sábado, 6 de enero de 2007

La edad de hielo de las letras


No quisiera sonar apocalíptico, pero llevo ya algún tiempo observando un fenómeno que empieza a parecerme preocupante. Cuando los desastres se ven lejanos, tendemos a creer que nunca nos afectarán directamente. Es lo que pasa con todo lo referente a la ecología, el calentamiento del planeta, el cambio climático, el deshielo de los polos, etc. Tenemos conciencia de que algo ocurre, pero no saltará la alarma hasta que no nos afecte en la vida cotidiana. El día que abramos el grifo y no salga agua porque nos han restringido su consumo, por ejemplo.
Algo así está sucediendo desde hace tiempo con las letras, que me temo han pasado a ser una especie en vías de extinción. Ya sé que dicho ahora así, a bocajarro, parece el delirio fatalista de un chalado, pero no quisiera perder la oportunidad de llamar la atención sobre el particular.
Hace unas semanas leí que un profesor universitario había suspendido a alguno de sus alumnos por escribir el texto de un examen al estilo SMS. Semejante esperpento no es una excepción, sino un síntoma más de la enfermedad que ya nos ronda. El lenguaje abreviado de los mensajes telefónicos no tendría mayor trascendencia si sus usuarios acostumbraran a emplear asimismo el lenguaje real, el correcto, de una forma habitual. Lo malo es que ya nadie escribe cartas, ni siquiera postales, y los e-mails cada vez se parecen más a sus primos telefónicos. Ocurre entre los adolescentes en edad escolar, sí, pero también en las empresas, donde hombres de negocios con ínfulas imperiales son capaces de perpetrar correos electrónicos donde las mayúsculas o los acentos han sido desterrados como parias al más cruel de los olvidos.
Antes uno iba en el metro y veía a otros pasajeros entretener el viaje rellenando crucigramas. Hoy en día, el crucigrama ha sido reemplazado por ese laberinto numérico japonés llamado sudoku. Parece gratuito, pero no es así, tiene una explicación.
El número cada vez le gana más terreno a la letra. No voy a soltar ningún discurso trasnochado sobre el capitalismo, pero no me negará nadie que los tiempos actuales se caracterizan porque el idealismo ha sido aniquilado por una suerte de pragmatismo concreto: el económico.
La publicidad es un mercado en alza, pero eso no tiene que ver con la creatividad, sino con la rentabilidad. Los aficionados al fútbol hablan en el bar de fichas, traspasos, saneamiento del club y cláusulas de rescisión igual que si fueran accionistas en el consejo de administración del club. (Bueno, del club o la sociedad anónima, que a este paso la clasificación de la Liga terminará apareciendo en las páginas salmón del Expansión en vez de en el Mundo Deportivo o el Marca.) Los premios literarios cada vez se valoran menos por su prestigio y más por su dotación... Etcétera.
La letra literaria está siendo devorada por su pariente bastarda: la letra de cambio, el recibo domiciliado. Las letras de leer acabarán mutando en números, porque en el futuro nadie querrá explicaciones, sólo resultados. De seguir así, la vida de las palabras no acabará siendo secreta, como dice Isabel Coixet, sino directamente clandestina.

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