domingo, 25 de febrero de 2007

Sensacionalismo paisano


La que se ha liado con el carnaval en Tenerife, madre mía. Pero no os engañéis. La causa del fregado no tiene que ver con el incumplimiento del contrato por parte del artista, ni tampoco con la naturaleza friqui y casposa de algunos de los numeritos en escena, ni mucho menos con los alardes vanguardistas del tal Amargo en un contexto demasiado encorsetado en lo tradicional. De todo esto se habla y se discute en tertulias e informativos, pero el escozor proviene de otra herida más profunda y atávica. Me explicaré.
Seguro que en más de una ocasión habéis compartido, durante las vacaciones, mesa o autocar con una familia de compatriotas o conciudadanos con quienes no os unía más que el idioma o el código postal. Pero eso de encontrarse en el extranjero con un paisano produce la absurda e irresistible necesidad de alardear un compadreo artificioso que suele derivar directamente en una no menos absurda xenofobia. “Es que como en casa no se come”, “Aquí no saben servir el vino”, “Por este precio en mi pueblo me compro dos”, etcétera. ¿Por qué saldrá esta gente de vacaciones?, me he preguntado siempre.
En fin. A lo que iba. No hace mucho, la versión inglesa del celebérrimo programa Gran Hermano estuvo a punto de crear un conflicto diplomático entre el Reino Unido y la India. En la edición británica del reality se produjeron escenas de racismo y maltrato verbal hacia una de las concursantes, de origen indio, y eso hizo estallar la furia de sus paisanos.
A raíz de esto, Víctor Amela ironizaba el otro día sobre la posibilidad de que la tercera guerra mundial estalle en un plató de televisión. Ya no hará falta el asesinato de un príncipe ni la invasión de un territorio soberano para desencadenar un conflicto bélico de proporciones internacionales. Nuestra tendencia creciente al fundamentalismo geográfico y el nacionalismo en defensa propia nos ha vuelto susceptibles e intolerantes por sistema, y es una lástima, qué queréis que os diga.
Resulta espeluznante, sobre todo, saber que dicho altercado tuvo lugar en la denominada versión VIP del programa, es decir, no en la de los Yoyas y las Fresitas, sino en la de los famosos, supuestos iconos o personajes de referencia para el público, celebridades en las que muchos jóvenes, al parecer, ven reflejadas sus aspiraciones y sus sueños. Pues cojonudo.
Es preocupante que un simple concurso dispare de esa manera las ínfulas paisanas del personal y provoque esa especie de integrismo provinciano tan chusco como peligroso. ¿Qué pasará, por ejemplo, el día en que aparezca otro piloto de Fórmula 1 nacido en España y que, por tanto, pueda hacerle la competencia al asturiano mimado por Tele 5? No sólo se terminará el monoteísmo Alonsiano, sino que comenzarán las refriegas y viviremos episodios de violencia radical como en un Barsa-Madrid o un Betis-Sevilla cualquiera. Todo por defender el pueblo de cada uno. O, peor aún, por defender a alguien a quien no conocemos de nada y lo único que compartimos con él es el nombre de una población en el DNI. Odiamos a nuestros compañeros de trabajo, recelamos de nuestros vecinos, pero si uno de ellos sale por televisión se convierte en nuestro gurú. O sea, que en vez de vernos representados en el Parlamento, lo hacemos en la pantalla del televisor. No es que los inquilinos de Las Cortes lo merezcan precisamente, pero al menos es el trabajo para el que les pagamos.
En resumidas cuentas, la guerra que se ha montado entre el bailarín Amargo y el pueblo tinerfeño me la trae al fresco. No sé cuál de los dos bandos tiene la razón, ni me importa lo más mínimo. No obstante, mi reflexión acerca de todo esto es la siguiente: ¿Qué hubiera pasado si ese mismo espectáculo, al parecer demasiado petardo y posmoderno para las costumbres carnavalescas de la tierra canaria, lo hubiera perpetrado un ciudadano originario de la isla? ¿Y si Rafael Amargo fuera natal de Tenerife? ¿Se hubiera producido la misma reacción?

P.D. Cuando estoy terminando de escribir estas líneas, me entero de que un señor de mi pueblo, Talavera de la Reina, acaba de asesinar a casi toda su familia con un hacha y después se ha suicidado lanzándose al vacío desde un noveno piso. Me parece que no hace falta que añada nada más, ¿verdad?

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