domingo, 30 de septiembre de 2007

Informalidad forzada


Recuerdo a un antiguo compañero de trabajo que un día apareció en una reunión con chanclas, bermudas y una camiseta que imitaba las de los presos del corredor de la muerte. Ahora mismo no sabría decir si era martes, o jueves, o viernes, o a lo mejor lunes.
¿Importa mucho eso?, os preguntaréis. Pues, vista mi experiencia reciente, yo diría que sí.
Durante muchos años he ido a trabajar vestido casi invariablemente con traje y corbata. No es que en mi empresa exista normativa alguna al respecto —como imagino sucede en la mayoría de los trabajos de oficinista—, si bien a veces la fuerza de la costumbre nos arrastra a mantener ciertos hábitos como si fuesen algo obligatorio.
Lo que también pasa en la práctica totalidad de las oficinas autóctonas es que el viernes se convierte —a resultas de una ley igualmente no escrita— en el día de la ropa de sport, de paisano, informal o casual, como más os guste.
Imagino que esta costumbre de dejar la corbata en el armario el último día laborable de la semana tiene un origen romántico, de tintes moderadamente reivindicativos, como si fuera un acto simbólico que reafirmara nuestra libertad, alentados por el lógico optimismo que nos embarga en las inmediaciones del fin de semana.
Pero, ¿qué ha pasado? Pues lo de siempre. Y lo de siempre es que cuando la espontaneidad se vuelve afición, y ésta, a su vez, se hace costumbre, aquello que iniciamos amparados en el libre albedrío termina convirtiéndose en una obligación.
Como os he dicho antes, estuve bastante tiempo yendo a mi oficina trajeado, y un día, no hace demasiado, decidí cambiar el hábito, hacerle un regate a la monotonía, y me pasé a la ropa informal.
De este modo, el único día de la semana que coincido con mis compañeros en lo que a vestimenta se refiere es el viernes. Pensando en ello, se me ocurrió que sería divertido hacer un experimento para demostrar mi teoría de que la presunta informalidad de antaño se ha transformado en consigna de obligado cumplimiento.
Así que, anteayer, el viernes, decidí ir al trabajo con el uniforme reglamentario de los otros cuatro días, traje oscuro y corbata a juego, a ver qué pasaba.
No quisiera pecar de arrogante, pero el objetivo de mi experimento se cumplió en apenas treinta segundos. En ese tiempo, nada más aparecer por las dependencias de la empresa, ya recibí tres o cuatro comentarios de sorpresa, interrogación o curiosidad acerca de mi aspecto. Era como si me hubiera presentado a la boda de mi hermano con el chándal de Fidel Castro, o como si hubiera acudido a un funeral disfrazado de mariachi.
No es un buen síntoma, creedme. Me recuerda a eso de “al que no sea libre, le obligaremos a ser libre”. Espantoso.
Además, me consta que ya hay empresas que han institucionalizado lo de los “viernes de paisano”, con lo que terminaremos pasando de la obligación a algo todavía peor: la imposición.
No está de más recordar que, cuando identificamos a alguien como “raro”, se debe a que, en consecuencia, nosotros seremos exactamente lo mismo para él. O sea, que la rareza posee cualidades recíprocas, y que, a veces, quien nos parece extraño está siendo, sencillamente, libre.
Sólo puedo deciros que os vistáis como os dé la gana si os lo permiten, y que no olvidéis que eso va para todos, y que ello incluye a los que no compartan vuestros gustos o costumbres.
La cuestión es, ¿cuál de los dos hubiera sido objeto de más comentarios el viernes, el colega de las chanclas o un servidor? Nunca lo sabremos.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Mataharis y cotillas


No recuerdo haber visto nunca un retrato tan creíble y humano sobre la profesión del detective privado como el que nos regala Iciar Bollaín en su última película, Mataharis.
Si algo caracteriza a esta directora es que sabe contar una historia con las palabras justas, sin verbalizar lo que en la vida real nunca se dice y sin usar, como otros colegas suyos, el diálogo artificioso para subrayar aquello que sólo suena dentro de nuestra cabeza, aunque luego nuestro rostro o nuestras mentiras lo delaten igualmente.
Con un par de secuencias domésticas es capaz de hacer que adivinemos la vida entera de un matrimonio, los demonios interiores de cada cónyuge, los motivos ancestrales de una crisis, los deseos no cumplidos y las ilusiones frustradas, la frágil materia de la cual está hecha la confianza y la idea adulta de que amar a otro no es comer perdices y echarse a dormir, sino respetar las zonas oscuras y admitir que esa persona era alguien antes de conocernos.
Puede que no sea casual que algunas de las mejores películas españolas de los últimos años aborden un tema tan desesperadamente contemporáneo como el de la pérdida de la genuina intimidad en aras de cumplir determinadas aspiraciones u objetivos profesionales, todo ello para mantener con empeño un ritmo cotidiano impuesto por una filosofía de vida que apuesta por la perfección en detrimento del placer.
Películas como Las razones de mis amigos, de Gerardo Herrero (y basada en la novela La conquista del aire, de Belén Gopegui), o La vida de nadie, de Eduard Cortés (inspirada en un hecho real ocurrido en Francia y recogido de forma magistral en la novela El adversario, de Emmanuel Carrere), compondrían junto a la última de Bollaín una trilogía impagable sobre cómo somos, pensamos y sentimos los niños grandes del siglo XXI.
No voy a contaros mucho más sobre Mataharis porque es mejor que la disfrutéis por vuestra cuenta. Únicamente me gustaría destacar un asunto que se pone de manifiesto en la película con certera sutileza y que refleja otro de los síntomas más característicos de nuestro tiempo. Hablo de ese inminente peligro que corremos al haber otorgado a la tecnología un protagonismo que, seguramente, terminará debilitando el parapeto de la intimidad hasta destruirlo por completo.
No hace mucho conversaba yo con unos amigos sobre este cambio radical respecto al concepto sagrado de la privacidad. Está tipificado en las leyes que es un delito espiar la correspondencia ajena, abrirle una carta a otra persona sin su consentimiento expreso. Nada nuevo, ¿verdad?
Pues bien, con la irrupción del correo electrónico y, sobre todo, del teléfono móvil, se empiezan a ver cada día más casos de novios o novias que le leen los mensajes al de al lado y descubren una infidelidad, tras lo cual ponen su grito en el cielo y reivindican el derecho al desagravio sin caer en la cuenta de que su justificado victimismo romántico no les exime de haber cometido un delito contra la intimidad del prójimo.
La enorme facilidad de acceso a la información que nos proporcionan ciertos sistemas o aparatos no debería constituir una amenaza para nuestra integridad como individuos. Reclamar el legítimo respeto a nuestra intimidad no es lo mismo que pedir permiso para tener secretos inconfesables. Así que, antes de satisfacer el impulso de cotillear el móvil de nuestra pareja, mejor será que nos preguntemos por qué sentimos la necesidad de hacerlo.
Si queréis curiosear en las vidas ajenas, yo os recomiendo que vayáis a ver Mataharis. Puede que incluso os venga bien como terapia de pareja.

