miércoles, 28 de febrero de 2007

Censura rentable


La televisión posee la peligrosa facultad de convertir lo excepcional en común, lo esporádico en usual. Después de contemplar un espacio informativo cualquiera, a uno le queda la impresión de que todos los alumnos de los colegios son matones, de que los profesores de guardería y las niñeras maltratan constantemente a las criaturas a su cargo, de que todos los adolescentes son anoréxicos, drogadictos o delincuentes en potencia; de que todas las familias resuelven sus desavenencias a cuchilladas o hachazos… Ahora, parece que tendremos que añadir una catástrofe más a este mundo inhumano y cruel: ha vuelto la censura. Ha sido un caso puntual y, esperemos, difícilmente repetible. Pero si algo pasa una vez en la tele, es como si viniera ocurriendo desde tiempos inmemoriales y no hubiera ya forma de frenar su propagación por los siglos de los siglos.
Me seguís, ¿verdad? Televisión Española ha censurado hace unos días la emisión de una entrevista a José María García en el programa de Quintero. Lo primero que pensé fue: “caray, mucho habrá cambiado este hombre”.
Bien sabido es que el ínclito García ha tenido siempre un aura napoleónica que le ha hecho ir por la vida más como gurú que como simple periodista, y que una de las bazas principales de su popularidad residía en su incomparable capacidad para generar la polémica. Ahora bien, cuando supe que la causa de dicha censura eran los presuntos insultos y descalificaciones a terceras personas, no pude sino acoger dicha justificación con cierto escepticismo.
Para empezar, me cuesta entender que algo semejante pueda suceder con un programa que está (no lo olvidemos) previamente grabado. No hay que olvidar que la controvertida decisión fue tomada, presuntamente, a última hora, lo cual demostraría que, o bien en la tele estatal existen lagunas organizativas de consideración, o bien nos han querido vender la moto del siglo con sidecar incluido. O las dos cosas, ahora que lo pienso.
El caso es que, para curarse en salud, TVE tan sólo emitió la parte de la entrevista en la que el invitado opinaba sobre el presidente del Ente Público. Y eso es lo que hace. Opinar.
Las supuestas descalificaciones de García hacia Luis Fernández no van más allá de la lógica discrepancia de pareceres que es la esencia de la libertad de expresión. Es una arenga de tufillo trasnochado, eso sí, un delirio megalómano propio de alguien que ha dedicado gran parte de su carrera al desentrañamiento de tramas, corrupciones y conspiraciones. Y nada más.
Así que no entiendo nada. Porque la diatriba de García, para qué engañarnos, siempre ha sido más retórica que malsonante, y en un medio televisivo en el que no abunda precisamente la prosodia exquisita, muy graves tendrían que haber sido dichos insultos como para merecer su omisión.
Ya me diréis si no es cierto que calificativos del tipo chupóptero, abrazafarolas, correveidile, tiralevitas o lametraserillos suenan a patio de colegio al lado de los exabruptos barriobajeros de los hermanos Matamoros, la jerga chabacana de Belén Esteban, o las refriegas tabernarias que protagonizan a menudo diputados, alcaldes, candidatos, y también futbolistas, entrenadores y presidentes del clubes, por no mencionar a la legión cada vez más numerosa de participantes en los mal llamados concursos de convivencia.
Como no podía ser de otra manera, al día siguiente todos pudimos ver la entrevista de la discordia en Internet, concretamente en la página web del diario El Mundo (aunque, curiosamente, también censurada, o editada, o recortada, como gustéis. ¿No será que en el rosario de lindezas de García había también alguna para el amigo Pedro Jota?). La gracia está en que, una vez revisado el contenido casi íntegro del material censurado, lo que uno advierte es que José María García no ha cambiado. Es verdad que ya no recurre a su legendario repertorio de insultos de tebeo, ni tampoco los ha reemplazado por otros similares como gilipichis o chincha rabiña, pero su discurso no ha evolucionado desde los tiempos del “Pablo, Pablito, Pablete”, el “ojo al dato” y demás memorables latiguillos. Arremete contra los mismos de siempre, y blande argumentos casi calcados a los que esgrimía cuando otrora fuera el amo de la nocturnidad.
Si queréis saber mi opinión, me parece que a la dirección de TVE le ha entrado una especie de canguelo preelectoral, y de ahí el motivo de su desafortunada decisión. Porque, en contra quizá de lo que cabía esperarse, el personaje peor parado de la entrevista no es otro que el ex presidente Aznar. Y, claro, poner a caer de un burro al ideólogo supremo de la oposición conservadora en un programa emitido por la televisión pública, les daría a sus rivales una excusa inmejorable para acusar al gobierno presuntamente socialista de prácticas propiamente fascistas.
Finalmente, pasa que todo el mundo termina sacando tajada del supuesto escándalo. Ya sé que suena retorcido, pero es que le hacen a uno pensar mal. Con todo este galimatías, lo que se ha montado (ya sea intencionadamente o no) es una campaña promocional de los implicados, porque el señor García estaba casi olvidado tras muchos años alejado de las ondas radiofónicas, y las audiencias de Quintero, que no marcaban precisamente sus mejores cifras, seguro que se multiplican ahora por efecto del morbo.

