martes, 18 de diciembre de 2007

Predicando con el ejemplo

Leo hoy que el enemigo acérrimo de Fernando Alonso (qué digo de Alonso, ¡de la patria hispana entera!), o sea, el inglés Lewis Hamilton, ha sido pillado en una autovía francesa cuando circulaba a 196 kilómetros por hora, lo que le ha acarreado una sanción económica de 600 euros, más la consecuente retirada del permiso de conducir durante un mes.
Imagino a nuestro amigo Lobato frotándose las manos con fruición maliciosa, reventando la memoria del móvil de su idolatrado Alonso con mensajitos de euforia carroñera, similares a los que a voz en grito nos regaló meses atrás cuando al demoníaco Hamilton se le averió el coche en plena carrera y las posibilidades del asturiano desaborido parecieron multiplicarse milagrosamente (luego todo fue un espejismo, claro, aunque les quedó el consuelo de la victoria final del finlandés Raikkonen).
Por muy subcampeón del mundo de Fórmula 1 que sea, el tal Hamilton no se librará del implacable código de circulación, lo cual me parece apropiado y justo, aunque 600 euros para el chiquillo (salvo que el ministro Solbes diga lo contrario) debe de ser una cantidad irrisoria.
Ahora bien, no entiendo por qué no se habló en los mismos términos hace escasos días, cuando el campeón de los campeones, el conspicuo y chulángano Schumacher, no pudo evitar la tentación de ponerse al volante del taxi que le llevaba al aeropuerto, justificando el numerito narcisista con la pobre excusa de que perdería el avión.
No quiero ni imaginar la de normas que infringiría el chulopisicinas teutón para conseguir su objetivo y, de paso, volver a ocupar portadas de prensa. Sin embargo, como Schumacher, aunque arrogante y poderoso, no es Lucifer (Hamilton, según parece, es la misma encarnación del Diablo), y como además está ya retirado y eso significa que no constituye una amenaza para que el mimado Alonso pueda ganar su tercer título mundial la próxima temporada, pues eso, que cómo mola ir a toda hostia zigzagueando entre los coches como en un videojuego y jugarse su pellejo, el del taxista, y el de los demás conductores en ruta.
En fin, ya puestos, que cunda el ejemplo. Imaginemos titulares como “Arguiñano se mete en la cocina de un bar a freír patatas y rebozar calamares porque el servicio era muy lento”. O éste otro: “Alfredo Landa se sube a un escenario y recita el texto de la obra a toda leche para poder salir antes del teatro y llegar a tiempo a su partida de mus” (esta noticia iría acompañada de un subtítulo que diría: “Algunos presentes aseguran que finalizó su monólogo con la frase ‘Garci, que te den’”). O bien: “El juez Garzón salta al césped del Bernabéu para decretar el final del partido y evitar el tiempo de descuento, ya que llegaba tarde a un juicio”. O, si no: “Pedro Solbes, sorprendido leyendo el Playboy en el retrete del Congreso de los Diputados”. El subtítulo añadiría: “El ministro ha declarado que hay que predicar con el ejemplo, y que él siempre ha sido de conejo”.
Pues eso.

martes, 11 de diciembre de 2007

Soberbia ibérica y chovinismo yanqui


Tenemos por aquí la temeraria costumbre de mofarnos a menudo de los ciudadanos norteamericanos a costa de su presunta incultura geográfica, la cual, aun siendo una secuela innegable de su ombliguismo imperial, no es en absoluto una carencia que les afecte en exclusiva.
Estoy harto de oír aquí y allá que si los yanquis no saben localizar Europa o incluso Sudamérica en un mapamundi, o que si creen que España está al lado de México (o que es México mismo), y cosas así, ya sabéis, seguro que a vosotros también os suena esta cantinela.
La cuestión es que yo no estoy muy seguro de si los escolares de aquí, o los adultos supuestamente cultivados en las enseñanzas básicas, sabrían (sabríamos) señalar sin titubeos en las páginas de un Atlas la ubicación de Sierra Leona, Sri Lanka, Haití, Indonesia o Jordania.
Es más, para qué ser tan rebuscados: digamos Israel, Bielorrusia, Hungría... O Argelia, Tanzania, Japón, Honduras, Uruguay, Malta…
Yo os propongo que mañana llevéis un mapa al trabajo, o al bar donde quedéis con los amigos, y juguéis al “quién sabe dónde”, versión toponímica (nada que ver con Lobatón, ¿eh?). A lo mejor resulta que nos parecemos a los estadounidenses más de lo que creemos o de lo que nos gusta admitir.
Esto viene a colación de un asunto bastante distinto, la verdad sea dicha. Es lo que tiene la asociación de ideas.
Resulta que, mientras esperaba el autobús y me distraía mirando el anuncio colocado en la marquesina, he pensado que uno de los reclamos más utilizados para publicitar las películas de animación es dar a conocer los nombres de los actores de doblaje. Me he fijado en que los norteamericanos suelen recurrir a sus estrellas de carne y hueso, y así, en los carteles promocionales de estos filmes de dibujos animados figuran nombres como los de Jeremy Irons, Sharon Stone, Johnny Depp, Glenn Close, Woody Allen, Kathy Bates, Eddie Murphy, Sigourney Weaver, John Cleese, John Goodman, Sylvester Stallone, Renée Zellweger o el mismo Antonio Banderas.
Sin embargo, si echáis un vistazo a las versiones dobladas al castellano, veréis que los nombres que aparecen son del tipo Andreu Buenafuente, Jordi González, Florentino Fernández, Manel Fuentes, Arturo Valls, Cruz y Raya, etcétera; es decir, se recurre a cómicos y presentadores de televisión en lugar de echar mano de los actores propiamente dichos (ya sé que el protagonista “vocal” de Bee Movie en su versión original es Jerry Seinfeld, un cómico televisivo de pro, pero en este caso hay que tener en cuenta que es también uno de los autores de la historia y del guión que han dado lugar a la película).
Yo no me planteo si unos lo hacen mejor que los otros. No dudo de las dotes profesionales de los cómicos mencionados para doblar a los personajes de animación, y estoy seguro de que el público queda satisfecho, a tenor de los resultados de las taquillas y las ventas de DVD. Pero, aun así, creo que el reclamo verdadero no se fundamenta en el posible buen hacer de los dobladores, sino en el simple hecho de que sus nombres y sus voces son infinitamente más familiares que las de los actores de cine. Por ejemplo, resulta francamente curioso el caso de Cars, en cuyo doblaje participaron, además de toda una legión de pilotos y periodistas, el inevitable Fernando Alonso y, cómo no, su inseparable Lobato (luego pensaréis que estoy obsesionado porque digo que están hasta en la sopa, pero a las pruebas me remito).
Será un síntoma más de esa aparente y permanente crisis que se le achaca al cine español desde que el mundo es mundo. Será que aquí no tenemos “estrellas” en el sentido tradicional de la expresión. Será porque no se puede luchar contra la todopoderosa televisión. Será por lo que sea, pero mientras observaba el cartel anunciador de la película Donkey Xote en la parada del bus, he supuesto que para los espectadores autóctonos no debe de suponer ningún aliciente identificar en los créditos de un filme a Carmelo Gómez, Eduard Fernández, Carmen Maura, Javier Bardem, Adriana Ozores, Eduardo Noriega, Juan Diego, Maribel Verdú, Federico Luppi, Cecilia Roth, Marta Etura, Javier Cámara, Victoria Abril, Candela Peña, Jordi Mollá o Antonio Resines, por nombrar a unos cuantos de los más o menos punteros del panorama interpretativo nacional.
Pues nada. La próxima de Disney o de Pixar, con las voces de Mariñas, Íker Jiménez, el Yoyas y Bienvenida Pérez. Es coña, pero tiempo al tiempo. Para que luego nos riamos de los yanquis.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Interludio intermitente


Se avecinan días de celebraciones, banquetes, reuniones más o menos festivas, compromisos disfrazados de ocio y juergas disfrazadas de nobles tradiciones.
Serán días de empachos, resacas, insomnios, cogorzas, reencuentros, viajes, tensiones, estipendios, números rojos, regalos, discusiones, conflictos, lágrimas, abrazos, champán, colesterol, cachondeo, deseos, noches largas, gayumbos rojos, niños de San Ildefonso y domingos con Corte Inglés.
En medio de semejante jaleo, este peatón tendrá algún que otro hueco para seguir visitando y actualizando con regularidad esta página, pero me disculparéis si durante los próximos días mis apariciones se vuelven informales y esporádicas, ya que un servidor, igual que todos vosotros (y por fortuna, desde luego), también tiene familia, amigos, compañeros, colegas y conocidos, y por mucho que reneguemos cada año de los inevitables compromisos y de los sablazos considerables que sufrimos a costa de esa cosa llamada Navidad, parece existir una fuerza superior salida de no se sabe dónde que termina siempre por arrastrarnos y despojarnos del libre albedrío y el sentido de la originalidad durante los últimos días del año.
Así pues, entre turrón y turrón, seguiremos en contacto, aunque sea de forma intermitente y para no perder las buenas costumbres, pero espero que sepáis perdonarme esta breve indisciplina y sobre todo que no vayáis a pensar que mis puntuales ausencias se deban a que finalmente haya perecido atropellado por algún ciclista kamikaze o por un resentido ídolo del tándem Lobato-Alonso.
Suerte a todos y salud para la Visa.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Ultrapeatonismo radikal


