miércoles, 31 de octubre de 2007

Memoria de pez


Por mucho que os suene casi a herejía, confieso que la noticia del día (y que sin duda ocupará la actualidad durante semanas y meses) no me interesa prácticamente nada.
Me estoy refiriendo a la sonada sentencia del juicio sobre los atentados ocurridos el 11 de marzo de 2004 en Madrid, de tan infausto recuerdo. Aclaro, para los mal pensados y los próceres de las causas mediáticas, que cuando digo que no me interesa aludo al aspecto noticiable del evento, y no a su naturaleza jurídica y su consecuente importancia para la salud de nuestra sociedad democrática.
Ya no sólo me asquea el circo que se monta cada vez que un acontecimiento o suceso cualquiera posee repercusiones políticas y, más concretamente, electorales. Aparte de ese denostable mercadeo de las sensibilidades primarias que practican tan bien los aspirantes a la poltrona, hace tiempo que me resigné a aceptar que nuestra idea de la justicia sigue siendo demasiado visceral, interesada, subjetiva y primaria.
Es lógico, por otra parte, en algunos casos. Imagino que los afectados por la barbarie desean por encima de todo que pague alguien, quien sea. Es muy difícil convencer a quien soporta el peor de los dolores —el de perder para siempre y por la fuerza a sus seres más queridos— de que sólo puede condenarse a una persona si existen pruebas concluyentes, y que la mínima duda razonable suma más a favor del imputado que un centenar de pruebas circunstanciales en su contra.
Por eso me atrevo a adelantar que la sentencia, sea la que sea, no satisfará a nadie, excepto al Gobierno.
Para las víctimas supervivientes y los familiares de los fallecidos siempre quedará algún cabo suelto, un absuelto indebido, o bien las condenas les parecerán escasas, o simplemente estarán obligados a asimilar la peor de todas las realidades: que ni siquiera la más ecuánime de todas las justicias podrá devolverles lo que los fanáticos desalmados les quitaron. Tiene que ser francamente difícil creer en la justicia cuando uno ha perdido para siempre la posibilidad del consuelo.
Caso aparte es el de los políticos. Está claro que el Gobierno acatará la sentencia incondicionalmente. No queda bien que el poder ejecutivo le lleve la contraria al judicial y ponga en evidencia al legislativo. Menos aún si el aroma de las urnas hiede ya como la carroña en descomposición.
Por su parte, la oposición hará ver que respeta a las leyes y las instituciones del Estado de Derecho (huele a elecciones que apesta, insisto), aunque ya tendrá preparado un rosario de imperfecciones, lagunas, incongruencias, opacidades informativas y demás arsenal corrosivo para no perder el ritmo de la crispación camino del anhelado sufragio universal del próximo año.
Al hilo de esto, lo que más me ha llamado la atención ha sido que el ex ministro Acebes afirmara el otro día que ni él ni su partido sostuvieron nunca la teoría de que ETA estuviera detrás de los atentados. Es impresionante lo que el miedo a volver a perder, mezclado con unas buenas dosis de desvergüenza, es capaz de hacer en la mente y la verborrea de los políticos.
Tengo entendido que la memoria de los peces dura tan sólo tres segundos, lo cual equivale prácticamente a no tener memoria.
Como me consta que Acebes no vive bajo el agua, ni tiene su cuerpo cubierto de escamas, ni tampoco respira por branquias ni se reproduce por huevos, me atrevo a decir que lo que le pasa no es que tenga la memoria de un pez, sino que gasta un morro como el de un oso hormiguero.
Así que, por mi parte, ya me lo sé todo. Sólo espero que la justicia de verdad, la de los juzgados y no la de los periódicos, cumpla con su obligación, aun por encima de mi triste escepticismo.

sábado, 27 de octubre de 2007

Racismo mediático (segunda parte)


Hace algún tiempo hablé aquí sobre Jaime Jiménez Arbe, el delincuente apodado “El Solitario” y al que durante unas cuantas semanas la prensa convirtió en estrella, aun pesando sobre él graves acusaciones criminales.
Pero la rabiosa actualidad, que es insaciable e impaciente, necesitaba colocar ya un nuevo personaje en el epicentro de la crónica de sucesos, y parece haberlo encontrado en Sergi Xavier Martín, el sujeto que el martes pasado atacó a patada limpia a una chica de 16 años en el metro de Barcelona.
Ya adelanté ayer que, a pesar de que se está tildando el suceso en todos los medios de “agresión racista”, en mi opinión no es el componente xenófobo el más importante a considerar en este caso concreto.
Por supuesto que el jovenzuelo de marras será racista, y machista, y homófobo, y antimadridista, y sabe Dios cuántas cosas más. Pero, del mismo modo, es fácil adivinar que un tipo así no es de los que te andan pidiendo el DNI para ver dónde has nacido, antes de decidir si te suelta o no un soplamocos o una patada en las narices.
Sergi Xavier Martín representa una variante de energúmeno que por desgracia prolifera en nuestras calles y nuestros transportes públicos. No hay que olvidar que ya cuenta con antecedentes penales, y que éstos, al parecer, no tienen que ver con ningún tipo de comportamiento xenófobo.
Tengo la impresión de que este individuo ha utilizado hoy el odio a los extranjeros del mismo modo que otro día utilizará la excusa del fútbol para zurrar a cualquier aficionado de un equipo que no sea el suyo (si es que no lo ha hecho ya). Es verdad que esta vez le ha tocado a la pobre adolescente ecuatoriana sufrir su ira embriagada y palurda, pero si limitamos los titulares al aspecto racista del hecho, creo sinceramente que lo infravaloramos, que nos quedamos cortos.
Desde luego que un insulto racista no merece crédito ni tolerancia, pero al menos se puede huir de él cambiándonos de vagón o ignorando al imbécil que lo profiera. Sin embargo, cuando el provocador hace uso de la violencia, está traspasando una frontera que nos coloca en un territorio mucho más delicado.
Hace tiempo que sostengo (e incluso lo he escrito ya en algún otro sitio) que los medios de comunicación han hecho un flaco favor a nuestros extranjeros residentes al haber establecido el término “inmigrante” como la etiqueta distintiva de un tipo de extranjero concreto.
¿Verdad que a nadie se le ha ocurrido nunca llamar inmigrante a Ronaldinho, a Schuster, a Zidane o a Eto’o? Tampoco pensamos en inmigrantes cuando nos hablan del presentador Michael Robinson, del actor Federico Luppi o del músico Andrés Calamaro; ni siquiera cuando vemos al gigoló cubano Dinio o al vividor italiano Alessandro Lecquio. Siendo rigurosos, hasta la mismísima Reina de España debería ser considerada una inmigrante, pues esta palabra define simple y llanamente a la persona que se establece en un país distinto al de su origen.
Lo que han conseguido nuestros medios es dotar al calificativo “inmigrante” de una connotación marginal que lo distingue de los extranjeros a secas o de los turistas, también conocidos como guiris.
Así, inmigrante es el sudamericano, el marroquí, el europeo del este o el africano negro que vive en condiciones humildes o directamente precarias. Los demás, sean de donde sean y vengan de donde vengan, se librarán de la chusca etiqueta si consiguen una profesión de fama o prestigio, o bien si son capaces de ganar buenas cantidades de dinero y vivir en un chalet.
Y he aquí el problema. Dudo mucho que Sergi Xavier Martín considere “inmigrante de mierda” a su ídolo extranjero del fútbol, si es que lo tiene. Por eso opino que su racismo es más una excusa que una creencia, y que si alguien de su confianza le dijera mañana que hay que odiar a los pelirrojos o a los violinistas, ahí estaría él, con su cabeza hueca y sus botas de suela gorda para partirle la cara al más pintado.
Detrás de quien disfruta ejerciendo la violencia siempre se esconde un cobarde que sabe detectar al más débil para ensañarse con él. Ojalá se haga justicia, que el culpable no quede libre y que la joven agredida pueda seguir viajando en metro o paseando por nuestras calles sin miedo. Igual que todos nosotros, independientemente del lugar de nacimiento que conste en nuestro carnet de identidad.

