miércoles, 31 de octubre de 2007

Memoria de pez


Por mucho que os suene casi a herejía, confieso que la noticia del día (y que sin duda ocupará la actualidad durante semanas y meses) no me interesa prácticamente nada.
Me estoy refiriendo a la sonada sentencia del juicio sobre los atentados ocurridos el 11 de marzo de 2004 en Madrid, de tan infausto recuerdo. Aclaro, para los mal pensados y los próceres de las causas mediáticas, que cuando digo que no me interesa aludo al aspecto noticiable del evento, y no a su naturaleza jurídica y su consecuente importancia para la salud de nuestra sociedad democrática.
Ya no sólo me asquea el circo que se monta cada vez que un acontecimiento o suceso cualquiera posee repercusiones políticas y, más concretamente, electorales. Aparte de ese denostable mercadeo de las sensibilidades primarias que practican tan bien los aspirantes a la poltrona, hace tiempo que me resigné a aceptar que nuestra idea de la justicia sigue siendo demasiado visceral, interesada, subjetiva y primaria.
Es lógico, por otra parte, en algunos casos. Imagino que los afectados por la barbarie desean por encima de todo que pague alguien, quien sea. Es muy difícil convencer a quien soporta el peor de los dolores —el de perder para siempre y por la fuerza a sus seres más queridos— de que sólo puede condenarse a una persona si existen pruebas concluyentes, y que la mínima duda razonable suma más a favor del imputado que un centenar de pruebas circunstanciales en su contra.
Por eso me atrevo a adelantar que la sentencia, sea la que sea, no satisfará a nadie, excepto al Gobierno.
Para las víctimas supervivientes y los familiares de los fallecidos siempre quedará algún cabo suelto, un absuelto indebido, o bien las condenas les parecerán escasas, o simplemente estarán obligados a asimilar la peor de todas las realidades: que ni siquiera la más ecuánime de todas las justicias podrá devolverles lo que los fanáticos desalmados les quitaron. Tiene que ser francamente difícil creer en la justicia cuando uno ha perdido para siempre la posibilidad del consuelo.
Caso aparte es el de los políticos. Está claro que el Gobierno acatará la sentencia incondicionalmente. No queda bien que el poder ejecutivo le lleve la contraria al judicial y ponga en evidencia al legislativo. Menos aún si el aroma de las urnas hiede ya como la carroña en descomposición.
Por su parte, la oposición hará ver que respeta a las leyes y las instituciones del Estado de Derecho (huele a elecciones que apesta, insisto), aunque ya tendrá preparado un rosario de imperfecciones, lagunas, incongruencias, opacidades informativas y demás arsenal corrosivo para no perder el ritmo de la crispación camino del anhelado sufragio universal del próximo año.
Al hilo de esto, lo que más me ha llamado la atención ha sido que el ex ministro Acebes afirmara el otro día que ni él ni su partido sostuvieron nunca la teoría de que ETA estuviera detrás de los atentados. Es impresionante lo que el miedo a volver a perder, mezclado con unas buenas dosis de desvergüenza, es capaz de hacer en la mente y la verborrea de los políticos.
Tengo entendido que la memoria de los peces dura tan sólo tres segundos, lo cual equivale prácticamente a no tener memoria.
Como me consta que Acebes no vive bajo el agua, ni tiene su cuerpo cubierto de escamas, ni tampoco respira por branquias ni se reproduce por huevos, me atrevo a decir que lo que le pasa no es que tenga la memoria de un pez, sino que gasta un morro como el de un oso hormiguero.
Así que, por mi parte, ya me lo sé todo. Sólo espero que la justicia de verdad, la de los juzgados y no la de los periódicos, cumpla con su obligación, aun por encima de mi triste escepticismo.

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