Hoy mi vida se ha visto en serio peligro por partida doble, y ambas contingencias han sucedido en el breve transcurso de unos siete u ocho minutos.
Para empezar, un ciclista de esos que se creen más modernos y más progres que yo porque van esquivando viandantes a toda leche por una acera estrecha, ha provocado una especie de efecto dominó al calcular mal su filigrana y rozar con un pedal la bolsa de la compra que una señora más bien anciana y chaparra portaba con no poco esfuerzo y a paso de procesión.
La mujer, más por el susto, creo yo, que por la propia fuerza del impacto, se ha balanceado hacia su izquierda, chocando contra mí y provocando que yo tuviera que saltar el bordillo de la acera, quedándome plantado en el carril de los taxis y autobuses. Por pura chiripa no pasaba ninguno en ese momento, y aquí estoy, sano y salvo contando la anécdota.
Minutos después, me disponía a cruzar por un paso de cebra sin semáforo. A cierta distancia se acercaba una moto y, detrás de ésta, un coche. El tramo a cruzar era corto (no más de tres metros), así que, amparado en la presunta preferencia que me confería mi condición peatonal, he iniciado el paso en busca de la otra acera.
Entonces, el motorista, que o bien tenía prisa o bien era pariente cercano del ciclista de antes, ha decidido que, en vez de detenerse para dejarme pasar, lo mejor era esquivarme haciendo un pase torero de dos orejas y rabo, sorteando mi cuerpo por la espalda y dejándome sordo con la pedorreta de su motor y casi ciego con el humo despedido por el tubo de escape.
Suerte que el conductor del coche que iba detrás no debía de tener ínfulas taurinas ni circenses, y ha hecho lo correcto, o sea, pararse, aunque a esas alturas yo ya había alcanzado la acera gracias a un respingo que ni Spiderman en hora punta.
Lo que ha pasado después es que, al ir a cruzar por el siguiente paso de cebra, me lo he pensado muy mucho y hasta que no he visto al coche de turno totalmente quieto delante de las rayas blancas del suelo no me he atrevido a caminar. Según iba cruzando me ha salido espontáneamente un gesto muy típico de los peatones en los pasos de cebra, que no es otro que el de alzar la mano en señal de agradecimiento hacia ese conductor solidario que respeta nuestra preferencia.
Es injusto que yo deba darle las gracias a alguien por no atropellarme en un lugar donde los derechos me amparan y la obligación de pararse es suya, ¿verdad? Pues así está el tráfico. Y la vida misma. Qué os voy a contar.
Pero bueno, no todas las noticias son malas para los peatones. Hoy he leído que se van a llevar a cabo unas obras en la calle Balmes de Barcelona (una de las avenidas principales que recorren la ciudad de punta a punta), mediante las cuales se suprimirá uno de los carriles de la calzada para hacer las aceras más anchas. No digo yo que esto no sea para ahorrarse el carril bici y, de este modo, sacar dos cosas por el precio y el esfuerzo de una, ya que está comprobado que los ciclistas siguen prefiriendo circular por la acera antes que jugarse el pellejo por las vías alternativas, pero en la biblia agnóstica de este peatón el ensanchamiento de las aceras equivale a la división milagrosa de las aguas del Mar Rojo, así que, bienvenida sea la iniciativa.
Por cierto, si alguien creía que con el proyecto Bicing se iban a solucionar los problemas de tráfico, que sepa que lo lleva crudo.
La proliferación de bicicletas no ha reducido la afluencia de coches y motos, sino la de peatones. Es decir, gente que antes iba andando o en metro ahora va en bici, con lo que son las aceras las que empiezan a sufrir problemas típicos de las calzadas urbanas y las autopistas, como los embotellamientos, los atropellos y las colisiones.
En consecuencia, tampoco tenemos una ciudad menos contaminada. Si el número de vehículos a motor es el mismo, los humos y gases desprendidos seguirán siendo los mismos. Como no cambie la cosa, el título de este blog dejará de ser una simple ironía para convertirse en una profecía.
Ya veis, hoy tengo el día de peatón radikal (y lo escribo con k porque suena más contundente y rebelde).

lunes, 3 de diciembre de 2007

Brindemos por Martin


Ya puede verse en la página web de Freixenet el corto que ha filmado Martin Scorsese como soporte publicitario de este año para esta marca de cava que, igual que los turrones El Almendro, siempre vuelve a casa por Navidad.
Hace un par de meses ya os manifesté mi curiosidad por saber cómo afrontaría el encargo el director neoyorquino. Se suponía que el cometido de Scorsese pasaba por dar un giro innovador a la habitual apariencia de verbena casposa que solían tener estos anuncios, parientes cercanos de la nocturnidad hortera de una gala televisiva cualquiera dirigida por José Luis Moreno.
Las virtudes cinematográficas del autor de Taxi Driver, Toro Salvaje y Uno de los nuestros estaban fuera de toda duda, pero, ya se sabe, casi todo el mundo es capaz de aparcar puntualmente su carisma a cambio de una cuantiosa remuneración.
Como soy gran admirador de Scorsese, no me apetecía verlo menospreciado por haber cedido servilmente a los intereses mercantiles de los magnates del espumoso, y por eso tenía mis reservas (y esto no es un chiste malo a costa del título de la campaña propiamente dicha, la cual se ha bautizado como La clave reserva).
Scorsese no me ha defraudado (Uff…). El tipo es listo, y ha sabido salir del envite a lo grande. Se ha inspirado en Hitchcock para hacer un cortometraje de 8 minutos en el que simula haber encontrado un guión inacabado del maestro del suspense y, a partir de esta premisa, rueda una secuencia de intriga en un teatro utilizando recursos propios de Don Alfredo (los primeros planos de objetos, la rubia de bote, su inigualable forma de filmar cogotes…) y regalando guiños fácilmente identificables de toda su filmografía (Recuerda, Encadenados, El hombre que sabía demasiado, Con la muerte en los talones, Vértigo, Crimen perfecto, La ventana indiscreta, Los pájaros…).
A esto le unimos créditos estilo Saul Bass y música de Bernard Hermann, y nos queda el anuncio del año, una mini-película de Hitchcock rodada por Scorsese; casi nada.
Un suculento aperitivo previo a una Navidad que algunos ya intuyen precursora de importantes cambios. A la jubilación consabida del calvo de la Lotería y a la ausencia del inefable Ramón García en las uvas televisadas habrá que unirle, además del corto de Scorsese, un discurso del Rey que seguro batirá registros de audiencia gracias a su reciente rifirrafe con Chávez.

P.D. Los que piden letra para el himno nacional, ya tienen la primera línea: “¿Por qué no te callas?”; y luego: “Tan tan tachán, tan tan tachán…”.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Pereza preelectoral


Cada vez queda menos para que haya elecciones de nuevo y ya me está entrando una pereza que ni os cuento.
Vaya gol que nos colaron en su día con lo de la precampaña, por cierto. Se supone, digo yo, que la campaña electoral es ya en sí misma una fase previa, un prolegómeno de la legislatura o mandato que se elige en las urnas.
Pero los insaciables políticos necesitaban más, claro está. Se les quedaba corto el periodo habitual de promoción propagandística y se sacaron de la manga otro tramo previo a lo previo, que en rizar el rizo y enredar la retórica no hay quien los gane.
Con ello, la otra parte interesada en el meollo —es decir, la prensa— no tardó en dar su aprobación a esta nueva estrategia, sumándose incondicionalmente a la misma y saturándonos con la artillería pesada de promesas y diatribas que caracteriza a toda campaña electoral con casi medio año de antelación.
Huelga decir que me aburren soberanamente las monsergas de los candidatos, pero de esto se puede escapar, por difícil que parezca. Uno puede huir de los medios de comunicación, intoxicados y manipulados más que nunca durante esta época previa a los comicios. Aún estamos a tiempo.
Pero de lo que resulta imposible evadirse es del ambiente cotidiano que se crea como consecuencia de esta avalancha de electoralismo glotón y lucrativo. Y es esto lo que más me fastidia.
Casi todo el mundo, como es natural, es simpatizante de algún partido. Yo, sin embargo, no comulgo con ningún catecismo político, y eso me coloca siempre en la incómoda posición de aparentar la ideología contraria de quien me habla.
Seguro que os pasa a otros tantos. Cada vez que alguien pretende defender a su político favorito ante mí, yo siempre tengo alguna objeción que hacerle, de lo cual mi interlocutor deduce que soy votante del enemigo. Cosa absurda, pues mis conjeturas o discrepancias siempre rezuman escepticismo y nunca proselitismo alguno, pero ya sabemos cómo es esto de defender los colores presidenciables, que en poco o nada se diferencia del forofismo futbolero.
Así que ahora las charlas entre amigos, las sobremesas de domingo, las tertulias de la hora del bocata, o sea, todo, o casi todo, será hablar de política. Mejor dicho, será hablar de educación, de economía, de seguridad, de urbanismo, etc., pero no desde la perspectiva individual de cada mente librepensadora, sino amparados en el marco de la defensa o el descrédito hacia uno u otro partido en liza.
Un coñazo.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Anatomía de un bolero


Ayer tuvimos una tarde gélida, típicamente prenavideña, con lo que no cabía mejor opción que la de refugiarse en un entorno acogedor, inspirador y calentito como el que nos proporcionaba el Bohemia Café & Barcelona.
Y así fue, tal como estaba programado, que celebramos una agradable charla o tertulia acerca de mi novela Bolero envenenado, con preguntas y opiniones para todos los gustos, con interesantes sugerencias y reflexiones, y, por encima de todo, con sentido del humor y predisposición al desenfado, que bastante fama de pelmazos tenemos ya los autores en general como para tirarse uno aquí el rollo en plan “departimos con enjundia y profundidad sobre las cuestiones esenciales de la existencia humana y otras elevadas premisas no aptas para iletrados”.
Nada de eso, os lo aseguro.
Por ello, mi comentario de hoy no podía tener otra intención que la de daros las gracias a todos los amigos que me acompañasteis ayer, y extenderlas asimismo a los que sé que hubierais estado de haber podido, y también a los que me habéis venido siguiendo en el resto de actividades, bolos, eventos y reuniones (lo que da de sí un libro).
Y para los que accedéis a este blog peatonal desde Madrid, os avanzo que el próximo 10 de enero presentaré Bolero envenenado en la capital castiza.
Os seguiré informando...

