miércoles, 25 de junio de 2008

Llámame Chino

Los restaurantes chinos no tienen nombre.
Ya, de acuerdo, hay como cien mil que se llaman La Gran Muralla, pero no se trata de eso.
Yo me refiero a que siempre decimos “Vamos a comer al Chino”, y da igual que se llame Jardín Pekín, La casa de Lee, El loto azul, El pato feliz o Los cojones de Mao. Es siempre “el Chino”. El Chino del barrio, el Chino de la plaza, el Chino del centro comercial, el Chino de la calle tal o cual.
Alguien debería decirles a los inmigrantes de aquel país que no hace falta que se esfuercen (bueno, tampoco es que se maten a pensar, la verdad); que no es necesario que bauticen sus negocios de restauración, del mismo modo que los bazares pueden denominarse Todo a un euro sin que nadie reclame un nombre propio para reconocerlos.
Sobre los restaurantes chinos hay infinidad de mitos y leyendas urbanas. No voy a ahondar en las más escabrosas, tranquilos. Voy a obviar la considerable retahíla de anécdotas, ciertas o inventadas, acerca de cuerpos extraños o sustancias sospechosas, de animales intrusos en la ensalada o de especies zoológicas más propias de cloacas que de carnicerías.
Olvidándonos de lo más morboso, uno de los tópicos sobre los restaurantes chinos que más gracia me ha hecho siempre es el que podríamos denominar como el síndrome de la saciedad engañosa o de la saturación precoz. Me explico: supongo que os suena eso de que “Si comes en un Chino, al poco rato vuelves a tener hambre”.
Dejando al margen la circunstancia de que se conocen casos de personas que no han vuelto a probar bocado en varios días después de haber comido según qué cosas en un restaurante chino, lo cierto es que no sé de dónde puede venir semejante creencia, la de que la comida oriental quita el hambre al instante, aunque no logra espantarla del todo. Confieso que, aunque no comparto dicha afirmación como algo categórico, si pienso en ello detenidamente me provoca, como mínimo, ciertas dudas.
Yo diría que, por lógica, debería ocurrir justo lo contrario. Teniendo en cuenta que la mayoría de los restaurantes chinos son más baratos que los de otras nacionalidades, esto nos tendría que dar la oportunidad de comer más cantidad de platos, de llenar la barriga a base de arroz, pasta, verduras, carne, mariscos, frutas y el licor ese con el que bañan a los lagartos, para quedar ahítos y sin ganas de echarnos nada al gaznate hasta el día siguiente.
Sin embargo, es cierto que los ágapes del Chino nunca son como una boda de pueblo o una muestra de matanza castellana, y que, por extrañas razones que nunca he logrado adivinar, uno puede sentirse francamente lleno tras haber almorzado o cenado en un Chino, pero jamás se alcanza el grado de abotargamiento que sí nos puede dejar un banquete convencional con productos de nuestra tierra.
A ver si al final va a resultar que la comida china es más sana y delicada con nuestro organismo, y por eso se evapora nada más tragarla. Es un enigma, no cabe duda. Por ello, creo que lo mejor es seguir como estaba, es decir, en la más pura ignorancia, sin plantearme cuestiones como de qué estarán rellenos realmente los rollitos de primavera o qué son esos filamentos marrones y pringosos que le ponen a la salsa de la ternera. Quizá la magia de los restaurantes chinos resida en el factor misterio, y tal vez por eso me guste frecuentarlos, a pesar de todo.
Caso aparte es la ambientación musical, ese clin-clin monocorde como de joyero de mesilla o de vaivén cascabelero, que unido al gorgoteo de la fuente artificial que tampoco puede faltar como parte de la decoración, le acaba a uno perforando el tímpano y crispando la vejiga.
No digo yo que pongan a los Ramones mientras se come, pero un poco de originalidad tampoco les vendría mal. En vez de perder el tiempo pensando un nombre que nadie va a utilizar, podrían replantearse lo del repertorio musical. Es una idea.

3 comentarios:

Las3Musas dijo...

:)

vivan los chinos

musa

El último peatón dijo...

Pues sí, que vivan y que nos duren mucho. Los chinos son una fuente inagotable para la mitología urbana. Aparte de las leyendas sobre los restaurantes, está aquel rumor extendido de que nunca mueren, o, más exactamente, de que nunca certifican su defunción y por eso no hay tumbas de chinos en los cementerios. Los defensores de esta leyenda se reparten entre los que creen que se suplantan la personalidad unos a otros (basándose en la tópica y pueril observación de que todos son iguales físicamente a nuestros ojos occidentales) y los que apuntan a la versión más escabrosa y truculenta, y que tiene que ver precisamente con la materia prima de la comida típica mandarina (o cantonesa).
También se decía aquello de que si todos los chinos se pusieran de acuerdo para dar un salto al mismo tiempo, provocarían un terremoto que reduciría nuestro planeta a un montoncito de pequeñas piedras (también conocidas, curiosamente, como "chinas"... ¿será casualidad?).
Que Buda y Bruce Lee sean contigo, camarada Musa.

Encarna-poesiaintimista dijo...

Me gustan mucho tus escritos, realidad e ironía, toque de humor.
Me harías un favor? Si?
Unos consejillos para esta novata.
Saludos, Encarna.