sábado, 13 de enero de 2007

Hablando se entiende la gente, y dialogando, no digamos


Vamos a ver si me aclaro, porque me tienen loco. No es la primera vez que he afirmado desde esta humilde tribuna que periodistas y políticos son los peores enemigos del idioma. Aquellos que se ganan la vida con el uso de la palabra son quienes peor la tratan. Menudo ejemplo.
Está de actualidad hablar de diálogo, aunque suene a redundancia. Sólo los cafres, los mendrugos, los obtusos de pensamiento, los reaccionarios, los necios, los cavernícolas sin evolucionar o las alimañas salvajes están en contra del diálogo. Siendo así, ¿cómo es posible que la palabra “diálogo”, en el contexto actual, provoque tanta polémica?
El problema es que parece ser que hay quien confunde diálogo con negociación. O, peor aún, no lo confunde, sino que lo considera sinónimo, lo cual, además de una patada en las partes nobles de la gramática, es una maniobra retórica con fines taimadamente políticos, o directamente electorales.
Por mi parte, no existe confusión alguna. Trataré de explicarlo de un modo muy sencillo. Diálogo es, por ejemplo, cuando mi novia y yo hablamos sobre la conveniencia o no de hacer el amor. Negociación sería la misma conversación, pero en vez con mi novia, con una prostituta.
Parece ser que nuestros políticos andan a la gresca, divididos entre estas dos maneras de conseguir la misma cosa. Quizá no hayan reparado en que la otra parte implicada, el lado oscuro del conflicto, no desea ninguna de las dos opciones. Lo que ETA quiere es sexo gratis y por la fuerza. Y eso, claro, no es diálogo, ni negociación, ni siquiera prostitución. Eso se llama violación, y salvo el propio violador, no lo quiere nadie.
Si dialogar significa tratar de convencer al tirano pistolero de que el terror y la muerte no son las mejores credenciales para hacerse respetar en este mundo de seres humanos imperfectos y pacíficos, de acuerdo, dialoguemos. Si el fruto de la conversación es libertad para criminales, prebendas políticas exclusivas o cualquier otra modalidad de claudicación ante la sinrazón, pues ni hablar.
Tal vez, no lo voy a negar, sea yo un poco ingenuo y fácil de timar, como le ha pasado al presidente del gobierno. Claro que, ya puestos, prefiero al tibio y dialogante Zapatero que al fogoso y monologuista Bush, quien, conociendo su alergia crónica hacia la diplomacia, a estas alturas ya habría bombardeado todo el País Vasco, el sur de Francia, y cualquiera sabe qué más.

domingo, 7 de enero de 2007

La longevidad de los tiranos


Cuando un tirano deja de respirar, una parte proporcional de la atmósfera se purifica y altera en tal medida que hace reverdecer praderas, repoblar bosques y engendrar retoños. Esto lo dijo el poeta uruguayo Ariel Leontini, y viene muy al caso para resumir los últimos días de este año 2006 que acaba también de exhalar su último suspiro.
El monstruo Pinochet falleció a la edad de Matusalén. Murió de viejo aquél que impidió envejecer a tantos a fuerza de ese sable que era más bien guadaña. Esto también me hizo recordar que el general Franco pasaba de los 80 cuando trasladó su residencia de forma definitiva al mausoleo del Valle de los Caídos.
¿Qué extraño fenómeno de injusticia poética otorga semejante longevidad a los tiranos?
Vivos aún o ya difuntos, los Castro, Milosevic, Ceaucescu, Sharon y compañía pueden presumir en éste o en el otro barrio de haber pasado el trámite de la tercera edad.
Puede que, en comparación, Saddam no haya muerto tan viejo, pero ha estado en el mundo el tiempo suficiente como para que nos cansemos de él. Lo hemos visto irse con una maroma de amarrar buques rodeándole el cuello, en una escena truculenta de Spaghetti Western que habrá hecho las delicias del vaquero Bush, más joven que todos los mencionados, pero tan retrógrado y brutal que nos remonta, no ya a Matusalén, sino al primer antepasado del eslabón perdido.
Pero, qué remedio, llegaba el fin de año y tocaba rendirse a la costumbre. Estaba dispuesto a celebrarlo con uvas y gayumbos rojos, preparado para batirme en duelo dialéctico durante la tradicional discusión familiar, listo una vez más para enunciar manidos propósitos de esos que no se cumplen. Incluso me había olvidado ya por completo de los últimos dictadores muertos, y entonces… ¡Mierda! Va y resucita el último de los tiranos, aquél que no se extinguió con el caudillo y la llegada de la Transición, el tirano post-franquista que ha despertado del coma, alertado sin duda por la perdida reciente de sus dos colegas en Chile e Irak.
Ha vuelto ese monstruo indeseable de violencia reaccionaria y fanática para jodernos la Nochevieja y que despidamos el año pensando en bombas y sangre, en vez de en la lotería, el gimnasio o en dejar de fumar. Este tirano no es todavía anciano, pero va camino de ello. Fuimos optimistas durante unos meses, curiosamente nueve, el tiempo justo para engendrar y alumbrar a una nueva criatura asesina. Así que, tal vez, fuimos también ingenuos, ilusos, pero siempre pacíficos, eso no nos lo va a quitar nadie.
Los dos fallecidos en el atentado del aeropuerto de Barajas eran de origen ecuatoriano. Qué triste estar sufriendo a diario los recelos de quienes no te aceptan por ser extranjero, para terminar estafado por una compañía aérea corrupta o sepultado entre toneladas de escombros. Algunos son españoles sólo para lo malo.
Que ambos descansen en paz, y esperemos que este tirano de tres letras sea una excepción, y no muera de viejo.

