miércoles, 29 de agosto de 2007

A ver si me coloco (vol. 2)


Ayer nos dimos un paseo por algunas de las canciones populares que retrataban el mundo de las drogas. Si algo dejaba más o menos claro el entorno poprockero es que en su lírica abunda más la fascinación que la denuncia, y creo que es algo extrapolable al resto de las artes.
Desde luego que no es a los artistas a quienes les competen las tareas de la divulgación social y la concienciación ciudadana, aunque también es cierto que existen demasiadas leyendas sobre las drogas como fuente de inspiración y como elemento inseparable de cualquier vida entregada al talento creativo, la farándula, la bohemia o incluso a una cierta variante alternativa de la intelectualidad.
Bastante discutible esto último, en mi opinión. Me refiero a que el hecho de que según qué autores consuman según qué sustancias no significa necesariamente que el resultado de sus obras sea una consecuencia directa y deudora de dicho consumo.
No sé qué pensarán los demás, pero a mí me parece que, para cualquier autor, sería un insulto atribuir su inspiración a la intervención de elementos materiales o productos ajenos al propio talento. A ver si ahora las famosas musas no las manda el Olimpo de los dioses, sino el camello de la esquina… Vamos, que no.
Pero bueno, lo prometido es deuda. Una vez completado nuestro breve recorrido musical, veamos ejemplos en otras manifestaciones culturales y artísticas.
Como ya me temía, los libros tampoco dejan nada claro. Ni los de antes ni los de ahora. Ni Burroughs con su novela de culto El almuerzo desnudo —tan críptica y enrevesada que a las sesenta páginas ya te sientes literalmente colocado—, ni todos los escritores de la Generación X y posteriores (no sé si aquí procede continuar con el abecedario generacional), con sus cuelgues de diseño, sus yuppies enfarlopados y sus fuck you a diestro y siniestro. De Bukowski a Bret Easton Ellis, de Burgess a Chuck Palahniuk, pasando por las réplicas autóctonas, Mañas, Etxebarría o Loriga, nada me aclaran. Algunas de sus historias me interesan, me inquietan, me divierten, me intrigan o me perturban, pero no hallo nunca un matiz de complicidad que me lleve a “entender”. Hombre, también está el gran Sherlock Holmes, el tío más listo del mundo mundial y adicto a la morfina, pero, como he empezado diciendo, me niego a atribuir su sagacidad envidiable a los chutes que el buen señor se aplicaba de vez en cuando.
Quizá mi preferido sea Trainspotting, del escocés Irvine Welsh. Y lo es porque en él lo encuentro todo: la vertiente festiva y cachonda, y también el lado oscuro y destructivo; el subidón y el bajón, el mono y el nirvana, y al final la tragedia, porque es lo que casi siempre viene al final.
Su paisano Danny Boyle hizo una muy buena versión para el cine de esta novela. Una película divertida, atrevida y gamberra, pero también equilibrada y certera en su retrato del horror. Otro interesante acercamiento al tema lo encontramos en Drugstore cowboy, de Gus Van Sant (cuyo cine es cada vez más insoportablemente pedante, por cierto), una historia que le hace a uno reflexionar sobre si es más difícil desengancharse de las drogas, de las sustancias en sí, o del entorno que las rodea y que, al fin y al cabo, termina por ser la patria de cualquier yonqui.
Tampoco se me ha olvidado cómo se comían las pirulas en Quadrophenia, de Franc Roddam, a puñados, como si fueran kikos o aceitunas. En su momento fue la bomba, casi como La naranja mecánica, aunque hoy nos resulte anacrónica aquella rivalidad visceral entre los Rockers y los Mods.
Lo demás que me viene ahora a la mente es abundante y variopinto, si bien poco clarificador de cara a concretar mi objetivo (Pulp fiction, Al final de edén, Réquiem por un sueño, Padre coraje, French Connection, El precio del poder, Yo Cristina F…). ¿Es fiel a la realidad la versión que nos suelen dar las películas? ¿Nos ayudan a comprender lo que significa ser un drogadicto, o bien nos distorsionan los hechos, ya sea para bien (cómo mola, qué enrollado) o para mal (drogao, degenerao, quinqui, delincuente)? Pues no lo sé.
Tal vez todo el mal derivado de la droga esté relacionado con lo mismo de siempre; con la codicia de los que no se cansan nunca de ser más ricos o poderosos, con el papanatismo de los que justifican cualquier cosa amparada en vacuidades como la moda o el diseño, con la hipocresía de los que viven a costa de una fachada o una pose, con la tiranía de los que saben que siempre habrá otros más débiles que ellos… Suma y sigue.
Por cierto, no he hablado, ni lo haré en esta ocasión, sobre el alcohol y el tabaco. No niego que ambas sean drogas en un sentido literal y científico, pero el hecho de que estén legalizadas las sitúa en otro ámbito de discusión. Cuando nos referimos a las drogas, a secas, sabemos a qué otras sustancias estamos aludiendo (igual que cuando viajamos por carretera y vemos la palabra “club” en la fachada de una casa; sabemos que no se trata de un videoclub o un club de tenis… me explico, ¿verdad?).

martes, 28 de agosto de 2007

A ver si me coloco


En menudo charco me voy a meter hoy… pero venga, para eso estamos.
Es que ayer alguien me preguntó qué pensaba sobre las drogas, así, a lo bestia, sin matices, y claro, no creo yo que sea ésta una cuestión tan fácil de abordar sin entrar en más detalle. Bajo la premisa de las drogas podríamos hablar de consumo, de adicción, de narcotráfico, de rehabilitación, de prevención, de marginación, de delincuencia, de sanidad, de negocios, y qué sé yo de cuántas cosas más.
Para plantearme seriamente mi opinión sobre el particular y colocar de algún modo mis pensamientos al respecto, se me ocurrió recurrir a la ayuda de las artes.
Por ejemplo, la música popular se ha mostrado tradicionalmente interesada en el asunto, tanto por la drogadicción en sí misma como por sus arrabales sociales o su peculiar mitología suburbana.
Hay muestras para todos los gustos. Desde la visión romántico-vaporosa de Mecano (Barco a Venus), hasta la evocación desgarrada y casi onírica de Antonio Vega (Se dejaba llevar por ti), de quien nos consta que conoce la materia de primera mano. Por supuesto, encontramos también otras visiones más festivas y folloneras que inciden en la vertiente lúdica y gamberra del colocón (Cannabis, de Ska-P, o La mandanga, de El Fary), así como himnos rockeros de cierto aroma místico y sorprendente voluntad pedagógica (“Si controlas tu viaje serás feliz”, cantaban los del trío Leño, en El tren).
Claro, uno piensa en J. J. Cale o Lou Reed recitando odas a la coca, o ve a los Stones sexagenarios dando brincos sobre un escenario como si aún estuviéramos en los sesenta, o recuerda a los Beatles más psicodélicos y alucinógenos camuflando las siglas del LSD en la historia de una tal Lucy que subía con sus diamantes al cielo, o escucha al ingenioso y canalla Sabina componiendo con su voz quebrada los poemas satíricos más brillantes del universo castizo, o se taladra el oído con la letanía monocorde del hispanogalo Manu Chao, confesando que le gusta todo, todo, todo, incluidas la Marihuana y la “Colombiana”…
Uno ve y oye todo esto y mola, mazo, dan ganas de probarlo todo. Qué marcha, qué buen rollo.
Pero luego te das una vuelta por según qué barrios y contemplas lo que hay por allí, y, en fin, el infierno parece poco. Sucedáneos de personas, piltrafas humanas, despojos de piel y huesos casi sin alma, una pena. Tal vez las diez, o las veinte, o las cincuenta, o las cien primeras dosis fueron una pasada, un subidón inigualable, una experiencia sublime. Pero visto lo que viene después —un delirio autodestructivo, una enfermedad terminal incurable y una agonía miserable—, pues, qué queréis que os diga; se le quitan a uno las ganas.
No sé si por lógica o por sorpresa, las llamadas de auxilio más explícitas provienen del entorno musical que siempre asociamos precisamente con lo marginal, lo macarra, lo calorro, lo quiyo. Ahí tenéis una estrofa del mítico tema de Los Calis, Heroína: “Más chutes no, ni cucharas impregnadas de heroína. No más jóvenes llorando noche y día. Solamente oír tu nombre causa ruina”. En la misma canción, se describe a esta droga como “diablo vestido de ángel”. Casi ná.
Bueno, como veo que el tema da para mucho y yo aún no he logrado colocar bien mis ideas, mañana os seguiré hablando del asunto, pero cambiaré las referencias musicales por otras de tipo literario y cinematográfico.

