martes, 18 de diciembre de 2007

Predicando con el ejemplo

Leo hoy que el enemigo acérrimo de Fernando Alonso (qué digo de Alonso, ¡de la patria hispana entera!), o sea, el inglés Lewis Hamilton, ha sido pillado en una autovía francesa cuando circulaba a 196 kilómetros por hora, lo que le ha acarreado una sanción económica de 600 euros, más la consecuente retirada del permiso de conducir durante un mes.
Imagino a nuestro amigo Lobato frotándose las manos con fruición maliciosa, reventando la memoria del móvil de su idolatrado Alonso con mensajitos de euforia carroñera, similares a los que a voz en grito nos regaló meses atrás cuando al demoníaco Hamilton se le averió el coche en plena carrera y las posibilidades del asturiano desaborido parecieron multiplicarse milagrosamente (luego todo fue un espejismo, claro, aunque les quedó el consuelo de la victoria final del finlandés Raikkonen).
Por muy subcampeón del mundo de Fórmula 1 que sea, el tal Hamilton no se librará del implacable código de circulación, lo cual me parece apropiado y justo, aunque 600 euros para el chiquillo (salvo que el ministro Solbes diga lo contrario) debe de ser una cantidad irrisoria.
Ahora bien, no entiendo por qué no se habló en los mismos términos hace escasos días, cuando el campeón de los campeones, el conspicuo y chulángano Schumacher, no pudo evitar la tentación de ponerse al volante del taxi que le llevaba al aeropuerto, justificando el numerito narcisista con la pobre excusa de que perdería el avión.
No quiero ni imaginar la de normas que infringiría el chulopisicinas teutón para conseguir su objetivo y, de paso, volver a ocupar portadas de prensa. Sin embargo, como Schumacher, aunque arrogante y poderoso, no es Lucifer (Hamilton, según parece, es la misma encarnación del Diablo), y como además está ya retirado y eso significa que no constituye una amenaza para que el mimado Alonso pueda ganar su tercer título mundial la próxima temporada, pues eso, que cómo mola ir a toda hostia zigzagueando entre los coches como en un videojuego y jugarse su pellejo, el del taxista, y el de los demás conductores en ruta.
En fin, ya puestos, que cunda el ejemplo. Imaginemos titulares como “Arguiñano se mete en la cocina de un bar a freír patatas y rebozar calamares porque el servicio era muy lento”. O éste otro: “Alfredo Landa se sube a un escenario y recita el texto de la obra a toda leche para poder salir antes del teatro y llegar a tiempo a su partida de mus” (esta noticia iría acompañada de un subtítulo que diría: “Algunos presentes aseguran que finalizó su monólogo con la frase ‘Garci, que te den’”). O bien: “El juez Garzón salta al césped del Bernabéu para decretar el final del partido y evitar el tiempo de descuento, ya que llegaba tarde a un juicio”. O, si no: “Pedro Solbes, sorprendido leyendo el Playboy en el retrete del Congreso de los Diputados”. El subtítulo añadiría: “El ministro ha declarado que hay que predicar con el ejemplo, y que él siempre ha sido de conejo”.
Pues eso.