viernes, 28 de septiembre de 2007

El peatón de viva voz


Con el fin del verano y la vuelta al cole, algunos regresamos también a ciertas buenas costumbres.
Acaba de iniciarse una nueva temporada del programa “El Café del Bruc”, en la emisora Radio Kanal Barcelona, 106.9 FM (los que viváis en un lugar distinto de la ciudad condal podéis escucharlo a través de Internet, accediendo a la página web
www.radiokanalbarcelona.com).
El programa, dirigido y presentado por Inés Butrón, se emite de lunes a viernes, de 10 a 12 de la mañana, y hace honor a su aromático nombre tratando de repasar la actualidad sin crispaciones, e intentando la noble labor de combinar dos elementos tan valiosos como el diálogo y el entretenimiento. Así, el espíritu de “El Café del Bruc” es el mismo que el de cualquier reunión de amigos sentados alrededor de una mesa en su cafetería favorita.
Quizá por ello es el programa idóneo para que algunas de las parrafadas que este humilde peatón coloca cada día en su blog puedan viajar más allá de este espacio virtual y llegar a los oídos de los ciudadanos barceloneses.
Así que, si alguno no tuviera bastante con leer lo que aquí se dice, puede arrimar la oreja al transistor todos los lunes, a eso de las 11, y escuchar las palabras del peatón en la voz de Inés Butrón.
Por otra parte, también os recuerdo que los viernes toca hablar de cine en “El Café del Bruc”, y que, igual que el año pasado, éste que escribe será el encargado de llevar a cabo dicha sección (en este caso, con mi propia voz).
Es un placer volver a teneros al otro lado del receptor. Limpiaos bien el cerumen, aguzar el oído, y que aproveche el cafelito.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Los ojos de los amigos


La historia nos la sabemos de memoria. Un joven va cargado con su saco de ropa sucia a la lavandería del barrio. El local es un autoservicio, lo que significa que las lavadoras funcionan echándoles una moneda y que el detergente corre por cuenta del cliente.
Como el programa de lavado dura su tiempo, el establecimiento ofrece servicios y comodidades añadidas, como una máquina de café o sillas típicas de sala de espera, de color naranja butano y de pétreo plástico machacaculos.
En la lavandería hay más gente, por supuesto. Cómo no, siempre hay una chica de la edad de nuestro protagonista, leyendo un libro o haciendo globos con un chicle para espantar o domesticar el aburrimiento.
También prolifera la típica situación conocida como “me he olvidado el suavizante, ¿te importaría prestarme el tuyo?”, o “creo que has metido un tanga rojo entre tu colada blanca”.
Da igual. La cuestión es que lo que viene después nos lo sabemos al dedillo. Flechazo, flirteo y romance asegurado.
Bien, la escena descrita, por muy familiar que nos suene, no deja de ser una irrealidad tramposa, una de esas costumbres que creemos reales por un simple efecto de acumulación, a fuerza de verlas repetidas hasta la saciedad en películas o series de televisión.
Siempre me ha fascinado esta imagen idealizada de las lavanderías. Parece que en estos sitios se ligue más que en los bares o las fiestas. Claro que hablamos de las lavanderías norteamericanas, porque las de aquí, que son las que conozco, puedo asegurar que carecen de todo encanto.
Hay contadas excepciones, como siempre. Alguna que otra vez he visto en mi ciudad lavanderías como las de las pelis, pero el ambiente que se atisba es cualquier cosa menos el propicio para dedicarse al alterne.
Lo que me ha llamado la atención es ver que en los pocos locales mencionados han empezado a instalar pantallas de Internet. Como idea comercial me parece estupenda, aunque rompe el romanticismo del icono cinematográfico. Ya no habrá tediosas esperas ni jovencitas mascando chicle o leyendo a Henry Miller. Ahora la gente ligará, eso sí, pero será virtualmente, a través de los chats.
Como sabéis que cada día me estoy volviendo más antiguo, yo sigo prefiriendo que mis amigos tengan ojos y conocerles por sus nombres del DNI en lugar de por sus alias cibernéticos.
Un texto bien escrito puede enmascarar a un perfecto cretino (mejorando lo presente) y, de igual manera, un redactado desastroso puede disuadirnos de conocer a una persona maravillosa. Los ojos casi nunca engañan, aunque mis admirados Golpes Bajos afirmaran lo contrario.
El e-mail me parece un invento cojonudo, que quede claro. Mis reticencias tienen que ver con un uso inconveniente que suplante comportamientos que no se entienden sin un contacto físico y visual, como es el caso de la seducción.
Ya sé que seducir es, básicamente, mentir. Por eso mismo, quien quiera engañarme, que al menos dé la cara, ¿no?