Parte del equipo "Champions League" de tertulianos, después de casi dos horas de palique

miércoles, 28 de noviembre de 2007

La dignidad del naipe


Acabo de enterarme de que el póquer es un deporte. He visto una especie de vídeo promocional o publirreportaje en el que se afirmaba que “el póquer es el juego de cartas más popular en todo el mundo y es considerado tan deporte como el ajedrez”.
Imagino que la intención de quienes han realizado este vídeo es la de lavar en cierto modo la imagen un tanto marginal o de trastienda que puede tener el póquer y vendérnoslo como un juego más de andar por casa, al estilo de los bingos para el Inserso guiri que montan en ciertos hoteles de la costa.
Sinceramente, a mí me seduce más la imagen canalla y romántica de la timba de toda la vida, la del cuarto trasero del bar o del taller mecánico, con una camarilla de rufianes remangados, en tirantes o descamisados alrededor de una mesa redonda y repleta de vasos y botellas, al tiempo que se ahogan envueltos en una niebla espesa y tabaquera.
Esa otra cara del póquer, la más verbenera y hortera de los campeonatos mundiales y los casinos de Las Vegas me da incluso grima.
Pero lo que me ha llamado realmente la atención es el uso intencionadamente reivindicativo de la palabra tan, antes de deporte, que hace la voz en off del mencionado reportaje.
Ya sé que pretenden decirnos que el póquer no es un pasatiempo exclusivo de delincuentes y ludópatas, y que, por tanto, un buen jugador de cartas tiene derecho a presumir de su destreza igual que los prestigiosos ajedrecistas se pasean por el mundo impartiendo conferencias y desafiando a las computadoras.
Lo que ocurre es que yo nunca aceptaré que el ajedrez sea un deporte. Me da igual si lo llamamos pasatiempo o juego de estrategia, si es educativo o intelectual. Perfecto y admirable, sí. Pero deporte, lo que se dice deporte, pues no, porque no puede haber deporte cuando no hay ejercicio físico, por mucho que exista diversión, placer o competición.
Así pues, que el póquer sea tan deporte como el ajedrez importa poco. No debería renegar este tradicional juego de naipes de su propia casta, la del tute, el bridge, el mus o la pocha; ni siquiera de otros primos y parientes allegados como el dominó, la ruleta, el bingo o las carreras de galgos.
Que yo sepa, el único ajedrecista que practica deporte de verdad es Kasparov, a quien las autoridades de su país han detenido el otro día por enfrentarse a la policía
en Moscú, durante una manifestación en contra del presidente ruso, Vladimir Putin.
¿A qué jugará Kasparov para entretenerse durante los cinco días que va a pasar en el trullo? Se admiten apuestas.

lunes, 26 de noviembre de 2007

La importancia de llamarse Fernando

Me he enterado de que el periodista Ángel Antonio Herrera se quejó públicamente el otro día por la ausencia de representantes de la Familia Real en el sepelio de Fernando Fernán-Gómez, añadiendo con acerado retintín que no estaría mal que la monarquía se preocupara de vez en cuando por apoyar públicamente a alguien que no fuera Fernando Alonso.
El también periodista Víctor Amela, que es quien se hizo eco de las palabras de su colega Herrera en el programa de televisión que yo estaba viendo, aprovechó asimismo para expresar su particular saturación de "Alonsitis" o "Alonsomanía" en los medios.
Quienes sigáis esta página más o menos con regularidad, sabréis ya de mi ostensible y creciente alergia hacia la figura de Alonso, no tanto por sus escasas dotes de simpatía (que también) como por la insoportable y machacona adulación hacia su persona que nos regalan un día sí y otro también nuestros periodistas y famosos, en especial ese empalagoso ejemplo de pasión cegadora llamado Antonio Lobato.
Por supuesto que Fernando Alonso es un campeón, en el sentido literal de la expresión, y que hace bien su trabajo; faltaría más.
No obstante, vuelvo a insistir en los éxitos recientes de la selección española de baloncesto (campeona del mundo y subcampeona de Europa en apenas un año, con medio equipo jugando en la NBA) o la de fútbol-sala, que ayer mismo se ha proclamado campeona de Europa por segunda vez en su historia, y que, como la de sus homólogos baloncestistas, ya sabe también lo que es conquistar la copa del mundo.
Digo esto porque, si hay un deporte popular en nuestro país, ése es el fútbol-sala, practicado por millones de personas de todas las edades y latitudes autóctonas. Curiosamente, este dato no parece influir en los criterios informativos de la prensa, que sigue vendiéndonos las proezas de Alonso como si fueran únicas, y no lo son (insisto nuevamente: Carlos Sainz, Ángel Nieto, Miguel Induráin, los gimnastas Carballo y Deferr, las selecciones femeninas de gimnasia rítmica y natación sincronizada, Abel Antón, Martín Fiz, Fermín Cacho, Rafael Nadal, Arantxa Sánchez Vicario, Sergi Bruguera, Conchita Martínez, Álex Crivillé, Dani Pedrosa, la selección masculina de balonmano, la de hockey sobre patines, la de waterpolo, el Real Madrid, Severiano Ballesteros…).
Tomando nuevamente el hilo del principio, y sabiendo perfectamente que la realeza, por mucha realeza que sea, no posee el don de la ubicuidad ni el del desdoblamiento molecular, confieso que estoy de acuerdo con la opinión de Ángel Antonio Herrera.
Existen, como todos sabemos, unos premios llamados “Príncipe de Asturias”, los cuales reconocen trabajos o iniciativas que tienen que ver con la cultura, el pensamiento, la ciencia y las humanidades. Por otra parte, hemos visto al Rey más de una vez dando cabezadas o pugnando bravamente con el sueño en el transcurso de ciertos actos o eventos igualmente culturales o artísticos. El resto de la Familia Real se me pierde en un maremágnum de fundaciones, obras sociales y exposiciones diversas…
Es decir, que, siendo como era Fernán-Gómez una figura sobresaliente y poco habitual en el panorama cultural español, desde luego que pedía a gritos (aunque fueran de ultratumba) la presencia de algún Borbón o íntimo allegado en el momento de la despedida final.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Perversa fortuna


El relato de hoy es cierto. Ocurrió de verdad, según me han contado, hace unos treinta años.
Una pareja fue invitada a la boda de unos amigos en el peor momento para ello, ya que no atravesaban una buena racha económica. Ante el dilema de acudir al evento y asumir la consecuente ruina, o bien declinar la invitación poniendo cualquier excusa, los protagonistas optaron por la decisión más valiente y sincera: confesar a sus amigos que no tenían un duro.
Una vez sacado de encima el peso de la vergüenza —pues ya sabéis que en nuestra cultura uno debe sentirse culpable por el simple hecho de no llegar a fin de mes, sea esto consecuencia de lo que sea, mala suerte o despilfarro, precariedad heredada o dispendio voluntario—, pasado dicho trago, como digo, la pareja anunció a sus amigos que asistiría a la ceremonia y al banquete nupcial, aunque no podrían permitirse el detalle de hacerles un regalo.
Nada de esto importó a los anfitriones, quienes volvieron a insistir en que su satisfacción dependería de la presencia de los seres queridos en tan señalado momento, y no de la recaudación de bienes u obsequios propia de cualquier casorio al uso.
Así pues, la boda se celebró, y también el ágape subsiguiente. Precisamente mientras los convidados se ponían las botas a costa de los recién casados, entró en el restaurante un hombre vendiendo lotería.
Como prueba de que la generosidad es una virtud al alcance de cualquiera, incluidos aquellos que nada tienen (o en realidad mucho más propia de éstos), y como fuera que la conciencia de aquella pareja en bancarrota no terminaba de estar tranquila, lo que hicieron fue comprarle a aquel señor cuatro décimos de lotería y entregar los mismos como regalo de bodas.
Días después se celebró el sorteo, y seguro que algunos ya habéis adivinado lo que ocurrió.
Aquellos cuatro décimos pertenecían al número agraciado con el primer premio, circunstancia que convirtió a los recién casados en millonarios. La macabra ironía de todo el asunto está en que los pobres amigos que regalaron los afortunados billetes no compraron siquiera uno para ellos mismos, ya que el presupuesto sólo les alcanzaba para quedar bien con sus anfitriones. Eso sí, recibieron de éstos la cantidad de medio millón de pesetas en concepto de agradecimiento por aquel regalo que, inicialmente, había sido el más modesto, y que terminó revelándose como el más valioso de todos, tanto si atendemos a su cuantía material como a la naturaleza de su intención.
Llevo algunos días viendo la publicidad de la Lotería de Navidad para este año. El lema escogido es “La suerte es de todos”, y al leerlo, me ha venido a la memoria la anécdota que acabo de reproducir y que me contó no hace mucho un conocido.
Que la suerte sea de todos no quiere decir que con todos sea buena (ni justa).
No digo que esté mal poseer la facultad de transmitir la suerte al prójimo, pero, en caso de poder elegir, me parece a mí que aquella pareja con penurias económicas no habría escogido ser un talismán, sino estar en el otro bando, el que atrae la fortuna para sí.
En fin. Cada semana lo mismo. Jodidos domingos.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Por fin el miedo