viernes, 26 de octubre de 2007

Racismo mediático (primera parte)


Si lo que pretendían nuestros bienintencionados y altruistas medios de comunicación era crear conciencia ciudadana para condenar y evitar sucesos como el ocurrido recientemente en el metro de Barcelona, me parece que con la exagerada cobertura que le están dedicando van a conseguir lo contrario.
Supongo que sabéis que me estoy refiriendo a esas imágenes que nos han pasado los informativos televisivos de un modo reiterativo y exhibicionista, una grabación en la que se ve cómo un joven agrede brutalmente a una chica ecuatoriana menor de edad en el interior de un vagón del suburbano barcelonés.
La repercusión mediática del incidente ha alcanzado tal envergadura, que hasta el presidente de Ecuador se ha permitido lanzar un llamamiento a su homólogo español para que tome cartas en el asunto y vele por la integridad de sus compatriotas afincados en la Madre Patria.
Bien, huelga decir que estoy a favor de toda condena, repudia o medida ejemplar que sirva para erradicar algo tan inhumano, irracional e intolerable como el maltrato o la marginación de seres humanos en función de su color de piel o nacionalidad.
Dicho esto, quiero insistir también en mi apreciación de que tanto el enfoque como el protagonismo informativo del suceso están siendo claramente erróneos.
Para empezar, si la joven agredida hubiera sido canadiense, irlandesa, japonesa, o incluso de Cornellá o Viladecans, es más que posible que nunca hubiéramos visto el video de la agresión. Porque la impresión que yo tengo es que la xenofobia, en este caso concreto, es puramente circunstancial, y por ello creo que el trasfondo tiene más que ver con otro problema igualmente grave y contemporáneo, el de la violencia juvenil.
No hay que ser muy listo para saber que existe en la sociedad española actual un sentimiento latente y tal vez creciente de animadversión o, como mínimo, recelo hacia la afluencia masiva de extranjeros. Pero una cosa son los prejuicios racistas (execrables, desde luego) y otra la violencia.
Me parece bien que el presidente de Ecuador, o el del Perú, o el de Rumanía o el de donde sea, exija dignidad y derechos humanos para sus súbditos; que no se les explote laboralmente, que no se les desprecie como a apestados en los lugares públicos, faltaría más.
Lo que no comparto es que un suceso concreto como el del metro de Barcelona quiera vendérsenos como un reflejo del trato que los españoles dan a sus inmigrantes. Hay mucho que arreglar y que educar, indudablemente. Todos sabemos que hay semillas plantadas que sería preferible que no brotaran, tal y como lo hemos presenciado en otros países cercanos al nuestro.
Sin embargo, no puede convertirse un hecho aislado como éste (por triste y condenable que sea; que lo es) es un asunto institucional. Menos aún, en el paradigma de un problema que, si bien existe, no se manifiesta mayoritariamente de una forma tan extrema y brutal.
Desde aquí invito a todos los presidentes de todos los gobiernos a que se den una vuelta un sábado por la noche y contemplen el lamentable espectáculo de porteros de discoteca repartiendo hostias a diestro y siniestro o de niñatos empastillados jugando a Messala y Ben-Hur (o a Hamilton y Alonso, por ser más actual) en las vías urbanas.
Yo sé que queda mejor usar el racismo para hacer campañas electorales o mediáticas, que la xenofobia cotiza más que las broncas callejeras en el mercado del argumentario político, pero lo de este botarate salvaje que se dedica a hacer kung fú en el metro (y del que hablaré aquí también mañana) no evidencia un peligro que sólo afecte a los foráneos. A mí, al menos, me acojona.

jueves, 25 de octubre de 2007

Tuneando


Hace siglos, la gente llevaba pegada al salpicadero del coche una especie de orla familiar con la leyenda “Papá, no corras”. Era una horterada, de acuerdo. Como la pegatina de la discoteca Penélope de Benidorm, el perro que niega con la cabeza sobre la bandeja trasera, el mini ventilador o el cangrejo encapsulado en la bola de la palanca de cambios.
¿Somos ahora menos horteras? Habrá quien crea que sí, sólo porque le venden la misma bazofia, pero en inglés.
Lo siento por vosotros, pero eso es, entre otras muchas cosas, el famoso tunning.
Como acabo de decir, nuestros abuelos ya tuneaban su coche con el perro que niega, la Penélope, o el sofá porta kleenex (por si fuera poco, la palabra tunear me recuerda a la Tuna, esa especie de aberración músico-universitaria que suele amenizar nuestras bodas, banquetes y comuniones).
Es verdad que hay cosas que con el tiempo van cambiando y puede ser que lo que hace años era cutre de repente se convierta en vanguardia (por ejemplo, los tatuajes, que hace escasamente un par de décadas eran patrimonio casi exclusivo de la imaginería legionaria y presidiaria, y ahora no hay moderno que se precie sin uno sobre su piel).
De igual modo, parece que el hecho de denominar algo en inglés lo dignificara automáticamente, como en los tiempos en que Miguel Ríos se hacía llamar Mike Ríos para parecer más rockero y juvenil.
A menudo, amigos y colegas me reprochan mi empeño por usar el castellano, y me tachan de “antiguo” por decir cosas como hacer un descanso, una pausa o un intermedio en vez un break; o por decir horario, programa u orden del día en vez de timming, o bien por emplear términos como personalizar o adaptar, en lugar del horrendo y por desgracia cada vez más de moda customizar. (Y me detengo aquí porque la lista de ejemplos sería interminable.)
Lo que sí me gustaría apuntar es lo ridículo de llamarle a uno antiguo por esto. Ahora mismo no sabría confirmaros a cuándo se remontan los orígenes del inglés y el castellano, pero, como mínimo, casi todos sabéis que Shakespeare y Cervantes eran contemporáneos, por lo que ya me diréis qué tontería es eso de presumir de modernos por utilizar una lengua en detrimento de la otra.
Al hilo de mi parrafada de hoy, quiero aprovechar para recomendaros el libro La punta de la lengua, de Álex Grijelmo, en el que, además de encontrar útiles consejos y sabias reflexiones de forma amena y no exentas de ironía sobre nuestro idioma, hallaréis un apartado dedicado a los anglicismos del cual destaco una opinión que comparto totalmente: los españoles, aunque no queramos reconocerlo, nos acomplejamos ante el poder imperial de lo anglosajón, y eso termina afectando a una parcela tan específica como la del lenguaje.
Erróneamente pensamos que el castellano no posee recursos para traducir según qué términos pertenecientes al mundo de los negocios, la ciencia o la publicidad, pero eso no es verdad. Sucede, en cambio, que sigue habiendo mucho papanatas que, como en los tiempos de López Vázquez y las suecas turgentes, se siente más importante diciéndonos, por ejemplo, que se ha sometido a una terapia anti-aging, cuando todos sabemos que lo que ha hecho es quitarse las arrugas para parecer menos viejo.
En fin. Ya están tardando en sacar pegatinas que digan “Paping no corring”, o “Daddy don’t run fast”, o lo que sea. A lo mejor se acaban los accidentes.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Don Vito Tutankamón