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Muertos de sueño


Reproduzco literalmente un titular: “Un estudio demuestra que la falta de sueño puede ser mortal”.
Así es. Las personas que no duermen lo suficiente duplican al parecer el riesgo a morir por enfermedad cardiaca, según un estudio llevado a cabo en el Reino Unido.
La teoría de los investigadores se basa en que la falta de sueño podría estar relacionada con un aumento de la presión sanguínea, lo que se traduce en amenaza inminente de bomba para nuestro corazón urbanita y estresado.
Los especialistas en la materia achacan esta falta creciente de sueño entre la población al estilo de vida moderno, donde determinadas ocupaciones parecen invadir el territorio tradicionalmente sagrado del descanso doméstico.
Dicho esto, yo distinguiría tres tipos de causas, desde mi visión peatonal y corriente.
Por una parte, tendríamos a los individuos que padecen estrés, ansiedad, presión laboral, familiar o económica, motivos todos ellos más que suficientes para amargarle el sueño a cualquiera o, como mínimo, agitarlo salpicado de horribles pesadillas.
Por otro lado estarían los trasnochadores habituales, los que duermen poco porque salen de farra un día sí y otro también, porque siguen creyendo en eso de que la noche es joven y porque para ellos la juerga es el mejor sinónimo de la diversión. Tal vez mueran antes que los demás, pero lo harán como el general Custer, con las botas puestas.
La tercera categoría la formarían los noctámbulos televisivos, los adictos a series interminables, reality shows culebrónicos, teletiendas surrealistas y demás fauna catódica de la madrugada. Las audiencias de determinados programas revelan que la tele quita mucho más espacio al sueño desde que desapareció la carta de ajuste y la programación pasó a ser un flujo infinito e insaciable.
Siendo rigurosos, habría una cuarta clase, la de los insomnes patológicos, aunque éstos, por estar ya tipificados como enfermos, entiendo que no serían objeto del estudio que nos ocupa hoy y que se refiere a la disminución artificial y forzada de los hábitos durmientes como un mal de la era contemporánea.
Madrugar es uno de los sufrimientos que no he conseguido aliviar en mis casi cuarenta años de existencia pedestre, así que, independientemente de si es o no riguroso, permitidme que esta vez apoye incondicionalmente este estudio (seguramente innecesario, como tantos otros).
Nos han organizado el mundo al revés, para que nos levantemos temprano y nos vayamos pronto a la cama, cuando la sabia naturaleza de nuestro organismo nos dicta que lo ideal es trasnochar lo que se quiera y no tener una hora fijada para levantarse. ¿Os imagináis el mundo sin despertador?
En fin, soñar es gratis, aunque dormir cueste caro.
Y ahora os dejo, que ya están ahí los Lunnis.

martes, 25 de septiembre de 2007

La moto del artista


Estamos ante una ocasión ideal para sacar a colación la diferencia que existe entre dos términos que a menudo utilizamos como sinónimos, y que no siempre lo son: la fama y el éxito.
Desde ayer vuelve a sonar en todas partes el nombre del fotógrafo italiano Oliviero Toscani, quien ya alcanzó fama (y puede que también éxito) hace años con su trabajo para las provocativas campañas publicitarias de la firma Bennetton.
Todos os acordaréis; fotografías de enfermos de sida o niños muertos de hambre como soporte para vender ropa más bien pija. La excusa de la solidaridad, la conciencia social y demás pomposidades para la galería, detrás de un objetivo que, no nos engañemos, era meramente comercial.
Aquellas campañas, que convertían la miseria y el padecimiento en algo cool o fashion, buscaban la rentabilidad a través de un efectismo truculento disfrazado de “mensaje” (horrenda palabra en según qué contextos).
El tal Toscani vuelve ahora a ser famoso por reincidente. Ha cambiado a los enfermos terminales y los indigentes famélicos por una chica que escasamente supera los treinta kilos de peso a causa de la anorexia. La ha fotografiado desnuda y la ha colocado en carteles y vallas callejeras, poniendo a la vista de todo el público su cuerpo esquelético y enjuto, una imagen francamente desagradable.
El argumento que esgrimen tanto el fotógrafo como la empresa anunciante, claro está, tampoco nos coge de nuevas. Se reconocen plenamente conscientes de la naturaleza morbosa de su propuesta, pero la justifican apelando a la movilización de la ciudadanía ante el grave problema que supone la enfermedad que representa la modelo escogida. Una majestuosa falacia que pretende tomarnos por tontos, como si a estas alturas del siglo los consumidores no nos supiéramos ya de memoria el catecismo del marketing y los estatutos del negocio de la publicidad.
No sé si lo que tiene este hombre es el síndrome de Estocolmo (no sería raro, imaginando la pasta que debe de embolsarse con cada campaña), o directamente una jeta más dura que el hormigón. El tipo se reivindica diciendo que “es muy interesante que por fin una empresa haya entendido la importancia del problema y haya tenido la valentía de exponerse sobre este tema”. Pues vale. (Si quieres ir de artista comprometido, amigo Toscani, es tu vida, pero la moto se la vendes a otro.)
La empresa, recordemos, pertenece al sector textil; es decir, que vende ropa. Si lo que de verdad querían demostrar sus responsables es que sus prendas no fomentan la anorexia, tal vez deberían haber contratado como modelos a chicas rellenitas en lugar de usar a una enferma casi cadavérica como imagen corporativa.
En fin, volviendo al principio, podemos considerar a Toscani famoso por conocido y notorio, pero tildar de exitosa su obra es para mí una tarea más complicada. Por un lado, nuestra lengua reconoce como éxito la terminación o el resultado satisfactorio de un negocio o actuación. Lo del negocio, como hemos visto, está fuera de toda duda.
Ahora bien, existe una segunda acepción de la palabra que alude a la buena aceptación que tiene alguien o algo. En este caso, no sé vosotros, pero a mí me parece que las estampas dantescas con las que este señor se gana la vida no son las imágenes que un peatón cualquiera desea ver cuando pasea por las calles de su barrio o su ciudad.
Creo que los tiempos en que se explotaba a tullidos, lisiados y malformados como si fueran atracciones de circo ya han pasado, aunque parece que el ínclito Toscani (y los que le pagan, no lo olvidemos) no se da por enterado.