lunes, 27 de agosto de 2007

Conspiración por aburrimiento


Bueno, como cada año por estas fechas, toca hablar otra vez de Diana de Gales. Por si fuera poco, se cumple el décimo aniversario de su muerte, así que viene una oleada de fastos, homenajes, pompas fúnebres y hagiografías, y también toca resucitar legendarios cotilleos y no menos ilustres conspiraciones.
Como yo soy partidario acérrimo de la presunción de inocencia, siempre he pensado que el accidente de Lady Di y su novio millonario fue eso, un accidente.
James Dean, Grace Kelly, Fernando Martín y Tino Casal (por poner un poco de todo) también fallecieron en accidentes de tráfico. Basta mirar a diario la gente que palma por culpa de los coches como para no considerar algo extraño que nadie se vaya al otro barrio por ello.
Otra cosa es que, según historiadores, expertos y tertulianos varios, hubiera motivos de estado para provocar el suceso (¿cuándo y en qué país no los hay?), pero ya me diréis si no hubiera sido más fácil recurrir a otros métodos de mayor elegancia y discreción, no tan chapuceros ni estruendosos, más propios de la flema británica o del mismísimo 007 al servicio de Su Majestad.
Vamos, que las intrincadas conspiraciones de palacio, como las meigas, haberlas haylas, aunque no debemos olvidar los rigores de la estadística, que presentan a los automóviles como armas más letales que las pistolas o los venenos.
No hay nada que inmunice a los famosos contra la muerte vulgar, del mismo modo que un ciudadano corriente tampoco está exento de morir como un héroe, si de diera el caso.
Fijaos, si no, lo que pasa con nuestro amigo George W. Bush.
Recordaréis que hace dos o tres años estuvo a punto de morir ahogado al atragantarse con una galleta. Como sobrevivió, la cosa no pasó a mayores. Y yo me pregunto, ¿qué habría sucedido de haber muerto? Ya os lo digo: Bin Laden, Saddam Hussein, Fidel Castro o el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo, quien fuera, pero alguien, sin duda, estaría detrás de aquello.
Más recientemente, un informe sobre la salud del presidente estadounidense revelaba que había sufrido una picadura de garrapata. Esto le hizo contraer la enfermedad de Lyme, que dicho así acojona un poco, pero que al parecer no suele ir más allá de síntomas como fiebres altas, erupciones cutáneas o dolores musculares y de cabeza, aunque si no se trata a tiempo puede derivar en patologías más graves, como la meningitis o la parálisis de los músculos de la cara.
Desconozco si el bicho en cuestión era en realidad un agente secreto camuflado que trabajaba para Hugo Chávez, Evo Morales, Maradona, Zapatero o Hillary Clinton. Ya digo que las conspiraciones no son lo mío.
El caso es que el hombre más poderoso del planeta, el más megalómano y codicioso, el verdadero novio de la muerte (con permiso de La Legión); alguien que puede presumir de una biografía salpicada por las guerras, las bombas, los atentados y las ejecuciones, estuvo a punto de reunirse con la señora de la guadaña por culpa de… ¡una galleta y una garrapata!
En fin, que la realidad es a veces triste y aburrida, y quizá por eso necesitamos echarle un poco de imaginación de vez en cuando.

domingo, 26 de agosto de 2007

Hasta que agosto os separe


Puede que hoy sea para muchos de vosotros el día más deprimente del año. A la cualidad intrínsecamente depresiva de cualquier domingo, hay que unirle la circunstancia de que mañana es, para la gran mayoría de los currantes autóctonos, el día de la vuelta al trabajo tras las vacaciones.
Mira que os tengo dicho que no volváis un lunes. Que lo mejor es reincorporarse un miércoles, un jueves o un viernes, que así el regreso a la rutina se completa de forma progresiva y no traumática… pero, en fin, ya es demasiado tarde, me temo.
No voy a hurgar más en esta herida. Simplemente voy a detenerme en un aspecto que todos los años se comenta al hilo de este asunto.
Parece ser que las vacaciones de verano son una época propicia para las separaciones de pareja. Lo que inicialmente debería ser una ventaja, es decir, poder pasar más tiempo junto a la persona presuntamente amada, resulta que se convierte en un suplicio que termina por agotar la paciencia de los cónyuges o amancebados.
Pues vaya. Una vez más, me obligan a citar la frase que Annabella Sciorra decía en la película El misterio Von Bulow: “El amor es fantasía y vivir con alguien es trabajar”.
Va a ser verdad que nos casamos por motivos ajenos a los sentimientos, que el matrimonio o la formalización de una relación son simples vehículos para poder pagar una hipoteca a medias y tener así una casa en propiedad, o bien una garantía para satisfacer nuestros deseos sexuales (o para presumir de ello, como mínimo) y no quedarnos, como se decía antes, “para vestir santos”.
El sexo y el dinero son las dos obligaciones insalvables que los ciudadanos de hoy nos imponemos para no ser menos que el vecino. Se pueden reconocer o incluso alardear ciertas carencias o defectos, como la incultura, el egoísmo, la xenofobia o el machismo, amparándonos en el socorrido y tramposo “nadie es perfecto”. Ahora bien, pobre de aquél que no vaya sobrado de follar y que no se haya comprado un piso “como inversión”.
La unión de ambas cosas, pareja y casa, compone la estampa prefabricada de la felicidad contemporánea… y nosotros nos lo creemos. Damos más importancia al verbo tener que a otros más estimulantes y ricos en matices, como disfrutar o sentir.
Yo siempre he sostenido que la salud de una pareja se mantiene y prolonga si sólo se hace en común lo que realmente se desea. Quiero decir que somos individuos, al margen de nuestro estado civil. No creo que el amor se demuestre por medio del sacrificio, ni que vivir bajo el mismo techo sea una garantía de estabilidad (mucho menos de fidelidad).
Os pongo un ejemplo bien claro. Yo vivo de alquiler y mi novia en un piso de su propiedad (bueno, aún es del banco, ya me entendéis). Ella cree, por supuesto, que el hecho de no haberme decidido a trasladarme definitivamente a su casa se debe a que dudo de mis sentimientos. Además, a menudo me reprocha que pagar un alquiler es “tirar el dinero”. Sé que muchos pensáis igual que ella.
Yo os aconsejaría que no confundáis tirar con gastar. Que el dinero es para gastarlo y, en consecuencia, para disfrutarlo, y no para “tenerlo”, como les interesa inculcarnos a unos pocos que se hacen ricos a nuestra costa. Por otra parte, conservar una parcela de intimidad individual es una vacuna contra la amenaza de la monotonía y la dictadura de los tópicos y lugares comunes de la pareja.
En resumen, nunca vivir junto a alguien debería ser una obligación. Por desgracia, así ocurre a menudo, y por eso las vacaciones supuestamente idílicas pueden transformarse en un sofisticado ejercicio de tortura para muchos de nuestros paisanos.
Bueno, nada de deprimirse, que ya queda menos para el viernes.