martes, 27 de febrero de 2007

La curva de la decadencia


Desde que el impetuoso Samuel Eto’o se desmarcara hace poco con una de sus habituales arengas despechadas y soberbias, no he parado de escuchar aquí y allá la opinión de que este señor es un tipo “auténtico”.
Deduzco de ello que el infame código de conducta de los reality shows ha invadido el resto de los ámbitos periodísticos o comunicativos. Es muy propio de dichos programas el asociar “inteligente” con “malvado”, “educado” con "falso” o “ir de cara” con “tener mala leche”.
Y entonces llega Eto’o, tan buen futbolista como megalómano, tan brillante como envidioso, pone a parir a propios y a extraños, y se convierte en el símbolo de la franqueza. Pues no estoy de acuerdo.
No dudo de las excelentes cualidades deportivas del jugador africano. Es seguramente el mejor en su puesto de nuestra Liga, y lo de marcar goles lo hace, hoy por hoy, como nadie. Pero el talento o la pericia profesional nunca han bastado para traspasar la barrera de lo terrenal. El carisma o la cualidad de estrella se adquiere a través de una serie de virtudes de las que el camerunés, con su actitud repetidamente inmadura, se aleja aun sin pretenderlo. Por eso su colega Ronaldinho siempre gozará de mayores elogios y será acreedor de más elevadas pasiones por parte de los hinchas blaugranas.
Pensemos, por ejemplo, en que seguramente cualquier finalista del concurso Operación Triunfo posee mayores dotes para el canto que Joan Manuel Serrat, desde un punto de vista estrictamente técnico o fisiológico. Sin embargo, para presumir de la carrera, el carisma y el genio del noi del Poble Sec se precisan determinadas virtudes que unos pipiolos recién salidos de la fábrica de verbenas de Tele 5 difícilmente podrían llegar siquiera a imitar.
Será que el fútbol no deja de ser una suerte de reality de masas. Ahí está Beckham, siempre al lado de ese exiguo monumento a la frivolidad que tiene por esposa. No hace falta ser muy listo para deducir que, si Beckham no fuera un hombre atractivo y esclavo del glamour, a estas alturas nadie sabría si se dedica al fútbol o a vender el cupón de la ONCE.
Pero el deporte rey se ha convertido en una delegación viril de la pasarela Cibeles, y si no, que se lo pregunten a Ronaldo, a quien el Real Madrid ha despachado de vuelta a Italia por gordo. Por otra parte, la familia culé anda preocupada por la irregular prominencia de la barriga de Ronaldinho, que más parece consecuencia de un mal estreñimiento que de un abandono de sus obligaciones atléticas.
Así que, esa protuberancia abdominal que el aficionado tipo celebra desde su sofá como la curva de la felicidad (construida con no poco ahínco a base de banquetes cerveceros frente al televisor), se le recrimina ahora al ídolo del balón como sinónimo de su decadencia. Le ha faltado tiempo a Eto’o para intentar ganarle un nuevo asalto a su compañero brasileño de vestuario, luciendo torso musculoso, posaderas y cara de pocos amigos en la revista rockera Rolling Stone. A ver si, ya que no es capaz de ganar la candidatura del balón de oro, por lo menos le nominan para salir en el calendario de bomberos del año que viene.
Qué le vamos a hacer. La dictadura del cuerpo Danone llega también al fútbol, como si sus seguidores hubiéramos sido víctimas de un mastodóntico ataque de amnesia colectiva. ¿Quién no recuerda al esbelto Di Stefano o al apolíneo Maradona? Por no mencionar al fornido Cruyff, todo fibra y nicotina, el chiquillo. Pues eso.

