lunes, 15 de octubre de 2007

Un Nobel incómodo


Tiene su gracia lo de Al Gore. No es que su carrera política pueda tildarse de fracaso, pero, hasta la fecha, tampoco hubiera ocupado un puesto de honor entre las consideradas exitosas.
Estuvo primero a la sombra de Clinton y, tras la retirada de éste por la puerta de los becarios, salió derrotado al primer intento por el déspota Bush.
Aun así, tiene mérito que, sin ser un ex presidente, se dedicara a ejercer como tal, ya sabéis, dando charlas magistrales a lo largo y ancho del planeta, con la excepción en su caso de que el argumentario era fijo: el cambio climático, el calentamiento global, el efecto invernadero y demás profecías apocalípticas sobre el medio ambiente.
Más curiosa aún resulta su vitrina de trofeos. El año pasado se llevó un Oscar de Hollywood por su participación en la película documental Una verdad incómoda, y ahora le han dado el Nobel de la Paz (éste último compartido con el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, y su presidente, el indio Rajendra Pachauri), justo los dos premios que ha llegado a acariciar el músico irlandés Bono, a quien me imagino tarareando Gore bloody Gore mientras se atiborra de Guinness para olvidar las penas.
El Comité Nobel ha considerado los esfuerzos de los galardonados por “construir y divulgar un mayor conocimiento sobre el cambio climático causado por el hombre y fijar la base de las medidas que son necesarias para contrarrestar dicho cambio”.
Por cierto, aprovecho para recomendar a los insignes académicos suecos que cambien el nombre del premio, y lo llamen “de la Solidaridad”, o algo similar, que es un término que abarca más campos (incluido el de la lucha por la paz) y hace más explicable (al menos para mí) la concesión del premio a Al Gore.
El caso es que, tras el ilustre galardón, se empiezan a oír rumores de una probable conquista de la Casa Blanca por parte del ex vicepresidente demócrata. Quizá sólo sean ecos de la lógica euforia o síntomas del no menos lógico deseo de perder de vista a los republicanos.
De cualquier manera, si el vaticinio se cumple y Al Gore termina por fin liderando el mundo occidental, a este peatón se le plantea un dilema morrocotudo.
Por un lado, puede que tanto prestigio haya sido una simple consecuencia del impacto mediático y popular de su reciente labor en pos de la defensa de la naturaleza. Siendo así, mejor entonces que se aleje del despacho oval, ya que, aunque la ecología es un tema de interés general, las exigencias del poder lo relegarían a la cola de un pelotón comandado por el paro, la inmigración, la seguridad ciudadana, las armas, la educación, la sanidad, etc. Si la Tierra pudiese hablar, seguro que lo preferiría así.
Ahora bien, si resulta que al final todo este tinglado de ecologista contestatario ha sido una táctica para resarcirse de su pasado oscurantismo político y conquistar por fin las mieles del poder, pues qué decepción. La verdad de Al Gore sería francamente incómoda, como el título de su documental.

1 comentario:

Merx dijo...

Nada me sorprendería en un país en el que los actores, y malos, llegan a gobernadores, presidentes y demás cargos políticos del estilo.

Lo más fuerte es que va a crear escuela y pretende "formar" a un "ejército" que difunda su mensaje por el globo. La cita en Sevilla. Miedo, un poco ¿no?