domingo, 23 de septiembre de 2007

Ficciones reales y fricciones verbales


En una entrevista reciente, Paul Auster ha puesto a caer de un burro a Borges. Esto les parecerá a algunos un sacrilegio literario digno de tortura, pero no deja de ser la simple opinión de un individuo, y además, respetable.
Borges me despierta admiración por lo bien que escribía y porque me activa cuando lo leo algo tan sano y esencial como el mecanismo de la imaginación. Uno aprende a leer con sus cuentos y se contagia del gusanillo de la ficción. También me gusta que siempre defendiera algo despreciado a menudo por pedantes y pretenciosos: el argumento, la trama.
Pero entre su inmensa erudición y mis lagunas intelectuales hay un espacio demasiado vasto, y eso es lo que —supongo— no termina de desatar mi pasión por el genio argentino, fallecido hace poco más de veinte años.
Por eso prefiero a su paisano Bioy, o a su vecino Benedetti, o a su enemigo póstumo Auster, porque todos ellos consiguen algo que con Borges me cuesta a veces un trabajo excesivo: emocionarme.
Que uno le reconozca a un autor la capacidad para resumirnos la existencia humana en media página o el poder casi sobrenatural de inventar lo inimaginable usando tan sólo un puñado de palabras, no significa necesariamente que dicho artista vaya a conquistar nuestro corazón, del mismo modo que a veces no es la mujer más bella o virtuosa quien alimenta nuestras fantasías o desvela nuestros sueños.
Desde luego que Borges me parece un autor irrepetible e imprescindible, de esos que hay que conocer sin excusa, tanto lectores aficionados como aquéllos que tengan ambiciones pedagógicas en materia literaria.
Pero el terreno de los sentimientos del lector es subjetivo y veleidoso, y es perfectamente factible reconocer el genio de un escritor sin necesidad de que nos entusiasme siempre con sus libros.
Curioso es que ambos, Borges y Auster, jueguen en la misma liga conceptual, por decirlo de algún modo. Los dos gustan de pasearnos por ese inquietante entorno que delimitan la cuerda floja de la realidad y el abismo inabarcable de la ficción.
Quizá Auster sea un escritor más popular, en el mejor sentido posible de la expresión. De entrada, cultiva mayoritariamente el género favorito de la población lectora, la novela. Por otra parte, y pese a su constante experimentalismo respecto a la frontera entre lo real y lo imaginado, sus textos rara vez son crípticos (como a menudo sí lo son los de Borges), sino que suele trabajar con materiales más reconocibles y cotidianos. Luego está su cinefilia latente, y también el hecho determinante de que en sus obras los sentimientos tienen tanta importancia como las ideas.
Soy seguidor de Paul Auster casi desde antes de afeitarme y tener DNI. Para mí es uno de los autores que mejores momentos me han hecho pasar con un libro entre las manos, y es asimismo una de las influencias que sin duda merodean por mi mollera cuando me pongo ante el teclado del ordenador o me enfrento al papel en blanco. Ya digo que preferirlo a él antes que a Borges puede ser un síntoma de mis carencias culturales, lo cual no me quita el derecho a leer lo que me dé la gana cuando me apetezca.
Lo que desde luego no voy a hacer es odiar a Auster por no compartir su opinión, como tal vez harán no pocos a partir de ahora. Seguiré leyendo al norteamericano y trataré progresivamente de ponerme al día con lo que me queda del argentino.
Pero el motivo de mi comentario de hoy es sobre todo la necesidad de defender la libertad de poder decir abiertamente que a uno no le gusta cualquier cosa, incluido lo presuntamente sagrado. Bien a parir le pusieron algunos a Auster tras concederle el Príncipe de Asturias, así que no es extraño que el buen señor saque también de paseo su soberbia de autor consagrado, o puede que simplemente su sincera opinión de lector.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Otoño cinco estrellas


