martes, 21 de agosto de 2007

Testigo del horror


Dentro de unos días visitaré las ciudades de Varsovia y Cracovia, y he aprovechado esta circunstancia para releer algunos pasajes del libro “Si esto es un hombre”, el primero de los tres volúmenes en los que el italiano Primo Levi recogió sus memorias como prisionero del campo de concentración de Auschwitz.
Hoy por hoy, todos conocemos el holocausto a través de testimonios reales y de ficciones reconstructivas, literarias y cinematográficas, fundamentalmente. Normalmente, dichas historias inciden en mostrar la brutalidad y la sinrazón de los nazis, los inhumanos métodos de selección y tortura aplicados a sus víctimas. Sin embargo, lo que más llama la atención del libro de Levi es que se centra sobre todo en las consecuencias y no tanto en los actos que las provocan. Su obra es el más valioso de los relatos, el del testigo presencial y parte implicada en el drama. Como él mismo afirma, “he usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador”.
Así, esta crónica estremecedora de uno de los mayores horrores acontecidos en el pasado siglo, no es un tratado ilustrativo sobre sistemas de tortura, ni tampoco un panfleto furioso antiteutón. Levi narra su odisea de un modo conciso, transparente, sin adornos retóricos y sin excesivos alardes estilísticos. Quizá por eso su historia nos suena tan cercana.
A veces, para comprender la dimensión global de un suceso basta con conocer la experiencia personal de un solo individuo. Los relatos colectivos, además de tender a menudo hacia el estereotipo, inciden normalmente en lo destacado o mayoritario, olvidando por tanto lo más íntimo. Imagino que por ello hablamos de novelas o películas “de nazis”, otorgando el protagonismo a los verdugos e incurriendo de algún modo en un acto de injusticia moral involuntaria.
El libro de Primo Levi no es “de nazis”, sino de prisioneros. Más exactamente, de “un prisionero”. Incluso, como bien se encarga de aclarar el título, lo más correcto sería decir que se trata de un libro sobre un hombre, sin más (y nada menos).
De esta manera, la parte del libro que considero más interesante es aquélla en la que Levi desmiente la romántica idea de que los oprimidos o perjudicados por una tragedia común tienden por norma a la solidaridad y la compasión con sus semejantes. Muy al contrario, el autor reconoce que cuando el cautiverio en Auschwitz se convirtió en una “costumbre”, se inició al mismo tiempo una especie de proceso de selección natural espontánea entre los prisioneros, es decir, algo así como un reflejo de las personalidades genuinas de cada cual en aquel entorno circunstancial, dando lugar a un modelo de sociedad alternativa en la que se discriminaba a los más débiles o menos útiles. Por supuesto que todo ello respondía a las leyes elementales de la supervivencia y en ningún caso tenía que ver con las consignas fascistas de los secuaces de Hitler. No obstante, me resulta espeluznante pensar en aquellos presos más vulnerables o menos espabilados que sumaron a sus temores más justificados (la cámara de gas, las ejecuciones sumarias) el miedo hacia quienes en teoría consideraban sus iguales. Comprendo bastante bien esa sensación, porque siempre he pensado que lo que más me asusta de una cárcel no es el cautiverio en sí, sino mi más que probable condición de paria en un microuniverso dominado por lo corrupto y lo canallesco.
Primo Levi se suicidó en abril de 1987, hace más de veinte años. Poco antes de morir, había declarado que se encontraba deprimido, en parte debido a una grave enfermedad de la que estaba siendo tratado. Confesó que aquellos duros momentos estaban siendo para él más difíciles que los que recordaba haber vivido en Auschwitz, ya que la juventud le proporcionaba entonces la fuerza necesaria para hacer frente a lo adverso, cosa que no ocurría en los últimos instantes de su vida, cuando a sus casi 70 años el futuro se veía por un rendija cada vez más estrecha.
Nunca sabremos la verdad con certeza, porque, este hombre que escribió uno de los libros más importantes del siglo veinte, no redactó en cambio ninguna nota de suicidio, llevándose así para siempre el misterio de su muerte y dejando para la posteridad el testimonio impagable de su vida.

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