Cuando hablé aquí sobre El orfanato os confesé la decepción que supuso para mí el comprobar que se trataba de una fantasía más o menos siniestra, pero a la vez demasiado leve como para dar auténtico miedo. Esta falta de contundencia aterradora, sumada a la excesiva familiaridad respecto a otros títulos del género, provocó que el filme de Juan Antonio Bayona quedase por debajo de mis expectativas.
Por ello, y aunque me apetecía mucho ver REC, fui al cine con todos los reparos posibles y vacunado contra un presunto nuevo brote de pólvora mojada. Sus referencias, tanto conceptuales (El proyecto de la bruja de Blair, o incluso Holocausto caníbal) como argumentales (fundamentalmente, las recientes 28 días después y 28 semanas después), no hacían presagiar nada original.
Pero, amigos, qué placer da equivocarse cuando lo que se obtiene a cambio es una sesión magistral de cine de terror como la que nos imparten Balagueró y Plaza con su película. Qué gusto pasar miedo cuando es eso lo que uno busca.
Con astucia, los directores sitúan la historia en el contexto de un falso programa de telerrealidad. Imaginaos un típico reportaje cutre-costumbrista de España Directo o El buscador que acaba convirtiéndose en una odisea siniestra y sangrienta.
Ese estilo televisivo, unido al buen trabajo interpretativo de los actores, que desprenden espontaneidad por todas partes, hace que te metas en la pesadilla y termines la función con agujetas en todos los músculos y con los oídos derretidos por el efecto abrasivo de un millón de alaridos de pánico.
REC asusta, inquieta, es de esas pelis que hacen al público llevarse las manos a la cara, dar un bote en la butaca y dejar sin sangre el brazo de su acompañante de tanto apretarlo. Todo ello a base de los recursos legítimos del género, es decir, con sonidos de verdad (básicamente guturales) y no con efectos de estudio, consiguiendo el difícil equilibrio entre mostrar lo justo y no escatimar nada, moviendo la cámara in situ y no con trucos de sala de montaje
Por si fuera poco, hasta los momentos de respiro, que suelen ser puro relleno en este tipo de películas, funcionan gracias a su adecuada mezcla de dramatismo documental y humor negro. Sabido es que, en este género, el diseño de los personajes tiende habitualmente a lo esquemático, apoyado en simples estereotipos. Los interludios entre un susto y otro suelen llenarse con absurdos e inverosímiles episodios románticos que contribuyen a rebajar la tensión y a hacernos adivinar quién morirá y quién se salvará.
Pero Balagueró y Plaza pasan de todo eso, y, fieles al espíritu realista del proyecto, utilizan también a sus personajes para tratar con una ironía sutil y puñetera cuestiones cotidianas que atañen al hecho contemporáneo de vivir en una comunidad cada vez más plural y variopinta.
Y todo en apenas una hora y cuarto, una proeza sin parangón en esta época de metrajes infinitos que atentan contra la paciencia humana y la integridad de nuestras vejigas.
Presumo que El orfanato acaparará nominaciones y premios en la próxima edición de los Goya, y que a REC se le reservarán, en todo caso, algunos de los referidos a los aspectos técnicos. Además, imagino también que el premio a la actriz revelación se lo llevará Gala Évora por hacer de Lola Flores (cumpliéndose una vez más la norma tópica e injusta que tiende a premiar la simple recreación, por brillante que ésta sea, en detrimento de la creación genuina), pero aun así mi actriz revelación del año es sin duda Manuela Velasco, la reportera pizpireta de REC (en un rol que, consciente o inconscientemente, tiene algo de autoparódico), un dechado de credibilidad desde su candoroso arranque tipo “la becaria más trepa de la redacción” hasta la última secuencia del filme, de una textura visual casi onírica y que representa la pura estampa del horror.
Fijaos que me gustan Mataharis y La soledad, pero tal vez REC se merezca el premio a la película española del 2007 por su inusual atrevimiento y su desenfadado desparpajo, tan libre de complejos como de pretensiones.
En un año en que, debido a la polémica ley del cine, se ha vuelto a poner de manifiesto la falta de química entre el público, los exhibidores y los creadores, quizá proceda más que nunca premiar a una obra que demuestra la existencia en el panorama ibérico de cineastas con la capacidad suficiente para atraer espectadores, para darles lo que quieren, evasión, entretenimiento bien hecho, y sin dejar en casa la materia gris, que para saber entretener también hacen falta las neuronas.
Me vais a hacer el favor de no esperar al remake norteamericano, que será peor seguro. Si os va el rollo “susto o muerte”, os gustará REC. Palabra de peatón.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

El extraño viaje a ninguna parte


Aunque para muchos sólo fuera un señor anciano cascarrabias que mandaba a la mierda a los periodistas y al más pintado a las primeras de cambio, Fernando Fernán-Gómez ha sido el ejemplo contemporáneo más ilustrativo de lo que normalmente llamamos un hombre renacentista.
Era el intelectual por definición: actor, escritor, director y guionista de cine, dramaturgo, Académico de la Lengua; y todo ello sin dejar de ser un personaje popular, tan prestigioso por su talento y erudición como familiar por su ubicuidad mediática. Era el sabio y el cómico, una combinación insuperable.
Era un genio auténtico, de esos capaces de hacer grande una película mediocre. Ahí está como ejemplo El fenómeno, de José María Elorrieta, comedia tan amable como rancia, carne de “Cine de Barrio”, pero que me gusta ver de vez en cuando porque me parto con Fernán-Gómez interpretando a un catedrático que es confundido con un futbolista ruso y obligado, por tanto, a sudar la camiseta y hacer campeón a su equipo.
Ahora que Don Fernando ha emprendido su extraño viaje particular a ninguna parte sin billete de vuelta, no quería dejar pasar la oportunidad de rendirle mi modesto homenaje.
Siempre lo recordaré como el director de La vida por delante, El extraño viaje y El viaje a ninguna parte, las cuales también protagonizó.
Como actor posee unas referencias de vértigo: Esa pareja feliz, El espíritu de la colmena, Pim pam pum fuego, El anacoreta, Mambrú se fue a la guerra, Belle Époque, Así en el cielo como en la tierra, La lengua de las mariposas, En la ciudad sin límites, El abuelo, Para que no me olvides, Todo sobre mi madre… El etcétera daría para un blog monográfico.
En la tele fue Lucas Trapaza, alias El Pícaro, y la voz de Don Quijote en una exitosa serie de dibujos animados.
Como rúbrica a este especie de panegírico póstumo, me quedo con unas palabras que le oí decir en un programa de televisión, hará unos quince años. El entrevistador, una vez referidas las múltiples disciplinas a las que Fernán-Gómez se dedicaba, lo calificó a éste como hombre polifacético, a lo que él respondió que quizá no era para tanto, pues todas las actividades mencionadas tenían que ver con la vocación artística, y además había muchas cosas que la mayoría de la gente sabía hacer y para las que él era un completo inútil. Concretamente, dijo: “No sé practicar ningún deporte, no sé nadar y no tengo carnet de conducir”.
Puesto que éste que escribe coincide literalmente con las tres carencias o inutilidades expuestas por el maestro fallecido, ya no me cabe ninguna duda de que su sabio espíritu velará por esta página virtual, cinéfila y peatonal.

lunes, 19 de noviembre de 2007

La verdad vive en la ficción

La nueva película de Brian de Palma, Redacted, pone los pelos de punta, la piel de gallina y los cojoncillos de corbata.
Los pelos de punta, por su estética de falso documental y la crudeza extrema de sus imágenes y diálogos. La piel de gallina, porque sabemos que está inspirada en hechos reales y nos resulta estremecedoramente familiar si la comparamos con las crónicas informativas de un telediario cualquiera. Y los testículos a la altura de la glotis, porque el discurso misántropo y descerebrado de algunos de sus personajes se sabe compartido por personas de carne y hueso, y sin necesidad de tener que cruzar el gran charco hasta los Estados Unidos.
En el año 2006, cuatro soldados estadounidenses destinados en Irak participaron en la violación de una menor y el posterior asesinato de ésta y parte de su familia. Evidentemente, nada de esto fue difundido por los medios de comunicación oficiales o convencionales. De este modo, el objetivo de la película es la denuncia tanto de las atrocidades cometidas por los soldados como de la manipulación de la opinión pública por parte del gobierno norteamericano. “La primera baja de la guerra es la verdad”, afirma uno de los protagonistas al comienzo de la historia. Más claro, imposible.
Por su parte, De Palma sostiene que “Si somos capaces de crear tanto desorden, entonces debemos enfrentarnos a las horrendas imágenes que son las consecuencias de estas acciones. Una vez vistas las imágenes de Vietnam, nuestros ciudadanos protestaron y llevaron ese equivocado conflicto hasta su fin”.
Pensemos que las prestaciones tecnológicas y las posibilidades de los medios informativos se han multiplicado por mil desde los años sesenta hasta nuestros días, y, sin embargo, sigue siendo necesario que determinados artistas recurran a la ficción contestataria para enseñarnos lo que la prensa nos oculta o sesga por sistema (y por amor al poder).
De Palma ya abordó un suceso similar en su película Corazones de Hierro, basada también en un caso de violación cometida por soldados americanos, aunque en aquella ocasión durante la guerra del Vietnam.
Para rodar Redacted, el director se ha nutrido principalmente de material audiovisual recopilado en Internet. Indagó en foros militares, leyó libros, visionó vídeos domésticos de soldados y visitó sus páginas web.
Así, el resultado estético del filme es el mismo que si se hubiera hecho un montaje tipo “recorta y pega” con todo ese material rescatado de la Red. Parece ser que la intención inicial podría haber sido la de realizar un documental compilando dicha información, pero, debido a impedimentos legales, la reproducción de las imágenes reales no hubiera sido viable, así que De Palma se decidió a rodar con actores y alterando algunos datos verídicos, si bien el resultado final es tan efectivo que uno tiene la sensación de estar viendo un auténtico documental.
En mi opinión, estamos ante una de las mejores películas de este veterano director, componente de una generación de cineastas que han sabido compaginar la evidencia de un sello indiscutible de autor con la virtud de saber llegar también a un público numeroso (Scorsese, Eastwood, Coppola, Spielberg, Pollack, Scott, Cimino, Kubrick, Lucas, Stone, Parker…). A lo largo de las tres últimas décadas, estos directores han aportado sus variopintas visiones sobre las dos guerras mundiales, la del Vietnam, la guerra fría, la del Golfo y hasta la de las Galaxias, además de todas sus correspondientes posguerras y secuelas ulteriores.
Pero los tiempos avanzan, y se hace necesario el testimonio de lo más contemporáneo. En este sentido, Redacted está estrechamente emparentada con Camino a Guantánamo (Michael Winterbottom), y también con la reciente Leones por Corderos (Robert Redford) o la celebrada Fahrenheit 9/11 (Michael Moore).
La filmografía de Brian de Palma es ecléctica y está repleta de cumbres y baches, pero su innegable oficio detrás de una cámara compensa no pocas veces sus patinazos, sobre todo a la hora de hacer el balance general de su obra. Me parece que le perjudican su obsesión por Hitchcock y sus veleidades manieristas (esa especie de fijación crónica por batir el Record Guinness del plano-secuencia y el contrapicado), pero sabe como pocos seducir al espectador con su forma de filmar y su inteligente sentido del espectáculo, alejado del infantilismo edulcorado reinante en buena parte del cine actual.
No hay que olvidar que hablamos del autor de Carrie, El precio del poder, Atrapado por su pasado, Los intocables de Elliot Ness, Doble cuerpo y Misión Imposible (también me gustan Misión a Marte y La dalia negra, aunque se le fuera la olla en ambas al llegar al desenlace). Si sumamos la estupenda Redacted a la lista, un mínimo de respeto sí que se merece el chaval, creo yo.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Si yo fuera...

