lunes, 27 de agosto de 2007

Conspiración por aburrimiento


Bueno, como cada año por estas fechas, toca hablar otra vez de Diana de Gales. Por si fuera poco, se cumple el décimo aniversario de su muerte, así que viene una oleada de fastos, homenajes, pompas fúnebres y hagiografías, y también toca resucitar legendarios cotilleos y no menos ilustres conspiraciones.
Como yo soy partidario acérrimo de la presunción de inocencia, siempre he pensado que el accidente de Lady Di y su novio millonario fue eso, un accidente.
James Dean, Grace Kelly, Fernando Martín y Tino Casal (por poner un poco de todo) también fallecieron en accidentes de tráfico. Basta mirar a diario la gente que palma por culpa de los coches como para no considerar algo extraño que nadie se vaya al otro barrio por ello.
Otra cosa es que, según historiadores, expertos y tertulianos varios, hubiera motivos de estado para provocar el suceso (¿cuándo y en qué país no los hay?), pero ya me diréis si no hubiera sido más fácil recurrir a otros métodos de mayor elegancia y discreción, no tan chapuceros ni estruendosos, más propios de la flema británica o del mismísimo 007 al servicio de Su Majestad.
Vamos, que las intrincadas conspiraciones de palacio, como las meigas, haberlas haylas, aunque no debemos olvidar los rigores de la estadística, que presentan a los automóviles como armas más letales que las pistolas o los venenos.
No hay nada que inmunice a los famosos contra la muerte vulgar, del mismo modo que un ciudadano corriente tampoco está exento de morir como un héroe, si de diera el caso.
Fijaos, si no, lo que pasa con nuestro amigo George W. Bush.
Recordaréis que hace dos o tres años estuvo a punto de morir ahogado al atragantarse con una galleta. Como sobrevivió, la cosa no pasó a mayores. Y yo me pregunto, ¿qué habría sucedido de haber muerto? Ya os lo digo: Bin Laden, Saddam Hussein, Fidel Castro o el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo, quien fuera, pero alguien, sin duda, estaría detrás de aquello.
Más recientemente, un informe sobre la salud del presidente estadounidense revelaba que había sufrido una picadura de garrapata. Esto le hizo contraer la enfermedad de Lyme, que dicho así acojona un poco, pero que al parecer no suele ir más allá de síntomas como fiebres altas, erupciones cutáneas o dolores musculares y de cabeza, aunque si no se trata a tiempo puede derivar en patologías más graves, como la meningitis o la parálisis de los músculos de la cara.
Desconozco si el bicho en cuestión era en realidad un agente secreto camuflado que trabajaba para Hugo Chávez, Evo Morales, Maradona, Zapatero o Hillary Clinton. Ya digo que las conspiraciones no son lo mío.
El caso es que el hombre más poderoso del planeta, el más megalómano y codicioso, el verdadero novio de la muerte (con permiso de La Legión); alguien que puede presumir de una biografía salpicada por las guerras, las bombas, los atentados y las ejecuciones, estuvo a punto de reunirse con la señora de la guadaña por culpa de… ¡una galleta y una garrapata!
En fin, que la realidad es a veces triste y aburrida, y quizá por eso necesitamos echarle un poco de imaginación de vez en cuando.

domingo, 26 de agosto de 2007

Hasta que agosto os separe


Puede que hoy sea para muchos de vosotros el día más deprimente del año. A la cualidad intrínsecamente depresiva de cualquier domingo, hay que unirle la circunstancia de que mañana es, para la gran mayoría de los currantes autóctonos, el día de la vuelta al trabajo tras las vacaciones.
Mira que os tengo dicho que no volváis un lunes. Que lo mejor es reincorporarse un miércoles, un jueves o un viernes, que así el regreso a la rutina se completa de forma progresiva y no traumática… pero, en fin, ya es demasiado tarde, me temo.
No voy a hurgar más en esta herida. Simplemente voy a detenerme en un aspecto que todos los años se comenta al hilo de este asunto.
Parece ser que las vacaciones de verano son una época propicia para las separaciones de pareja. Lo que inicialmente debería ser una ventaja, es decir, poder pasar más tiempo junto a la persona presuntamente amada, resulta que se convierte en un suplicio que termina por agotar la paciencia de los cónyuges o amancebados.
Pues vaya. Una vez más, me obligan a citar la frase que Annabella Sciorra decía en la película El misterio Von Bulow: “El amor es fantasía y vivir con alguien es trabajar”.
Va a ser verdad que nos casamos por motivos ajenos a los sentimientos, que el matrimonio o la formalización de una relación son simples vehículos para poder pagar una hipoteca a medias y tener así una casa en propiedad, o bien una garantía para satisfacer nuestros deseos sexuales (o para presumir de ello, como mínimo) y no quedarnos, como se decía antes, “para vestir santos”.
El sexo y el dinero son las dos obligaciones insalvables que los ciudadanos de hoy nos imponemos para no ser menos que el vecino. Se pueden reconocer o incluso alardear ciertas carencias o defectos, como la incultura, el egoísmo, la xenofobia o el machismo, amparándonos en el socorrido y tramposo “nadie es perfecto”. Ahora bien, pobre de aquél que no vaya sobrado de follar y que no se haya comprado un piso “como inversión”.
La unión de ambas cosas, pareja y casa, compone la estampa prefabricada de la felicidad contemporánea… y nosotros nos lo creemos. Damos más importancia al verbo tener que a otros más estimulantes y ricos en matices, como disfrutar o sentir.
Yo siempre he sostenido que la salud de una pareja se mantiene y prolonga si sólo se hace en común lo que realmente se desea. Quiero decir que somos individuos, al margen de nuestro estado civil. No creo que el amor se demuestre por medio del sacrificio, ni que vivir bajo el mismo techo sea una garantía de estabilidad (mucho menos de fidelidad).
Os pongo un ejemplo bien claro. Yo vivo de alquiler y mi novia en un piso de su propiedad (bueno, aún es del banco, ya me entendéis). Ella cree, por supuesto, que el hecho de no haberme decidido a trasladarme definitivamente a su casa se debe a que dudo de mis sentimientos. Además, a menudo me reprocha que pagar un alquiler es “tirar el dinero”. Sé que muchos pensáis igual que ella.
Yo os aconsejaría que no confundáis tirar con gastar. Que el dinero es para gastarlo y, en consecuencia, para disfrutarlo, y no para “tenerlo”, como les interesa inculcarnos a unos pocos que se hacen ricos a nuestra costa. Por otra parte, conservar una parcela de intimidad individual es una vacuna contra la amenaza de la monotonía y la dictadura de los tópicos y lugares comunes de la pareja.
En resumen, nunca vivir junto a alguien debería ser una obligación. Por desgracia, así ocurre a menudo, y por eso las vacaciones supuestamente idílicas pueden transformarse en un sofisticado ejercicio de tortura para muchos de nuestros paisanos.
Bueno, nada de deprimirse, que ya queda menos para el viernes.