martes, 11 de diciembre de 2007

Soberbia ibérica y chovinismo yanqui


Tenemos por aquí la temeraria costumbre de mofarnos a menudo de los ciudadanos norteamericanos a costa de su presunta incultura geográfica, la cual, aun siendo una secuela innegable de su ombliguismo imperial, no es en absoluto una carencia que les afecte en exclusiva.
Estoy harto de oír aquí y allá que si los yanquis no saben localizar Europa o incluso Sudamérica en un mapamundi, o que si creen que España está al lado de México (o que es México mismo), y cosas así, ya sabéis, seguro que a vosotros también os suena esta cantinela.
La cuestión es que yo no estoy muy seguro de si los escolares de aquí, o los adultos supuestamente cultivados en las enseñanzas básicas, sabrían (sabríamos) señalar sin titubeos en las páginas de un Atlas la ubicación de Sierra Leona, Sri Lanka, Haití, Indonesia o Jordania.
Es más, para qué ser tan rebuscados: digamos Israel, Bielorrusia, Hungría... O Argelia, Tanzania, Japón, Honduras, Uruguay, Malta…
Yo os propongo que mañana llevéis un mapa al trabajo, o al bar donde quedéis con los amigos, y juguéis al “quién sabe dónde”, versión toponímica (nada que ver con Lobatón, ¿eh?). A lo mejor resulta que nos parecemos a los estadounidenses más de lo que creemos o de lo que nos gusta admitir.
Esto viene a colación de un asunto bastante distinto, la verdad sea dicha. Es lo que tiene la asociación de ideas.
Resulta que, mientras esperaba el autobús y me distraía mirando el anuncio colocado en la marquesina, he pensado que uno de los reclamos más utilizados para publicitar las películas de animación es dar a conocer los nombres de los actores de doblaje. Me he fijado en que los norteamericanos suelen recurrir a sus estrellas de carne y hueso, y así, en los carteles promocionales de estos filmes de dibujos animados figuran nombres como los de Jeremy Irons, Sharon Stone, Johnny Depp, Glenn Close, Woody Allen, Kathy Bates, Eddie Murphy, Sigourney Weaver, John Cleese, John Goodman, Sylvester Stallone, Renée Zellweger o el mismo Antonio Banderas.
Sin embargo, si echáis un vistazo a las versiones dobladas al castellano, veréis que los nombres que aparecen son del tipo Andreu Buenafuente, Jordi González, Florentino Fernández, Manel Fuentes, Arturo Valls, Cruz y Raya, etcétera; es decir, se recurre a cómicos y presentadores de televisión en lugar de echar mano de los actores propiamente dichos (ya sé que el protagonista “vocal” de Bee Movie en su versión original es Jerry Seinfeld, un cómico televisivo de pro, pero en este caso hay que tener en cuenta que es también uno de los autores de la historia y del guión que han dado lugar a la película).
Yo no me planteo si unos lo hacen mejor que los otros. No dudo de las dotes profesionales de los cómicos mencionados para doblar a los personajes de animación, y estoy seguro de que el público queda satisfecho, a tenor de los resultados de las taquillas y las ventas de DVD. Pero, aun así, creo que el reclamo verdadero no se fundamenta en el posible buen hacer de los dobladores, sino en el simple hecho de que sus nombres y sus voces son infinitamente más familiares que las de los actores de cine. Por ejemplo, resulta francamente curioso el caso de Cars, en cuyo doblaje participaron, además de toda una legión de pilotos y periodistas, el inevitable Fernando Alonso y, cómo no, su inseparable Lobato (luego pensaréis que estoy obsesionado porque digo que están hasta en la sopa, pero a las pruebas me remito).
Será un síntoma más de esa aparente y permanente crisis que se le achaca al cine español desde que el mundo es mundo. Será que aquí no tenemos “estrellas” en el sentido tradicional de la expresión. Será porque no se puede luchar contra la todopoderosa televisión. Será por lo que sea, pero mientras observaba el cartel anunciador de la película Donkey Xote en la parada del bus, he supuesto que para los espectadores autóctonos no debe de suponer ningún aliciente identificar en los créditos de un filme a Carmelo Gómez, Eduard Fernández, Carmen Maura, Javier Bardem, Adriana Ozores, Eduardo Noriega, Juan Diego, Maribel Verdú, Federico Luppi, Cecilia Roth, Marta Etura, Javier Cámara, Victoria Abril, Candela Peña, Jordi Mollá o Antonio Resines, por nombrar a unos cuantos de los más o menos punteros del panorama interpretativo nacional.
Pues nada. La próxima de Disney o de Pixar, con las voces de Mariñas, Íker Jiménez, el Yoyas y Bienvenida Pérez. Es coña, pero tiempo al tiempo. Para que luego nos riamos de los yanquis.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Interludio intermitente


Se avecinan días de celebraciones, banquetes, reuniones más o menos festivas, compromisos disfrazados de ocio y juergas disfrazadas de nobles tradiciones.
Serán días de empachos, resacas, insomnios, cogorzas, reencuentros, viajes, tensiones, estipendios, números rojos, regalos, discusiones, conflictos, lágrimas, abrazos, champán, colesterol, cachondeo, deseos, noches largas, gayumbos rojos, niños de San Ildefonso y domingos con Corte Inglés.
En medio de semejante jaleo, este peatón tendrá algún que otro hueco para seguir visitando y actualizando con regularidad esta página, pero me disculparéis si durante los próximos días mis apariciones se vuelven informales y esporádicas, ya que un servidor, igual que todos vosotros (y por fortuna, desde luego), también tiene familia, amigos, compañeros, colegas y conocidos, y por mucho que reneguemos cada año de los inevitables compromisos y de los sablazos considerables que sufrimos a costa de esa cosa llamada Navidad, parece existir una fuerza superior salida de no se sabe dónde que termina siempre por arrastrarnos y despojarnos del libre albedrío y el sentido de la originalidad durante los últimos días del año.
Así pues, entre turrón y turrón, seguiremos en contacto, aunque sea de forma intermitente y para no perder las buenas costumbres, pero espero que sepáis perdonarme esta breve indisciplina y sobre todo que no vayáis a pensar que mis puntuales ausencias se deban a que finalmente haya perecido atropellado por algún ciclista kamikaze o por un resentido ídolo del tándem Lobato-Alonso.
Suerte a todos y salud para la Visa.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Ultrapeatonismo radikal


