viernes, 23 de mayo de 2008

Compartir el aburrimiento

Llevábamos mi novia y yo tres o cuatro días regañados por culpa de una tontería. Siempre es así. Cuando el motivo de la discrepancia es verdaderamente importante, nuestras discusiones son diálogos civilizados y argumentativos; sin embargo, cuando nos peleamos por cualquier nimiedad, sacamos a relucir el repertorio de infantiladas, exabruptos barriobajeros y desplantes ñoños propios de los amantes de novelilla de quiosco.
Ayer tarde me llamó y me anunció que se pasaría por casa para enseñarme unas fotos que acababa de revelar. Los dos sabíamos que era una excusa como otra cualquiera para firmar por fin el armisticio, ya que ambos somos poco amigos de las tensiones duraderas, por muy impetuosas que sean a veces en su origen.
Media hora antes de que apareciera, yo estaba ya ensayando un amago de conversación aparentemente aséptica que destapara, paulatinamente y en último término, la deseada voluntad de reconciliación. Por supuesto, no quería que ella adivinara que mi recuperado estado de ánimo era un producto nada espontáneo y debidamente teatralizado, con lo que decidí encender la tele y ponerme a verla para simular que era eso lo que estaba haciendo, en vez de elaborar patéticamente el sainete de mi rendición de enamorado.
En el canal que sintonicé estaban poniendo una serie anodina sobre dos hermanas jovencísimas, la una enfermera y la otra pasante de juzgados, o algo así. Una de ellas tenía poderes paranormales para conectar con los muertos, y la otra, para no ser menos, poseía la capacidad de adivinar el futuro de la gente con sólo cerrar los ojos y sudar mucho. Al parecer, ambas componían un tándem infalible para resolver casos criminales o misteriosos. A pesar de esta premisa, la serie, como digo, era light a más no poder, un tanto bobalicona, con efectos especiales de barraca y unos diálogos más cutres y sosainas que los de mis discusiones de pareja. Un ladrillo de órdago.
Mi novia llegó por fin, y me encontró, según mi estudiada preparación, sentado frente al televisor. “¿Qué haces?”, me preguntó absurdamente (esa clase de preguntas que nos obliga a hacer la incomodidad de un ambiente aún espeso y cargado de recelos pasados). Estuve por contestar “Arreglando el filtro del lavavajillas”, o algo así; la típica respuesta injustamente borde que se utiliza para dejar en evidencia al otro, como si uno mismo no estuviera igualmente contagiado de las secuelas propias del enfado romántico.
Pero no estoy tan mal, por suerte, así que le dije “Nada, viendo esta serie que no había visto nunca. Un petardo, por cierto”. Este comentario, lejos de disuadirla, pareció alimentar su curiosidad. Ahora sé que fue su muestra de debilidad, la evidencia de que ella, tanto o más que yo, anhelaba el regreso de la calma.
Se sentó junto a mí en el sofá, y como un par de imbéciles atolondrados por los efectos de sabe Dios qué sustancia, nos quedamos acoplados entre cojines observando las insulsas peripecias de aquellas hermanas superpoderosas.
Lo que son las cosas. Al poco rato estábamos los dos intercambiando opiniones con jocosa ironía, poniendo a caldo al guionista y al par de pijas visionarias, despellejando a los creativos de los anuncios durante los veinte minutos que duró el intermedio, y así, como sin quererlo y sin grotescos ensayos, volvieron la complicidad y el calentón a nuestro recientemente interrumpido idilio.
Muchas veces he oído o pensado que todos terminamos unidos a alguien más por miedo a la soledad que por verdadero amor, pero nunca hasta ayer había reparado en el papel tan relevante que juega también el aburrimiento en todo esto. Diría que el aburrimiento, al fin y al cabo, es como un hijo prosaico de la soledad, y por eso a veces se produce el milagro de la felicidad cuando compartimos el tedio con otra persona.
Os aseguro que en mi vida volvería a tragarme un solo minuto de aquella estúpida serie, pero tan cierto como eso es el hecho de que, haber compartido su visionado con mi chica, terminó convirtiendo el bodrio el medicina, y que esta noche, como el par de pánfilos que volvemos a ser una vez recuperada nuestra rutina conyugal, terminaremos el uno amorrado al otro a ritmo de zapping.
Qué bonito es el amor.

2 comentarios:

Las3Musas dijo...

:)

Cuando se habla de ver "la parte vacía o llena de un vaso" siempre pienso lo mismo: qué líquido contiene ese vaso. Vinagre? Red bull? Veneno para cucarachas? Ron? Agua potable o contaminada? Sin duda cambia bastante la perspectiva, no?

En fin, que tu post es muy optimista, sí señor...

saludos y buen finde,
musa

Jesus Dominguez dijo...

"Más bonito es hacerlo" que decía mi hermano.

Ayer salí a la calle y olía a romero. Esto ya me parece más que suficiente porque, además ella, estaba conmigo.

Un saludo, bello post.

Jesús Domínguez.