viernes, 2 de noviembre de 2007

Imaginación + Incultura


Hoy voy a contaros una cosa muy personal, de esas que rara vez se comparten.
Hará unos cuatro o cinco años se me ocurrió una idea para una historia que creí ciertamente original y prometedora. Recuerdo que escribí algunas notas en un cuaderno y, tiempo después, elaboré una especie de síntesis argumental más o menos en limpio y en el ordenador.
No sabía con certeza si la idea daría para una narración breve o si tendría que extenderla hasta convertirla en novela, ya que las posibilidades que ofrecía, y que estáis a punto de descubrir, eran inmensas.
Estaba tan entusiasmado con todo ello que incluso creí conveniente aparcar la historia y no acometerla hasta haber adquirido algo más de experiencia literaria. Lo estimaba un material tan valioso que no quería desperdiciarlo a base de diletantismo o de ingenua pasión de novato.
Así que durante todo este tiempo mantuve en absoluto secreto mi idea, esperando el momento apropiado para desarrollarla con la confianza plena en mis posibilidades creativas.
Se trataba de contar la vida de un hombre que un día se despierta en su cama siendo un anciano, y que, a medida que transcurren los años, en lugar de envejecer va rejuveneciendo. Imaginaos cómo sería nuestra vida si avanzara cronológicamente en sentido inverso al convencional, cómo experimentaríamos según qué vivencias en un estado físico opuesto y con una experiencia emocional diferente a todo lo que estamos acostumbrados. Cómo afrontaríamos la muerte si a ella llegásemos como ingenuos bebés y no como adultos desgastados o seniles.
Las ramificaciones dramáticas, intelectuales sentimentales o morales que pueden brotar de semejante premisa son casi infinitas, y entenderéis ahora por qué me había tomado con tanta calma y prudencia la decisión de empezar a escribir.
Pero, ¡oh, horror!, el sueño se acaba de desvanecer.
Leo la semana pasada en una revista que mi admirado director David Fincher (Seven, The game, El club de la lucha, La habitación del pánico, Zodiac) prepara una película titulada El curioso caso de Benjamín Button, con Brad Pitt de protagonista, guión de Eric Roth (Munich, Forrest Gump, El buen pastor, Zodiac), e inspirada en una novela corta o relato largo de F. Scott Fitzgerlad.
No hace falta que os diga cuál es el argumento, ¿verdad? Pues sí, lo habéis adivinado: narra la vida de un señor que al llegar a los cincuenta años, en lugar de envejecer, comienza a rejuvenecer.
La noticia me provocó una angustia tragicómica digna del peor culebrón venezolano. Mi supuesta idea brillante carecía de pronto de originalidad. Libro y película, por partida doble. Además, el novelista no es precisamente un chupatintas desconocido. Hablamos del autor de El gran Gatsby, quien escribió la narración que nos ocupa (incluida en su libro Cuentos de la edad del jazz) hacia 1922.
Es decir, que la idea vino a mí con más de ochenta años de retraso…
Pasado el shock de leer la información en aquella revista, sigo sin determinar cuánto de positivo o negativo debo extraer de esta singular experiencia.
Por un lado, me anima el hecho de saber que mi imaginación ha coincidido con la de un autor célebre y reputado, y que, por tanto, mi capacidad creativa puede seguir aspirando a grandes cosas.
Por otra parte, no obstante, pienso con cierta aprensión que quizá mis lagunas culturales puedan seguir jugándome malas pasadas como ésta en el futuro, y que próximas ideas que yo crea genuinas terminen resultando también copias involuntarias de las originales.
Lo mejor de todo, eso sí, es que estoy deseando ver la peli.

1 comentario:

hombredebarro dijo...

El asunto de la originalidad es así. Pocos argumentos habrá por ahí que sólo hayan pasado por la imaginación de un individuo. La conclusión de tu historia me parece muy positiva. La imaginación es un territorio en el que afortunadamente no existen derechos de la propiedad intelectual, eso que hoy día todo el mundo cree que puede atesorarse como monedas de oro. Por otra parte había por ahí un cuento de...¿Borges? ¿García Márquez?...que contaba una vida de descrecimiento, hasta el punto en el que los bebés nacían viejitos. O me lo invento. Muchas veces el bagaje cultural impide una expresión ingenua de nuestra imaginación. Por ello o porque no me queda remedio una mala memoria a veces nos juega buenas pasadas: y se nos viene a la cabeza un verso ajeno pensando que es propio.