No sé a vosotros, pero a mí la expresión “accidente de caza” me suena irremediablemente a esa forma encubierta y eufemística que emplean los miembros de la Cosa Nostra para referirse a ciertos ajustes de cuentas.
Ignorante de mí, que creía que esto era una práctica más o menos contemporánea, propia de los Corleone y sus antepasados sicilianos, porque, según he leído, unos científicos británicos (desconozco si había algún pariente de Rajoy entre ellos) parecen haber descubierto el enigma de la muerte del faraón Tutankamón, y la causa del fallecimiento no fue otra que el mencionado accidente de caza.
La teoría de estos estudiosos es que el faraón perdió la vida al caer de una carroza mientras cazaba en el desierto. El accidente le habría ocasionado una fractura en la pierna izquierda, por encima de la rodilla, y eso bastó para mandarlo al otro barrio.
Visto a día de hoy, claro está, parece excesivo que alguien pueda morir de eso. Suena más a mitología que a Historia (el talón de Aquiles, la rodilla de Tutankamón…)
El caso es que con esta nueva conjetura se desmiente la tradicional y más interesante teoría de que Tutankamón fue asesinado, conclusión a la que se llegó en 1968, cuando se sometió a la momia a unas sesiones de rayos X que revelaron una inflamación en la base del cráneo producida, según los expertos, a causa de un golpe en la cabeza.
Ahora resulta que un tal Zahi Hawass, que es nada menos que el secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, resucita el enigma con su planteamiento del accidente de caza.
Yo no dudo de la fiabilidad de los estudios, faltaría más. Reconozco mi absoluta ignorancia en materia de arqueología, y quizá por eso lo que más me fascina no es el qué, sino el cómo.
O sea, lo de saber ahora la verdad sobre la muerte de Tutankamón, vale, está bien, el saber no ocupa lugar y todo eso, pero lo que realmente me parece sorprendente es que miles de años después del suceso, y con la única ayuda de un cuerpo momificado, haya quien pueda determinar, no sólo las causas naturales o biológicas, sino también las circunstancias espaciales y temporales del fallecimiento.
Me pasa lo mismo con los investigadores del cuerpo de bomberos. Esos señores que acuden tras un incendio al lugar del siniestro y, ante una simple montaña de restos chamuscados, son capaces de determinar si el fuego fue provocado o fortuito, si se inició en el cuarto de baño o a causa de un cigarrillo encendido sobre la cama, si se produjo un cortocircuito o si ardió una cacerola olvidada sobre la cocina… Me parece admirable, en serio.
En fin, que como en el fondo me da igual de qué murió el faraón en cuestión, me voy a quedar con la opción del accidente de caza provocado, que para algo soy fan de El Padrino.

martes, 23 de octubre de 2007

La cortesana impertinente y el primo de Zumosol


No cabe duda de que la oposición está que se sale calentando motores de cara a la inminente campaña electoral (ya sé que aún queda mucho, pero esto es ya como la Navidad; cada vez empieza antes).
A estas alturas, todas las tácticas o estrategias están más que inventadas, reinventadas y sobadas. Nadie espera ya métodos de confrontación política racionales, argumentativos, enriquecedores, instructivos, ni nada que pueda asemejarse siquiera por asomo a eso tan bonito que se llama discrepancia constructiva.
Ya sabemos que el electoralismo implica morder a degüello en la yugular del rival, ridiculizar al contrincante, negar por sistema todo lo que venga del otro lado y ponerle unas dosis de malos augurios para que el pobre votante se vea en la tesitura de elegir entre el Edén o el Apocalipsis, sin término medio.
Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre han dado ya las primeras pistas acerca del estilo de oposición que nos espera en los próximos meses, caracterizado, según veo, por un recrudecimiento aún mayor de la habitual mezcla de soberbia y fatalismo a la que nos tienen acostumbrados.
Para empezar, se ha sabido que Aguirre le pidió al Rey un trato más humano (sic) hacia el periodista Jiménez Losantos. Tiene gracia que alguien solicite semejante atención hacia una persona cuyas señas de identidad son el insulto de buena mañana y la misantropía en estado puro. Por si fuera poco, Losantos, el responsable de la mayoría de las broncas de tráfico y los malos despertares de los currantes españoles, lleva más de un año pidiendo la abdicación del monarca y cuestionando sus aptitudes como Jefe del Estado. Si ahora me dijera alguien que Aguirre es en realidad la guionista de Torrente o la que escribe los gags de Los Morancos os juro que me lo creería. Palabra.
Cuentan que el Rey zanjó la cuestión de inmediato, y yo lo siento, de verdad, porque imagino que la lista de Aguirre no terminaría ahí (“Desterrar a Gallardón a la isla de Perejil”, “Que la Reina, el Príncipe, las Infantas y todos los Froilanes voten al PP”, “Implicar a Zapatero en la Operación Malaya”, “Que Urdaci y Curry Valenzuela presenten Aquí hay tomate…).
Por su parte, el presi del partido, el líder de la oposición, el ínclito Rajoy, se ha sacado de la manga una pose de chulapo castizo que ni Tony Leblanc, y ha dado a entender que lo del cambio climático le parece algo así como una paparrucha típica de progres y jipis melenudos (ya sé que no ha dicho esto, pero se le adivina la intención a la legua).
Además, emulando al mítico niño del anuncio de Zumosol, ha afirmado que tiene un primo físico muy listo y que éste les preguntó a otros amigos suyos, también científicos y por tanto también muy listos, qué tiempo iba a hacer al día siguiente en Sevilla y no supieron responderle.
La conclusión de Rajoy es que, si una eminencia es incapaz de predecir el tiempo que hará mañana, es imposible que pueda prever lo que pasará con el clima dentro de 300 años.
Al margen de ideologías o simpatías políticas, y al margen también de que la confusión entre El Tiempo y El Clima es más propia de repetidores de parvulario que de aspirantes a gobernar un país, el razonamiento de Rajoy parece sacado de un episodio de Epi y Blas o de las aventuras de Gabi, Fofó, Miliki y Fofito.
Para hacernos una idea de lo absurdo de su bravuconada, os pongo algunos ejemplos de lo que podríamos denominar desde un punto de vista empírico “La quintaesencia del Marianismo”:
“Si el médico de cabecera no puede adivinar qué día del año me voy a poner enfermo, ¿cómo es posible que haya investigadores capaces de crear una vacuna para que no enfermemos nunca?”
“Si cualquier padre o madre es incapaz de predecir cuándo ni de qué morirá su hijo, ¿cómo puede saber que cruzar el semáforo en rojo podría costarle la vida?”
“Si Manolo es virgen y Manoli también, ¿cómo pueden saber que si follan sin condón podrían tener un hijo no deseado?”
Y, para terminar, el mejor de todos:
Si durante ocho años el PP gobernó y no fue capaz de terminar con el paro, la inseguridad ciudadana, el racismo, la discriminación laboral de la mujer, las listas de espera de la Seguridad Social, la especulación financiera e inmobiliaria, el fracaso escolar, el tráfico de drogas, el terrorismo y los contratos basura, ¿cómo puede estar tan seguro de que si gana las elecciones en el 2008 esto va a ser el país de las maravillas? ¿Eh, listo?
Así que, calma, Mariano, que Al Gore ya ha dicho que no se presentará como candidato, y a lo mejor ganan otra vez los amigos de tu amigo Josemari.