sábado, 25 de agosto de 2007

La matanza de Texas


Siempre que sacamos el tema de la pena de muerte parece que hablemos de buenos y malos, o bien de perdonar, disculpar o relativizar. Yo nunca he tenido esa intención cuando me opongo a esta práctica legalmente inmoral y vigente en no pocos países y estados de este mundo supuestamente civilizado.
Yo creo que la naturaleza humana es constructiva y vitalista por definición. El que existan determinados energúmenos indignos de nuestra especie es algo que por desgracia no podemos controlar y que no siempre seremos capaces de prevenir.
A menudo me enfado con amigos y conocidos porque los veo jactarse con demasiada ligereza de sus presuntas reacciones ante determinadas injusticias. Seguro que muchos de vosotros estáis convencidos de que si un mal nacido se atreviera a hacer daño a vuestros hijos no dudaríais en salir en su busca y cargároslo con vuestras propias manos. Yo me juego lo que sea a que no lo haríais. Sé que es fácil decirlo y aún más sentirlo, desear la muerte a quien no ha demostrado respeto alguno por las vidas ajenas, pero si de verdad todos fuéramos capaces de jugar al peor Charles Bronson con tanta facilidad como lo alardeamos delante de un café o un cubata, menudo infierno que sería nuestra vida cotidiana.
El rechazo a la pena de muerte se asocia normalmente a cuestiones meramente ideológicas o políticas, pero yo creo que hay factores igualmente determinantes, los que tienen que ver, por ejemplo, con la cultura o la educación. Y también, insisto, con nuestra naturaleza (me niego a creer que lo único que nos impide estar todo el santo día matando sea que es “ilegal”).
No puedo decir que conozca otras culturas, pero la nuestra, la occidental, se cimienta sobre la base de que la vida es un valor fundamental e inviolable. Por supuesto que si nos ponemos intelectuales y profundos convendremos que existen otros valores más elevados, como la libertad, la dignidad, la honestidad, la integridad, etc., y que sin ellos, el mero hecho de estar vivo no significa apenas nada.
Me refiero a que pertenecemos a una cultura más terrenal que espiritual, sin que ello implique que seamos más frívolos, superficiales o materialistas (no tiene por qué ser así). Nos educan para disfrutar de esta vida, la única de la que tenemos conciencia fehaciente, y aun en aquellas comunidades donde predominan los valores religiosos, la idea de “la otra vida” permanece como algo abstracto e inconcreto, como mínimo no lo suficientemente probado como para impulsar a los fieles a suicidarse con tal de acelerar el tránsito al otro barrio.
Hoy hablo de esto porque he leído que el Estado de Texas ha llevado a cabo su ejecución número 400 desde 1982. Cuando finalice el año, si se cumplen las oscuras previsiones, esta cifra se elevará hasta las 410.
Como dije al principio, no se trata de justificar lo injustificable, ni de vestir de corderito a quien se ha comportado como la fiera más desalmada y salvaje. (Precisamente, creo que el mayor acierto de la celebrada película de Tim Robbins, “Pena de muerte”, está en que su protagonista —magníficamente interpretado por Sean Penn— es cualquier cosa menos un santo.)
Sólo se me ocurre que, si es a los “buenos” a quienes nos corresponde aplicar la justicia, no deberíamos nunca hacerlo empleando los mismos términos y métodos por los que castigamos a quienes amenazan nuestra existencia pacífica.
Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que, si un ladrón entra en nuestra casa y nos roba algo, la solución no pasa porque vayamos nosotros a la suya y le robemos también cualquier cosa. La réplica exacta al delito sufrido no es la definición de justicia que todos tenemos en mente. O eso espero.
Ya, ya. Ya lo sé. Es muy sencillo para mí porque no he sufrido en mis carnes ni en las de mis seres queridos un crimen, un atentado, una violación o cualquier espanto semejante. Soy plenamente consciente, y precisamente por ello sigo creyendo que los afortunados que aún podemos reflexionar con frialdad y hacer uso de la razón sin interferencias emocionales, tenemos el deber de mantener el equilibrio y no fomentar impulsos vengativos propios del Lejano Oeste. Por eso entiendo que un damnificado, una víctima o un perjudicado directo discrepe hoy conmigo, pero no me pidáis a mí que cambie de opinión, porque no sería justo.
Las matanzas de Texas, las dejo para el cine.

jueves, 23 de agosto de 2007

De compras (o no)


Fijaos qué escena tan surrealista. Ayer por la tarde estábamos mi novia y yo aburridos en casa, mientras oíamos llover contra los cristales y comprobábamos con cierta congoja que las horas de sol van menguando a medida que avanza este imprevisible mes de agosto.
A ella se le ocurrió que ir de compras podía ser el remedio ideal para evitar la caída en picado a los abismos de una depresión otoñal prematura. Yo le contesté que no me apetecía demasiado, así que no la acompañé.
Al rato de haberse marchado de tiendas, y en vista de que las nubes habían concedido una tregua, me animé a salir a la calle y dar un garbeo como buen peatón. Hace días que quería ir a comprar un par de películas que acaban de editar en DVD. Como los grandes almacenes cierran bastante después de que los Lunnis se vayan a dormir, todavía tenía tiempo de ducharme, vestirme y acercarme hasta el centro comercial.
Una vez allí, hice mi compra en poco más de diez minutos y me dirigí a la parada del autobús. Supongo que adivinaréis a quién me encontré.
Ahí estaba mi chica, refugiada bajo la marquesina a pesar de que la lluvia había cesado. Nos miramos como dos amigos que se encuentran tras llevar meses sin verse. Ella iba tal como se fue. Quiero decir que no llevaba bolsas ni paquetes en las manos. Yo portaba mi bolsa con las películas y un blister (se llaman así, os lo juro) de pilas para el mando a distancia de la tele.
No es por nada, pero antes de que abriera la boca yo ya había advertido ese aire de reproche en su mirada. Ya digo que no creo que necesitara justificación alguna, pero, aun así, me excusé: “Como escampó, al final me he animado a venir a comprar”, le dije. “Ya”, me respondió ella, “Eso que no te apetecía ir de compras…”.
“No he ido de compras. He venido a comprar”, repliqué, y aquí fue donde comenzó nuestra churrigueresca discusión.
Huelga decir que no fui capaz de convencerla, así que no me queda otra que exponeros mis argumentos aquí, por si alguno de vosotros se solidariza conmigo. La cuestión es bien sencilla. Para mí no es lo mismo ir de compras que ir a comprar. En realidad, siempre añado incluso una modalidad más: la de ir a la compra. De este modo, mi visión de tan trascendental asunto quedaría resumida como sigue.
Ir a la compra: Salir a la tienda o el supermercado del barrio para comprar el pan, la fruta o cualquier artículo de primera necesidad para la manutención de la familia o el mantenimiento del hogar.
Ir a comprar: Acudir a algún comercio para efectuar una transacción económica a cambio de un bien determinado que no tiene por qué ser estrictamente necesario (libros, ropa, regalos, etcétera).
Ir de compras: Pasar la tarde visitando tiendas y probándose ropa, con un intermedio para apretarse una merienda de órdago, y volver a casa después —por increíble que parezca— ¡¡sin haber comprado nada!!
¿Alguien me entiende?

