viernes, 19 de octubre de 2007

Más miedo, por favor


Lo mejor de El orfanato son sus primeros 30 ó 40 minutos, el buen hacer profesional que atesora y su desafío sin complejos a los modelos homólogos norteamericanos, algo que seguramente despojará de prejuicios a un buen puñado de espectadores acostumbrados a huir despavoridos cuando asocian la denominación de origen española al título de una película.
Asimismo, lo peor del film de Juan Antonio Bayona es que, con la entrada en escena del innecesario personaje de la médium (Geraldine Chaplin), la cosa empieza a perder gas y vamos pasando paulatinamente del terror a la fantasía sin más, y lo que empezó siendo una historia de miedo acaba siendo un cuento paranormal, más o menos oscuro, pero cuento, y no pesadilla.
Belén Rueda confirma que lo de Mar adentro no fue chiripa, y es capaz de cargar sobre sus hombros el peso entero de una película. Pero esto no es suficiente para redondear la faena. Si el objetivo era provocar emociones, en general, sin matices, bueno, se entiende. Pero si, como se supone, la intención era dar miedo, entonces sólo se cumple a medias.
Con todo, El orfanato funcionará a la perfección como cine para espectadores de fin de semana y miércoles; está bien hecha, entretiene, no se pasa de la raya con los sustos y apenas coquetea con otras ramas más indigestas del género como el gore o el cine de muertos vivientes.
Yo celebro que haya directores españoles que elijan la senda abierta hace algunos años por Álex de la Iglesia, Amenábar, Fresnadillo o Calparsoro; que se atrevan a hacer cine de género puro y duro: de terror, de tiros, de suspense, de aventuras… Las alternativas al cine de autor comprometido y a las comedias costumbristas son sanas y necesarias para equilibrar la balanza y ampliar la oferta cinematográfica nacional.
El problema de El orfanato es que, rebasada esa primera media hora apasionante, empieza uno a sentirse tentado de jugar al Un, dos, tres, responda otra vez. A ver, por 25 pesetas, nombres de pelis de terror con caserón solitario, o con niños hipersensibles que tienen amigos imaginarios, o con niños que hablan con los difuntos y luego los dibujan, o con un poco de todo: Los otros, Poltergeist, El sexto sentido, The ring, El resplandor, Frágiles
Esta circunstancia es la que me hace intuir que ni siquiera pasará la primera criba de selección para los Oscar. Tendría que ocurrir casi un milagro para que estuviera entre las cinco finalistas, y esto no tiene que ver con sus virtudes o defectos, sino con el hecho de que, si bien se trata de una alegre excepción entre lo autóctono, al competir con el cine norteamericano se convierte tan sólo en una más, del montón, de las que allí se hacen por decenas.
Es muy posible que también arrase en los Goya (Tele 5 ya se está ocupando de ello, aplicando el “estilo Lobato” o “te lo meto hasta en la sopa” para promocionarla), aunque se le prevé competencia.
Al margen del éxito seguro y merecido, y del negocio redondo que les ha salido a sus productores (ya se han vendido los derechos para rodar un remake estadounidense), creo que la elección de El orfanato para intentar repetir la hazaña de Garci, Trueba, Amenábar y Peeeeeeeeeeeeeeedro no ha sido acertada. Aunque tampoco es que las otras dos opciones escogidas por la Academia prometieran grandes esperanzas, la verdad.
A Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro) le ocurre lo contrario que a El orfanato. Lo mejor está en los veinte últimos minutos, cuando recrea el desenlace de un suceso real ciertamente desgarrador. Del resto sólo destaca el apartado formal y estilístico, todo lo relativo a la ambientación, los decorados, el vestuario, etcétera. Del elenco me quedo con Marta Etura, la mejor actriz joven y la sonrisa más agraciada del cine español del momento. Lo demás es lo visto ya cientos de veces. Y el metraje excesivo (130 minutos) también juega en su contra.
En cuanto a la tercera opción, Luz de domingo, de Garci, nada sé porque aún no se ha estrenado, pero tampoco me hace falta. No me cuesta trabajo adivinar que será un nuevo paso adelante en el progresivo e imparable acartonamiento que sufre el cine de este señor, más apasionado como tertuliano que como narrador.
En mi opinión, hubieran tenido más posibilidades obras como Mataharis (Icíar Bollaín) o La soledad (Jaime Rosales) que, además de ser prácticamente las dos mejores del año, se ajustan más o menos al modelo de película extranjera premiable en Hollywood.
Incluso me hubiera atrevido a buscar entre otros títulos notables de la cosecha ibérica del 2007 para hacer de embajadores en California: Mujeres en el parque (Felipe Vega), Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta), Ladrones (Jaime Marqués), Bajo las estrellas (Félix Viscarret), y hasta las irregulares pero atrevidas Concursante (Rodrigo Cortés) y Bosque de sombras (Koldo Serra). También me gusta mucho La caja Kovak (Daniel Monzón), pero el hecho de haber sido rodada en inglés la deja fuera de la quiniela.
Bueno, supongo que en esto pensamos cuatro o cinco. Para los demás, según parece, el notición del cine español tiene que ver con Bardem y Penélope. Pues que aproveche.

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