martes, 25 de septiembre de 2007

La moto del artista


Estamos ante una ocasión ideal para sacar a colación la diferencia que existe entre dos términos que a menudo utilizamos como sinónimos, y que no siempre lo son: la fama y el éxito.
Desde ayer vuelve a sonar en todas partes el nombre del fotógrafo italiano Oliviero Toscani, quien ya alcanzó fama (y puede que también éxito) hace años con su trabajo para las provocativas campañas publicitarias de la firma Bennetton.
Todos os acordaréis; fotografías de enfermos de sida o niños muertos de hambre como soporte para vender ropa más bien pija. La excusa de la solidaridad, la conciencia social y demás pomposidades para la galería, detrás de un objetivo que, no nos engañemos, era meramente comercial.
Aquellas campañas, que convertían la miseria y el padecimiento en algo cool o fashion, buscaban la rentabilidad a través de un efectismo truculento disfrazado de “mensaje” (horrenda palabra en según qué contextos).
El tal Toscani vuelve ahora a ser famoso por reincidente. Ha cambiado a los enfermos terminales y los indigentes famélicos por una chica que escasamente supera los treinta kilos de peso a causa de la anorexia. La ha fotografiado desnuda y la ha colocado en carteles y vallas callejeras, poniendo a la vista de todo el público su cuerpo esquelético y enjuto, una imagen francamente desagradable.
El argumento que esgrimen tanto el fotógrafo como la empresa anunciante, claro está, tampoco nos coge de nuevas. Se reconocen plenamente conscientes de la naturaleza morbosa de su propuesta, pero la justifican apelando a la movilización de la ciudadanía ante el grave problema que supone la enfermedad que representa la modelo escogida. Una majestuosa falacia que pretende tomarnos por tontos, como si a estas alturas del siglo los consumidores no nos supiéramos ya de memoria el catecismo del marketing y los estatutos del negocio de la publicidad.
No sé si lo que tiene este hombre es el síndrome de Estocolmo (no sería raro, imaginando la pasta que debe de embolsarse con cada campaña), o directamente una jeta más dura que el hormigón. El tipo se reivindica diciendo que “es muy interesante que por fin una empresa haya entendido la importancia del problema y haya tenido la valentía de exponerse sobre este tema”. Pues vale. (Si quieres ir de artista comprometido, amigo Toscani, es tu vida, pero la moto se la vendes a otro.)
La empresa, recordemos, pertenece al sector textil; es decir, que vende ropa. Si lo que de verdad querían demostrar sus responsables es que sus prendas no fomentan la anorexia, tal vez deberían haber contratado como modelos a chicas rellenitas en lugar de usar a una enferma casi cadavérica como imagen corporativa.
En fin, volviendo al principio, podemos considerar a Toscani famoso por conocido y notorio, pero tildar de exitosa su obra es para mí una tarea más complicada. Por un lado, nuestra lengua reconoce como éxito la terminación o el resultado satisfactorio de un negocio o actuación. Lo del negocio, como hemos visto, está fuera de toda duda.
Ahora bien, existe una segunda acepción de la palabra que alude a la buena aceptación que tiene alguien o algo. En este caso, no sé vosotros, pero a mí me parece que las estampas dantescas con las que este señor se gana la vida no son las imágenes que un peatón cualquiera desea ver cuando pasea por las calles de su barrio o su ciudad.
Creo que los tiempos en que se explotaba a tullidos, lisiados y malformados como si fueran atracciones de circo ya han pasado, aunque parece que el ínclito Toscani (y los que le pagan, no lo olvidemos) no se da por enterado.

1 comentario:

Mujeres dijo...

Hola peatón:
Estoy totalmente de acuerdo con tu punto de vista. A lo que yo me refiero es que el artista sí nos vende la moto y ahí está precisamente su arte. La campaña es sumamente desagradable y posiblemente no acarree los buenos efectos que dicen querer conseguir. Pero lo que está claro es que una vez más lo que sí ha conseguido es estar por todas partes.