miércoles, 22 de agosto de 2007

¿Te gusta conducir?... ¿O correr?


Mi condición de viandante crónico me impide llegar a entender muchas veces la idiosincrasia propia de los conductores (la mayoría de vosotros).
No obstante, entiendo las protestas hacia las multas de aparcamiento y hacia determinados radares sibilinos, cuyo verdadero objetivo no tiene que ver con la seguridad vial sino con la prosperidad económica de los ayuntamientos o gobiernos.
Lo que no alcanzo a comprender es ese empeño sistemático en culpar a las instituciones de los accidentes. Yo creo que los causantes de los accidentes de circulación son, en la mayoría de los casos, los conductores. O sea, nosotros (hasta yo mismo me incluyo, por pura cortesía).
Descartemos para empezar circunstancias azarosas imposibles de predecir, fallos técnicos no provocados ni por negligencias del fabricante ni por desidia de los automovilistas, cruces inesperados de animales en mitad de una carretera comarcal, etc.
Por otro lado, el mal estado de las carreteras es una competencia que las instituciones están obligadas a subsanar, pero la responsabilidad derivada de poner el coche a 180 por un camino de cabras es toda nuestra. Que nadie lo olvide.
Además, creo que hay un excesivo afán por convertir al alcohol en el chivo expiatorio de todo esto. Está claro que ir bebido al volante entraña un riesgo evidente, pero da la impresión de que en un país de abstemios no habría accidentes de tráfico, y eso no es cierto. La culpable de que la carretera se pelee todos los días con el cáncer por el primer puesto en el macabro ranking de la mortalidad humana no se llama cogorza, sino velocidad.
Así es. La velocidad sigue siendo hoy por hoy el principal reclamo publicitario de cualquier marca de coches. Ya sé que algunas presumen de velar por la seguridad, y otras más cursis y elitistas apelan al placer de la conducción con spots de arte y ensayo, pero no os engañéis.
En el universo automovilístico, la potencia está ligada a la rapidez (al contrario que en el sexo, mire usted por dónde), y eso es lo que vende. Se fabrican utilitarios enanos con motores de reactor supersónico, ataúdes sobre ruedas para hacer carreras en circuito urbano los fines de semana o para zigzaguear en las caravanas de operación salida o retorno, porque siempre hay uno que es más chulo que nadie y conduce de fábula y él no se ha comprado un cochazo para ir parado como en una procesión, y bla, bla, bla…
Ser prudente no vende. Lo de “precaución, amigo conductor” sigue sonando a Perlita de Huelva, es decir, a carca. No mola tener cuidado al volante, no es guay, ni enrollado. La prudencia es de pringados, de mojigatos… Pues allá cada cual.
Nos vamos a hartar en breve de leer estadísticas sobre accidentes de tráfico. Serán recuentos fríos y rutinarios, y asociados, según convenga, a la política del gobierno, al carnet por puntos, al consumo de bebidas alcohólicas, al uso del teléfono móvil en ruta o al estado de las infraestructuras. Por mí se las podrían ahorrar.
Yo que vosotros, me pensaría mucho lo de correr. Palabra de peatón.

martes, 21 de agosto de 2007

Testigo del horror


Dentro de unos días visitaré las ciudades de Varsovia y Cracovia, y he aprovechado esta circunstancia para releer algunos pasajes del libro “Si esto es un hombre”, el primero de los tres volúmenes en los que el italiano Primo Levi recogió sus memorias como prisionero del campo de concentración de Auschwitz.
Hoy por hoy, todos conocemos el holocausto a través de testimonios reales y de ficciones reconstructivas, literarias y cinematográficas, fundamentalmente. Normalmente, dichas historias inciden en mostrar la brutalidad y la sinrazón de los nazis, los inhumanos métodos de selección y tortura aplicados a sus víctimas. Sin embargo, lo que más llama la atención del libro de Levi es que se centra sobre todo en las consecuencias y no tanto en los actos que las provocan. Su obra es el más valioso de los relatos, el del testigo presencial y parte implicada en el drama. Como él mismo afirma, “he usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador”.
Así, esta crónica estremecedora de uno de los mayores horrores acontecidos en el pasado siglo, no es un tratado ilustrativo sobre sistemas de tortura, ni tampoco un panfleto furioso antiteutón. Levi narra su odisea de un modo conciso, transparente, sin adornos retóricos y sin excesivos alardes estilísticos. Quizá por eso su historia nos suena tan cercana.
A veces, para comprender la dimensión global de un suceso basta con conocer la experiencia personal de un solo individuo. Los relatos colectivos, además de tender a menudo hacia el estereotipo, inciden normalmente en lo destacado o mayoritario, olvidando por tanto lo más íntimo. Imagino que por ello hablamos de novelas o películas “de nazis”, otorgando el protagonismo a los verdugos e incurriendo de algún modo en un acto de injusticia moral involuntaria.
El libro de Primo Levi no es “de nazis”, sino de prisioneros. Más exactamente, de “un prisionero”. Incluso, como bien se encarga de aclarar el título, lo más correcto sería decir que se trata de un libro sobre un hombre, sin más (y nada menos).
De esta manera, la parte del libro que considero más interesante es aquélla en la que Levi desmiente la romántica idea de que los oprimidos o perjudicados por una tragedia común tienden por norma a la solidaridad y la compasión con sus semejantes. Muy al contrario, el autor reconoce que cuando el cautiverio en Auschwitz se convirtió en una “costumbre”, se inició al mismo tiempo una especie de proceso de selección natural espontánea entre los prisioneros, es decir, algo así como un reflejo de las personalidades genuinas de cada cual en aquel entorno circunstancial, dando lugar a un modelo de sociedad alternativa en la que se discriminaba a los más débiles o menos útiles. Por supuesto que todo ello respondía a las leyes elementales de la supervivencia y en ningún caso tenía que ver con las consignas fascistas de los secuaces de Hitler. No obstante, me resulta espeluznante pensar en aquellos presos más vulnerables o menos espabilados que sumaron a sus temores más justificados (la cámara de gas, las ejecuciones sumarias) el miedo hacia quienes en teoría consideraban sus iguales. Comprendo bastante bien esa sensación, porque siempre he pensado que lo que más me asusta de una cárcel no es el cautiverio en sí, sino mi más que probable condición de paria en un microuniverso dominado por lo corrupto y lo canallesco.
Primo Levi se suicidó en abril de 1987, hace más de veinte años. Poco antes de morir, había declarado que se encontraba deprimido, en parte debido a una grave enfermedad de la que estaba siendo tratado. Confesó que aquellos duros momentos estaban siendo para él más difíciles que los que recordaba haber vivido en Auschwitz, ya que la juventud le proporcionaba entonces la fuerza necesaria para hacer frente a lo adverso, cosa que no ocurría en los últimos instantes de su vida, cuando a sus casi 70 años el futuro se veía por un rendija cada vez más estrecha.
Nunca sabremos la verdad con certeza, porque, este hombre que escribió uno de los libros más importantes del siglo veinte, no redactó en cambio ninguna nota de suicidio, llevándose así para siempre el misterio de su muerte y dejando para la posteridad el testimonio impagable de su vida.

