sábado, 10 de noviembre de 2007

A la vejez, viruelas (y malas pulgas)

Basta que unos y otros —periodistas o tertulianos, nacionalistas o republicanos a secas, Aguirres o Anasagastis, Raholas o Peñafieles, quienes sean—, basta, digo, que últimamente nos hayamos despojado del comedimiento o el prejuicio de cuestionar la monarquía, para que el Rey empiece a protagonizar episodios de airadas reprimendas o desplantes, abandonando de repente ese tradicional segundo plano que imagino tan saludable para conservar con equilibrio su figura institucional en una estado democrático que elige a sus gobernantes a través de las urnas.
Parece que por fin haya tomado conciencia de su posición de profe en el patio del colegio ibérico, y hemos pasado de verlo dando solemnes cabezadas en actos protocolarios o declamando su robótico y soporífero discurso de cada Navidad, a encontrárnoslo cada dos por tres repartiendo broncas e imprecando a cualquiera que le saque de sus reales casillas.
¿Será que ha entrado, dada su edad, en el club de los ilustres cascarrabias, junto a otros grandes como Fernán-Gómez, Labordeta o el recién fallecido Umbral?
No hace nada comentaba aquí el rifirrafe que el monarca tuvo con Esperanza Aguirre durante la comida del Día de la Hispanidad, y ahora, en menos de un mes, vuelve a la carga, con Hugo Chávez como “pareja artística”.
El tenso incidente se ha producido durante el acto de clausura de la Cumbre Iberoamericana celebrada estos días en Santiago de Chile.
El esperpéntico cacique venezolano intentó interrumpir, según parece, a nuestro presidente Zapatero, quien, por surrealista que os parezca, había exigido a Chávez respeto hacia el ex jefe del Gobierno español, José María Aznar, a quien, por su parte, el mandatario bananero había llamado en repetidas ocasiones “fascista”.
A todo esto, el Rey Juan Carlos, cabreado por la insolencia de Chávez, le espetó a éste un “¿Por qué no te callas?”, que sin duda quedará inscrito en la misma página de la Historia que el insuperable “¡A la mierda!” de Fernán-Gómez y el contundentemente mediático “¡He venido a hablar de mi libro!” de Umbral.
Al margen del altercado en sí, que imagino será algo habitual en eventos de este tipo, me quedo para la reflexión con la actitud de Zapatero, no en vano reputado artista del talante.
Ya sé que, dependiendo de la ideología que tengáis o del partido con el que simpaticéis, vais a interpretar de un modo u otro las palabras de nuestro presidente que dieron lugar a la bronca del Rey con Chávez.
A pesar de ello, me gustaría pediros que, siquiera por unos segundos, os olvidéis de colores, banderas, emblemas, insignias o consignas, y que, en un ejercicio de depuración extrema, saquéis de vuestra mente todo condicionante ideológico para poder leer la frase que a continuación os reproduzco con la inocencia cristalina de una Heidi cualquiera. He aquí la frase: “Se puede estar en las antípodas de una posición ideológica, y no seré yo quien esté cerca de las ideas de Aznar, pero fue elegido por los españoles y exijo ese respeto”.
Se avecinan comicios electorales, ya lo sabemos. La política se parece más al arte de restaurar las fachadas que al de asentar los cimientos, de acuerdo. Por regla general, nos parece más sincero un político que discrepa que otro que asiente o concede (allá nosotros). Vale, lo que queráis, pero no me negaréis que la frase de Zapatero mola.
¿Demasiado bonita para ser verdad? Seguramente. Pero habría que preguntarles a los venezolanos si prefieren la supuesta franqueza arrogante de su mandatario o el tan a menudo denostado buen talante de un gobernante democrático cualquiera.
No es que sea para tirar cohetes, pero cuando contemplo un hecho como el que hoy nos ocupa, me sale un sonoro suspiro de alivio y doy gracias por todas las cosas que casi a diario cuestiono o critico mientras me tomo un carajillo o escribo en esta página.

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