sábado, 3 de noviembre de 2007

Espionaje patrocinado


En un relato del escritor uruguayo Felisberto Hernández, titulado Muebles “El Canario” y publicado en 1947, se nos muestra, en apenas un par de páginas, una situación aún hoy utópica pero ya entonces casi profética acerca del poder avasallador que ejerce la publicidad sobre los ciudadanos.
El cuento está narrado en primera persona por un hombre que viaja en el tranvía y de pronto observa a unos tipos que suben al vagón y, con toda la amabilidad del mundo y unos modales ciertamente exquisitos, comienzan a pinchar con unas jeringas a los pasajeros. A los pocos segundos de haber sido inyectado, el protagonista empieza a escuchar dentro de su cabeza una especie de transmisión radiofónica en la que se intercalan tangos, cantos de pájaro y poemas con mensajes promocionales de la firma Muebles “El Canario”.
No me negaréis que se trata de una metáfora acertadísima, y que, habiendo sido escrita hace sesenta años, tiene el mérito añadido de su valor premonitorio.
A día de hoy, sólo nos falta lo de las jeringas, porque lo de tener las musiquillas de determinados anuncios metidas en lo más profundo del cerebro es algo más que habitual, especialmente en las fechas que se avecinan.
Al margen de la excesiva insistencia y la molesta saturación que traen consigo las campañas publicitarias agresivas propias de nuestro tiempo, existe otro factor todavía más delicado y peligroso para la salud de la entelequia conocida como Opinión Pública: la manipulación de la realidad.
Parece que a raíz de la publicación de un anuncio de la marca Louis Vuitton en una revista, se ha reactivado la polémica acerca de la muerte del ex espía Alexander Litvinenko, antiguo agente de los servicios secretos rusos fallecido hace ahora un año por envenenamiento con polonio 210. Según se sabe, el finado había acusado a los mencionados servicios de ser, amén de secretos, corruptos, y de causar una serie de explosiones en un edificio de Moscú en 1999 para ayudar a Putin a alcanzar la presidencia del gobierno.
La foto del escándalo pertenece a Annie Leivobitz, quien retrató al ex mandatario soviético Mihail Gorbachov sentado en un coche con un maletín de la firma francesa Vuitton a su costado. Por la parte superior de dicho maletín asoma una revista en la que puede leerse el siguiente titular: "Asesinato de Litvinenko: Querían delatar a un sospechoso por 7.000 dólares".
La inserción de la revista es el resultado de la escenografía provocada por la fotógrafa para llamar la atención sobre el bolso y, por extensión, sobre la marca anunciante, pero ya sabemos cómo nos gusta a los aburridos lectores o espectadores fabricarnos escándalos, conspiraciones y sórdidas tramas que animen un poco la monotonía de nuestras insípidas vidas de hipotecados o mileuristas (los fieles al blog ya sabéis que es un asunto tratado a menudo por este peatón).
Así que ahora, un año después de que al tal Litvinenko le dieran alas, y no precisamente por invitarle a un Red Bull, vuelve a la palestra informativa el misterio de su asesinato, y periodistas de todo el mundo se plantean de nuevo hasta qué punto el creador de la Perestroika estaba enterado de todo el chanchullo. Con lo tranquilo que debía de vivir el hombre dando sus conferencias por ahí y saboreando en vida lo que normalmente se reserva para la posteridad: la condición de personaje para la Historia.
Los que no han tardado en declarar abiertamente su absoluta ignorancia al respecto han sido los de Louis Vuitton. Imagino que han visto cómo se las gastan los espías que surgen del frío y no querrán sorpresas con regusto a polonio en sus capuccinos o colacaos mañaneros.
Y, ya puestos, aprovecho para decir que los bolsos de Vuitton me parecen feísimos. En serio. Quedan carcas hasta para una octogenaria. No entiendo cómo hay tanta gente joven que se desvive por comprar imitaciones en los top manta de medio mundo. ¿Les habrán inyectado con la jeringa, como vaticinó Felisberto?

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