lunes, 20 de agosto de 2007

Animalario estival


En verano, ya se sabe, casi todo se paraliza. La escasez de noticias protagonizadas por humanos de relevancia o similares favorece durante la época estival la aparición en los medios de todo tipo de animales.
Tenemos las inevitables plagas de insectos puñeteros, desde el feroz mosquito tigre hasta la diminuta —aunque, al parecer, igualmente voraz— mosca negra. Como es tiempo de viajar a lugares exóticos, nuestro médico tiene a bien recordarnos que en determinados países el tamaño de los insectos, arácnidos, coleópteros, etcétera (de los bichos, vamos) supera al de algunos pájaros autóctonos, y además, una picadura no sólo nos dejará como recuerdo un ronchón colorado y un enervante picor, sino que podemos terminar nuestras vacaciones con cuarenta de fiebre y asiento reservado en todos los retretes del hemisferio sur.
Tampoco debemos olvidarnos de otros bichos, las salmonelas y demás bacterias que hacen cada año de nuestras ensaladillas rusas su Marina D’or particular.
Tal vez por envidia, esos engendros marinos de aspecto casi marciano que conocemos como medusas van ganando protagonismo de una a otra temporada. Como no pueden salir del agua, nos ceden a nosotros la tarea de izar la bandera de su conquista, esa de color amarillo que ondea en las playas y que nos fastidia el chapuzón.
El pasado julio, además, hemos tenido jabalíes correteando por las calles de Barcelona, como si nos hubiera dado por emular a los pamplonicas montando una versión porcina del San Fermín (en este caso, quizá cuadraría más llamarlo San Martín, que es el santo que les llega a todos los cerdos, según dice el saber popular).
La última joya de nuestra peculiar crónica zoológica nos viene de Tarragona. Hartos ya de medusas y de moscas cojoneras, este año tiramos la casa por la ventana. Tiburones. Casi nada.
A principios de los 70, Spielberg consiguió contagiarnos la psicosis y meternos el miedo en el cuerpo con un escualo que sólo existía en una película. Ahora que el tiburón es de verdad, resulta que las autoridades tarraconenses tiene que pasarse el día entero disuadiendo a los mirones y los bañistas temerarios para que no merodeen la costa. Si es que no hay quien nos entienda.
Si sois de los que preferís ver los animales desde la barrera y sin riesgo, podéis ir a los cines, donde encontraréis pingüinos surfistas, roedores cocineros, tortugas karatekas, ovejas carnívoras que convierten a los humanos en zombis borregos, y una historia de amor paterno-filial entre dos machos de la misma especie: Homer Simpson y un tierno gorrinito.

martes, 14 de agosto de 2007

Meteorología cum laude


Cualquiera se atreve ahora a hablar del tiempo para romper el hielo con el taxista o con un conocido al subir en el ascensor. Yo no, desde luego.
Con el incordio éste del cambio climático la meteorología se está convirtiendo en una ciencia más difícil de manejar que la astrofísica. El domingo, sin ir más lejos, tuvimos en Barcelona un tormentón con ínfulas de tsunami que reíros vosotros de los efectos especiales de Harry Potter. Con tanta agua imagino que se llenarían hasta los topes todas las zanjas de las obras y algún turista pensaría que estaba en Venecia en vez de en la ciudad condal. Y en cuanto a los relámpagos, qué bien nos hubieran venido hace tres semanas, pues con semejante aparato eléctrico no habrían hecho falta generadores de emergencia para mitigar las secuelas del apagón. Agosto ya no es lo que era.
Terminaremos añorando aquellos insípidos “parece que va a llover” o “ya se va notando la primavera”. Ya lo creo. Pasará con el tiempo lo mismo que con el ligue. Sí, porque ahora, entre lo caras que son las matrículas de la universidad y la epidemia del mileurismo temporal, a ver quién se atreve a preguntarle a otro aquello de “¿estudias o trabajas?”.
Pues eso. En breve, las páginas de pasatiempos de los periódicos reemplazarán los sudokus por mapas del tiempo a los que habrá que colocarles las nubes, los rayos, los soles, las isobaras y lo que haga falta (y la propia palabra "pasatiempo" ya no significará "para pasar el rato", sino "qué pasa con el tiempo"). A ver quién es el guapo que acierta. A lo mejor también deciden suprimir la sección del tiempo en los telediarios y añadirla al sorteo de la Primitiva, que en un futuro será más fácil de adivinar que el parte meteorológico.
Y qué me decís de las maletas. Los fabricantes se pondrán las botas haciéndolas el doble de grandes, pues ya no valdrá eso de “pongo un jersey por si refresca” o “meteré el bañador por si hace bueno”. Habrá que ponerlo todo, las camperas y las chanclas, la chupa de cuero y el bikini, la crema antisolar y la Couldina.
Yo estoy ya buscando alternativas más accesibles para mis conversaciones rutinarias. Sustituiré el clásico “qué mañanita más fresca” por algo menos complicado, no sé, algo como “me pregunto si tendrá límite la división del átomo o si, por el contrario, la dimensión de la materia alcanzará posibilidades infinitas”. Yo que vosotros iría preparando el nuevo repertorio.
Y aunque no tenga que ver exactamente con el clima, el resto de la península, y especialmente el centro, también disfrutó de un domingo “movidito” gracias al terremoto más terremoto de los últimos tiempos por estos humildes lares. Esto no le compete a la meteorología, como ya digo, pero mosquea. Da la sensación de que el planeta se está cabreando de verdad. Hasta ahora ha aguantado la úlcera de ozono y el subirle un grado la fiebre, pero todo tiene un límite.