Si yo fuera un tertuliano habitual de las vulgarmente conocidas como mesas de debate mediáticas, además de ostentar un rictus avinagrado y ulceroso de forma casi perpetua y de poseer una capacidad encomiable para estar en contra de lo que fuese siempre que hiciera falta, a estas horas de hoy tendría ya la lengua abrasada y herniada de tanto frote y verborrea en torno a las desavenencias conyugales de los señores de Marichalar.
Si yo fuera un contertulio especializado en materia política, hubiera sabido ensamblar a la perfección esta reciente noticia con los ecos aún candentes del rifirrafe diplomático que protagonizó el Rey junto a Zapatero y contra Hugo Chávez el pasado sábado, y con la excusa de la separación de los Duques de Lugo me habría explayado nuevamente en mis argumentos analíticos y didácticos acerca de la política exterior del Gobierno, y, en función de la línea editorial a la que estuviera adscrito, bien defendería una vez más la efectividad sensata del talante, o bien arremetería contra la pasividad eunuca de nuestro presidente (y si, más concretamente, fuera esa tertuliana iracunda y con perenne gesto de erupción hemorroidal aguda llamada Isabel San Sebastián, volvería a sacar a relucir eso de que la culpa de todo la tienen los amiguitos de ZP, el barbudo del chándal de Carrefour, el indígena de la chompa y toda esa chusma que nos manda a sus súbditos apestosos a quitarnos el trabajo y ensuciar nuestras calles… Da miedo, ¿verdad? Pues probad a ver u oír un coloquio en el que intervenga la mencionada señora. El muñeco diabólico es un Teletubby al lado de ella).
Si yo fuera un colaborador de la especie más altiva y selecta, y renegara por tanto de la etiqueta de simple tertuliano porque me gustara más ser tratado como “analista político”, despertaría a nuestra pobre opinión pública de su autocomplaciente letargo para revelar que, detrás de la confirmación de la separación de la infanta Elena y su marido, se esconde una hábil estrategia maquinada por el propio Rey Juan Carlos, cansado ya de que durante tres días seguidos no se hable de otra cosa que no sea su exabrupto (puede que ya exista un politono de móvil con el dichoso “¿Por qué no te callas?”; no lo descartéis), y para desviar por tanto el interés de los medios hacia otros pantanos informativos se le haya ocurrido ratificar de una vez por todas lo que, según parece, era ya vox populi.
Si yo fuera el típico invitado a las mesas de debate del corazón, quizá más livianas desde el punto de vista temático, pero aún más corrosivas, violentas y pretenciosas que las de sus colegas políticos, presumiría, para empezar, de que ya lo sabía todo desde antes de que naciera Froilán. Escribiría una lista que leería luego con tono repelente y marisabidillo, y la cual contendría todas las claves que hacían presagiar esta ruptura; también aprovecharía para fingirme escandalizado por el rumbo que está tomando esta monarquía de jipis y libertinos, con princesas divorciadas y casadas en segundas nupcias, y lo haría sin reparo ni rubor, del mismo modo que hasta ayer mismo, en esas mismas mesas de debate, se me habría caído la baba diciendo aquello de que nuestra Familia Real lleva a sus hijos al colegio, celebra las fiestas de su pueblo, compra en Zara o come gambas a la plancha como una familia normal, como una más, como si fueran los vecinos del cuarto segunda.
En fin, si yo fuera Aznar habría hecho exactamente lo mismo que ha hecho Aznar, o sea, llamar a Zapatero para darle las gracias, y si yo fuera Marichalar reservaría plaza para la próxima misión espacial a Marte, ya que es posible que sea el único lugar donde no hay corresponsales de Aquí hay tomate.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Pasotismo en defensa propia

Por más que uno haga lo humanamente imposible por darle un poco de alegría a la fría y oscura tarde otoñal, parece que el resto de mis semejantes sigue empecinado en restregarme por las narices que este mundo va irremediablemente hacia el desastre total.
He ojeado un par de periódicos, zapeado entre otros tantos telediarios y visitado las páginas principales de algunas webs de noticias, y éstos son los titulares que presiden la presunta actualidad del día:

“Desactivan dos explosivos en Getxo tras una llamada de ETA”
“Un policía italiano mata a un hincha del Lazio”
“El derrame de crudo en el Mar Negro, visto como un grave desastre”
“Detenidos más de 200 presuntos insurgentes al norte de Irak”
“Un joven muere en Madrid en una reyerta entre neonazis y antifascistas”
“Rajoy culpa a la política del Gobierno del incidente entre el Rey y Chávez”

Cabezón que es uno, no me he resignado a reducir la actividad reciente de mis semejantes a ese puñado de desgracias, atrocidades y despropósitos, así que, igual que un ciego que busca la dichosa aguja en el pajar, me he remangado cual panadero y he revuelto en el ingente panorama informativo hasta encontrar una noticia digna de esperanza o sonrisa.
No sé si es exagerado hablar de éxito, pero como mínimo me siento orgulloso de haber encontrado, no uno, sino dos titulares que invitan al buen rollo:

“Una vacuna contra la hipertensión sustituye a la medicación diaria”
“Aznar da las gracias a Zapatero y al Rey por su intervención contra Chávez”

Menos es nada. Pero no bastaba con esto. Mi intención era afrontar estas últimas horas lúgubres y dominicales con el optimismo a flor de piel, aunque fuera a costa de volverle la espalda al interés general.
Y aquí tenéis, amigos, mi peculiar forma de despedir la semana. Os prometo que las noticias son ciertas, aunque los titulares puedan sugerir un escaso respeto por la lógica y la cordura:

“En Australia, un cocodrilo agresivo pasa la noche en comisaría”
“Una intrépida anciana cumple 100 años con un salto en parapente”
“Bush comparó a Cheney con Darth Vader en el día de Halloween”
“Cambian los camiones por burros para recoger la basura en Italia”
“Una alemana encuentra un cuadro de valor en un sofá de mercadillo”
“Una viuda lleva flores durante meses a la tumba equivocada”
“Los millonarios rusos pagan por vivir como vagabundos”
“Cádiz prohíbe lanzar arroz a la salida de las bodas”

Que terminéis bien el domingo, y el que no pueda meterse en la cama con una persona interesante, que al menos lo haga con una sonrisa en la boca.

sábado, 10 de noviembre de 2007

A la vejez, viruelas (y malas pulgas)

Basta que unos y otros —periodistas o tertulianos, nacionalistas o republicanos a secas, Aguirres o Anasagastis, Raholas o Peñafieles, quienes sean—, basta, digo, que últimamente nos hayamos despojado del comedimiento o el prejuicio de cuestionar la monarquía, para que el Rey empiece a protagonizar episodios de airadas reprimendas o desplantes, abandonando de repente ese tradicional segundo plano que imagino tan saludable para conservar con equilibrio su figura institucional en una estado democrático que elige a sus gobernantes a través de las urnas.
Parece que por fin haya tomado conciencia de su posición de profe en el patio del colegio ibérico, y hemos pasado de verlo dando solemnes cabezadas en actos protocolarios o declamando su robótico y soporífero discurso de cada Navidad, a encontrárnoslo cada dos por tres repartiendo broncas e imprecando a cualquiera que le saque de sus reales casillas.
¿Será que ha entrado, dada su edad, en el club de los ilustres cascarrabias, junto a otros grandes como Fernán-Gómez, Labordeta o el recién fallecido Umbral?
No hace nada comentaba aquí el rifirrafe que el monarca tuvo con Esperanza Aguirre durante la comida del Día de la Hispanidad, y ahora, en menos de un mes, vuelve a la carga, con Hugo Chávez como “pareja artística”.
El tenso incidente se ha producido durante el acto de clausura de la Cumbre Iberoamericana celebrada estos días en Santiago de Chile.
El esperpéntico cacique venezolano intentó interrumpir, según parece, a nuestro presidente Zapatero, quien, por surrealista que os parezca, había exigido a Chávez respeto hacia el ex jefe del Gobierno español, José María Aznar, a quien, por su parte, el mandatario bananero había llamado en repetidas ocasiones “fascista”.
A todo esto, el Rey Juan Carlos, cabreado por la insolencia de Chávez, le espetó a éste un “¿Por qué no te callas?”, que sin duda quedará inscrito en la misma página de la Historia que el insuperable “¡A la mierda!” de Fernán-Gómez y el contundentemente mediático “¡He venido a hablar de mi libro!” de Umbral.
Al margen del altercado en sí, que imagino será algo habitual en eventos de este tipo, me quedo para la reflexión con la actitud de Zapatero, no en vano reputado artista del talante.
Ya sé que, dependiendo de la ideología que tengáis o del partido con el que simpaticéis, vais a interpretar de un modo u otro las palabras de nuestro presidente que dieron lugar a la bronca del Rey con Chávez.
A pesar de ello, me gustaría pediros que, siquiera por unos segundos, os olvidéis de colores, banderas, emblemas, insignias o consignas, y que, en un ejercicio de depuración extrema, saquéis de vuestra mente todo condicionante ideológico para poder leer la frase que a continuación os reproduzco con la inocencia cristalina de una Heidi cualquiera. He aquí la frase: “Se puede estar en las antípodas de una posición ideológica, y no seré yo quien esté cerca de las ideas de Aznar, pero fue elegido por los españoles y exijo ese respeto”.
Se avecinan comicios electorales, ya lo sabemos. La política se parece más al arte de restaurar las fachadas que al de asentar los cimientos, de acuerdo. Por regla general, nos parece más sincero un político que discrepa que otro que asiente o concede (allá nosotros). Vale, lo que queráis, pero no me negaréis que la frase de Zapatero mola.
¿Demasiado bonita para ser verdad? Seguramente. Pero habría que preguntarles a los venezolanos si prefieren la supuesta franqueza arrogante de su mandatario o el tan a menudo denostado buen talante de un gobernante democrático cualquiera.
No es que sea para tirar cohetes, pero cuando contemplo un hecho como el que hoy nos ocupa, me sale un sonoro suspiro de alivio y doy gracias por todas las cosas que casi a diario cuestiono o critico mientras me tomo un carajillo o escribo en esta página.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Yo que tú no lo haría, forastero