Hoy mi vida se ha visto en serio peligro por partida doble, y ambas contingencias han sucedido en el breve transcurso de unos siete u ocho minutos.
Para empezar, un ciclista de esos que se creen más modernos y más progres que yo porque van esquivando viandantes a toda leche por una acera estrecha, ha provocado una especie de efecto dominó al calcular mal su filigrana y rozar con un pedal la bolsa de la compra que una señora más bien anciana y chaparra portaba con no poco esfuerzo y a paso de procesión.
La mujer, más por el susto, creo yo, que por la propia fuerza del impacto, se ha balanceado hacia su izquierda, chocando contra mí y provocando que yo tuviera que saltar el bordillo de la acera, quedándome plantado en el carril de los taxis y autobuses. Por pura chiripa no pasaba ninguno en ese momento, y aquí estoy, sano y salvo contando la anécdota.
Minutos después, me disponía a cruzar por un paso de cebra sin semáforo. A cierta distancia se acercaba una moto y, detrás de ésta, un coche. El tramo a cruzar era corto (no más de tres metros), así que, amparado en la presunta preferencia que me confería mi condición peatonal, he iniciado el paso en busca de la otra acera.
Entonces, el motorista, que o bien tenía prisa o bien era pariente cercano del ciclista de antes, ha decidido que, en vez de detenerse para dejarme pasar, lo mejor era esquivarme haciendo un pase torero de dos orejas y rabo, sorteando mi cuerpo por la espalda y dejándome sordo con la pedorreta de su motor y casi ciego con el humo despedido por el tubo de escape.
Suerte que el conductor del coche que iba detrás no debía de tener ínfulas taurinas ni circenses, y ha hecho lo correcto, o sea, pararse, aunque a esas alturas yo ya había alcanzado la acera gracias a un respingo que ni Spiderman en hora punta.
Lo que ha pasado después es que, al ir a cruzar por el siguiente paso de cebra, me lo he pensado muy mucho y hasta que no he visto al coche de turno totalmente quieto delante de las rayas blancas del suelo no me he atrevido a caminar. Según iba cruzando me ha salido espontáneamente un gesto muy típico de los peatones en los pasos de cebra, que no es otro que el de alzar la mano en señal de agradecimiento hacia ese conductor solidario que respeta nuestra preferencia.
Es injusto que yo deba darle las gracias a alguien por no atropellarme en un lugar donde los derechos me amparan y la obligación de pararse es suya, ¿verdad? Pues así está el tráfico. Y la vida misma. Qué os voy a contar.
Pero bueno, no todas las noticias son malas para los peatones. Hoy he leído que se van a llevar a cabo unas obras en la calle Balmes de Barcelona (una de las avenidas principales que recorren la ciudad de punta a punta), mediante las cuales se suprimirá uno de los carriles de la calzada para hacer las aceras más anchas. No digo yo que esto no sea para ahorrarse el carril bici y, de este modo, sacar dos cosas por el precio y el esfuerzo de una, ya que está comprobado que los ciclistas siguen prefiriendo circular por la acera antes que jugarse el pellejo por las vías alternativas, pero en la biblia agnóstica de este peatón el ensanchamiento de las aceras equivale a la división milagrosa de las aguas del Mar Rojo, así que, bienvenida sea la iniciativa.
Por cierto, si alguien creía que con el proyecto Bicing se iban a solucionar los problemas de tráfico, que sepa que lo lleva crudo.
La proliferación de bicicletas no ha reducido la afluencia de coches y motos, sino la de peatones. Es decir, gente que antes iba andando o en metro ahora va en bici, con lo que son las aceras las que empiezan a sufrir problemas típicos de las calzadas urbanas y las autopistas, como los embotellamientos, los atropellos y las colisiones.
En consecuencia, tampoco tenemos una ciudad menos contaminada. Si el número de vehículos a motor es el mismo, los humos y gases desprendidos seguirán siendo los mismos. Como no cambie la cosa, el título de este blog dejará de ser una simple ironía para convertirse en una profecía.
Ya veis, hoy tengo el día de peatón radikal (y lo escribo con k porque suena más contundente y rebelde).