Me ha dicho un conocido que siempre que hablo últimamente de una película es para ponerla a parir, y que estoy empezando a parecerme a un “crítico de verdad”. Yo creo que la culpa no es mía, sino del verano, que es la estación del año que peor se lleva con el séptimo arte, pero aun así me he acojonado un poco.
Por suerte, acabo de ver Un corazón invencible, de Michael Winterbottom, y no cabe duda de que el otoño ya está aquí, y con él, vuelve también la emoción a la cartelera.
Winterbottom es un director ecléctico e imprevisible, y tal vez por ello muy interesante. Ha hecho casi de todo, incluido un western (El perdón), una de ciencia ficción (mi admirada Código 46) y hasta un vano intento de dignificar el porno (la fallida 9 songs). Pero lo que mejor le sale es esa especie de género híbrido que recrea hechos reales permitiéndose licencias narrativas propias de la ficción, como en In this World, Camino a Guantánamo y 24 hour party people (la verdad es que esta afición por dramatizar lo verídico nos ha traído un buen puñado de títulos notables en los últimos tiempos: Omagh, Bloody Sunday, Hotel Rwanda, United 93, Buenas noches y buena suerte, Munich, Zodiac… y no nos olvidemos de El jardinero fiel, que aunque no esté basada en hechos reales es más creíble que cualquier telediario).
No es que este ilustre británico se dedique exactamente al falso documental, ni tampoco que ruede documentales “de autor” como los de Guerin o Michael Moore (cada uno en su estilo). Los largometrajes mencionados son dramas o comedias, pero su origen verídico y la manera en que Winterbottom los filma les concede un aura de realidad que suma a favor de la entrega del espectador.
También me lo pasé en grande con su anterior filme, Tristram Shandy, a cock and bull story, una película metalingüística sobre el clásico de Lawrence Sterne (algo así como El Quijote de los anglosajones) que homenajeaba el espíritu satírico y experimental del original literario desde el punto de vista más inteligente posible: una comedia surrealista “marca de la casa”, y no un espeso mamotreto intelectualista, que es lo que hubieran hecho otros pelmazos que yo me sé.
Un corazón invencible, su última obra recién estrenada, es una historia que pone los pelos de punta, aunque ya nos la sepamos toda entera por haber ocurrido de verdad. El secuestro y la posterior ejecución del periodista norteamericano Daniel Pearl en Karachi sirven de telón de fondo para contarnos la angustia de su esposa durante aquellos días de incertidumbre y terror.
Con semejante materia prima, la firma de Winterbottom suponía ya casi una garantía total de éxito. De hecho, el único temor que este peatón albergaba tenía que ver con la elección de la protagonista, ya que en principio no me parecía Angelina Jolie la actriz más indicada para interpretar a Mariane Pearl (yo me imaginaba más a alguien del tipo Emily Watson o Kate Winslet, o incluso a la danesa Connie Nielsen, que también está de muy buen ver y que me ofrece a priori mayores garantías dramáticas). Sin embargo, he de admitir que la hija buenorra de Jon Voight cumple con su cometido y protagoniza varias escenas de esas que se quedan grabadas, como aquélla en la que la angustia, el dolor, la rabia y la impotencia explotan por fin y por desgracia (una secuencia en la que el director prescinde de las típicas manipulaciones musicales y opta por mostrarnos el desgarro al desnudo, desde la cruda intimidad y casi en penumbra, con lo que la actriz luce sus recursos y no su cara bonita).
Lejos de provocar xenofobias o sentimientos de venganza (como puede ocurrir, por ejemplo, tras ver El expreso de medianoche), esta película lo deja a uno con ganas de ser más humano. Muestra la complejidad del conflicto y no trata de resolver lo imposible con fórmulas facilonas en busca de un desenlace más cómodo. La nacionalidad de los terroristas importa tanto como la de los muertos, o sea, nada, ya que la clave de todo no está en la patria, sino en la miseria. “Allá donde haya miseria, seguirán encontrando los terroristas quienes les apoyen”. Ésta es la lección que Mariane Pearl, periodista igual que su fallecido esposo, le da a un colega morboso y desaprensivo cerca del final, y es también una de las mejores enseñanzas que he sacado yo de esta estupenda película.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Impuestos encubiertos


Hoy os voy a hablar de un tema absolutamente trascendental, profundo y vital para la historia del pensamiento humano universal.
Ayer entré en una cafetería y pedí un cortado en la barra. Cuando me lo sirvieron le dije a la camarera que me cobrara, y ella me preguntó si me iba a sentar a alguna de las mesas del local. Yo le respondí que sí, sin pensármelo ni nada, porque a mí me enseñaron de pequeño que es de mala educación no responder cuando te preguntan.
Pero, claro, un segundo después, mientras la chica imprimía el ticket en la caja, me di cuenta de que su cuestión no era protocolaria ni mucho menos inocente. Quería saber si me sentaría o no para aplicarme el correspondiente suplemento.
Así que le pagué, y ya sentado empecé a reflexionar sobre el particular (de momento, por pensar no cobran). Lo primero que me planteé fue que siempre había asociado el susodicho suplemento al hecho de que alguien me sirviera cuando yo estaba sentado a la mesa. Es decir, que el recargo en el precio es a cambio de un servicio adicional, lo cual es comprensible, teniendo en cuenta que muchos bares necesitan contratar a un empleado más sólo para que sirva las mesas, y eso, obviamente, es un gasto.
Sin embargo, lo que yo hice ayer fue coger mi café y llevármelo hasta la mesa por mis propios medios, con lo cual, el suplemento se me aplicó por estar sentado y no por ofrecerme un servicio extra. La comodidad debería ser una cualidad inherente al establecimiento, digo yo, y no una excusa para cobrarte un dudoso impuesto, pero ya veis.
Partiendo de este pequeño suceso, me dio por pensar en cuántas otras cosas pagamos a diario como algo extraordinario, cuando en realidad no lo es tanto.
Por ejemplo, nunca he entendido por qué los taxistas me cobran un suplemento por guardar mi equipaje en el maletero. Lo comprendería si los coches no vinieran de fábrica equipados con dicho espacio, pero a la vista de todos está que no, que cualquier coche (y más los autorizados para funcionar como taxis) poseen su maletero de serie, con lo que el taxista no tiene que realizar ningún esfuerzo ni añadir ningún gasto por el que deba encarecerse nuestro viaje.
¿Nos cobrarán algún día por usar el probador en las tiendas de ropa? No sería tan raro. Muchos sabéis que en algunos países te siguen birlando unos céntimos por usar los aseos en locales públicos, así que no os extrañéis si llega el día en que haya que rascarse el bolsillo para arrojar la basura al contenedor o para abrir el buzón del correo.
Bueno, como habéis visto, hoy estaba en plan filosófico y erudito. El viernes volveré a ser el peatón de siempre, y mañana me disculparéis la ausencia de este blog porque mis deberes literarios me reclaman. Os espero a todos a las 19’30 en El Corte Inglés de Portal de L’Àngel.