domingo, 21 de octubre de 2007

Safari ortográfico

Si hay un medio idóneo para hablar de lo que os contaré hoy, sin duda es éste, Internet, el principal artífice y sufridor a la vez del empobrecimiento lingüístico de nuestra escritura.
Será por el dominio imperial de las lenguas anglosajonas, será porque el castellano internauta está frecuentemente intoxicado por el mestizaje latino y el Spanglish, será porque casi nadie lee libros, ni escribe cartas, y toda la gramática cotidiana se reduce a la aberración reduccionista del SMS… Será por todo esto o por cualquier otra causa que se nos escape, pero cada vez que uno se aviene a practicar el moderno ejercicio de la navegación virtual ha de mentalizarse para no desesperar ante lamentables herejías ortográficas y deprimentes atrocidades lingüísticas.
Es una pena que leer un simple artículo o un vulgar anuncio en Internet sea hoy por hoy una tarea digna de hermenéuticos o cabalistas, producto de un empleo tan desaprensivo y estúpidamente pasota del idioma que, en lugar de mutar en un futuro esperanto global, lo que acabará provocando es una legión masiva de ágrafos cibernéticos.
Así que no hace falta que os diga que he saludado con especial júbilo el descubrimiento de una iniciativa puesta en marcha por la Unión de Correctores, una asociación de profesionales de la corrección de textos que agrupa a correctores de estilo, correctores de pruebas y asesores lingüísticos que ejercen este oficio profesionalmente.
Dicha entidad ha convocado un singular concurso fotográfico que invita a los participantes a denunciar las erratas, las faltas de ortografía o los problemas de puntuación que abundan en carteles, tablones de anuncios, monumentos, vallas publicitarias o lugares públicos, retratándolos con su cámara a modo de safari fotográfico lingüístico.
Asimismo, el próximo sábado, 27 de octubre, se celebrará el día de los correctores de textos, que debía de ser la única asociación, comunidad o congregación que no tuviera ya su fecha conmemorativa designada (si existe hasta el Día del Orgullo Friqui, qué menos, ¿no?).
Puesto que es un tema que me interesa y preocupa, os animo desde esta humilde acera virtual a que participéis en la excéntrica partida de caza en busca del gazapo organizada por la UniCo.
El plazo sigue abierto hasta mañana lunes, así que aún estáis a tiempo. Es tan fácil como enviar una fotografía en la que se aprecie el gazapo, la falta o el error a la dirección de correo electrónico
comunicacion@uniondecorrectores.org
Aclaro que se admitirán ejemplos de erratas en todos los idiomas del Estado, y no sólo en castellano.
Según consta en las bases, los participantes deberán especificar en el e-mail su nombre, la dirección electrónica de contacto, el lugar exacto donde se tomó la fotografía y la fecha.
Por mi parte, también os pediría (casi os rogaría, y de rodillas, si hace falta) a todos los amigos que visitáis esta página y que también poseéis vuestro propio blog o sitio web, que, como mínimo, cuidéis los detalles más elementales en materia ortográfica o gramatical.
No se me ocurriría nunca meterme en cuestiones de estilo o retórica, que son potestad de cada autor, pero reconoceréis que no cuesta nada colocar los signos de interrogación y admiración TAMBIÉN al principio de cada frase (nuestro idioma así lo determina), o acordarnos de escribir los nombres propios con la inicial en mayúscula, o, por poner un último ejemplo, no usar la letra K como si fuera un comodín para ahorrarnos escribir una U después de la Q.
Cuando yo estudiaba, podían suspenderte un examen por exceso de faltas de ortografía. Me imagino que lo que pasará ahora es que los maestros tendrán que agenciarse un diccionario de abreviaturas telefónicas o el libro de estilo del celebérrimo Messenger para entender lo que escriben sus alumnos.
Ay, qué mayor me estoy haciendo...

viernes, 19 de octubre de 2007

Más miedo, por favor


Lo mejor de El orfanato son sus primeros 30 ó 40 minutos, el buen hacer profesional que atesora y su desafío sin complejos a los modelos homólogos norteamericanos, algo que seguramente despojará de prejuicios a un buen puñado de espectadores acostumbrados a huir despavoridos cuando asocian la denominación de origen española al título de una película.
Asimismo, lo peor del film de Juan Antonio Bayona es que, con la entrada en escena del innecesario personaje de la médium (Geraldine Chaplin), la cosa empieza a perder gas y vamos pasando paulatinamente del terror a la fantasía sin más, y lo que empezó siendo una historia de miedo acaba siendo un cuento paranormal, más o menos oscuro, pero cuento, y no pesadilla.
Belén Rueda confirma que lo de Mar adentro no fue chiripa, y es capaz de cargar sobre sus hombros el peso entero de una película. Pero esto no es suficiente para redondear la faena. Si el objetivo era provocar emociones, en general, sin matices, bueno, se entiende. Pero si, como se supone, la intención era dar miedo, entonces sólo se cumple a medias.
Con todo, El orfanato funcionará a la perfección como cine para espectadores de fin de semana y miércoles; está bien hecha, entretiene, no se pasa de la raya con los sustos y apenas coquetea con otras ramas más indigestas del género como el gore o el cine de muertos vivientes.
Yo celebro que haya directores españoles que elijan la senda abierta hace algunos años por Álex de la Iglesia, Amenábar, Fresnadillo o Calparsoro; que se atrevan a hacer cine de género puro y duro: de terror, de tiros, de suspense, de aventuras… Las alternativas al cine de autor comprometido y a las comedias costumbristas son sanas y necesarias para equilibrar la balanza y ampliar la oferta cinematográfica nacional.
El problema de El orfanato es que, rebasada esa primera media hora apasionante, empieza uno a sentirse tentado de jugar al Un, dos, tres, responda otra vez. A ver, por 25 pesetas, nombres de pelis de terror con caserón solitario, o con niños hipersensibles que tienen amigos imaginarios, o con niños que hablan con los difuntos y luego los dibujan, o con un poco de todo: Los otros, Poltergeist, El sexto sentido, The ring, El resplandor, Frágiles
Esta circunstancia es la que me hace intuir que ni siquiera pasará la primera criba de selección para los Oscar. Tendría que ocurrir casi un milagro para que estuviera entre las cinco finalistas, y esto no tiene que ver con sus virtudes o defectos, sino con el hecho de que, si bien se trata de una alegre excepción entre lo autóctono, al competir con el cine norteamericano se convierte tan sólo en una más, del montón, de las que allí se hacen por decenas.
Es muy posible que también arrase en los Goya (Tele 5 ya se está ocupando de ello, aplicando el “estilo Lobato” o “te lo meto hasta en la sopa” para promocionarla), aunque se le prevé competencia.
Al margen del éxito seguro y merecido, y del negocio redondo que les ha salido a sus productores (ya se han vendido los derechos para rodar un remake estadounidense), creo que la elección de El orfanato para intentar repetir la hazaña de Garci, Trueba, Amenábar y Peeeeeeeeeeeeeeedro no ha sido acertada. Aunque tampoco es que las otras dos opciones escogidas por la Academia prometieran grandes esperanzas, la verdad.
A Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro) le ocurre lo contrario que a El orfanato. Lo mejor está en los veinte últimos minutos, cuando recrea el desenlace de un suceso real ciertamente desgarrador. Del resto sólo destaca el apartado formal y estilístico, todo lo relativo a la ambientación, los decorados, el vestuario, etcétera. Del elenco me quedo con Marta Etura, la mejor actriz joven y la sonrisa más agraciada del cine español del momento. Lo demás es lo visto ya cientos de veces. Y el metraje excesivo (130 minutos) también juega en su contra.
En cuanto a la tercera opción, Luz de domingo, de Garci, nada sé porque aún no se ha estrenado, pero tampoco me hace falta. No me cuesta trabajo adivinar que será un nuevo paso adelante en el progresivo e imparable acartonamiento que sufre el cine de este señor, más apasionado como tertuliano que como narrador.
En mi opinión, hubieran tenido más posibilidades obras como Mataharis (Icíar Bollaín) o La soledad (Jaime Rosales) que, además de ser prácticamente las dos mejores del año, se ajustan más o menos al modelo de película extranjera premiable en Hollywood.
Incluso me hubiera atrevido a buscar entre otros títulos notables de la cosecha ibérica del 2007 para hacer de embajadores en California: Mujeres en el parque (Felipe Vega), Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta), Ladrones (Jaime Marqués), Bajo las estrellas (Félix Viscarret), y hasta las irregulares pero atrevidas Concursante (Rodrigo Cortés) y Bosque de sombras (Koldo Serra). También me gusta mucho La caja Kovak (Daniel Monzón), pero el hecho de haber sido rodada en inglés la deja fuera de la quiniela.
Bueno, supongo que en esto pensamos cuatro o cinco. Para los demás, según parece, el notición del cine español tiene que ver con Bardem y Penélope. Pues que aproveche.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Palabras letales


