jueves, 25 de octubre de 2007

Tuneando


Hace siglos, la gente llevaba pegada al salpicadero del coche una especie de orla familiar con la leyenda “Papá, no corras”. Era una horterada, de acuerdo. Como la pegatina de la discoteca Penélope de Benidorm, el perro que niega con la cabeza sobre la bandeja trasera, el mini ventilador o el cangrejo encapsulado en la bola de la palanca de cambios.
¿Somos ahora menos horteras? Habrá quien crea que sí, sólo porque le venden la misma bazofia, pero en inglés.
Lo siento por vosotros, pero eso es, entre otras muchas cosas, el famoso tunning.
Como acabo de decir, nuestros abuelos ya tuneaban su coche con el perro que niega, la Penélope, o el sofá porta kleenex (por si fuera poco, la palabra tunear me recuerda a la Tuna, esa especie de aberración músico-universitaria que suele amenizar nuestras bodas, banquetes y comuniones).
Es verdad que hay cosas que con el tiempo van cambiando y puede ser que lo que hace años era cutre de repente se convierta en vanguardia (por ejemplo, los tatuajes, que hace escasamente un par de décadas eran patrimonio casi exclusivo de la imaginería legionaria y presidiaria, y ahora no hay moderno que se precie sin uno sobre su piel).
De igual modo, parece que el hecho de denominar algo en inglés lo dignificara automáticamente, como en los tiempos en que Miguel Ríos se hacía llamar Mike Ríos para parecer más rockero y juvenil.
A menudo, amigos y colegas me reprochan mi empeño por usar el castellano, y me tachan de “antiguo” por decir cosas como hacer un descanso, una pausa o un intermedio en vez un break; o por decir horario, programa u orden del día en vez de timming, o bien por emplear términos como personalizar o adaptar, en lugar del horrendo y por desgracia cada vez más de moda customizar. (Y me detengo aquí porque la lista de ejemplos sería interminable.)
Lo que sí me gustaría apuntar es lo ridículo de llamarle a uno antiguo por esto. Ahora mismo no sabría confirmaros a cuándo se remontan los orígenes del inglés y el castellano, pero, como mínimo, casi todos sabéis que Shakespeare y Cervantes eran contemporáneos, por lo que ya me diréis qué tontería es eso de presumir de modernos por utilizar una lengua en detrimento de la otra.
Al hilo de mi parrafada de hoy, quiero aprovechar para recomendaros el libro La punta de la lengua, de Álex Grijelmo, en el que, además de encontrar útiles consejos y sabias reflexiones de forma amena y no exentas de ironía sobre nuestro idioma, hallaréis un apartado dedicado a los anglicismos del cual destaco una opinión que comparto totalmente: los españoles, aunque no queramos reconocerlo, nos acomplejamos ante el poder imperial de lo anglosajón, y eso termina afectando a una parcela tan específica como la del lenguaje.
Erróneamente pensamos que el castellano no posee recursos para traducir según qué términos pertenecientes al mundo de los negocios, la ciencia o la publicidad, pero eso no es verdad. Sucede, en cambio, que sigue habiendo mucho papanatas que, como en los tiempos de López Vázquez y las suecas turgentes, se siente más importante diciéndonos, por ejemplo, que se ha sometido a una terapia anti-aging, cuando todos sabemos que lo que ha hecho es quitarse las arrugas para parecer menos viejo.
En fin. Ya están tardando en sacar pegatinas que digan “Paping no corring”, o “Daddy don’t run fast”, o lo que sea. A lo mejor se acaban los accidentes.

1 comentario:

Neus dijo...

"Cool", que diríamos... :-)

Nos vemos después, creo. Un abrazo.