lunes, 17 de septiembre de 2007

Mentiras punto com


No es la primera vez que leo sobre esto, y hoy ha vuelto a salir en un periódico.
Por si no lo sabéis, resulta que existen empresas que se dedican a “fabricar” coartadas. La última nos llega desde Francia, y se llama Ibila.
Esta singular empresa se promociona en su página web con el eslogan "Coartadas virtuales para situaciones reales". Los servicios prestados, como ya imaginareis, van desde reservas de hoteles o alquiler de coches, hasta compras y envíos de joyas, flores, perfumes o libros en nombre del cliente. Por si fuera poco, también son capaces de proveernos de objetos o documentos que prueben materialmente nuestra presencia en cualquier lugar (facturas de restaurantes u hoteles, tickets de caja o de aparcamiento, invitaciones, convocatorias, etc.).
Todo ello para eludir compromisos engorrosos o gozar de momentos de libertad a espaldas de nuestros seres cercanos sin que estos puedan sospechar o molestarse.
Por supuesto, Ibila advierte que la documentación facilitada sólo puede ser utilizada en el ámbito de lo privado o doméstico, ya que, evidentemente, se trata de material falsificado y, por consiguiente, ilegal.
Sea como sea, está claro que la tarea principal a la que se dedican estas empresas no es otra que la de encubrir infidelidades de pareja.
Al parecer, son numerosos los casos de clientes que solicitan la invención de un congreso, una boda familiar, una cena de negocios o una reunión de antiguos alumnos para gozar de una escapada con el amante de turno o incluso para reencontrarse con un viejo amor de los que dejan huella.
El aspecto más interesante de todo esto, me parece a mí, es que la necesidad de ocultar la felonía al cónyuge implica a su vez el deseo de conservar la relación por parte del infiel. Lo diré más claramente: si uno realmente desea a otra persona más que a su pareja, lo más fácil y sensato, en teoría, es romper con ésta y dedicarse en cuerpo y alma (o en alma y sexo) a la otra persona. Sin embargo, todos sabemos que la cosa no funciona así desde que el mundo es mundo.
Hay quien sostiene que la infidelidad supone un estímulo puramente individual que, si se mantiene en secreto, no sólo no dañará a nuestro ser querido, sino que puede llegar a ser un refuerzo para la pareja. También hay quien piensa que, sencillamente, la mayoría de los infieles no terminan con su pareja por cobardía, por miedo a las reacciones del entorno o por el temor a perder una situación cómoda que les permite vivir, tal vez infelices, pero igualmente despreocupados. No falta asimismo quien tacha la infidelidad de enfermedad o patología inherente a la naturaleza humana (una patraña a la que ya hice mención aquí, en la entrada del 8 de enero, titulada “Otra guerra perdida”).
No me atrevo yo a pontificar sobre el asunto, porque en mi opinión existen tantos modelos de compromiso como individuos pueblan el planeta. Lo que sí creo que debemos demandar ya mismo es el desarrollo de un sector paralelo al de las empresas como Ibila. Porque, del mismo modo que hay quienes necesitan excusas para poner los cuernos sin que se entere su pareja, digo yo que también estarán los que quieren romper y no se atreven a dar el paso. Se abriría aquí un mercado de falsas amantes o ex novias, de falsos resguardos de prostíbulos, de pelos sintéticos colocados estratégicamente sobre una hombrera de la chaqueta o el respaldo del asiento del coche… de pruebas inventadas, en suma, para que sea el otro quien tenga un motivo palpable para dejarnos, y ahorrarnos nosotros el engorro de explicar nuestros sentimientos confusos, nuestras ilusiones frustradas, o algo aún peor: obligarnos a salir por ahí e intentar ligar, que a estas alturas la cosa está cada día más difícil.

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