Tengo la impresión de que el público joven actual menosprecia sistemáticamente uno de los géneros cinematográficos con mayor solera: el western, o, como decimos aquí, las películas del Oeste.
Es verdad que este tipo de cine se extinguió prácticamente en los setenta, ahogado en el manierismo cuasi paródico de Sergio Leone y sus poco afortunados discípulos del Spaghetti Western.
Antes de su decadencia, nombres ilustres como Howard Hawks, Anthony Mann, John Ford, Herny Hathaway, Sam Peckimpah, George Stevens o Fred Zinemann cultivaron el género y dieron lugar a obras maestras e inmortales de la talla de Río Rojo, Río Bravo, Eldorado, Colorado Jim, Winchester 73, La diligencia, Pasión de los fuertes, El hombre que mató a Liberty Valance, Centauros del desierto, Valor de ley, Grupo salvaje, Raíces profundas o Solo ante el peligro.
En los últimos años, se pueden contar con los dedos de una mano los directores preocupados por reivindicar las historias de pistoleros, indios y forajidos al galope. Al margen de Clint Eastwood (Sin perdón, El jinete pálido), Kevin Costner (Bailando con lobos, Open Range) y Lawrence Kasdan (Wyatt Earp, Silverado), el Oeste sólo ha regresado a las pantallas de forma intermitente y más cerca de lo experimental que de lo canónico, a través de títulos como El perdón, Cenizas y pólvora, Dead man o Rápida y mortal.
Más raro resulta aún este ninguneo en una época donde abundan las segundas versiones y las revisiones de los clásicos, algo que proporciona un filón inagotable a la cada vez más perezosa industria (y no digamos ya en estos días, con los guionistas en huelga de folios caídos).
La escasa proliferación ha terminado creando en los espectadores contemporáneos una suerte de prejuicio que les incita a tildar a este género de lejano y arcaico, cuando no es así en absoluto, pues gran cantidad de las historias que se siguen contando en las películas modernas (incluyendo las inspiradas en videojuegos o comics) se apoyan en los temas esenciales mil veces abordados en el western.
La venganza, el perdón, la lealtad, la amistad, la pasión, la justicia, el poder, la supervivencia, la heroicidad, la solidaridad, la redención, las segundas oportunidades, la picaresca, el paso del tiempo, el lado oscuro de la civilización y el progreso… Éstos son algunos de los contenidos recurrentes de las películas del Oeste, perfectamente aplicables a nuestra realidad y a cualquier argumento de ficción.
La buena noticia es que, aunque agoniza desde hace tiempo, el western no se resigna a su cruel destino. Ahora nos llega una nueva y curiosa aproximación al género, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Andrew Dominik
No creo que nadie dude de la inmensa capacidad que poseen los norteamericanos para sacar provecho de sus mitos (si José María “El Tempranillo”, Luis Candelas o incluso El Lute hubieran nacido en el país de las barras y estrellas, es muy posible que hoy fueran más famosos que Fernando Alonso o Alejandro Sanz). A pesar de ello, y de que se han hecho unas cuantas películas sobre Jesse James, la figura de Robert Ford era casi desconocida para mí.
La historia de Ford es pariente cercana (por no decir hermana de sangre) de la de Mark David Chapman, aquel fan perturbado que hace ahora veintisiete años disparó mortalmente a John Lennon frente a su casa de Nueva York. La adoración que termina destruyendo al ídolo, el admirador que acaba devorando al mito y suplantando su lugar en la primera plana del periódico, el fanático que termina siendo víctima de su egocentrismo y que acaba arrastrando consigo al objeto de su fascinación. Un drama que se podría resumir también con una sentencia muy Made in America: “A todo Oswald le llega su Jack Ruby”.
Y así como el protagonista de Amadeus no era el repelente Mozart, sino el envidioso Salieri, aquí el peso de la historia recae sobre el cobarde Ford y no sobre el legendario James.
Brad Pitt ganó el premio de interpretación en el último festival de Venecia, pero quien lo merecía de verdad era Casey Affleck, que pone alma y pellejo con convicción al susodicho Robert Ford (estos días podéis verlo también en la estimable opera prima de su hermano Ben tras la cámara, Adiós, pequeña, adiós)
Desde luego que El asesinato de Jesse James… no será la típica peli que llene las plateas y contribuya a vender toneladas de palomitas. Es más bien para salas de versión original y amantes del cine de autor. Su larga duración y su ritmo parsimonioso pueden sacar de quicio a muchos, sobre todo si acuden al cine pensando en tiros y persecuciones a caballo (o si lo hacen por el simple reclamo comercial de Brad Pitt).
Por decirlo de algún modo, se trata de un filme espectacularmente intimista. No hace crónica de la vida delictiva de Jesse James, sino que muestra el ocaso de su leyenda, la desconfianza de sus secuaces en sus últimos días y la repercusión de todo eso sobre su vida personal y familiar. Las pocas escenas de acción son contundentes y de una concisión gélida que ayuda a reforzar su realismo y su adhesión al calificativo “crepuscular”, tópico donde los haya, pero inseparable del género desde los años 60.
Por suerte, mis temores iniciales no se materializaron. Lo digo porque, aunque me apetecía mucho ver esta película, sospechaba que pudiera tratarse de ese tipo de obra seudopoética y pedante que sólo responde al deseo narcisista de su autor de ser reconocido como un genio incomprendido y, por consiguiente, orgulloso de su marginalidad elitista.
Cierto es que Andrew Dominik, autor de la interesante Chopper (basada en la vida de otro auténtico criminal, en este caso australiano), utiliza un estilo inconfundiblemente moderno para abordar un género clásico, si bien, y pese a algún que otro alarde innecesario de pretendido vanguardismo, la película resulta visualmente brillante y carece sobre todo de los principales vicios que infectan últimamente a no pocos realizadores: el montaje crispado, el tembleque cámara en mano, la florituras sincopadas de videoclip y la manía de meter con calzador canciones rockeras en un contexto impropio.
En fin, que yo estoy de enhorabuena porque el western aún sigue vivo. Si queréis pensar que ha muerto, sois libres, pero yo que vosotros no lo haría, forasteros.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Humillación de saldo


Aunque os suene algo anodino e irrelevante, es mejor que primero os ponga en antecedentes para poder contextualizar debidamente la anécdota de hoy, que sin duda pasará a formar parte de la lista de grandes éxitos en lo que a momentos bochornosos de mi vida se refiere.
De vez en cuando voy a echar un vistazo a unos establecimientos llamados Cash Converters, los cuales, para entendernos, son la versión actualizada de las antiguas casas de empeños (una vez más, como veis, se utiliza en inglés para tratar de dignificar o disimular lo flagrante e incuestionable).
Allí puede uno encontrar desde relojes hasta guitarras eléctricas, electrodomésticos y accesorios informáticos, juguetes o muebles, todo usado, de segunda mano, para comprar, recomprar, revender o cambiar.
Lo que yo suelo buscar cuando visito estos singulares locales son películas de VHS. Sé que la mayoría de vosotros habéis defenestrado ya el tradicional aparato de video y lo habéis mandado al chatarrero o directamente a hacer puñetas, sustituyéndolo por el DVD.
Esto, que es lógico, os pasa no obstante porque no sois cinéfilos y no poseéis, por tanto, centenares de películas grabadas en cintas de VHS, de esas que gusta volver a ver de vez en cuando y que sólo ponen una vez cada medio siglo en La 2 a las 3 de la madrugada, justo después del programa de Antonio Gasset, el cinéfilo más cachondo y guerrillero del reino televisivo.
A lo que iba. Cada cierto tiempo voy a una de estas modernas casas de empeños para comprar películas a 20, 30 ó 50 céntimos, que es lo que suelen costar. Una ganga, teniendo en cuenta que se pueden encontrar títulos como La ley del silencio, Anatomía de un asesinato, Secretos y mentiras o El misterio Von Bulow (es verdad que las copias VHS no solían respetar el formato y no ofrecían la posibilidad de escuchar la versión original, pero, por ese precio, qué queréis; vienen bien en un momento dado si no hay mejor opción).
Normalmente, las pelis están más o menos colocadas en estantes, pero otras veces se las encuentra uno revueltas en un cajón enorme, como si fuera el cesto de la ropa sucia o el mismísimo cubo de la basura. Entre el revoltijo, claro está, no sólo hay clásicos del séptimo arte. Las grandes obras conviven aquí con documentales de la BBC, extrañas colecciones audiovisuales de quiosco, cursos de inglés o aerobic y, cómo no, incunables del cine porno más cutre y casposo.
Y, por fin, llegamos ya al meollo de la cuestión.
Tras unos minutos con las manos afanosas y la mirada sumergida en las profundidades del cajón, en busca de alguna pieza digna de mi interés, oí a mi espalda una voz familiar que pronunciaba mi nombre, yo diría que con un asomo de aprensión, o, como mínimo, de prudente recato.
Sí, era ella. Ahí estaba mi ex, al lado del que supuse su nuevo maromo, mancebo o cortejador. Las palabras que intercambiamos no os las voy a reproducir porque forman parte de la antología menos inspirada del lugar común conocido como “quedamos como amigos”. El encuentro se puede resumir en un par de “quetales”, otro par de “mealegrodeverte”, y una no menos imprescindible ración de “quetevayabonito”. A esto debemos sumarle la presentación oficial de su acompañante, cuyo nombre he olvidado, y no por voluntario desdén, sino por pura indiferencia defensiva.
No se me ocurrió preguntarles qué buscaban por allí, no fuera que me salieran con algo del tipo comprar una lavadora para nuestro nuevo nido de amor… ya me entendéis.
Lo que no dejaba lugar a duda era la razón por la que yo me encontraba en aquel sitio. No sólo me habían hallado con medio cuerpo engullido por el enorme cajón, sino que, como comprobé para mi desgracia nada más despedirme de ellos, durante el breve instante que duró nuestro vacuo intercambio de parabienes yo no había dejado de sujetar con mi mano izquierda un pequeño montón de películas que había ido apartando durante mi exploración en busca de material apetecible. Así pues, no eran cintas que yo hubiera agarrado porque me interesaran, sino que se trataba de simples obstáculos eliminados del camino.
La sorpresa de toparme con ella y el consecuente embarazo de verla acompañada de aquel tipo me impidieron reparar en que los títulos de aquellas películas eran Siete chorras para siete anos, Por un puñado de bragas y Eyaculator 3.
Sé que ella no pasó por alto el detalle. Tiene esa capacidad tan femenina de extraer lo obvio partiendo de lo supuestamente accesorio; de fijarse con esmero justo en lo que uno descuida.
¿Será tan orgullosa como para imaginar que necesito una terapia de cine porno-sarnoso para curarme de su abandono? Joder, claro que lo es…
Por eso no me lo quito de la cabeza… Y en una casa de empeños… ¿Se puede caer más bajo?