lunes, 13 de agosto de 2007

Orgasmos de plástico


Parece ser que los japoneses, siempre empeñados en hacer de este mundo un lugar cada vez más artificialmente perfecto (o perfectamente falso), han logrado un nuevo hito en el apasionante terreno del fetichismo sexual (nunca mejor dicho lo de “Hito”, ahora que lo pienso).
Por el humilde precio de 6.000 euros puede adquirirse vía Internet el nuevo y ultimísimo modelo avanzado de muñeca hinchable, cuyo perfeccionamiento físico llega, según alardean sus fabricantes, al máximo nivel de parecido con un cuerpo humano femenino de verdad. Pelo natural y esqueleto metálico son algunos de los rasgos que hacen de esta concubina de látex el consuelo perfecto para los solitarios o poco diestros en las artes amatorias.
Me hace gracia esto. No me digáis que no es grotesco que la industria del ocio sexual se esfuerce en diseñar muñecas que se asemejen a las personas, cuando uno tiene la sensación de que cada día hay más personas que quieren parecerse a las muñecas (véanse Victoria Beckham o Ana Obregón).
La réplica occidental a la manceba nipona dicen que se está preparando en Alemania, donde se augura la llegada de un “androide sexual femenino, capaz de responder a estímulos sensoriales, de imitar una respiración agitada, de mover la pelvis por control remoto y de aumentar su temperatura corporal durante el acto”, según palabras de su creador, el ingeniero Michael Harriman, que no se llama Frankenstein, pero casi. Por si fuera poco, también nos asegura que “será capaz de mantener los pies fríos, igual que una mujer real”. Sólo le ha faltado decir que se acostará con rulos y que sabrá fingir una migraña para eludir el sexo (en cuanto al orgasmo, se supone que será por fuerza fingido, tratándose de una muñeca. ¿O no?). Cualquier día de estos inventan la muñeca hinchable con menstruación, y si no, al tiempo. ¡Viva la igualdad sexual!
Si de verdad los hombres del futuro terminamos prefiriendo a los robots sofisticados antes que a las señoritas de carne y hueso, no faltará quien diga o piense que esto de la ingeniería humanoide será la solución a la prostitución marginal. Nada más limpio y cómodo para los proxenetas que proveerse de un ejército de muñecas que no piden seguridad social, ni derechos fundamentales, y que además no contagian enfermedades ni se quedan embarazadas.
Mi novia me ha dicho que por 6.000 euros ella se disfraza de la Nancy, la Mariquita Pérez, la Barbie, y hasta de flamenca con faralaes, de ésas que se ponían antes encima del televisor.
Si es que como una mujer de verdad no hay nada.

domingo, 12 de agosto de 2007

Teoría del garrafón


Voy a demostraros que el garrafón no existe.
Tranquilos. Antes de que os pongáis en pie de guerra, me llaméis loco, insensible, o me acuséis de venderme al enemigo, dejadme que os explique.
Seguro que los que pasáis ya de los treinta os habréis despertado más de una mañana hechos una piltrafa y diciendo: “Ayer me pusieron garrafón. Con sólo dos cubatas es imposible que yo tenga esta pedazo de resaca”.
Os invito ahora a que retrocedáis en el tiempo unos quince años. Entonces, también bebíais cuando salíais por la noche. Os metíais en el cuerpo mejunjes y mezcladillos que se llamaban “Leche de pantera”, “Hashimuri” o “Calimocho” en copones de cinco litros, o bien os ibais a las fiestas de un pueblo o a la verbena de un barrio y os atizabais diez o doce cubalibres en vaso de cartón como si tal cosa. Al día siguiente, teníais resaca, claro. Pero no había nada que no se curase con un chocolate con churros, un zumo de naranja, una vuelta en bici o una cerveza bien fresquita. Además, es importante tener en cuenta que lo más parecido a una cena que habríais ingerido antes del carrusel de copas sería un bocata grasiento de panceta o de calamares, o un perrito caliente embadurnado de mostaza (cuestión de presupuesto).
Volvamos ahora al tiempo presente. La noche anterior a esa resaca que nos martiriza lo más probable es que hayamos cenado dos platos y postre. Todo ello, acompañado con vino. También con seguridad hemos brindado al finalizar la cena con cava o champán, y con un poco de suerte el restaurante se ha tirado el rollo y nos ha invitado a un chupito de orujo o una copa de pacharán. A continuación, nos hemos ido a cualquier garito y allí nos hemos bebido esos dos o tres cubatas que ahora nos corroen las entrañas y juegan al frontón con nuestras neuronas.
Hemos mezclado licores, sí, pero en cantidades irrisorias si las comparamos con las que éramos capaces de aguantar en nuestra tierna juventud.
Así que le echamos la culpa al whisky o el ron que nos han servido al final de la noche. Garrafón seguro.
Total, que antes, bebiendo el doble y sin miramientos, nos recuperábamos mejor que ahora, bebiendo la mitad y exigiendo marcas punteras. No cuela.
Si lo de anoche era garrafón, imaginaos qué no sería lo que tomábamos hace quince años a precio de saldo. Pues eso. Que la culpa no es del garrafón, ni del cha cha cha. Es de la edad. Qué le vamos a hacer.
Por eso, si llegados a este punto convenimos que siempre hemos estado bebiendo garrafón, y que la única diferencia respecto al pasado es que nuestro cuerpo cascado ya no lo soporta como antes, nos encontramos con el principio básico de mi teoría, que no es otro que la evidencia de que TODO es garrafón.
Por consiguiente, si sólo existe el garrafón, si todo lo que nos ponen en los bares es garrafón, ¿qué sentido tiene llamar garrafón al garrafón? O, de otra forma: el calificativo peyorativo “garrafón” se debe a la idea de que existe una alternativa al mismo en forma de bebida pura, auténtica, sin adulterar. Pero, como hemos visto, llevamos casi dos décadas recorriendo bares, tabernas, pubs, chiringuitos, tascas, bodegas, discotecas, terrazas y mesones, y nada.
Es duro, amigos; lo sé. Pero cuanto antes lo asumamos, mejor. Si el garrafón es lo único y verdadero, si la presunta bebida auténtica no es más que un mito, reconozcámoslo de una vez por todas: no hay nada más allá del garrafón. O, mejor dicho, lo que nos empeñamos en llamar garrafón es en realidad lo contrario, o sea, lo auténtico.
Conclusión: si no aguantas las resacas, mejor será que te hagas abstemio.

sábado, 11 de agosto de 2007

Pasatiempos con neuronas


Estamos acostumbrados —o más bien resignados— a que la cartelera de cine en verano se nos pueble de productos con alma más promocional que artística, o bien de vacuidades presuntamente “refrescantes”, y también de muestras de ese cine que ahora llaman “familiar” y que toda la vida hemos denominado, sencillamente, infantil.
Supongo que el hecho de no tener hijos provoca mi escaso interés hacia esas películas recientemente bautizadas como familiares, si bien, dentro de dicha categoría, prefiero las de dibujos animados a las interpretadas por actores de carne y hueso, pues suelen ser estas últimas más ñoñas y previsibles, mientras que el mundo de la animación goza desde hace algún tiempo de una renovada buena salud, contrastada por títulos como “Toy story”, “AntZ”, “Shrek” o “Los increíbles”.
Este verano han llegado dos nuevas muestras dignas de celebrarse.
Por un lado, la esperada versión en pantalla grande de la ya clásica y celebérrima serie de TV “Los Simpson”. Puede que sea un título reservado exclusivamente a sus fans, pero éstos son (somos) lo suficientemente numerosos como para advertir que el carisma de Homer y compañía no se debe a casualidades ni caprichos tras dos décadas regalando ingenio, ironía y cachondeo de altura por las pequeñas pantallas de todo el mundo. Que nadie se deje engañar por las apariencias. Detrás del amarillo chillón y del trazo casi rupestre que los perfila, el clan de los Simpson esconde una de las visiones más agudas y tronchantes de nuestras miserias domésticas y ciudadanas. Su apariencia inofensiva de dibujo de guardería es precisamente la coartada que les permite disparar flechas envenenadas contra la cultura de la barbacoa dominguera y el donut relleno.
Por otro lado, está la sorpresa agradable de la temporada. Se titula “Ratatouille”, y viene avalada por los mismos autores que ya nos alegraron los calores estivales hace un par de temporadas gracias a aquella peculiar familia de superhéroes llamada “Los increíbles”, y que no en vano tenía más en común con los monigotes amarillos de Springfield que con todo el plantel de la Marvel al completo. “Ratatouille” no sólo es divertida e ingeniosa. No sólo posee esa virtud tan encomiable de agradar tanto a los niños como a los frecuentemente sufridos padres que los acompañan. Más allá de eso, el gran hallazgo de la nueva película de los estudios Pixar es que ha sabido encajar en los moldes convencionales de este tipo de historias un elemento original y ciertamente atractivo: la cocina.
Llevad a vuestros hijos a ver las aventuras de esta rata con ínfulas de gourmet y con más maña para los fogones que Adrià y Arguiñano juntos. Por si fuera poco, el plantel de secundarios tampoco tiene desperdicio, y las virguerías gráficas alcanzan unos niveles de realismo que se le hace a uno, literalmente, la boca agua.
Y ya que hablamos de cine, aprovecho para recordaros que todavía aguantan en algunas salas las estupendas “Zodiac”, “La soledad” y “La vida de los otros” (esta última, eso sí, oportuna y morbosamente rescatada debido a la muerte de su actor protagonista).

