domingo, 26 de agosto de 2007

Hasta que agosto os separe


Puede que hoy sea para muchos de vosotros el día más deprimente del año. A la cualidad intrínsecamente depresiva de cualquier domingo, hay que unirle la circunstancia de que mañana es, para la gran mayoría de los currantes autóctonos, el día de la vuelta al trabajo tras las vacaciones.
Mira que os tengo dicho que no volváis un lunes. Que lo mejor es reincorporarse un miércoles, un jueves o un viernes, que así el regreso a la rutina se completa de forma progresiva y no traumática… pero, en fin, ya es demasiado tarde, me temo.
No voy a hurgar más en esta herida. Simplemente voy a detenerme en un aspecto que todos los años se comenta al hilo de este asunto.
Parece ser que las vacaciones de verano son una época propicia para las separaciones de pareja. Lo que inicialmente debería ser una ventaja, es decir, poder pasar más tiempo junto a la persona presuntamente amada, resulta que se convierte en un suplicio que termina por agotar la paciencia de los cónyuges o amancebados.
Pues vaya. Una vez más, me obligan a citar la frase que Annabella Sciorra decía en la película El misterio Von Bulow: “El amor es fantasía y vivir con alguien es trabajar”.
Va a ser verdad que nos casamos por motivos ajenos a los sentimientos, que el matrimonio o la formalización de una relación son simples vehículos para poder pagar una hipoteca a medias y tener así una casa en propiedad, o bien una garantía para satisfacer nuestros deseos sexuales (o para presumir de ello, como mínimo) y no quedarnos, como se decía antes, “para vestir santos”.
El sexo y el dinero son las dos obligaciones insalvables que los ciudadanos de hoy nos imponemos para no ser menos que el vecino. Se pueden reconocer o incluso alardear ciertas carencias o defectos, como la incultura, el egoísmo, la xenofobia o el machismo, amparándonos en el socorrido y tramposo “nadie es perfecto”. Ahora bien, pobre de aquél que no vaya sobrado de follar y que no se haya comprado un piso “como inversión”.
La unión de ambas cosas, pareja y casa, compone la estampa prefabricada de la felicidad contemporánea… y nosotros nos lo creemos. Damos más importancia al verbo tener que a otros más estimulantes y ricos en matices, como disfrutar o sentir.
Yo siempre he sostenido que la salud de una pareja se mantiene y prolonga si sólo se hace en común lo que realmente se desea. Quiero decir que somos individuos, al margen de nuestro estado civil. No creo que el amor se demuestre por medio del sacrificio, ni que vivir bajo el mismo techo sea una garantía de estabilidad (mucho menos de fidelidad).
Os pongo un ejemplo bien claro. Yo vivo de alquiler y mi novia en un piso de su propiedad (bueno, aún es del banco, ya me entendéis). Ella cree, por supuesto, que el hecho de no haberme decidido a trasladarme definitivamente a su casa se debe a que dudo de mis sentimientos. Además, a menudo me reprocha que pagar un alquiler es “tirar el dinero”. Sé que muchos pensáis igual que ella.
Yo os aconsejaría que no confundáis tirar con gastar. Que el dinero es para gastarlo y, en consecuencia, para disfrutarlo, y no para “tenerlo”, como les interesa inculcarnos a unos pocos que se hacen ricos a nuestra costa. Por otra parte, conservar una parcela de intimidad individual es una vacuna contra la amenaza de la monotonía y la dictadura de los tópicos y lugares comunes de la pareja.
En resumen, nunca vivir junto a alguien debería ser una obligación. Por desgracia, así ocurre a menudo, y por eso las vacaciones supuestamente idílicas pueden transformarse en un sofisticado ejercicio de tortura para muchos de nuestros paisanos.
Bueno, nada de deprimirse, que ya queda menos para el viernes.

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