lunes, 4 de agosto de 2008

Guirimanía

He buscado en el diccionario de la Real Academia la definición de turista, y me he encontrado con un escueto “persona que hace turismo”. Así que me he ido a la voz “Turismo”, y allí dice: “Actividad o hecho de viajar por placer”.
Por si acaso, he consultado el diccionario de uso de Manuel Seco, por aquello de la flexibilidad y el poder de lo coloquial, y la explicación es exactamente la misma.
Es decir, que en ningún sitio he leído que turista signifique “guiri disfrazado del Coronel Tapioca que lleva sandalias con calcetines de cenefas”.
Siempre me ha parecido un tanto injusto ese matiz peyorativo que por norma le aplicamos a la condición de turista, y más aún en un país como éste, donde el turismo ha sido tradicionalmente una de las mayores fuentes de riqueza, si no la que más.
No olvidemos que todos somos turistas en potencia. La mayoría de nosotros nos convertimos en ello cuando estamos de vacaciones. Sin embargo, parecemos olvidarlo, como si fuera una enfermedad contra la que estamos inmunizados y que afecta, por tanto, sólo a los demás.
Seguro que cuando alguien ha visitado vuestro pueblo o vuestra ciudad y os ha pedido que le hagáis de cicerone se habrá preocupado de rogaros que no le llevéis a sitios “de turistas”. Del mismo modo, cuando somos nosotros los visitantes, también le insistimos al anfitrión para que nos recomiende restaurantes o tiendas que no sean las típicas de los turistas.
Me asombra que identifiquemos “turista” con pringao, lelo, ignorante, pardillo, y que nadie se rebele por ello. Damos por sentado que un turista es alguien que no sabe distinguir la buena comida de la mala, que está dispuesto a pagar la basura a precio de joyería, que se traga todo lo que le echemos, sea arte o brocha gorda. Puede que sea cierto. A lo mejor es la verdad. Pero, en ese caso, ¿estamos seguros de que a nosotros no nos pagan con la misma moneda? ¿No seremos nosotros igual de guiris cuando alardeamos nuestras “normalidades” en otros países, creyendo que con ello evitamos pertenecer a la fauna del borreguismo itinerante? Pensad en ello la próxima vez que estéis comiendo cucarachas en un país exótico, convencidos de que eso es lo auténtico y no lo que haría un vulgar turista; pensad en ello porque seguro que detrás de una cortina está vuestro anfitrión nativo, descojonándose mientras se mete un solomillo de buey entre pecho y espalda.
Por mi parte, sólo puedo aconsejaros que disfrutéis, que lo paséis bien. Que no os avergoncéis de ser turistas, pero a la vez recordad que no hace falta que os disfracéis de Félix Rodríguez de la Fuente, ni que vayáis entonando cánticos populares de vuestra tierra con voz cazallera para reafirmar las raíces patrias en el extranjero.
Y que, aunque seáis turistas, no es necesario que “hagáis turismo”. Me refiero a que no es obligatorio visitar todas las iglesias de una ciudad, ni tampoco todos los museos (sobre todo si no soléis ir a iglesias o museos, que suele ser lo habitual… ¿o me equivoco?). Que estando de vacaciones no está prohibido ir al teatro, al cine, de compras o a tomar una caña. Pensad en pasarlo bien y no os preocupéis si os olvidáis la cámara en casa. (Entre nosotros: las fotos de las vacaciones sólo les interesan a los que las han hecho... Bueno, puede que a los guiris también.)

4 comentarios:

Las3Musas dijo...

Yo me considero "viajera" señor peatón, no turista. Cuando viajo trato -en lo posible- de camuflarme cual Rambo con los colores y sabores del lugar. Regla número uno: ir a comer donde va la gente del lugar. Regla número dos: pasar desapercibida y sin calcetines...

;)
besos veraniegos
musa

El último peatón dijo...

Bueno, a eso iba yo. Si nos ceñimos a la definición del diccionario, un turista no sería más que aquél que viaja por placer, sin necesidad de añadir un vestuario patético o una paella en Las Ramblas a las 6 de la tarde...
Ser turista no es malo; simplemente le hemos endosado un matiz peyorativo a su significado auténtico.
Bien es cierto que "viajero" suena muchísimo mejor... se nota que eres poeta, amiga.

;)

Alejandro Lérida dijo...

Cuando uno se queda en casa durante el verano no está veraneando, sino pasando el verano. Así, “veranear” es una palabra cuyo significado más palpable ya se ha asociado indisolublemente a la idea del viaje. Viaje turístico, si se quiere. Porque una de las muletillas más repetidas entre los novelistas, los presentadores de televisión y, en fin, la gente que entiende de la vida (?), es que el turista es una especie deleznable. El turista es el culpable del deterioro de la flora de las Islas Galápagos, de la prostitución infantil en el Tercer Mundo, de la occidentalización de la selva colombiana y de los desperdicios de la Piazza di Spagna.

La contrafigura de este pobre diablo es la del viajero. El viajero, a diferencia del turista, es un hombre de mundo; un tipo individualista de barba difícil que se hace un té a la hoguera junto a un arroyo virgen de algún lugar ignoto. Alguien parecido al vaquero solitario de Marlboro, en fin, que vagabundea sin rumbo para adquirir auténtica experiencia de la vida. Porque el viajero se fija en todo, como el búho del cuento, a diferencia del turista, que no se entera de nada.

Claro que el viajero también viaja, como el turista, pero de otra manera. Cuando visita las Islas Galápagos, no deteoriora la flora; cuando se pone en horizontal junto a una menor filipina a cambio de dinero, está llevando a cabo una experiencia existencial. Y cuando paga con un receptor de radio a una familia que lo acoge, está intercambiando bienes al modo precapitalista.

Se han ridiculizado las bermudas del turista, la cámara en ristre del turista, la gorrita de visera del turista y la boca abierta del turista. Pobre hombre. Hasta las guías turísticas se llaman a sí mismas “de viajero” y aconsejan desviarse de las “zonas turísticas” para vivir algo “diferente”.

Después de pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que tal distinción es meramente lingüística. La distinción entre el viajero y el turista, cuando no es una mera cuestión de pasta (el viajero gastaría Visa Oro del Chase Manhattan Bank, y el turista Visa 4B), es una mera concesión que le hacemos a nuestro pobre corazón atribulado: en realidad, todos los que viajamos somos turistas que quisiéramos ser viajeros. O viajeros que se avergüenzan de ser turistas. Cómo está el mundo.

Anónimo dijo...

Yo me considero viajero pero por muy "guay" que yo me sienta, ellos, los lugareños, me consideran un "turista". Cuanto mas exótico el país, mas guiri soy. Pos eso.

Coronel Tapioco