lunes, 8 de octubre de 2007

Que en fax descanse


Hoy voy a rendirle homenaje a uno de los inventos más tristes y menos longevos de la historia, uno de esos aparatos que nacieron con aires de revolución tecnológica y que, en poco tiempo, se vieron relegados a un papel segundón que poco a poco les va conduciendo hacia el absoluto olvido.
El fax apareció un día como alternativa a los medios de comunicación tradicionales, y nosotros, anonadados oficinistas, lo saludamos como si fuera el Mesías.
Traía bajo el brazo la solución a las principales carencias de los sistemas habituales: la inmediatez que no garantizaba el correo postal tradicional, y la posibilidad de cerrar acuerdos o hacer gestiones a distancia aportando evidencias materiales, algo que el teléfono era incapaz de proveer.
Su maquinaria y modo de empleo pueden parecernos rústicos a día de hoy, incluso sin necesidad de recurrir a otras máquinas. Basta compararlos con los aparatos de fax que todavía quedan por ahí.
Porque ahora el fax funciona con folios normales y corrientes, pero los primeros ejemplares se cargaban con unos rollos de papel satinado, que emborronaban la tinta si escribías algo encima, y cuyo texto impreso se terminaba difuminando, borrando por sí solo al cabo del tiempo, como si hubiera sido diseñado por la CIA o por el ayudante científico del agente 007.
Así que, imaginaos. Si recibías un fax de catorce o quince páginas, aquello parecía un rollo para empapelar el dormitorio (otro invento que pasó a mejor vida, por cierto, el papel pintado).
La tragedia existencial del fax era fácil de prever, no obstante. Cuando se inventó ya había impresoras para los ordenadores, y aunque el e-mail no era de uso común, ya le echaba su aliento virtual en el cogote.
Ahora existe eso que llaman el burofax, pero es un camelo, porque no deja de ser una forma de correo electrónico (es como decirle a alguien que le mandas una carta por teléfono).
Hay que rendirse a la evidencia. La utilidad del fax ha sido absorbida por la informática. Con una cuenta de e-mail y un escáner o una impresora disponemos ya de todo lo necesario para efectuar cualquier transacción de forma rápida y desde cualquier lugar del planeta.
Es un caso parecido al del contestador automático. También los recordáis, ¿verdad? Aquellos cacharros que eran como un radiocasete de lolailo playero, con una cinta para grabar los mensajes.
Ahora ya vienen incorporados en el teléfono, sea fijo, inalámbrico o portátil. Ya no necesitamos un aparato anexo al que haya que reponerle las cintas o los discos. Es un avance, sin duda. Un progreso para nuestra comodidad, aunque siga habiendo por ahí quien no se entere, a tenor de las musiquillas tocanarices que no dejan de oírse en cines, teatros y demás lugares impropios para la telefonía.
Y nada más. Simplemente se me ha ocurrido escribir esta especie de obituario porque esta mañana, al pasar delante del fax que tenemos en la oficina, he comprobado que el montón de papeles acumulados se acerca peligrosamente al grosor de la guía telefónica. Y así como el correo físico es cada vez más un monográfico de facturas y publicidad, me temo que las noticias escupidas por el fax ya no nos interesan nada, y cualquier día no veremos ni siquiera el propio aparato, sepultado bajo una pila de documentos hijos de nuestra indiferencia y posterior olvido.
Descanse en paz.

2 comentarios:

Merx dijo...

Pobrecito. Entrará en esa categoría tan triste denominada "trasto viejo"..

El último peatón dijo...

Pues sí. Y he obviado hablar del telégrafo para que nadie me llame carroza... Imagina. ¿Habrá alguien que mande todavía telegramas?