viernes, 10 de agosto de 2007

Comer con los ojos


Si hay un colectivo especialmente vulnerable ante el poder seductor de la publicidad, ése es el de los niños. Un experimento reciente llevado a cabo en (cómo no) Estados Unidos, ha servido para corroborar la influencia que las marcas comerciales tienen sobre los gustos infantiles en un terreno tan importante y delicado como el de la alimentación.
Al parecer, se seleccionó a un grupo de tiernos infantes, los cuales debían probar dos productos que eran en realidad el mismo (aunque ellos lo desconocían, obviamente), con la particularidad de que uno iba etiquetado con la marca McDonald’s y el otro no.
Una vez efectuadas las pruebas de degustación, los pequeños eligieron mayoritariamente el sabor del producto etiquetado. Conviene aclarar también que, en este caso, ninguno de los alimentos iba acompañado de regalos, juguetes, cromos o reclamos similares, muy habituales en las cadenas de comida rápida.
Aun así, quedó claro que la identificación de un logotipo concreto era lo suficientemente sugestiva como para alterar la percepción real de los sabores e inclinar la balanza de un lado determinado.
Esto no es nuevo. Ya lo hizo en los años veinte el cineasta ruso Lev Kulechov. En su caso, proyectó tres fotogramas exactamente idénticos con el rostro inexpresivo del mismo actor, con la salvedad de que cada uno de ellos iba acompañado de una imagen distinta (un plato de comida, una mujer desnuda y un bebé). El resultado del experimento, como podéis imaginar, fue que los espectadores reconocieron gestos de gula, lujuria y ternura en el rostro cara-palo de aquel actor, cuando —insisto— el fotograma mostrado era siempre el mismo.
Pero no echemos la culpa a los inocentes, los más pequeños. Ellos no hacen sino copiarnos, y somos nosotros quienes compramos bolsos, relojes o prendas de vestir que sabemos de pega, con la única intención de poder fardar luciendo una marca elitista o distinguida. No sé si los adultos tendremos ya remedio, pero intentemos, como mínimo, evitar que nuestros hijos se conviertan en el futuro en unos papanatas clasistas y superficiales (y encima con el colesterol por las nubes).
Lo malo es que las víctimas de este modelo de canibalismo mercantil no son sólo los incondicionales de la llamada “comida basura”. De un tiempo a esta parte, todos estamos advirtiendo la creciente publicidad acerca de alimentos concentrados supuestamente sanos. Yogures del tamaño de un dedal en los que, según dicen, caben quince o veinte piezas de fruta; o botellines rellenos de un mejunje espeso y verdoso que al parecer equivale a la ingesta de un potaje de garbanzos y espinacas, más el correspondiente postre (y con café, copa y puro si hace falta). No os dejéis engañar por el reclamo de la salubridad, pues el objetivo es el mismo. Comprar, consumir dicha marca, hacernos adictos a un logotipo.
Cuando yo era niño, los astronautas de los tebeos se alimentaban a base de píldoras. Por entonces, pensar que en una simple pastilla cabía un pollo asado o un plato de macarrones me parecía un alarde de modernidad y progreso, pero ahora, ya me diréis.
También es verdad que, como suele decirse, si no puedes con el enemigo, lo mejor es que te unas a él. Así que tal vez la solución pase porque le pongamos pegatinas de McDonald’s a la sopa de ajo... y se acabaron las peleas con los niños por culpa de la comida.

jueves, 9 de agosto de 2007

No me lo creo


He leído que una encuesta realizada en el Reino Unido ha revelado que las mujeres prefieren como pareja a los hombres con rasgos afeminados. Al parecer, consideran las encuestadas que dichos hombres son más fieles y mejores padres, además de mostrar una mayor implicación sentimental en la relación.
Qué queréis que os diga. No me creo una palabra.
Hace algún tiempo ya comenté aquí la enorme decepción que para mí supuso el comprobar que la anhelada liberación de la mujer respecto a determinados prejuicios (con el consiguiente aumento de su saludable protagonismo en nuestra sociedad) parecía haberse traducido en una burda “guerra de poder”, en lugar de en una lucha por la igualdad de condiciones.
Yo fui uno de los “primos” que creyeron en el mito del hombre sensible, pero la experiencia me ha ido convenciendo de que las leyes de la seducción siguen estancadas en los modelos ancestrales que pregonan y practican, precisamente, aquellos hombres que ahora parecen ser despreciados por las mujeres objeto de la encuesta que nos ocupa.
A mí me parece que estas buenas señoras han contestado eso por lo mismo que otros afirman no ver la tele, no votar a un partido determinado o no consumir comida rápida cuando son preguntados para un estudio cualquiera. Nuestro afán por quedar bien y salir bien retratados nos mantiene fieles a ciertos tópicos cuyo evidente desgaste empieza ya a hacer brotar su genuina inutilidad.
Del mismo modo que me parece ridículo dar por sentado que el hombre afeminado debe ser por fuerza más comprometido y cariñoso, igualmente creo injusto desconfiar de la virilidad como si ésta fuera sinónimo de infidelidad o brutalidad.
Me parece que llevamos demasiados años jugando con estereotipos de esta calaña como para decidirnos de una vez por todas a dejarlos aparcados, junto a los madelman y las barbies.
¿O es que en el fondo nos interesa conservarlos porque, al fin y al cabo, son ideales a la hora de proporcionarnos excusas? Supongo que si nuestra pareja (sea hombre o mujer) es sensible y comprensiva, siempre nos resultará más fácil justificar los pasos en falso o argumentar las decisiones traumáticas.
Célebres frases de ruptura como “No es por ti, sino por mí”, “Lo hago por tu bien, para no hacerte más daño”, “Eres una gran persona y nunca te faltará alguien que te quiera”, “No te merezco lo suficiente”, “Me duele a mí más que a ti”, “Entiendo que me odies”, “Siempre me tendrás para lo que necesites”, etcétera, existen y se siguen usando gracias a que todavía circula por ahí la idea de que el sentimiento es más importante que el deseo en las relaciones de pareja.
En fin, no sé. A lo mejor pruebo y me doy una vuelta por la Gran Bretaña en plan osito de peluche. Nunca se sabe.