martes, 18 de septiembre de 2007

"¿Me se escucha?"


Por increíble que parezca, se ha sabido recientemente que en un pueblo de la provincia de Granada llamado Los Villares se celebró un referéndum para decidir si se instalaba o no una antena que diera cobertura a la telefonía móvil.
Si esto os parece sorprendente, más aún lo es el resultado de la votación. Sí, amigos, porque, en contra de la tendencia dominante, en este caso ganaron los defensores del “No”.
Cierto es que la victoria fue ajustadísima. Los Villares es una aldea de 100 habitantes, y el escrutinio se resolvió con 38 votos en contra y 37 a favor, es decir, que los objetores telefónicos ganaron sólo de uno (como Rusia a España en la final del Eurobasket, hay que joderse).
Pero tranquilos, que no voy a hacer demagogia de saldo diciendo que por fin existe un lugar puro y a salvo de la intoxicación consumista ni nada por el estilo.
Para empezar, lo que sí me parece digno de mención es el hecho de que en algunos lugares todavía se siga confiando en la voluntad popular para tomar decisiones políticas o municipales. Esto puede salir bien o mal, pero el gesto ya merece la atención, por inusual.
Las razones de la negativa de estos 38 paisanos a tener señal telefónica en su pueblo las desconozco. Como siempre, imagino que habrá de todo, desde quienes vean riesgos para la salud hasta los típicos reacios a cualquier cambio en sus costumbres. Comprendo igualmente a los que defendían la instalación de la antena, como un agricultor que advertía de la dificultad de pedir ayuda en caso de sufrir un accidente en el campo.
Intuyo, no obstante, que quienes más celebrarían la medida de instalar la antena de la discordia serían los forasteros, cualquiera de nosotros que —quién sabe— quizá alguna vez tengamos que visitar dicho pueblo y podamos encontrarnos con la hoy por hoy extraña circunstancia de ver nuestros móviles reducidos a meros trastos inservibles.
Lo que tampoco sé es si en el pueblo hay cabina telefónica, o incluso si la gente en sus casas posee un teléfono fijo, de los de toda la vida. Apostaría a que, como mínimo, existe un teléfono público para llamar al médico, con lo que puede que las necesidades básicas en materia de comunicación a distancia estén cubiertas según el criterio de algunos vecinos de Los Villares.
Yo nunca he sido precisamente un fan de esas iniciativas tipo “el día sin móvil” o “el día sin coche”, pero al leer esta noticia me han entrado ganas de escribir a las autoridades competentes y proponerles un referéndum para lo contrario de lo que se postuló en Los Villares, a saber: instalar inhibidores de cobertura (o como se llamen, si es que existen) en aviones y salas de cine.
Que suene un móvil en mitad de la película es un fastidio, pero hay algo aún peor: que el fulano de turno conteste la llamada en lugar de apagar rápidamente el aparato avergonzado por su descuido (esto en el mejor de los casos, porque en otros, de descuido, nada; sólo hace falta prestar atención a la conversación susurrada: “tío, te llamo luego que estoy viendo una peli, sí, la del Bruce Willis, mazo, mazo, una pasada, ¿vas a ir?, pues te veo luego, cómo eres, sí, estoy con el Lolo y la Pepi…”).
Lo del avión también es como para pensar que en breve se creará la asociación de “telefónicos anónimos” para curar a tanto adicto. ¡Qué forma de apurar hasta el mismo despegue y qué forma de encender el móvil nada más pisar la pista de aterrizaje! Total, para decir: “Te dejo, que ya despega” o “Bueno, que ya he llegado”.
En fin, si alguno está pensando en construir un aeropuerto o en abrir un cine, que no lo dude. Los Villares es vuestro sitio ideal.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Mentiras punto com


