miércoles, 7 de enero de 2009

Rebajas

Qué listo el que inventó las rebajas, ¿no? Qué espabilao el tío. Va y las coloca justo después de que te lo hayan regalado ya todo y de que tú te hayas gastado el dinero en regalar a los demás. Ahora, lo que no hayan querido los ciudadanos pudientes nos lo ofrecen a la chusma a precio rebajado, lo cual —conviene aclarar— no significa lo mismo que “precio barato”.
Bonito truco éste. Hacernos pasar por asequible lo que sigue siendo caro, sólo porque es un poco menos caro que antes. Me encanta el énfasis que le ponen los publicitarios para que Perogrullo parezca Platón, o sea, para que lo obvio nos resulte extraordinario. Ya me diréis, si no, qué sentido tiene eso de “Compre una camisa y llévese otra totalmente gratis”. No te jode. Si no es “totalmente”, no es gratis. Vamos, que si es parcialmente gratis, será, como mucho, barato. Que gratis, para entendernos, es como virgen o muerto. No admite matices ni medias tintas.
A pesar de todo, un enero sin rebajas es como un domingo sin depresión, así que llego a los grandes almacenes media hora antes de que abran y me sitúo estratégicamente para entrar el primero. De repente, un coro bullanguero me avisa de que el sitio está reservado. Es para Anselma, me dicen, que lleva 44 años entrando la primera al inaugurarse las rebajas.
Una señora que está a mi lado me dice que aspira a suceder algún día a Anselma, pero no para comprar antes que los demás. Su objetivo es que la saquen en el telediario y pedir un piso de protección oficial, que el suyo se lo van a embargar en breve por no pagar la hipoteca. Le digo que las noticias no valen para nada. Que mejor se vaya al Diario de Patricia o a algún programa similar, que ahí sí que lo consiguen todo. Un novio, un trabajo o una operación de cirugía estética. Ya están tardando los partidos políticos en presentar a la tal Patricia como candidata. Ésta lo arreglaría todo. Se acabaría la crisis y se terminarían las guerras.
En fin. Tampoco es que sirva para mucho ser el primero, porque el lío es el mismo al principio que al final. Imagino que los empleados de la tienda se pasan la noche anterior revolviendo los cajones y los estantes para que cuando abran las puertas lo encontremos ya todo revuelto, que si no, ni parecen rebajas ni nada. Y llegar antes tampoco te asegura encontrar el chollo del siglo. De hecho, lo que más se devalúa en las rebajas no son los precios, sino los derechos del cliente. Para empezar, no tienes derecho a cambios o devoluciones. Qué casualidad, justo en la época en que precisamente tu talla ha variado, aumentada por culpa de la Navidad y las comidas de empresa, o disminuida por culpa del marisco intoxicado... Además, en muchos sitios no te puedes probar la ropa, que ya sólo por la heroicidad de encontrarla te la tendrían que regalar. Menuda calamidad, esos cajones donde los calcetines viven mezclados con los pijamas y los calzoncillos con las bufandas. Encuentras un calcetín en un cajón de la planta 4 y tienes que ir a buscar su compañero a la planta 7, entre las bragas o los camisones de señora. Me agoto sólo de pensarlo…
Bueno, os dejo, que por ahí llega Anselma.

3 comentarios:

Khumeia dijo...

¡Ayyyy! ¡Qué tramposas las ofertas! Pero a por ellas vamos como ovejitas obedientes y con la cabeza baja. Nos hacemos acreedores a tremendos codazos y pisotones en la cola de espera, permitimos que algunas ancianitas mañosas nos "roben" el lugar, por respeto, claro. Nos aburrimos mortalmente esperando hasta que finalmente nos dan acceso a la tienda. Nos debatimos en la zozobra de adquirir algo que no nos quede porque no tenemos derecho a probarlo y nos enfrentamos resignados con el mal humor de los empleados que hartos de tanto lío y tanta gente, lo único que desean es que el día termineeeeeeeeee de una buena vez. Cuando por fin llegamos a casa con el orgullo herido, los pies ampollados y hechos polvo por el cansancio y el estrés, comprobamos que: ¡No, no nos queda! Entonces es cuando nos maldecimos interiormente por ser tan pero tan salames. ¡Je!

Me encantó.

Desirée dijo...

Pues yo necesito comprarme unos pantalones, pero sólo de pensar que para probármelos tendré que hacer cola, no se sabe el tiempo, me da una pereza que no veas.

Un saludo

PD: Ah, y el post muy divertido.

El último peatón dijo...

Yo pensé que eso de la pereza por probarse la ropa era un tic propiamente masculino, pero ya veo que no...

Gracias a las dos por la visita.