrontar un libro: leerlo o no leerlo. Hay un vasto espacio intermedio. Incluso los libros que se hojearon o se dejaron a medias pueden determinar la vida de uno”, y añade una verdad demoledora: “Pocos creyentes han leído la Biblia de cabo a rabo y fíjense cuánto ha influido”.
Así pues, y aparte de un ensayo elaborado bajo el sano criterio de la desmitificación y la autocrítica, el libro de Bayard puede entenderse también como una guía práctica o un manual de emergencia para situaciones comprometidas, para quedar bien delante de un grupo de enteradillos, para tirarse el pisto en una entrevista laboral, para caerle bien al jefe o impresionar a los suegros…
Porque —reconozcámoslo— cuánto conocimiento literario no habremos adquirido a través de las sinopsis de contraportada o los resúmenes de las solapas, a fuerza de oír a tertulianos y entrevistados que recurren siempre a las mismas citas y referencias, o incluso por medio de nuestros lejanos recuerdos escolares.
Saber que Cervantes es un escritor no implica haber leído su obra. Hay quienes en su vida no han abierto una novela o conocido más poesía que los chascarrillos del envoltorio de un caramelo adoquín de Zaragoza, y sin embargo podrían llenarse el bolsillo en un concurso de la tele respondiendo que Machado era un poeta o que Camilo José Cela ganó el Premio Nobel.
Alguien me dijo una vez que una persona que no hubiera leído a Borges nunca podría ser un buen escritor, y entonces yo pensé en Quevedo, Homero, Shakespeare, Stendhal, Melville, Cervantes y Dostoievski (todos ellos murieron antes de que naciera Borges). Pobres taruguillos, ¿eh?.

lunes, 6 de octubre de 2008

Igualito que su padre

Como la vida en los hospitales se rige por unos extraños cánones temporales que rara vez cuadran con el ritmo de la actividad de las personas sanas (comida a las doce, cena a las siete), la hora de la visita coincidía con el momento en que Sofía se sentía más cansada. No es que no agradeciera la compañía de sus seres cercanos, pero hay ocasiones en que cualquiera mataría por una siesta, o incluso por unos rácanos diez minutos más de remoloneo entre las sábanas.
Así que Alberto decidió que no la despertaría aquella vez. Cogió al bebé en brazos y salió al pasillo para recibir él a los visitantes. Confiaba en que todos ellos comprenderían que su mujer estaba agotada. A fin de cuentas, se suponía que a quien querían ver era al recién nacido.
Su suegra y su cuñado llegaron puntuales. Al principio pensaron que Alberto les ocultaba algo, que tal vez se habían llevado a Sofía por haber sufrido algún tipo de complicación, por lo que tuvo que entreabrir la puerta de la habitación para que se cercioraran de que dormía.
Poco después apareció una pareja de amigos, y a continuación la hermana de Alberto, a quien reconocieron sólo cuando apartó de su rostro el enorme ramo de flores que portaba.
Todos hicieron un corrillo alrededor de Alberto, que sujetaba al niño en brazos con sorprendente pericia, pese a ser la segunda o tercera vez que lo intentaba. Enseguida los invitados comenzaron a desplegar el inevitable repertorio de primeras impresiones.
“La nariz es de Sofía”; “Se ríe igual que ella” (era meritorio interpretar como risa la mueca amorfa de un ser que aún tenía más en común con los vegetales que con los humanos); “Esa arruguita de la barbilla era de vuestro padre, que en paz descanse”. La familia de Sofía barría para casa; lo normal en estos casos. Por su parte, la hermana de Alberto destacó que el bebé era tranquilo, como era norma entre los portadores de su apellido, y además apuntó jocosa que tenía las mismas entradas que su hermano. El matrimonio amigo se posicionó en el también lógico terreno neutral: “Con unos padres tan guapos, es normal que haya salido esta monada”; “El pelo negro es totalmente de Sofía, pero tiene las manos grandes como tú”.
Una enfermera que llegó al trote desde el pasillo se unió por sorpresa al rondo. Tras pedir disculpas, retiró ligeramente el extremo inferior de la mantita que cubría al niño y comprobó en misterioso silencio los datos grabados en una especie de pulsera diminuta que el bebé llevaba sujeta a uno de los tobillos. “Lo siento, señor. Va a tener que acompañarme”. Alberto apretó instintivamente al pequeño contra su pecho, y todos los demás se quedaron petrificados. Al darse cuenta, la enfermera sonrió y añadió: “Oh, tranquilos. Es sólo un trámite”.
Alberto se disponía a entrar en la habitación y depositar a su hijo de nuevo en la cuna, pero la enfermera le aclaró que debía llevarlo consigo. Tomaron el ascensor y descendieron dos pisos. Estaban en la planta de los quirófanos y los paritorios. Allí los recibió un doctor, que le arrebató el niño de los brazos a Alberto y le instó a que esperara sentado en una pequeña sala acristalada y austeramente equipada con un par de sillones, una máquina de bebidas y una palmera que parecía de plástico.
A los cinco minutos salió la enfermera de antes con un bebé en brazos. Éste era más rubio y daba la impresión de estar algo más arrugado. “Éste no es mi hijo”, quiso aclarar Alberto. “Lo siento, señor. Éste es su hijo. Hubo un error ayer en la entrega. Puede comprobarlo en la pulserita del tobillo. Hemos pasado el código de barras por la máquina y no hay duda. Le ruego nos disculpe”.
La enfermera desapareció y él se quedó plantado en medio del pasillo, con cara de bacalao recién pescado y con aquella criatura desconocida apoyada en su regazo. Una pareja de celadores se acercó para curiosear por detrás de los hombros de Alberto. “Qué guapo”, exclamó uno. “Puede estar contento, ¿eh? Es igualito que usted”, dijo el otro. “Ya lo creo”, volvió a apuntar el primero, “Esos labios y esa mandíbula tan cuadradita no dejan lugar a dudas”. “Felicidades”, añadieron ambos, y se fueron.
Alberto quiso mirar al bebé a los ojos, pero los tenía cerrados.