No es la primera vez que leo sobre esto, y hoy ha vuelto a salir en un periódico.
Por si no lo sabéis, resulta que existen empresas que se dedican a “fabricar” coartadas. La última nos llega desde Francia, y se llama Ibila.
Esta singular empresa se promociona en su página web con el eslogan "Coartadas virtuales para situaciones reales". Los servicios prestados, como ya imaginareis, van desde reservas de hoteles o alquiler de coches, hasta compras y envíos de joyas, flores, perfumes o libros en nombre del cliente. Por si fuera poco, también son capaces de proveernos de objetos o documentos que prueben materialmente nuestra presencia en cualquier lugar (facturas de restaurantes u hoteles, tickets de caja o de aparcamiento, invitaciones, convocatorias, etc.).
Todo ello para eludir compromisos engorrosos o gozar de momentos de libertad a espaldas de nuestros seres cercanos sin que estos puedan sospechar o molestarse.
Por supuesto, Ibila advierte que la documentación facilitada sólo puede ser utilizada en el ámbito de lo privado o doméstico, ya que, evidentemente, se trata de material falsificado y, por consiguiente, ilegal.
Sea como sea, está claro que la tarea principal a la que se dedican estas empresas no es otra que la de encubrir infidelidades de pareja.
Al parecer, son numerosos los casos de clientes que solicitan la invención de un congreso, una boda familiar, una cena de negocios o una reunión de antiguos alumnos para gozar de una escapada con el amante de turno o incluso para reencontrarse con un viejo amor de los que dejan huella.
El aspecto más interesante de todo esto, me parece a mí, es que la necesidad de ocultar la felonía al cónyuge implica a su vez el deseo de conservar la relación por parte del infiel. Lo diré más claramente: si uno realmente desea a otra persona más que a su pareja, lo más fácil y sensato, en teoría, es romper con ésta y dedicarse en cuerpo y alma (o en alma y sexo) a la otra persona. Sin embargo, todos sabemos que la cosa no funciona así desde que el mundo es mundo.
Hay quien sostiene que la infidelidad supone un estímulo puramente individual que, si se mantiene en secreto, no sólo no dañará a nuestro ser querido, sino que puede llegar a ser un refuerzo para la pareja. También hay quien piensa que, sencillamente, la mayoría de los infieles no terminan con su pareja por cobardía, por miedo a las reacciones del entorno o por el temor a perder una situación cómoda que les permite vivir, tal vez infelices, pero igualmente despreocupados. No falta asimismo quien tacha la infidelidad de enfermedad o patología inherente a la naturaleza humana (una patraña a la que ya hice mención aquí, en la entrada del 8 de enero, titulada “Otra guerra perdida”).
No me atrevo yo a pontificar sobre el asunto, porque en mi opinión existen tantos modelos de compromiso como individuos pueblan el planeta. Lo que sí creo que debemos demandar ya mismo es el desarrollo de un sector paralelo al de las empresas como Ibila. Porque, del mismo modo que hay quienes necesitan excusas para poner los cuernos sin que se entere su pareja, digo yo que también estarán los que quieren romper y no se atreven a dar el paso. Se abriría aquí un mercado de falsas amantes o ex novias, de falsos resguardos de prostíbulos, de pelos sintéticos colocados estratégicamente sobre una hombrera de la chaqueta o el respaldo del asiento del coche… de pruebas inventadas, en suma, para que sea el otro quien tenga un motivo palpable para dejarnos, y ahorrarnos nosotros el engorro de explicar nuestros sentimientos confusos, nuestras ilusiones frustradas, o algo aún peor: obligarnos a salir por ahí e intentar ligar, que a estas alturas la cosa está cada día más difícil.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Traspasar el umbral


El futbolista Antonio Puerta, las actrices Emma Penella y Jane Wyman, el tenor Luciano Pavarotti, el egregio directivo azulgrana Nicolau Casaus, el escritor Francisco Umbral, José Luis de Vilallonga (nunca he sabido muy bien cuál era el oficio de este buen señor, y vaya en mi descargo el desconcierto general de los medios, donde bien se le atribuyen ocupaciones más o menos convencionales como escritor, actor o biógrafo del rey, o bien se le califica sencillamente como aristócrata, playboy o vividor), todos ellos, y alguno más que seguramente me olvide aquí, han protagonizado tristemente gran parte de la actualidad durante estos últimos días.
Eran personas populares en mayor o menor medida debido a sus profesiones, pero no hay nada como marcharse al otro barrio para que le conviertan a uno en el más famoso entre las celebridades y pase a ocupar imágenes de portada y argumentos de tertulia (¿será esto lo de los 15 minutos de Warhol, que en paz descanse también?).
Cuántas veces no habremos llamado "carroñero" a algún periodista por hurgar en los recovecos más putrefactos de la información con fines puramente sensacionalistas, ¿verdad? Y nunca como ante el testimonio de una muerte está el reportero de turno expuesto al riesgo de ser tildado de eso, de buitre carroñero.
Por supuesto que en cada caso existen particularidades (la juventud de Puerta y los éxitos recientes de su club, el Sevilla; el prestigio internacional de Pavarotti o el carisma controvertido de Umbral) que justifican o avalan el que la noticia de su muerte trascienda los límites de su sección informativa. Así, determinados obituarios sirven para abrir espacios informativos o completar primeras páginas de periódicos, más allá de que su naturaleza deba encuadrarlos en el apartado de Cultura, Política, Deportes o Sociedad.
Ahora bien, una cosa es la reseña y otra el regodeo. Y una cosa es el respeto a los ausentes y otra bien distinta el peloteo póstumo con alevosía, nocturnidad y afán de notoriedad.
Existe un tipo de prensa denominada eufemísticamente rosa o del corazón, y cuyos representantes exigen constantemente que sea definida (aún más eufemísticamente) como crónica social. Todos sabemos que, le pongamos el calificativo que le pongamos, estamos hablando de la prensa dedicada al cotilleo.
Debido a esta reciente acumulación de celebridades fallecidas, me he percatado de que la reivindicación de la susodicha prensa del chafardeo no es baladí. Daos cuenta de que, bajo el epígrafe de “crónica social”, el número de contenidos que tendrían cabida sería casi ilimitado, dada la dificultad de establecer una asociación concreta y literal con semejante término. Es decir, Pavarotti y Umbral serían objeto de la sección de Cultura, lo mismo que Penella y Wyman, las cuales también podrían encajar en Espectáculos (discriminación mediante la cual algunos periódicos siguen considerando que el cine y el teatro no son cultura). Por su parte, el malogrado Puerta sería competencia del apartado de Deportes, y tal vez sólo el ecléctico Vilallonga no desentonaría en el universo rosa, ya que a veces formó parte del mismo aun estando vivo.
Me he dado cuenta, como os decía, de que la ópera, la literatura o el teatro, que en principio parecen disciplinas ajenas al cotilleo y el periodismo populachero, se convierten gracias a la dama de la guadaña en contenidos de andar por casa, como los biquinis de Letizia Ortiz o los gayumbos de Jesulín de Ubrique.
Eso sí, pasado un tiempo de cuarentena, el peloteo se volverá torpedeo, acoso y derribo. Y entonces, traspasado el umbral de la vida terrenal y superado el interludio luctuoso, los carroñeros chupatintas cruzarán su umbral favorito, el de la intimidad, y comenzará el baile de hijos secretos y bastardos, de ex empleados y ex amantes, de familiares a la gresca por culpa de la herencia, etcétera, etcétera, suma y sigue.