Me temo que una buena parte de nuestros famosos y famosillos, a costa de su denodado empeño por erigirse en “la voz del pueblo”, están banalizando según qué cuestiones relacionadas con los derechos humanos o el respeto a nuestros semejantes, entre ellas algo tan serio como el llamado maltrato psicológico.
Puesto que las desavenencias o las vulgares peleas son el mejor caldo de cultivo para alimentar ciertas parrillas mediáticas, y ya que constituyen para muchos personajes el único modo de permanecer en el candelero, estamos asistiendo continuamente a representaciones vergonzosas y barriobajeras que no tendrían mayor importancia si sus protagonistas, sabedores de la repercusión que suelen tener sus actos, no se empeñaran en autodefinirse como reflejos de la realidad diaria.
Y es que estoy advirtiendo desde hace tiempo una tendencia creciente a acuñar el término “maltrato psicológico” con insensible ligereza y desaprensiva gratuidad.
No soy psicólogo, ni psicoanalista, ni mucho menos psiquiatra, pero entiendo que para determinar la existencia de maltrato psicológico es necesario que dicha conducta se presente con una mínima frecuencia o continuidad, que describa algo habitual y constante.
Ojo, no es que piense que no deba castigarse lo esporádico o puntual, no me he vuelto loco. Lo que sostengo es que insultar, sin más, no es maltratar psicológicamente. Mandar a alguien a freír boniatos, defecarse en sus difuntos o llamarlo imbécil en el fragor de una disputa o intercambio de discrepancias forma parte de nuestras debilidades humanas, y no creo yo que haya que tipificarlo como delito. Pero parece que nuestros famosillos han interpretado el término de un modo pueril y simplón, y así deciden que maltrato psicológico es cualquier palabrota, imprecación o exabrupto que no vaya acompañado de agresión física.
El verdadero maltrato psicológico tiene por objeto anular a otra persona, acobardarla, incluso crearle la sensación de la agresión física sin necesidad de consumarla. Esto pasa por desgracia en colegios, en ambientes laborales (no me sale de las narices decir mobbing) y también en el entorno doméstico.
El maltrato psicológico de verdad puede llegar a provocar las mismas consecuencias fatales que el físico, incluida la de llevar a alguien a quitarse la vida, así que recomendaría a tanto cantamañanas con afán de notoriedad que se cuidara de alardear sus trifulcas narcisistas al viento y hacerse la víctima a costa de tantas otras personas que de verdad sufren un acoso terrible y difícil de atestiguar debido a la ausencia habitual de pruebas materiales.
Hablo hoy de esto porque llevo toda la semana leyendo en distintos sitios una información acerca de las consecuencias funestas que puede tener el amor. Se trata, una vez más, de un estudio llevado a cabo en Gran Bretaña.
Cuando me decidí a ahondar en la noticia más allá de los titulares, comprobé que éstos no eran del todo concisos, y que daban lugar a confusión.
Si uno lee encabezamientos como “Un estudio revela los peligros que el amor puede tener para la salud”, o “Expertos demuestran que el amor puede aumentar el riesgo de dolencias cardiacas”, o “Sí que es posible morir de amor”, qué demonios, parece que el mundo se haya vuelto del revés.
Sin embargo, como ya he apuntado, al leer con detalle descubrí que tales amenazas para nuestro corazón no se derivan del enamoramiento en sí mismo, sino, bien al contrario, son producto de relaciones tensas, de broncas diarias, celos enfermizos, y ese etcétera que todos sabemos relativo a la hostilidad como rutina.
Se supone que el estudio hace alusión a disputas conyugales y berrinches de andar por casa. No menciona los malos tratos ni las agresiones con repercusión judicial o penal. Lo curioso es que, si hacemos caso a los titulares, parece que nos estén diciendo que el amor significa eso, trifulca y sufrimiento, y, hombre, ya sabemos lo bobalicones que nos volvemos todos cuando nos enamoramos, pero de ahí al masoquismo hay un trecho.
Así pues, tenemos por un lado a cierta purrela farandulera largando sobre maltrato psicológico con insultante frivolidad, y, por otro, a unas supuestas lumbreras británicas que nos asustan afirmando que Cupido es peor que el colesterol, los triglicéridos, el tabaco y la fritanga.
Viva el término medio, sí señor.

martes, 16 de octubre de 2007

¡Qué pereza, vive Dios!


No deja de sorprenderme el interés que sigue despertando en la audiencia de los medios, y especialmente en la del televisivo, todo lo relacionado con la actividad política.
No se me ocurre un plan más pelmazo que, por ejemplo, tragarme esa especie de reality show maratoniano llamado “Debate sobre el estado de la nación”; pasarme interminables horas vegetando ante el televisor para oír letanías y soflamas que ya me sé de memoria y que sólo aportan ingredientes para hacer más espeso o picante el caldo de la crispación.
Todo esto viene a que han sido varias las personas que a lo largo de la mañana me han comentado con indisimulado entusiasmo el planazo televisivo que hay preparado para la hora punta de la noche.
A las 21’30, en TVE 1, una nueva edición del programa “Tengo una pregunta para usted”, ya sabéis, ese espacio que, a pesar de lo que pueda parecer, no estaba patrocinado por la cafetería de la Moncloa para promocionar sus ofertas del día. De hecho, pienso que como concepto televisivo es todo un acierto, o al menos un formato que hace honor a la verdadera utilidad que se le presupone a una televisión pública. Otra cosa es que, cuando se nos da la oportunidad a los ciudadanos para opinar libremente, la aprovechemos como es debido.
Tras las pasadas y gloriosas apariciones de Zapatero y Rajoy, la emisión de hoy presenta la novedad del modelo tripartito, o triunvirato, o tríada, o terceto, o triángulo, o lo que sea. La cosa es que no saltará al ruedo un único político, solo ante el peligro como Gary Cooper, sino que se enfrentarán a las preguntas del público tres tristes tigres al mismo tiempo: Llamazares, Durán i Lleida y Carod Rovira (por mí, como si me dicen El trío Siboney, Los tres sudamericanos, Rumba 3, Los 4 Fantásticos, La quinta del Buitre o los Siete Magnificos). Seré yo, que estoy acabado, pero el programa en cuestión me resulta tan atractivo como recortarme las uñas arañando una pizarra.
Sin embargo, los que no compartáis mis gustos, estáis de enhorabuena. Si no tuvierais suficiente con el interrogatorio a tres bandas de la cadena pública, a partir de las 23’45 podréis culminar vuestro empacho con la entrevista que María Teresa Campos le hará al ex presidente Felipe González en Tele 5 y con motivo, según dicen, del 25 aniversario de su llegada al poder.
Aquí confieso que me tienta un poco saber si la Campos se atreverá a preguntarle con la debida incisión acerca del tristemente famoso y surrealista referéndum sobre la OTAN de 1986, ya que una buena parte de mi agnosticismo político incurable se lo debo a aquel esperpéntico acontecimiento.
Pero voy a pasar. Lo primero, porque no voy a tragarme un ladrillo de tales proporciones sólo por el morbo de comprobar si la labia de González sigue intacta y en forma. Y, lo segundo, porque mucho me temo que la madre de Terelu va a estar más cerca de Santa Teresa de Calcuta que de Maruja Teresa Viperina, el papel que hasta la fecha mejor le sentaba (eso por no imaginar que el “estilo Lobato” haya cuajado definitivamente en la cadena y asistamos al nacimiento de un nuevo idilio platónico-obsesivo).
En fin, si acaso lo veis, mañana me lo contáis. Ya sabéis que éste es vuestro espacio. Opinad libremente.

