martes, 8 de julio de 2008

La fama que salpica

Tal como están las cosas, no cabe duda de que ser famoso es hoy un concepto sobrevalorado.
Aún podemos recordar los tiempos en que la fama era la consecuencia de algún mérito o logro destacado. La esencia y el prestigio de la fama residían precisamente en su carácter minoritario y extraordinario; era un reconocimiento reservado a los protagonistas y autores de una proeza inusual, de una heroicidad poco frecuente, de un descubrimiento científico innovador, de un pensamiento genial o revolucionario, de una obra de arte inmortal…
Asimismo, la celebridad le otorgaba al famoso un carisma que se traducía en una cierta distancia marcada por el respeto. Muy al contrario de lo que sucede en nuestros días, ciertamente. Hemos pasado de tener a nuestros ídolos sobre un pedestal a considerarlos nuestras marionetas, a creernos con derecho a manejar sus destinos, a olisquear sus privacidades y a exigir la crónica de sus miserias amparados en un chusco y lamentable concepto del derecho a la información.
La parafernalia tradicional de autógrafos, posters y revistas ha sido reemplazada por una nueva burocracia de denuncias, querellas, demandas e informes judiciales de variopinta índole, a la que hay que sumar la proliferación incontrolada de gacetas virtuales y rondos televisivos.
Así que ahora la fama es más peligrosa que nunca. Por supuesto que el riesgo de los juguetes rotos y los ídolos de barro siempre existió, pero a eso habría que añadirle hoy el nuevo peligro de la fama salpicada o por rebote involuntario.
Imaginaos que un ex amigo, ex amante, ex compañero o ex loquesea vuestro se apunta a participar en un concurso de televisión de esos que, más allá del programa en sí, deriva posteriormente en una peregrinación masiva a lo largo y ancho de la parrilla de canales.
Y, lo que es más grave, imaginaos también que le da por largar intimidades que os atañen, o, peor aún, mentiras escandalosas en las que os veis involucrados por el sólo hecho de aumentar su caché y prolongar la demanda de sus testimonios en los platós.
Imaginad que un ex loquesea vuestro acude a uno de esos programas de sorpresas que son más bien sustos para exclamar a los cuatro vientos el daño que le hicisteis, o los cuernos que le pusisteis, o los que os puso él o ella a vosotros, o que aún se muere por vuestro amor, o que ha intentado quitarse la vida por culpa de vuestro desdén, o que hay un hijo que lleva vuestro apellido, o que todavía le debéis cien mil pesetas, o cualquiera de esas confesiones que os provocarán un brote de vergüenza ajena corrosiva e irreparable.
Así que, para nuestra desgracia, ser famoso ya no es exactamente un premio, ni tampoco algo a lo que podamos renunciar por propia voluntad. Ahora basta con tener un pasado. ¿Y quién no lo tiene?

7 comentarios:

Encarna-poesiaintimista dijo...

Hace algún tiempo, que rehuyo de ver la televisión, si no es por que emiten una buena película o un documental sano a mis ojos y oídos.
Como tu bien dices, el haberte acostado con "alguien" o ser la vecina de la que se quedo embarazada y denunció al padre porque éste ni se acordaba de haberla visto ni en pintura... Porque ahora es muy fácil el hacerse "famoso", solo basta con ir a un concurso televisivo y no hacer más cosa que no hacer nada.
Pero y el morbo?? Porque parece que la gente le guste más saber cuantos en una noche o los amantes de los amantes de los amantes de famosos. En fin, paciencia. Como a mí sólo me conocen en mi casa, prefiero un buen libro, o una buena película con buena compañia, si es posible. Mientras que media España está viendo y oyendo con la boca abierta, las aventuras y desventuras de no se quien.
Bessets, Encarna.

Las3Musas dijo...

Hazte fama y échate a dormir...

;)
musa desconocida

El último peatón dijo...

Bueno, la tele es un pasatiempo como cualquier otro. Hay libros, películas u obras de arte en general que pueden ser infinitamente más dañinos para la salud mental que un simple entretenimiento televisado.
El peligro es la enorme repercusión que tiene cualquier cosa que vemos en la pantalla. Una simple anécdota de las que nos contamos a diario en el bar o en el trabajo adquiere una dimensión trascendental por el simple hecho de que esté siendo retransmitida para millones de personas.
A los concursos, al fin y al cabo, va quien quiere. Lo chungo es que aparezca un día una unidad móvil enfrente de tu casa porque un admirador secreto quiere darte una "sorpresa" delante de toda España... A mí eso me acojona mucho más que la desaceleración económica, el cambio climático o la declaración de la renta.

Encarna-poesiaintimista dijo...

Aha! Tu lo que tienes miedo es que...Lean tu novela, o te escuchen en la radio, y las jovencitas ávidas por tu persona, te sigan y te acosen los programas de corazón corazón. Osti tu! Eso no me lo pierdo. Jajajaj.
No me llego a creer que te gusten esos programas.

El último peatón dijo...

Musa, te hice caso: me eché a dormir, porque había pasado una nochecita que ni te cuento.
Me he despertado como nuevo, pero sigo sin ser famoso... Qué alivio.

Besos somnolientos.


Encarna, no des ideas... Eso sí, si me llevan al "Corasón, Corasón" caéis todos conmigo... je.
No recuerdo haber dicho que me gusten esos programas. Lo que sí me gusta dejar claro es que no me creo más inteligente, ni más sabio, ni mejor en ningún sentido que las personas a quienes les gustan.
Creo que es un error medir el nivel cultural o intelectual de las personas en relación a sus aficiones, ya que el ocio posee por definición un componente puramente evasivo y superficial que es fundamental en la vida, lo cual no está reñido con que se puedan alternar esas actividades puramente lúdicas con otras que nos enriquezcan más profundamente.
También mucha gente piensa que los aficionados al fútbol somos unos cafres descerebrados, lo cual es una solemne falacia (y conste que no lo digo por mí; es sabido que autores como Vázquez Montalbán, Eduardo Galeano, Javier Marías o Antonio Gómez Rufo eran y son apasionados futboleros).

Besos con zapping.

Encarna-poesiaintimista dijo...

Uis, en ese comentario discrepo.Me has dejado un tanto ploff...
Nada más lejos de mi intención decir o dejar caer, que alguién en este mundo es más inteligente o mas inculto que otro por lo que es o hace.
Lo único que quería decir, es que con lo poco que sé de ti, no te imagino viendo ese tipo de tele. Bueno, para gustos los colores.
Esta vez no te mando besos, ea.

Pssst, Cuentame esa nochecita y te perdono. Adeuuu.

El último peatón dijo...

Está muy bien que discrepes. De hecho, es el lema de este blog.

En cuanto a lo de la otra noche, me temo que no puedo desvelar nada porque he vendido la exclusiva a Tele 5... ¿O era Antena 3?