martes, 6 de noviembre de 2007

Ya no hay excusa


Ayer sufrí una convulsión intestinal de 8’4 grados en la escala de Chorcher, un retortijón fastuoso y ultrasónico que casi me descompone por dentro, y la causa no fue un alioli mercenario ni ningún virus gastrointestinal de invernal precocidad.
El suceso que removió mis entrañas fue la visión impune y repetida del cartel anunciador del Salón Náutico Internacional, que se celebra durante estos días en Barcelona.
Resulta que los perpetradores de dicha promoción han escrito “salon nautico”, tal y como lo acabo de reproducir yo mismo, es decir, en minúsculas y sin las correspondientes tildes en “salón” y “náutico”.
Conste que lo de la tipografía en minúsculas lo entiendo perfectamente, y me parece totalmente legítimo y aceptable en términos puramente estéticos.
Sin embargo, lo de omitir el acento ortográfico por partida doble es de una desfachatez indigna de profesionales que, estoy seguro, se tienen a sí mismos por genios creativos sin parangón.
Ahora que poco a poco le habíamos ido quitando a la gente la manía esa de que las mayúsculas no llevan acento (una bobada supina, pues el acento no es un recurso estético, sino fonético, y nos indica por tanto cómo debemos pronunciar una palabra), llegan los espabilados del Salón Náutico y se saltan a la torera la norma, aun cuando han pasado completamente de las mayúsculas.
Vaya desde aquí mi más ferviente rechazo hacia esta nueva muestra de desprecio a nuestro pobre idioma. No sé si los responsables han actuado movidos por la desidia, la desaprensión, la incultura, o por esa inexplicable creencia de que uno es más moderno (o más cool) cuanto menos respete la ortografía y la gramática del castellano.
Del mismo modo que el pasado 21 de octubre, con motivo de la iniciativa del Safari Ortográfico promovido por la Unión de Correctores, hoy vuelvo a rogaros a todos, lectores e internautas, peatones y conductores, propietarios de blogs y páginas web, ciudadanos del mundo y especialmente del universo castellanoparlante, por favor, haced lo posible por no maltratar nuestro idioma.
Sed libres en vuestras opiniones, dad rienda suelta a la imaginación, huid de los lugares comunes y las retóricas huecas de lo políticamente correcto, decid lo que os salga de las santas narices, pero sin ponerle los cuernos a esta lengua que hablamos y escribimos cientos de millones de individuos a lo largo y ancho del planeta.
Experimentar está muy bien en casi todas las facetas de la vida, y en esto el lenguaje tampoco es una excepción. Es igualmente obvio que el idioma debe irse enriqueciendo al hilo de la evolución de sus hablantes, y así nuestro léxico progresa y se adapta a la realidad social o histórica, aceptando neologismos o términos procedentes de las jergas profesionales, coloquiales y aun marginales.
Pero lo que no es aceptable es la vulneración deliberada de la gramática esencial sólo porque a alguien le parezca que una palabra o una frase sin acentos queda más guay. Y menos aún cuando el superguay de turno es alguien que cobra una pasta por hacer campañas publicitarias o diseños gráficos que están a la vista de todo bicho viviente.
Me gustaría conocer las razones que han aducido los creadores del logo del Salón Náutico para justificar su ostentosa (e imagino que eventual) agrafía.
Por lo que a mí respecta, no hay excusa que valga. Y menos precisamente ahora, que por fin podemos celebrar la aceptación en los dominios de Internet de la ñ, las tildes y todos los caracteres ortográficos propios de las lenguas oficiales de España, elementos tradicionalmente marginados en un entorno monopolizado desde sus inicios por la comunidad anglófona.
Un pequeño paso para el idioma, pero un gran paso para la salud mental. O eso espero.

lunes, 5 de noviembre de 2007

La madre de todas las noticias


Qué cosas. No hará ni dos semanas que os hablé aquí sobre las nuevas conjeturas que ciertos científicos británicos aportaban sobre la muerte de Tuntankamón, concretamente la teoría de que el joven faraón había fallecido como consecuencia de un accidente de caza.
Por si esto no fuera bastante, creo también que os he explicado más de una vez lo primero que se enseñaba a los estudiantes de periodismo en mis años mozos, que no era otra cosa que la manida y elemental fórmula “Perro muerde a hombre no es noticia, pero hombre muerde a perro sí lo es”.
Pues bien, no es que quiera convertir esta ciberacera dialéctica en un espacio monográfico dedicado a las desgracias cinegéticas, pero es que no me resisto a hacerme eco de una información que acabo de leer, presidida por el siguiente titular: “Unos perros hieren de un disparo a un hombre en una partida de caza”.
Voy a descartar la posibilidad de que los chuchos pistoleros fueran en realidad secuaces al servicio de la Mafia, y especializados por tanto en camuflar crímenes bajo la apariencia de sucesos fortuitos.
Asimismo, queda fuera de lugar la opción de que el lamentable contratiempo forme parte de una nueva modalidad de reality show en el que se coloque a un grupo de personas en situaciones límite aún por experimentar, como la de invertir los procesos ancestrales de supervivencia y hacer que sean las bestias las que cacen al hombre, y no al contrario.
Todo parece indicar, por tanto, que la noticia es real como la vida misma.
El singular accidente ocurrió en Iowa, Estados Unidos, el pasado sábado. Un tal James Harris había salido de caza junto a un grupo de amigos para agenciarse unos cuantos faisanes a tiro limpio, quién sabe si con la intención de sorprender a los suyos con un menú innovador el próximo Día de Acción de Gracias, harto ya de tanto pavo.
Según cuentan, Harris consiguió abatir una pieza, pero ésta cayó al otro lado de una valla que debería traspasar si quería recuperarla. Así pues, dejó su arma posada sobre el suelo y se dispuso a brincar por encima de la valla para recoger el trofeo.
La mala fortuna quiso entonces que algunos de los perros que acompañaban a los cazadores pisaran accidentalmente el arma, que se disparó y alcanzó a Harris en la pierna izquierda.
¿Accidente? ¿Solidaridad animal? ¿Ajuste de cuentas encubierto? Cualquiera sabe.
Lo que está claro es que este suceso hace necesaria una renovación del aforismo por excelencia que servía en mis tiempos para definir la condición o no de noticia que pudiera tener un hecho cualquiera.
Ahora quizá sea más propio utilizar la frase “Hombre dispara a perro no es noticia, pero perro dispara a hombre sí lo es”.
Que tomen nota las Facultades de Ciencias de la Información.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Extremos que se tocan


Entiendo que los adolescentes norteamericanos hayan acudido en tropel a los cines para ver Supersalidos (espantoso título, vive Dios).
Puedo comprender también que los más jóvenes de aquí se tronchen de risa con su humor primario y hormonal, con su gamberrismo pueril y sexual, y con ese aroma que expele como de calimocho peleón.
Cuesta trabajo soportar las casi dos horas que dura la película teniendo ya cierta edad, pero es igualmente fácil imaginarse a uno mismo disfrutando del espectáculo hace unos veinte años, en la época del gayumbo prieto y las espinillas delatoras.
Lo que no termino de entender son las críticas excesivamente buenas que ha tenido el filme, sin duda efectivo en su misión de satisfacer a un público poco o nada exigente, que come escandalosamente en la sala, no apaga los móviles y berrea como una jauría de bestias en celo.
Algunos diálogos son meras excusas para batir el record Guinness de utilización de la palabra polla en una misma frase. También funciona la escenificación de los flujos corporales, de la índole que sea, práctica que ya hiciera universalmente famosos a los hermanos Farrelly. Y poco más. O nada menos. No vamos a echarnos ahora las manos a la cabeza porque se estrenen películas sin pretensiones o dirigidas específicamente a un público muy concreto y limitado (es el caso de las pelis infantiles, del dichoso Manga o del cine porno). En la sala donde la vi no dejaron de oírse risas durante toda la proyección, así que imagino que el invento funciona.
Aun así, como digo, estimo desproporcionados los notables y sobresalientes que ha cosechado la película en los paneles de la crítica. Yo le doy un aprobado justito, y más por un ejercicio de empatía retrospectiva que por razones que tengan que ver con mis auténticos gustos cinematográficos.
Se supone que en el polo opuesto debería estar Oviedo Express. Comedia culta, de influencias clásicas, de aura intelectual, cuyos referentes no son la pubertad y las poluciones nocturnas, sino La Regenta, la Literatura con mayúsculas y el Arte, el que ennoblece el alma o pone cara de estreñido, según cada cual.
Pero la coartada intelectual tampoco funciona aquí. La película se sostiene gracias a su estilo generoso para la vista y a su estimable reparto, especialmente Carmelo Gómez (un actorazo que sigue sin tener, creo yo, el reconocimiento merecido), y también porque siempre es agradable ver en pantalla rostros y cuerpos como los de Aitana Sánchez-Gijón o Bárbara Goenaga. Pero poco más. Quizá el personaje de Jorge Sanz, por lo que encierra de parodia de sí mismo, sería igualmente digno de destacar en una película que se sabe comedia por su liviandad, aunque no tanto por su capacidad para provocar la risa. Los flujos y los tacos de Supersalidos se sustituyen aquí por desnudos integrales y enredos de vodevil; hay sexo implícito y explícito, cuernos y pasiones incontrolables, pero es todo a veces tan afectado que resulta artificioso, teatral, en el peor sentido de la expresión.
Gonzalo Suárez es uno de esos directores para los que su indudable erudición supone un talón de Aquiles y no una ventaja. Por eso sus películas me suelen resultar aburridas y pedantes (la excepción a esta regla sería Carlos Saura,
un señor culto e intelectual como el que más, que sin embargo sabe contar una historia de vez en cuando con los recursos apropiados a cada género o narración. Ahí están La caza, Deprisa deprisa o Ay Carmela, tres obras imprescindibles del celuloide ibérico).
No obstante, Oviedo Express, que seguro será considerada una obra menor e indigna del carisma de su autor, me ha resultado agradable de ver y no se me ha hecho larga, cosa que no me sucedió el día en que osé tragarme aquella fatuidad relamida llamada Don Juan en los Infiernos.
Así pues, aunque Supersalidos y Oviedo Express parezcan extremos opuestos, ambas películas están más cerca de lo que pretenden. A pesar de sus conceptos y discursos radicalmente distintos, las dos coinciden en una conclusión de lo más común y vulgar: a esta vida se viene a follar. ¿Alguna duda?