domingo, 25 de febrero de 2007

Sensacionalismo paisano


La que se ha liado con el carnaval en Tenerife, madre mía. Pero no os engañéis. La causa del fregado no tiene que ver con el incumplimiento del contrato por parte del artista, ni tampoco con la naturaleza friqui y casposa de algunos de los numeritos en escena, ni mucho menos con los alardes vanguardistas del tal Amargo en un contexto demasiado encorsetado en lo tradicional. De todo esto se habla y se discute en tertulias e informativos, pero el escozor proviene de otra herida más profunda y atávica. Me explicaré.
Seguro que en más de una ocasión habéis compartido, durante las vacaciones, mesa o autocar con una familia de compatriotas o conciudadanos con quienes no os unía más que el idioma o el código postal. Pero eso de encontrarse en el extranjero con un paisano produce la absurda e irresistible necesidad de alardear un compadreo artificioso que suele derivar directamente en una no menos absurda xenofobia. “Es que como en casa no se come”, “Aquí no saben servir el vino”, “Por este precio en mi pueblo me compro dos”, etcétera. ¿Por qué saldrá esta gente de vacaciones?, me he preguntado siempre.
En fin. A lo que iba. No hace mucho, la versión inglesa del celebérrimo programa Gran Hermano estuvo a punto de crear un conflicto diplomático entre el Reino Unido y la India. En la edición británica del reality se produjeron escenas de racismo y maltrato verbal hacia una de las concursantes, de origen indio, y eso hizo estallar la furia de sus paisanos.
A raíz de esto, Víctor Amela ironizaba el otro día sobre la posibilidad de que la tercera guerra mundial estalle en un plató de televisión. Ya no hará falta el asesinato de un príncipe ni la invasión de un territorio soberano para desencadenar un conflicto bélico de proporciones internacionales. Nuestra tendencia creciente al fundamentalismo geográfico y el nacionalismo en defensa propia nos ha vuelto susceptibles e intolerantes por sistema, y es una lástima, qué queréis que os diga.
Resulta espeluznante, sobre todo, saber que dicho altercado tuvo lugar en la denominada versión VIP del programa, es decir, no en la de los Yoyas y las Fresitas, sino en la de los famosos, supuestos iconos o personajes de referencia para el público, celebridades en las que muchos jóvenes, al parecer, ven reflejadas sus aspiraciones y sus sueños. Pues cojonudo.
Es preocupante que un simple concurso dispare de esa manera las ínfulas paisanas del personal y provoque esa especie de integrismo provinciano tan chusco como peligroso. ¿Qué pasará, por ejemplo, el día en que aparezca otro piloto de Fórmula 1 nacido en España y que, por tanto, pueda hacerle la competencia al asturiano mimado por Tele 5? No sólo se terminará el monoteísmo Alonsiano, sino que comenzarán las refriegas y viviremos episodios de violencia radical como en un Barsa-Madrid o un Betis-Sevilla cualquiera. Todo por defender el pueblo de cada uno. O, peor aún, por defender a alguien a quien no conocemos de nada y lo único que compartimos con él es el nombre de una población en el DNI. Odiamos a nuestros compañeros de trabajo, recelamos de nuestros vecinos, pero si uno de ellos sale por televisión se convierte en nuestro gurú. O sea, que en vez de vernos representados en el Parlamento, lo hacemos en la pantalla del televisor. No es que los inquilinos de Las Cortes lo merezcan precisamente, pero al menos es el trabajo para el que les pagamos.
En resumidas cuentas, la guerra que se ha montado entre el bailarín Amargo y el pueblo tinerfeño me la trae al fresco. No sé cuál de los dos bandos tiene la razón, ni me importa lo más mínimo. No obstante, mi reflexión acerca de todo esto es la siguiente: ¿Qué hubiera pasado si ese mismo espectáculo, al parecer demasiado petardo y posmoderno para las costumbres carnavalescas de la tierra canaria, lo hubiera perpetrado un ciudadano originario de la isla? ¿Y si Rafael Amargo fuera natal de Tenerife? ¿Se hubiera producido la misma reacción?

P.D. Cuando estoy terminando de escribir estas líneas, me entero de que un señor de mi pueblo, Talavera de la Reina, acaba de asesinar a casi toda su familia con un hacha y después se ha suicidado lanzándose al vacío desde un noveno piso. Me parece que no hace falta que añada nada más, ¿verdad?