miércoles, 14 de marzo de 2007

Realmente


El rey no es simpático. Tampoco es antipático, ni mucho menos. Pero no es alegre, ni afable, ni ameno, ni cercano. No es divertido, ni dicharachero, ni cordial, ni ufano.
No podemos decir que sea amable, jovial, gentil o extrovertido. Éste, nuestro monarca, no es un pillo, ni un cachondo, ni un chistoso.
Por supuesto que no es grosero, ni insolente, ni maleducado. No es un desaborido, ni un borde. Nadie puede decir que sea soez, ni descortés, ni tampoco gruñón.
Eso no quiere decir que sea jubiloso, risueño o desenfadado, claro.
En suma, el rey no es accesible o abierto, entretenido o bromista, si bien, de ninguna manera es desagradable o incorrecto.
Y es que el rey es, única, exclusiva e irremediablemente, una sola cosa: Campechano.
Lean, lean. Lean periódicos, revistas, gacetas, páginas web. Oigan programas de radio, vean tertulias televisivas. Pregunten en la calle o en el trabajo. Todos dirán lo mismo. El mismo adjetivo. Campechano.
Ya se sabe el poder que tienen los periodistas para imponer una manera única de referirnos a cualquier cosa. Por eso la vivienda siempre es digna; el marco, incomparable; y el directo, riguroso (como si el diferido no tuviera que serlo igualmente).
Pues eso mismo ocurre con el rey. Sabido es que muchos monarcas pasan a la Historia acompañados de su inseparable apodo (el Hermoso, el Deseado, el Rey Sol o el Rey Pasmado). ¿Será recordado Juan Carlos I como “El Campechano”?
Bueno, ahora que tiene a una periodista en la familia, cualquiera sabe…

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