lunes, 3 de diciembre de 2007

Brindemos por Martin


Ya puede verse en la página web de Freixenet el corto que ha filmado Martin Scorsese como soporte publicitario de este año para esta marca de cava que, igual que los turrones El Almendro, siempre vuelve a casa por Navidad.
Hace un par de meses ya os manifesté mi curiosidad por saber cómo afrontaría el encargo el director neoyorquino. Se suponía que el cometido de Scorsese pasaba por dar un giro innovador a la habitual apariencia de verbena casposa que solían tener estos anuncios, parientes cercanos de la nocturnidad hortera de una gala televisiva cualquiera dirigida por José Luis Moreno.
Las virtudes cinematográficas del autor de Taxi Driver, Toro Salvaje y Uno de los nuestros estaban fuera de toda duda, pero, ya se sabe, casi todo el mundo es capaz de aparcar puntualmente su carisma a cambio de una cuantiosa remuneración.
Como soy gran admirador de Scorsese, no me apetecía verlo menospreciado por haber cedido servilmente a los intereses mercantiles de los magnates del espumoso, y por eso tenía mis reservas (y esto no es un chiste malo a costa del título de la campaña propiamente dicha, la cual se ha bautizado como La clave reserva).
Scorsese no me ha defraudado (Uff…). El tipo es listo, y ha sabido salir del envite a lo grande. Se ha inspirado en Hitchcock para hacer un cortometraje de 8 minutos en el que simula haber encontrado un guión inacabado del maestro del suspense y, a partir de esta premisa, rueda una secuencia de intriga en un teatro utilizando recursos propios de Don Alfredo (los primeros planos de objetos, la rubia de bote, su inigualable forma de filmar cogotes…) y regalando guiños fácilmente identificables de toda su filmografía (Recuerda, Encadenados, El hombre que sabía demasiado, Con la muerte en los talones, Vértigo, Crimen perfecto, La ventana indiscreta, Los pájaros…).
A esto le unimos créditos estilo Saul Bass y música de Bernard Hermann, y nos queda el anuncio del año, una mini-película de Hitchcock rodada por Scorsese; casi nada.
Un suculento aperitivo previo a una Navidad que algunos ya intuyen precursora de importantes cambios. A la jubilación consabida del calvo de la Lotería y a la ausencia del inefable Ramón García en las uvas televisadas habrá que unirle, además del corto de Scorsese, un discurso del Rey que seguro batirá registros de audiencia gracias a su reciente rifirrafe con Chávez.

P.D. Los que piden letra para el himno nacional, ya tienen la primera línea: “¿Por qué no te callas?”; y luego: “Tan tan tachán, tan tan tachán…”.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Pereza preelectoral


Cada vez queda menos para que haya elecciones de nuevo y ya me está entrando una pereza que ni os cuento.
Vaya gol que nos colaron en su día con lo de la precampaña, por cierto. Se supone, digo yo, que la campaña electoral es ya en sí misma una fase previa, un prolegómeno de la legislatura o mandato que se elige en las urnas.
Pero los insaciables políticos necesitaban más, claro está. Se les quedaba corto el periodo habitual de promoción propagandística y se sacaron de la manga otro tramo previo a lo previo, que en rizar el rizo y enredar la retórica no hay quien los gane.
Con ello, la otra parte interesada en el meollo —es decir, la prensa— no tardó en dar su aprobación a esta nueva estrategia, sumándose incondicionalmente a la misma y saturándonos con la artillería pesada de promesas y diatribas que caracteriza a toda campaña electoral con casi medio año de antelación.
Huelga decir que me aburren soberanamente las monsergas de los candidatos, pero de esto se puede escapar, por difícil que parezca. Uno puede huir de los medios de comunicación, intoxicados y manipulados más que nunca durante esta época previa a los comicios. Aún estamos a tiempo.
Pero de lo que resulta imposible evadirse es del ambiente cotidiano que se crea como consecuencia de esta avalancha de electoralismo glotón y lucrativo. Y es esto lo que más me fastidia.
Casi todo el mundo, como es natural, es simpatizante de algún partido. Yo, sin embargo, no comulgo con ningún catecismo político, y eso me coloca siempre en la incómoda posición de aparentar la ideología contraria de quien me habla.
Seguro que os pasa a otros tantos. Cada vez que alguien pretende defender a su político favorito ante mí, yo siempre tengo alguna objeción que hacerle, de lo cual mi interlocutor deduce que soy votante del enemigo. Cosa absurda, pues mis conjeturas o discrepancias siempre rezuman escepticismo y nunca proselitismo alguno, pero ya sabemos cómo es esto de defender los colores presidenciables, que en poco o nada se diferencia del forofismo futbolero.
Así que ahora las charlas entre amigos, las sobremesas de domingo, las tertulias de la hora del bocata, o sea, todo, o casi todo, será hablar de política. Mejor dicho, será hablar de educación, de economía, de seguridad, de urbanismo, etc., pero no desde la perspectiva individual de cada mente librepensadora, sino amparados en el marco de la defensa o el descrédito hacia uno u otro partido en liza.
Un coñazo.