sábado, 25 de agosto de 2007

La matanza de Texas


Siempre que sacamos el tema de la pena de muerte parece que hablemos de buenos y malos, o bien de perdonar, disculpar o relativizar. Yo nunca he tenido esa intención cuando me opongo a esta práctica legalmente inmoral y vigente en no pocos países y estados de este mundo supuestamente civilizado.
Yo creo que la naturaleza humana es constructiva y vitalista por definición. El que existan determinados energúmenos indignos de nuestra especie es algo que por desgracia no podemos controlar y que no siempre seremos capaces de prevenir.
A menudo me enfado con amigos y conocidos porque los veo jactarse con demasiada ligereza de sus presuntas reacciones ante determinadas injusticias. Seguro que muchos de vosotros estáis convencidos de que si un mal nacido se atreviera a hacer daño a vuestros hijos no dudaríais en salir en su busca y cargároslo con vuestras propias manos. Yo me juego lo que sea a que no lo haríais. Sé que es fácil decirlo y aún más sentirlo, desear la muerte a quien no ha demostrado respeto alguno por las vidas ajenas, pero si de verdad todos fuéramos capaces de jugar al peor Charles Bronson con tanta facilidad como lo alardeamos delante de un café o un cubata, menudo infierno que sería nuestra vida cotidiana.
El rechazo a la pena de muerte se asocia normalmente a cuestiones meramente ideológicas o políticas, pero yo creo que hay factores igualmente determinantes, los que tienen que ver, por ejemplo, con la cultura o la educación. Y también, insisto, con nuestra naturaleza (me niego a creer que lo único que nos impide estar todo el santo día matando sea que es “ilegal”).
No puedo decir que conozca otras culturas, pero la nuestra, la occidental, se cimienta sobre la base de que la vida es un valor fundamental e inviolable. Por supuesto que si nos ponemos intelectuales y profundos convendremos que existen otros valores más elevados, como la libertad, la dignidad, la honestidad, la integridad, etc., y que sin ellos, el mero hecho de estar vivo no significa apenas nada.
Me refiero a que pertenecemos a una cultura más terrenal que espiritual, sin que ello implique que seamos más frívolos, superficiales o materialistas (no tiene por qué ser así). Nos educan para disfrutar de esta vida, la única de la que tenemos conciencia fehaciente, y aun en aquellas comunidades donde predominan los valores religiosos, la idea de “la otra vida” permanece como algo abstracto e inconcreto, como mínimo no lo suficientemente probado como para impulsar a los fieles a suicidarse con tal de acelerar el tránsito al otro barrio.
Hoy hablo de esto porque he leído que el Estado de Texas ha llevado a cabo su ejecución número 400 desde 1982. Cuando finalice el año, si se cumplen las oscuras previsiones, esta cifra se elevará hasta las 410.
Como dije al principio, no se trata de justificar lo injustificable, ni de vestir de corderito a quien se ha comportado como la fiera más desalmada y salvaje. (Precisamente, creo que el mayor acierto de la celebrada película de Tim Robbins, “Pena de muerte”, está en que su protagonista —magníficamente interpretado por Sean Penn— es cualquier cosa menos un santo.)
Sólo se me ocurre que, si es a los “buenos” a quienes nos corresponde aplicar la justicia, no deberíamos nunca hacerlo empleando los mismos términos y métodos por los que castigamos a quienes amenazan nuestra existencia pacífica.
Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que, si un ladrón entra en nuestra casa y nos roba algo, la solución no pasa porque vayamos nosotros a la suya y le robemos también cualquier cosa. La réplica exacta al delito sufrido no es la definición de justicia que todos tenemos en mente. O eso espero.
Ya, ya. Ya lo sé. Es muy sencillo para mí porque no he sufrido en mis carnes ni en las de mis seres queridos un crimen, un atentado, una violación o cualquier espanto semejante. Soy plenamente consciente, y precisamente por ello sigo creyendo que los afortunados que aún podemos reflexionar con frialdad y hacer uso de la razón sin interferencias emocionales, tenemos el deber de mantener el equilibrio y no fomentar impulsos vengativos propios del Lejano Oeste. Por eso entiendo que un damnificado, una víctima o un perjudicado directo discrepe hoy conmigo, pero no me pidáis a mí que cambie de opinión, porque no sería justo.
Las matanzas de Texas, las dejo para el cine.