sábado, 15 de septiembre de 2007

¡Qué horror!


La principal virtud del cineasta Quentin Tarantino siempre ha sido la de saber hacer películas de primera fila partiendo de materiales menores, marginales o directamente cutres y casposos.
Reservoir dogs y Pulp Fiction, sus dos primeros trabajos, fueron filmes rompedores y brillantes, obras de referencia que reinventaban de alguna forma los cánones del cine de los setenta y ofrecían un tratamiento renovado y atrevido del lenguaje y la violencia.
Fue este último elemento el que más caló entre el público y el que a menudo, con tópica e injusta gratuidad, se emplea para definir la seña de identidad de este singular autor. Tal vez consciente de ello, Tarantino se decidió a rodar Jackie Brown, cuya principal novedad respecto a sus anteriores películas residía precisamente en esconder la violencia, dejándola fuera de plano y potenciando así los verdaderos atributos distintivos del director y guionista, es decir, el reciclaje de géneros, una estructura narrativa en forma de puzzle y un talento especial para escribir diálogos incisivos y provocadores.
Entre medias, claro, surgieron legiones de imitadores, usurpadores y supuestos herederos, los cuales, más que hacer un favor a su adorado gurú del celuloide, consiguieron saturar al respetable y convertir la denominación de origen Tarantiniana en una simple excusa para filmar truculencias y macarradas posmodernas a diestro y siniestro.
Aun así, aquel primer Tarantino remitía a maestros como Peckimpah o Scorsese, y también a otros autores de culto como Sergio Leone, todos ellos innovadores en su momento e interesados de una u otra forma por mostrarnos la violencia de un modo crudo y lo más realista posible.
Pero, ay, de tan dignas referencias poco ha quedado en el Tarantino del siglo XXI. Kill Bill no está mal y tiene destellos del creador de Pulp Fiction, pero las influencias ya no huelen a Malas calles, Uno de los nuestros, Grupo salvaje o Perros de paja, sino que apestan a spaghetti western, cine manga de animación, pelis baratas de kung fú y morralla friqui de videoclub.
La constatación de este descenso a los infiernos de la mitomanía de segunda división se ha producido, desgraciadamente, con el estreno de Death Proof. Tan a pecho se ha tomado este hombre lo de rendirle tributo a las sesiones dobles de su infancia que, en lugar de un homenaje, esta vez ha hecho directamente un bodrio. Allí donde sus primeras películas dignificaban de alguna manera un cine condenado al olvido por mediocre, esta Death Proof es tan fiel a sus modelos inspiradores que, vista a día de hoy, resulta aún más absurda y grotesca.
Si algo posee Tarantino es dotes de guionista, pero su última película parece escrita por un adolescente pajillero recién salido del reformatorio. De hecho, es como una peli porno, pero sin sexo explícito, así que imaginaos el panorama. Tal vez su ya finiquitada relación con la también directora Sofia Coppola le haya dejado horribles secuelas (otra que tal, la Coppola; con lo bien que estaba Lost in translation, y va después y se nos descuelga con esa especie de videoclip supermegaguay sobre Maria Antonieta, que supongo quería emular a Barry Lyndon, pero que se parece más a una fotonovela patrocinada por la Vogue o el Cosmo).
Espero que el cachondo de Quentin no haya caído víctima de la autocomplacencia como otros de sus colegas (véase David Lynch), perdidos para la causa a base de delirios egocéntricos y sofisticados caprichos de autor con A mayúscula. Entiendo que adore su pasado de mocoso entre tebeos y cines de barrio (yo también lo recuerdo con melancolía de cuarentón), lo cual no significa que en la actualidad sea capaz de tragarme según qué cosas con la sola excusa de la añoranza.
También es verdad que el sector más marciano de la crítica ha reverenciado el engendro y ha puesto Death Proof por las nubes, pero yo aviso por si acaso. Si vosotros, igual que un servidor, sois admiradores del primer Tarantino, me temo que este nuevo trabajo del director norteamericano os habrá caído como un jarro de agua fría con patada en las partes pudendas incluida.
En fin. Menos mal que ya vienen por ahí el nuevo Cronenberg (éste rara vez falla) y los resucitados hermanos Coen (¡aleluya!).