sábado, 6 de enero de 2007

La edad de hielo de las letras


No quisiera sonar apocalíptico, pero llevo ya algún tiempo observando un fenómeno que empieza a parecerme preocupante. Cuando los desastres se ven lejanos, tendemos a creer que nunca nos afectarán directamente. Es lo que pasa con todo lo referente a la ecología, el calentamiento del planeta, el cambio climático, el deshielo de los polos, etc. Tenemos conciencia de que algo ocurre, pero no saltará la alarma hasta que no nos afecte en la vida cotidiana. El día que abramos el grifo y no salga agua porque nos han restringido su consumo, por ejemplo.
Algo así está sucediendo desde hace tiempo con las letras, que me temo han pasado a ser una especie en vías de extinción. Ya sé que dicho ahora así, a bocajarro, parece el delirio fatalista de un chalado, pero no quisiera perder la oportunidad de llamar la atención sobre el particular.
Hace unas semanas leí que un profesor universitario había suspendido a alguno de sus alumnos por escribir el texto de un examen al estilo SMS. Semejante esperpento no es una excepción, sino un síntoma más de la enfermedad que ya nos ronda. El lenguaje abreviado de los mensajes telefónicos no tendría mayor trascendencia si sus usuarios acostumbraran a emplear asimismo el lenguaje real, el correcto, de una forma habitual. Lo malo es que ya nadie escribe cartas, ni siquiera postales, y los e-mails cada vez se parecen más a sus primos telefónicos. Ocurre entre los adolescentes en edad escolar, sí, pero también en las empresas, donde hombres de negocios con ínfulas imperiales son capaces de perpetrar correos electrónicos donde las mayúsculas o los acentos han sido desterrados como parias al más cruel de los olvidos.
Antes uno iba en el metro y veía a otros pasajeros entretener el viaje rellenando crucigramas. Hoy en día, el crucigrama ha sido reemplazado por ese laberinto numérico japonés llamado sudoku. Parece gratuito, pero no es así, tiene una explicación.
El número cada vez le gana más terreno a la letra. No voy a soltar ningún discurso trasnochado sobre el capitalismo, pero no me negará nadie que los tiempos actuales se caracterizan porque el idealismo ha sido aniquilado por una suerte de pragmatismo concreto: el económico.
La publicidad es un mercado en alza, pero eso no tiene que ver con la creatividad, sino con la rentabilidad. Los aficionados al fútbol hablan en el bar de fichas, traspasos, saneamiento del club y cláusulas de rescisión igual que si fueran accionistas en el consejo de administración del club. (Bueno, del club o la sociedad anónima, que a este paso la clasificación de la Liga terminará apareciendo en las páginas salmón del Expansión en vez de en el Mundo Deportivo o el Marca.) Los premios literarios cada vez se valoran menos por su prestigio y más por su dotación... Etcétera.
La letra literaria está siendo devorada por su pariente bastarda: la letra de cambio, el recibo domiciliado. Las letras de leer acabarán mutando en números, porque en el futuro nadie querrá explicaciones, sólo resultados. De seguir así, la vida de las palabras no acabará siendo secreta, como dice Isabel Coixet, sino directamente clandestina.