miércoles, 14 de mayo de 2008

Quiénes somos, adónde vamos

En el aula hay 24 niños, repartidos en seis filas de cuatro pupitres cada una. El profesor ocupa su mesa presidencial, que está vacía, impoluta, diáfana; no se ve un solo papel sobre ella, ni una carpeta, ni siquiera un triste bolígrafo BIC.
Los alumnos tampoco portan material de escritura alguno, ni cuadernos, ni folios, ni lápices, ni nada que se les parezca.
Pese a todo, es el día; nada ha cambiado ni nadie ha alterado la fecha prevista.
A la espalda del maestro hay una pizarra clásica, de color verde oscuro y cubierta de una capa como lechosa o canosa que es el resultado del último borrado de tiza, quizá apresurado o sencillamente displicente.
El profesor coge una tiza de la repisa anexa a la pizarra por su parte inferior y escribe cuatro números en el encerado.
¿Una hora? ¿Una fecha? ¿La combinación de su caja fuerte? ¿El Código Da Vinci? ¿El cupón de la ONCE?
Acto seguido, hurga en el bolsillo interior de su chaqueta y extrae del mismo un pequeño artefacto. Con una inclinación de la cabeza da a entender a los alumnos que ellos pueden proceder ya a imitar su último gesto.
Los chicos se echan mano a sus bolsillos, bolsos, mochilas o bandoleras, y en unos segundos todos sujetan obedientes su propio artefacto ante la mirada imponente del maestro.
Éste posa su artefacto sobre la mesa y, señalando en dirección a la pizarra, se dirige por fin a su audiencia:
“Bien, a partir de este momento comienza el examen. Tenéis veinte minutos para redactar vuestro SMS y, una vez terminado, deberéis enviarlo a ese número que acabo de escribir ahí”.
Transcurridos los minutos concedidos, el móvil del profesor empieza a vibrar y a trotar sobre la mesa como una cucaracha histérica recién rociada de insecticida o como un ratoncillo poseído por el espíritu de Chiquito de la Calzada.
Mira su reloj, recoge el teléfono de la mesa, y les comunica a sus pupilos que el tiempo se ha terminado, a la vez que presiona el botón de desconexión del móvil. Uno de los alumnos levanta el brazo solicitando permiso para hacer una pregunta. Permiso concedido:
“Profe, ¿cuándo estarán corregidos?”.
“El lunes mandaré un SMS al móvil de vuestros padres con la nota del examen”.
La clase se va vaciando paulatinamente, entre murmullos y risas de los colegiales. El profesor se dispone a borrar el código escrito en la pizarra, y en ese mismo instante se oye una música repelente y pachanguera que proviene del fondo del aula. Camina hasta allí, echa un vistazo por los alrededores y encuentra por fin, en el suelo, entre las patas de una silla, el aparato causante de aquella insolente melodía. La música cesa. El maestro lee el texto escrito en la pantalla del teléfono y masculla: “Jodidas chuletas. A éste lo cateo”, tras lo cual, abandona la clase refunfuñando.

5 comentarios:

hombredebarro dijo...

No sé, no sé, la educación tiene sus problemas y cada vez es verdad que estamos más en manos de las empresas de telecomunicaciones. Muchos retos culturales del futuro vendrá exigidos por sus intereses. Por eso una de cal y otra de arena: tecnología y polvo de tiza.

cacho de pan dijo...

primera visita...volveré.

El último peatón dijo...

Gracias, cacho de pan. Serás siempre bien recibido.

letras de arena dijo...

Está muy bien buscada la transformación del clásico examen en una versión moderna, pero en el fondo caemos en los mismas trampas aunque disfrazadas con nuevas tecnologías. Tal vez seguimos siendo los mismos pero a dónde vamos, de eso, si que no tengo ni idea...
Un saludo de letras.

El último peatón dijo...

Yo estoy como tú. Cualquiera sabe adónde vamos. Y tengo la impresión de que, sea donde sea, mejor me quedaré aquí mismo, que ya estoy mayor para según qué transformaciones...
Saludos desde la acera.