miércoles, 8 de agosto de 2007

A diez minutos del centro


Hay una trampa que las inmobiliarias y los todopoderosos constructores nos tienden desde hace años y en la que, inexplicablemente, seguimos cayendo como chinches, no sé si camelados realmente por el engaño o tal vez resignados a nuestra suerte de pobres asalariados.
Me refiero a esos reclamos del tipo “A diez minutos del centro” que se utilizan a menudo en la venta de viviendas. De entrada, nada más incoherente que calcular las distancias en minutos en lugar de en kilómetros. Imaginaos que alguien os pregunta cuánto dura una película y le respondéis que cinco metros y medio. Pues eso.
Los diez minutos famosos suelen ser el producto de un caprichoso cálculo en el que se dan por sentadas al menos tres cosas: Una, que todo el mundo tiene coche. Dos, que nunca habrá atascos de tráfico. Tres, que es más importante tener cerca el centro que, por ejemplo, el trabajo, o el colegio de los niños, o la farmacia.
Todos sabemos que la realidad es otra bien distinta. Si no podemos comprarnos un piso en el centro es porque no nos salen las cuentas. Por otra parte, aquellas personas que verdaderamente desean vivir lejos del mundanal ruido y cerca de la Madre Naturaleza (o de un sucedáneo más o menos aparente), no creo que sufran precisamente por estar lejos del meollo, pues es de ese punto del que se supone que quieren huir.
Una vez convencidos de que aquello de los diez minutos era una falacia capciosa, la RENFE nos propuso una especie de solución intermedia llamada servicio de Cercanías. La red de trenes periféricos no garantizaba el milagro de los diez minutos, pero al menos prometía reducir los noventa minutos a treinta, con las ventajas añadidas propias del tren, fundamentalmente la ausencia de atascos o caravanas, y la posibilidad de que el viajero amenice el trayecto leyendo, oyendo la radio, comiendo el bocata o ligando (hay gente para todo).
Sin embargo, las últimas noticias que nos llegan de esta ciudad donde vivo, Barcelona, nos hablan de un servicio de Cercanías desastroso, lento, ignominioso y cruel con sus usuarios. A diario veo a mis sufridos compañeros llegar al trabajo embriagados por una explosiva mezcla de mala baba producto de la fórmula: madrugón + retraso + desinformación (añadamos aquí la aportación crispada de algún que otro tertuliano radiofónico, y ya tendremos el matarratas más letal del planeta).
No sé si la razón de estos problemas concretos con las Cercanías se debe exclusivamente a la no menos polémica construcción de los tramos finales de la línea del AVE Madrid-Barcelona. Sea como sea, lo que está claro es que terminarán volviéndonos a todos peatones a la fuerza. Menos mal que yo lo soy porque quiero. Y a mucha honra.

jueves, 2 de agosto de 2007

La estrella es el malo


A lo mejor es que me hago mayor, pero no entiendo esa cierta simpatía que ha despertado en algunas personas el arrogante y violento individuo detenido recientemente en Portugal y al que apodan “El Solitario”. Puede que el grado de admiración hacia semejante tipo sea directamente proporcional al número de horas que uno dedique a ver los programas presuntamente informativos en televisión,
porque hace tiempo que los telediarios dejaron de ser espacios informativos en el sentido estricto y puro de la expresión. Los preceptos sagrados del periodismo, basados en la veracidad, la objetividad y la concisión, han muerto devorados por los imponderables del mercado y el negocio televisivo.
No se trata sólo de que la selección de contenidos de un noticiario cualquiera sea hoy por hoy una sucesión apabullante de crímenes, desgracias, catástrofes, peleas, desapariciones, tragedias, truculencias, maltratos, vejaciones y demás barbaridades al ritmo de sintonías machaconas que parecen sacadas de una antología del cine de terror.
Tampoco es sólo el hecho vergonzoso de que dicha selección parezca responder al capricho de los patrocinadores y no al criterio de los profesionales (basta con echar un vistazo a la sección de deportes de Telecinco, donde sólo existen tres cosas: Fernando Alonso, Fernando Alonso y Fernando Alonso), y que cada bloque temático vaya por tanto precedido de su inevitable anuncio de coches, teléfonos móviles o créditos bancarios (si, por poner un ejemplo, Port Aventura patrocinara la sección del tiempo, no os quepa duda de que la previsión para Tarragona sería siempre de sol y nunca de lluvia).
Este tratamiento indigno de la ética periodística es el que está convirtiendo a “El Solitario” en una especie de leyenda viviente. El modo en que los narradores de las noticias se refieren a sus métodos y estrategias delictivas sugiere una fascinación que resultaría improcedente en cualquier contexto, pero que lo es más aún cuando se trata de un espacio informativo. No dudo que este señor constituya un fenómeno interesante desde el punto de vista psicológico, sociológico o antropológico, pero me temo que las intenciones de Matías Prats, Hilario Pino y compañía no van por derroteros tan instructivos.
Y es que no estamos hablando de un sucesor de “El Dioni”. El caso de “El Solitario” no es el del pícaro que se atrevió un día a materializar lo que no pocos hemos soñado alguna vez. A este fulano no creo que le dedique Sabina una canción, ni tampoco lo veremos en un reality show cantando coplas pachangueras junto a otros venerables friquis.
Para empezar, a Jaime Jiménez Arbe se le atribuyen tres asesinatos y 36 asaltos a mano armada en bancos. Por si fuera poco, ya en su día se libró de la mili por paranoico, y además —lo que es quizá el dato definitivo— en este caso sus vecinos no se han despachado con los típicos comentarios en plan “Parecía normal”, o “Saludaba siempre y nunca armaba escándalo”. Nada de eso. Según cuentan los que le conocían, “El Solitario” era una persona conflictiva que había mantenido enfrentamientos con algunos de sus vecinos y que incluso llegó a proferir amenazas de muerte. Ni siquiera sus propios hijos parecen estar precisamente por la labor de defenderlo, así que podría decirse que la elección de su apodo va más allá de un nombre artístico relativo a su “modus operandi”.
Supongo que algunas productoras cinematográficas se habrán puesto ya manos a la obra, recopilando información sobre dicho individuo, imaginando a Javier Bardem con 20 kilos más —como De Niro en “Toro Salvaje”— para interpretar las andanzas del delincuente de moda en nuestro país. Y no me parece mal. Muy a contrario, bien le vendría al cine español una renovación de su materia prima basada en hechos reales, pero la cuestión no es esa. El problema es que, tal como nos lo cuentan en las noticias, más parece que nos estén adelantando el trailer de una peli que informándonos de un suceso real, con el agravante de que en esa supuesta película “El Solitario” no sería un villano repudiable, sino más bien un antihéroe inteligente y audaz, como el Cary Grant de “Atrapa a un ladrón”, el Sean Connery de “La trampa”, o el George Clooney de los Ocean’s 11, 12 y 13.