martes, 27 de febrero de 2007

La curva de la decadencia


Desde que el impetuoso Samuel Eto’o se desmarcara hace poco con una de sus habituales arengas despechadas y soberbias, no he parado de escuchar aquí y allá la opinión de que este señor es un tipo “auténtico”.
Deduzco de ello que el infame código de conducta de los reality shows ha invadido el resto de los ámbitos periodísticos o comunicativos. Es muy propio de dichos programas el asociar “inteligente” con “malvado”, “educado” con "falso” o “ir de cara” con “tener mala leche”.
Y entonces llega Eto’o, tan buen futbolista como megalómano, tan brillante como envidioso, pone a parir a propios y a extraños, y se convierte en el símbolo de la franqueza. Pues no estoy de acuerdo.
No dudo de las excelentes cualidades deportivas del jugador africano. Es seguramente el mejor en su puesto de nuestra Liga, y lo de marcar goles lo hace, hoy por hoy, como nadie. Pero el talento o la pericia profesional nunca han bastado para traspasar la barrera de lo terrenal. El carisma o la cualidad de estrella se adquiere a través de una serie de virtudes de las que el camerunés, con su actitud repetidamente inmadura, se aleja aun sin pretenderlo. Por eso su colega Ronaldinho siempre gozará de mayores elogios y será acreedor de más elevadas pasiones por parte de los hinchas blaugranas.
Pensemos, por ejemplo, en que seguramente cualquier finalista del concurso Operación Triunfo posee mayores dotes para el canto que Joan Manuel Serrat, desde un punto de vista estrictamente técnico o fisiológico. Sin embargo, para presumir de la carrera, el carisma y el genio del noi del Poble Sec se precisan determinadas virtudes que unos pipiolos recién salidos de la fábrica de verbenas de Tele 5 difícilmente podrían llegar siquiera a imitar.
Será que el fútbol no deja de ser una suerte de reality de masas. Ahí está Beckham, siempre al lado de ese exiguo monumento a la frivolidad que tiene por esposa. No hace falta ser muy listo para deducir que, si Beckham no fuera un hombre atractivo y esclavo del glamour, a estas alturas nadie sabría si se dedica al fútbol o a vender el cupón de la ONCE.
Pero el deporte rey se ha convertido en una delegación viril de la pasarela Cibeles, y si no, que se lo pregunten a Ronaldo, a quien el Real Madrid ha despachado de vuelta a Italia por gordo. Por otra parte, la familia culé anda preocupada por la irregular prominencia de la barriga de Ronaldinho, que más parece consecuencia de un mal estreñimiento que de un abandono de sus obligaciones atléticas.
Así que, esa protuberancia abdominal que el aficionado tipo celebra desde su sofá como la curva de la felicidad (construida con no poco ahínco a base de banquetes cerveceros frente al televisor), se le recrimina ahora al ídolo del balón como sinónimo de su decadencia. Le ha faltado tiempo a Eto’o para intentar ganarle un nuevo asalto a su compañero brasileño de vestuario, luciendo torso musculoso, posaderas y cara de pocos amigos en la revista rockera Rolling Stone. A ver si, ya que no es capaz de ganar la candidatura del balón de oro, por lo menos le nominan para salir en el calendario de bomberos del año que viene.
Qué le vamos a hacer. La dictadura del cuerpo Danone llega también al fútbol, como si sus seguidores hubiéramos sido víctimas de un mastodóntico ataque de amnesia colectiva. ¿Quién no recuerda al esbelto Di Stefano o al apolíneo Maradona? Por no mencionar al fornido Cruyff, todo fibra y nicotina, el chiquillo. Pues eso.

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