lunes, 15 de octubre de 2007

Un Nobel incómodo


Tiene su gracia lo de Al Gore. No es que su carrera política pueda tildarse de fracaso, pero, hasta la fecha, tampoco hubiera ocupado un puesto de honor entre las consideradas exitosas.
Estuvo primero a la sombra de Clinton y, tras la retirada de éste por la puerta de los becarios, salió derrotado al primer intento por el déspota Bush.
Aun así, tiene mérito que, sin ser un ex presidente, se dedicara a ejercer como tal, ya sabéis, dando charlas magistrales a lo largo y ancho del planeta, con la excepción en su caso de que el argumentario era fijo: el cambio climático, el calentamiento global, el efecto invernadero y demás profecías apocalípticas sobre el medio ambiente.
Más curiosa aún resulta su vitrina de trofeos. El año pasado se llevó un Oscar de Hollywood por su participación en la película documental Una verdad incómoda, y ahora le han dado el Nobel de la Paz (éste último compartido con el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, y su presidente, el indio Rajendra Pachauri), justo los dos premios que ha llegado a acariciar el músico irlandés Bono, a quien me imagino tarareando Gore bloody Gore mientras se atiborra de Guinness para olvidar las penas.
El Comité Nobel ha considerado los esfuerzos de los galardonados por “construir y divulgar un mayor conocimiento sobre el cambio climático causado por el hombre y fijar la base de las medidas que son necesarias para contrarrestar dicho cambio”.
Por cierto, aprovecho para recomendar a los insignes académicos suecos que cambien el nombre del premio, y lo llamen “de la Solidaridad”, o algo similar, que es un término que abarca más campos (incluido el de la lucha por la paz) y hace más explicable (al menos para mí) la concesión del premio a Al Gore.
El caso es que, tras el ilustre galardón, se empiezan a oír rumores de una probable conquista de la Casa Blanca por parte del ex vicepresidente demócrata. Quizá sólo sean ecos de la lógica euforia o síntomas del no menos lógico deseo de perder de vista a los republicanos.
De cualquier manera, si el vaticinio se cumple y Al Gore termina por fin liderando el mundo occidental, a este peatón se le plantea un dilema morrocotudo.
Por un lado, puede que tanto prestigio haya sido una simple consecuencia del impacto mediático y popular de su reciente labor en pos de la defensa de la naturaleza. Siendo así, mejor entonces que se aleje del despacho oval, ya que, aunque la ecología es un tema de interés general, las exigencias del poder lo relegarían a la cola de un pelotón comandado por el paro, la inmigración, la seguridad ciudadana, las armas, la educación, la sanidad, etc. Si la Tierra pudiese hablar, seguro que lo preferiría así.
Ahora bien, si resulta que al final todo este tinglado de ecologista contestatario ha sido una táctica para resarcirse de su pasado oscurantismo político y conquistar por fin las mieles del poder, pues qué decepción. La verdad de Al Gore sería francamente incómoda, como el título de su documental.

domingo, 14 de octubre de 2007

Soñar con dinero es gratis


La ONCE tiene su cupón diario, además del Cuponazo de los viernes y uno nuevo que llaman Supercuponazo del fin de semana, o algo parecido. Asimismo, hace no mucho sacaron El combo, una especie de primitiva en modesto, pero capaz de arreglarte un puente de cuatro días o un final de mes apurado por los números rojos.
Por su parte, está la Lotería Nacional, la de toda la vida, que se juega los sábados y también los jueves, aparte de los sorteos extraordinarios como el de Navidad, El niño, o el del oro de la Cruz Roja.
Ésta posee la desventaja de que la cantidad cobrada en caso de premio es directamente proporcional a la pasta que uno se gaste en décimos o billetes, con lo cual, partiendo del hecho de que la mayoría jugamos a la lotería porque somos pobres, no aparenta ser una apuesta muy rentable.
Si algún día me toca, probablemente cambie de opinión y las vocecillas de los niños de San Ildefonso me acaben sonando a cantos de gloria celestial, pero hasta la fecha, cada vez que escucho su agudo soniquete siento como si un enano repelente me estuviera taladrando el tímpano con la letanía “Eres pobre, te jodes; Eres pobre, te jodes; Eres pobre, te jodes…”.
Por tanto, si apuntamos más alto, si lo que queremos es vivir sin jefes y sin depender de una nómina, mejor que probemos con la Primitiva, que nos da dos opciones semanales (jueves y sábado), o bien con los Euromillones del viernes, que nos tientan con cantidades colosales y obscenamente expuestas en las administraciones y puntos de venta.
A diario contamos igualmente con la Bono Loto, y donde yo vivo existe algo llamado Loto Catalunya, a lo que no me he atrevido a jugar nunca porque me da la impresión de que no mueve demasiado parné (ya que apostamos, que sea a lo grande).
Ah, me olvidaba del domingo, territorio conquistado también por el Gordo de la Primitiva, con cuantías nada desdeñables, de ésas que le permiten a uno pedir el finiquito y planear la vuelta al mundo.
Nos queda también la quiniela de fútbol, un tanto devaluada pero aún interesante si se consigue un pleno al quince, y la resucitada quiniela hípica, de la que me confieso absolutamente ignorante.
Agotadas las posibilidades mencionadas, sólo nos restaría arriesgarnos al bingo, a apostar en las carreras, a probar suerte en la ruleta, el póquer, las tragaperras o el julepe, aunque no me va demasiado el juego con mayúsculas; me puede la precaución ante el riesgo de adicción.
Pues eso. Que mañana es lunes y, qué queréis, con algo hay que consolarse.

sábado, 13 de octubre de 2007

Hacer caso a lo escaso


En mis tiempos de estudiante de periodismo me explicaron que una de las teorías más extendidas sobre el poder y la influencia de los medios de comunicación era la denominada “Teoría del establecimiento de la agenda”, o algo parecido.
Según este enunciado, se sostiene que la prensa es realmente quien decide lo que es importante, de interés general o aquello que requiere nuestra atención prioritaria.
Se supone que lo ideal es lo opuesto, es decir, que los medios de comunicación estén al servicio de la ciudadanía para responder a sus demandas de conocimiento e información. Pero me temo que la mencionada teoría de la agenda es acertada, por mucho que me pese.
El asunto daría para prolongar la reflexión más allá de esta escueta cibertribuna, aunque, a grandes rasgos, mi percepción es que los contenidos de la prensa no equivalen a un compendio resumido de la situación real de nuestro mundo, tal y como tendemos a creer por pura inercia.
Si damos un repaso general a cualquier diario o programa informativo, la conclusión inevitable es la de que este mundo es una mierda, que sólo hay guerras y desgracias, que nos matamos a tiros o cuchilladas por culpa de los celos, la envidia, la religión o las ansias de poder; que los deportistas son unos yonquis mercenarios, que nunca encontraremos trabajo, que todo es un timo y una estafa, que noticia es igual a polémica, escándalo, tragedia.
No es que quiera ser yo ahora el profeta del flower power y la caridad bendita, pero si algo tengo claro es que hay en la prensa una evidente descompensación entre los contenidos positivos y negativos, inclinándose la balanza a favor de estos últimos. Que no nos engañen, que sean objetivos, que nos digan la verdad, así es, pero que no traten de convencernos de que lo real es sólo lo crispado o lo morboso. No reclamo mentiras piadosas. Lo que me gustaría es que se derrocara la dictadura de las verdades dolorosas.
Será por esto, o porque es sábado, o porque acabo de meterme en el cuerpo un carajillo de sobremesa, da igual. El caso es que he recibido con insospechado júbilo el descubrimiento de una noticia que nos habla de un llamamiento a la paz y el entendimiento entre islamistas y cristianos, lanzado el pasado jueves por un centenar de estudiosos musulmanes de todo el mundo.
En una carta al Papa
y a otros líderes cristianos, afirman lo que todos sabemos: “Si los musulmanes y los cristianos no están en paz, el mundo no puede estar en paz. Con el terrible armamento del mundo moderno, con los musulmanes y los cristianos entrelazados en todas partes como nunca hasta ahora, ninguna parte puede literalmente ganar un conflicto entre más de la mitad de los habitantes del mundo. Nuestro futuro en común está en juego. Quizá la propia supervivencia del mundo esté en juego. El islam y la cristiandad ya están de acuerdo en que el amor a Dios y al prójimo son los dos mandamientos más importantes”.
Asimismo, Aref Ali Nayed, uno de los firmantes de la carta y asesor relevante del Programa Interreligioso de la Universidad de Cambridge, declaró que el mayor problema que el Islam arrastra desde hace tiempo es que “las voces mayoritarias han sido ahogadas por las de una minoría que escoge la violencia”.
Insisto en que no es cuestión de hacerse vanas ilusiones o albergar falsas esperanzas, pero del mismo modo que está uno harto de leer presuntas conspiraciones o supuestas corrupciones, idéntico derecho tienen a aparecer en la prensa informaciones que inspiren nobles sentimientos y hagan trabajar al intelecto, aunque supongan un porcentaje escaso dentro de las preferencias de periódicos, revistas, televisiones, radios y otros púlpitos influyentes.

viernes, 12 de octubre de 2007

Revisiones, repeticiones y refritos


No sólo es La huella (Joseph L. Mankiewicz, 1972) una de mis películas favoritas, sino que se trata de uno de esos casos en que críticos, cinéfilos y espectadores a secas la consideran casi unánimemente una obra maestra.
Por esta razón no se entiende que a nadie se le ocurra la idea descabellada de querer rodar una nueva versión, un remake, como se dice en el argot cinematográfico. Ni siquiera si esa persona es un director de ciertas garantías para la empresa, como es el caso de Kenneth Branagh, acostumbrado a adaptar a la gran pantalla obras de Shakespeare y otros clásicos como La flauta mágica o Frankenstein.
Y fijaos que el resto del elenco es también para quitarse el sombrero: el dramaturgo Harold Pinter, Premio Nobel de Literatura, ha reescrito el guión inspirado en la obra de Anthony Shaffer, y los papeles protagonistas están interpretados por una leyenda viva como Michael Caine (en el rol que hiciera Laurence Olivier en 1972) y el cada vez más consolidado Jude Law (en el personaje que interpretara Caine en el film de Mankiewicz).
La nueva versión de La huella tiene una atmósfera fría y psicodélica, lo que la sitúa más cerca de títulos modernos como Hard Candy o Palabras encadenadas, que son filmes notables, si bien con alma de serie B. Además, reduce inexplicablemente los dos primeros actos y alarga innecesariamente el tercero, echando mano de una tensión sexual inverosímil, para culminar en un nuevo desenlace que, aunque dramático, no contiene la guinda macabra y sarcástica del modelo original.
Si no habéis visto la película de 1972, puede que ésta de ahora os sorprenda positivamente. El argumento es interesante, hay diálogos brillantes, es visualmente atractiva y los actores están de miedo (a Jude Law se le va un poco la vena histriónica, pero aun así aprueba el examen). Yo disfruté más o menos hasta el tercio final, pero entended que me es imposible no tener presente la primera versión, que he visto unas cuantas veces y que estimo insuperable.
La verdad es que la práctica del remake se justifica en escasas ocasiones, a pesar de que algún espabilado de la industria hollywoodiense parece haber descubierto últimamente algo tan sencillo como que filmar películas que ya se filmaron supone un ahorro considerable de costes (empezando por el sueldo del guionista) y de esfuerzo (no se gastan neuronas; ya pensó en su día el director de la primera versión).
En mi opinión, un remake es aceptable cuando partimos de películas olvidadas, mediocres o desaprovechadas. No tiene sentido querer hacer de nuevo obras que ya eran notables o sobresalientes, o de esas consideradas “de culto”, o bien de esas tan célebres y exitosas que todo el mundo conoce. Por eso no sé a qué han venido las nuevas versiones de Psicosis, La profecía, El bazar de las sorpresas, El planeta de los simios, La matanza de Texas o Sabrina.
Existe también la modalidad del remake encubierto o no reconocido (la reciente Disturbia, que se empequeñece a la sombra de La ventana indiscreta; o la más veterana El jinete pálido, donde Clint Eastwood reinterpretó el clásico Raíces Profundas, poco antes de consagrarse definitivamente con Sin Perdón).
Pero esto del remake no consiste sólo en lavarle la cara a lo viejo y pintarlo con colorines modernos. Empieza a ser frecuente que algunos directores norteamericanos jueguen a convertir el cine de autor extranjero en un producto para el consumo masivo. Ahí están The ring, El último beso, Vanilla sky (el reverso mojigato y megaguay de Abre los ojos), Esencia de mujer, City of Angels (el cielo berlinés de Wim Wenders convertido en el azul meloso de Los Ángeles), Solaris, Criminal (una copia sosita de la argentina y excelente Nueve reinas) o La sombra de la noche (versión norteamericana de la noruega El vigilante nocturno, ambas realizadas, eso sí, por el mismo director, y quizá por eso a mí me guste un poco más la segunda que la original).
También es cierto que, como en todo, hay excepciones. Como la de Hitchcock, que repitió algunos de sus propios trabajos para mejorarlos (39 escalones, El hombre que sabía demasiado). Por su parte, Primera plana (Billy Wilder), no desmerece al lado de Luna nueva (Howard Hawks), y tampoco estaba mal la versión de El beso de la muerte (Henry Hathaway) que hizo Barbet Schroeder en los noventa.
Tal como yo lo veo, el paradigma de lo que debe ser un remake lo tendríamos en El cabo del miedo (Martin Scorsese, 1991), realizada a partir del filme El cabo del terror, que dirigió Jack Lee Thompson en los años cincuenta. Éste sí es un buen trabajo de revisión y corrección, ya que aprovecha los elementos más valiosos del original (la trama, el malo, la música de Elmer Berstein) y a la vez sabe enmendar los defectos o carencias del mismo. Para empezar, añade complejidad psicológica a los buenos, haciendo que no sean exactamente unos santos (infieles, corruptos, hipócritas…), y saca partido al personaje de la niña (un mero adorno en la primera versión) convirtiéndola en una adolescente voluble, lo que da lugar a algunas de las escenas de suspense más logradas de la película.
Asimismo, y aunque el psicópata Max Cady estaba impecable en la piel de Robert Mitchum, Scorsese le da una vuelta de tuerca adaptándolo a los miedos contemporáneos y haciendo que Robert de Niro componga uno de sus roles más carismáticos y escalofriantes.
En resumen, La huella de Branagh no está mal, pero es la de Mankiewicz la que deja huella. No sé si me explico.

jueves, 11 de octubre de 2007

El efecto Babel


Cada mañana me levanto a las siete y media, como de costumbre, me desperezo bajo la ducha, desayuno mis corn-flakes y salgo a hacer footing, o practico un poco de spinning, o a veces le doy a los steps, ya me entendéis, Fitness a tope, para estar en forma, que luego voy los sábados a jugar al squash o al paddle y no puedo con mi alma.
Así que me engancho a mi iPod y pongo la música a tope, rock and roll , techno, new age, house, chill out, britpop, heavy metal, dance, funky… depende del momento y de cómo tenga el día.
Después, otra ducha y al currelo. Yo trabajo en Continental Business, que es un holding, en al área de Product Developement. Esta semana va todo el mundo apurado; unos que si con el layout, otros con el cashflow y los de Comercial con el ranking de producción, ya que, al parecer, hay algún broker que se nos ha vuelto un tanto remolón. Pues peor para él, que no cobrará el rappel.
Pero lo que realmente me gusta de mi trabajo son las reuniones creativas, o sea, los workshop, en los que nos juntamos toda la peña y hacemos un brainstorming para compartir nuestras ideas. El timming casi nunca se cumple (Spain is different), así que se nos va el tiempo entre un coffe break y otro, o cotilleando, que también se nos da de maravilla.
El caso es que el lunes debo presentar mi última propuesta y ando a palos con el informático, porque se me ha estropeado el ordenador con un software infectado que me dejaron los del Risk Management, y como no había hecho backup he perdido casi toda la información guardada. Y encima el tío me echa la bronca por no haber instalado un firewall. Ni que fuera uno bombero para tener que estar pendiente de fuegos.
En fin, intentaré tranquilizarme pensando en el fin de semana. Nada de puenting, ni de rafting, ni de windsurfing, ni de mountain bike, ni siquiera de trekking (que es casi como decir peatoning), ni ningún deporte de esos para yuppies o gente de la jet-set. Ni tampoco ir de camping como un hippy. Lo mejor para eliminar el stress es salir por ahí a tomar un whisky en algún pub, o a picar cualquier cosa en un snack o un burguer, no es que la fast-food sea mi favorita, pero de vez en cuando no está mal.
Y, ya bien entrada la noche, Alfonso y Gregorio, los muy cabrones, se largarán a beber el último gin-tonic en algún top-less, y yo, en casita con la parienta, comiendo nuggets congelados y haciendo zapping.
Aunque, hablando de stress, ahora recuerdo que mi novia me comentó que quería ir el sábado por la tarde a hacer shopping, o sea, a comprar regalos que aún les debemos a algunos familiares y amigos de sus respectivos cumpleaños, y eso sí que es temeroso. Menos mal que ya lo tenemos casi decidido: una blackberry para su hermano, una Play-station para mi sobrina, un cardigan para su padre, un compact disc de King África para el hortera de Juan Luis, y para Andrea, unas Ray-Ban estilo femme fatale.
¿Que por qué os cuento todo este rollo? Pues porque estaba yo esta mañana en la oficina con unos clientes de Carolina del Sur, explicándoles unos proyectos, y va el gilipollas de Salcedo y me suelta que tengo un inglés de Vallecas. ¿No te jode el tío?

miércoles, 10 de octubre de 2007

Espumoso sin burbujas


El prestigioso director Martin Scorsese será el encargado este año de rodar el anuncio de cava por antonomasia, el de Freixenet, que junto con la iluminación de El Corte Inglés supone cada temporada la prueba infalible de que ha llegado la Navidad.
Ya que no nos libramos del anuncio ni cambiando de siglo, bien está que al menos sus responsables le quieran dar por fin un toque de originalidad, que ya iba tocando.
Según cuentan (habrá que verlo), le han concedido libertad creativa absoluta al cineasta neoyorquino, con las únicas salvedades de que el spot esté rodado en español (obvio), que su argumento gire en torno al cava (más obvio aún) y que no contenga violencia (esto puede parecer raro, pero no lo es tanto teniendo en cuenta que tras la cámara estará el autor de Taxi Driver, Toro Salvaje, Uno de los nuestros, Casino, Gangs of New York o Infiltrados).
Lo que no me atrevo a asegurar es si la mano maestra de Scorsese será capaz de conseguir un anuncio sin lentejuelas y sin galanes acartonados o cabareteras venidas a menos deseándonos "Felisos Fiestos" con su acento guiri de academia express.
En fin, demos un voto de confianza.
Puede que sea casualidad, pero a lo mejor es que realmente soplan vientos de cambio en las tradicionalmente rígidas costumbres navideñas.
El año pasado ya jubilamos al calvo de la lotería, y todo parece indicar que esta vez las pizpiretas vedetes conocidas como Burbujas Freixenet no se comerán el turrón.
Que Santa Klaus o Papá Noel le van comiendo el terreno al trío mágico de los Reyes de Oriente es ya un hecho desde hace tiempo, pero como esto se debe a la aplicación de las leyes de la competencia en el libre mercado, pues eso, que no os preocupéis, porque los Reyes seguirán viniendo el 6 de enero, y el del trineo el 25 de diciembre, y cuidado no se inventen los grandes almacenes un personaje nuevo para obligarnos a hacer un regalo más.
Pero, al margen del delicado territorio de la sensibilidad infantil, tanto la Lotería Nacional como las bodegas Freixenet nos han demostrado que todavía se puede innovar, por difícil que parezca.
Yo propongo la abolición del hilo musical a base de villancicos en los centros comerciales y lugares públicos en general. Eso, o, como han hecho los del cava con Scorsese, que a alguien se le ocurra encargar versiones de temas navideños a las estrellas del rock. Todos se lo agradeceríamos. Especialmente los que no somos sordos.
Ya sé que os estaréis preguntando qué coño hace el peatón hablando de la Navidad el 9 de octubre. Bueno, quizá sea pronto, pero no os durmáis.
En nada tenéis el turrón ocupando los estantes del supermercado, la iluminación callejera cada año la colocan antes, y seguro que en vuestro trabajo ya han puesto un cartelito con el número que juega la empresa en el sorteo del 22 de diciembre.
¿Lo veis? Yo de vosotros compraba las uvas hoy mismo y las metía en el congelador, que luego se ponen a precio de joyería.