sábado, 3 de noviembre de 2007

Espionaje patrocinado


En un relato del escritor uruguayo Felisberto Hernández, titulado Muebles “El Canario” y publicado en 1947, se nos muestra, en apenas un par de páginas, una situación aún hoy utópica pero ya entonces casi profética acerca del poder avasallador que ejerce la publicidad sobre los ciudadanos.
El cuento está narrado en primera persona por un hombre que viaja en el tranvía y de pronto observa a unos tipos que suben al vagón y, con toda la amabilidad del mundo y unos modales ciertamente exquisitos, comienzan a pinchar con unas jeringas a los pasajeros. A los pocos segundos de haber sido inyectado, el protagonista empieza a escuchar dentro de su cabeza una especie de transmisión radiofónica en la que se intercalan tangos, cantos de pájaro y poemas con mensajes promocionales de la firma Muebles “El Canario”.
No me negaréis que se trata de una metáfora acertadísima, y que, habiendo sido escrita hace sesenta años, tiene el mérito añadido de su valor premonitorio.
A día de hoy, sólo nos falta lo de las jeringas, porque lo de tener las musiquillas de determinados anuncios metidas en lo más profundo del cerebro es algo más que habitual, especialmente en las fechas que se avecinan.
Al margen de la excesiva insistencia y la molesta saturación que traen consigo las campañas publicitarias agresivas propias de nuestro tiempo, existe otro factor todavía más delicado y peligroso para la salud de la entelequia conocida como Opinión Pública: la manipulación de la realidad.
Parece que a raíz de la publicación de un anuncio de la marca Louis Vuitton en una revista, se ha reactivado la polémica acerca de la muerte del ex espía Alexander Litvinenko, antiguo agente de los servicios secretos rusos fallecido hace ahora un año por envenenamiento con polonio 210. Según se sabe, el finado había acusado a los mencionados servicios de ser, amén de secretos, corruptos, y de causar una serie de explosiones en un edificio de Moscú en 1999 para ayudar a Putin a alcanzar la presidencia del gobierno.
La foto del escándalo pertenece a Annie Leivobitz, quien retrató al ex mandatario soviético Mihail Gorbachov sentado en un coche con un maletín de la firma francesa Vuitton a su costado. Por la parte superior de dicho maletín asoma una revista en la que puede leerse el siguiente titular: "Asesinato de Litvinenko: Querían delatar a un sospechoso por 7.000 dólares".
La inserción de la revista es el resultado de la escenografía provocada por la fotógrafa para llamar la atención sobre el bolso y, por extensión, sobre la marca anunciante, pero ya sabemos cómo nos gusta a los aburridos lectores o espectadores fabricarnos escándalos, conspiraciones y sórdidas tramas que animen un poco la monotonía de nuestras insípidas vidas de hipotecados o mileuristas (los fieles al blog ya sabéis que es un asunto tratado a menudo por este peatón).
Así que ahora, un año después de que al tal Litvinenko le dieran alas, y no precisamente por invitarle a un Red Bull, vuelve a la palestra informativa el misterio de su asesinato, y periodistas de todo el mundo se plantean de nuevo hasta qué punto el creador de la Perestroika estaba enterado de todo el chanchullo. Con lo tranquilo que debía de vivir el hombre dando sus conferencias por ahí y saboreando en vida lo que normalmente se reserva para la posteridad: la condición de personaje para la Historia.
Los que no han tardado en declarar abiertamente su absoluta ignorancia al respecto han sido los de Louis Vuitton. Imagino que han visto cómo se las gastan los espías que surgen del frío y no querrán sorpresas con regusto a polonio en sus capuccinos o colacaos mañaneros.
Y, ya puestos, aprovecho para decir que los bolsos de Vuitton me parecen feísimos. En serio. Quedan carcas hasta para una octogenaria. No entiendo cómo hay tanta gente joven que se desvive por comprar imitaciones en los top manta de medio mundo. ¿Les habrán inyectado con la jeringa, como vaticinó Felisberto?

viernes, 2 de noviembre de 2007

Imaginación + Incultura


Hoy voy a contaros una cosa muy personal, de esas que rara vez se comparten.
Hará unos cuatro o cinco años se me ocurrió una idea para una historia que creí ciertamente original y prometedora. Recuerdo que escribí algunas notas en un cuaderno y, tiempo después, elaboré una especie de síntesis argumental más o menos en limpio y en el ordenador.
No sabía con certeza si la idea daría para una narración breve o si tendría que extenderla hasta convertirla en novela, ya que las posibilidades que ofrecía, y que estáis a punto de descubrir, eran inmensas.
Estaba tan entusiasmado con todo ello que incluso creí conveniente aparcar la historia y no acometerla hasta haber adquirido algo más de experiencia literaria. Lo estimaba un material tan valioso que no quería desperdiciarlo a base de diletantismo o de ingenua pasión de novato.
Así que durante todo este tiempo mantuve en absoluto secreto mi idea, esperando el momento apropiado para desarrollarla con la confianza plena en mis posibilidades creativas.
Se trataba de contar la vida de un hombre que un día se despierta en su cama siendo un anciano, y que, a medida que transcurren los años, en lugar de envejecer va rejuveneciendo. Imaginaos cómo sería nuestra vida si avanzara cronológicamente en sentido inverso al convencional, cómo experimentaríamos según qué vivencias en un estado físico opuesto y con una experiencia emocional diferente a todo lo que estamos acostumbrados. Cómo afrontaríamos la muerte si a ella llegásemos como ingenuos bebés y no como adultos desgastados o seniles.
Las ramificaciones dramáticas, intelectuales sentimentales o morales que pueden brotar de semejante premisa son casi infinitas, y entenderéis ahora por qué me había tomado con tanta calma y prudencia la decisión de empezar a escribir.
Pero, ¡oh, horror!, el sueño se acaba de desvanecer.
Leo la semana pasada en una revista que mi admirado director David Fincher (Seven, The game, El club de la lucha, La habitación del pánico, Zodiac) prepara una película titulada El curioso caso de Benjamín Button, con Brad Pitt de protagonista, guión de Eric Roth (Munich, Forrest Gump, El buen pastor, Zodiac), e inspirada en una novela corta o relato largo de F. Scott Fitzgerlad.
No hace falta que os diga cuál es el argumento, ¿verdad? Pues sí, lo habéis adivinado: narra la vida de un señor que al llegar a los cincuenta años, en lugar de envejecer, comienza a rejuvenecer.
La noticia me provocó una angustia tragicómica digna del peor culebrón venezolano. Mi supuesta idea brillante carecía de pronto de originalidad. Libro y película, por partida doble. Además, el novelista no es precisamente un chupatintas desconocido. Hablamos del autor de El gran Gatsby, quien escribió la narración que nos ocupa (incluida en su libro Cuentos de la edad del jazz) hacia 1922.
Es decir, que la idea vino a mí con más de ochenta años de retraso…
Pasado el shock de leer la información en aquella revista, sigo sin determinar cuánto de positivo o negativo debo extraer de esta singular experiencia.
Por un lado, me anima el hecho de saber que mi imaginación ha coincidido con la de un autor célebre y reputado, y que, por tanto, mi capacidad creativa puede seguir aspirando a grandes cosas.
Por otra parte, no obstante, pienso con cierta aprensión que quizá mis lagunas culturales puedan seguir jugándome malas pasadas como ésta en el futuro, y que próximas ideas que yo crea genuinas terminen resultando también copias involuntarias de las originales.
Lo mejor de todo, eso sí, es que estoy deseando ver la peli.

jueves, 1 de noviembre de 2007

A buenas horas


Han tardado, pero parece que por fin se van dando cuenta.
Mira que llevo yo años diciendo que lo de cambiar la hora no vale para nada.
Sé que la intención de retrasar o adelantar el reloj en sendos momentos concretos del año es la de ahorrar energía porque supuestamente se contribuye a aprovechar las horas de luz natural, y no dudo de la eficacia de la medida desde un punto de vista colectivo.
Seguro que en el cómputo global de todos los países adscritos a nuestra zona horaria cuadran los números, pero ya sabéis, Spain is different.
Hay que tener en cuenta que en el resto de Europa se come por regla general a las 12 del mediodía y se cena como muy tarde a las 19 horas, con lo que nuestros vecinos del viejo continente que madrugan para ir a currar se están metiendo en la cama casi a la misma hora en que Los Lunnis nos instan aquí a que acostemos a nuestros hijos.
Con semejante ritmo de vida no es extraño que se salude con alegría la posibilidad de aumentar las horas de sol tempraneras, pero, sinceramente, decidme de qué nos sirve a nosotros que haga sol a las cinco de la mañana.
Somos un país de sobremesa y nocturnidad; cada vez que comemos —sea desayuno, almuerzo, merienda o cena— preferimos sentarnos, hacerlo con calma y palique, tomar el café, el carajillo o el sol y sombra de rigor, y después de cenar nos acoplamos frente a la tele hasta las tantas, o bien nos tomamos ese güisquito que nos alivia de un duro día de trabajo o de un mal resultado en la Champions.
Por eso, cuando en esta época del año uno ve que a las cinco de la tarde el cielo está negro como un tizón y encima hace un frío que pela, se acuerda de la madre que parió al que tuvo la ocurrencia de adelantar la noche con la excusa del ahorro energético.
Un ahorro que, insisto, notarán si acaso en otros sitios.
Pensemos que, por maravilloso que sea levantarse a las 7 con un sol radiante como de anuncio de compresas o cereales con fibra, y por mucho que haya obreros condenados a poner el despertador a las 5 o las 6 de la mañana, siempre habrá a la fuerza más actividad en nuestras calles, nuestras casas o nuestros negocios entre las 5 y las 7 de la tarde. (Eso sin contar que, por mucha luz que le pongan a uno a según qué horas, la vista estará siempre nublada por culpa del madrugón y/o las legañas.)
Las macabras estadísticas sobre suicidios indican que éstos abundan más en países fríos y oscuros, en aquéllos donde el sol es introvertido y tibio, aun a pesar de que el nivel de vida en términos económicos sea obscenamente superior al nuestro.
Como deprimirme no entra en mis planes a corto y medio plazo, desde ahora mismo me autoproclamo fundador del movimiento contra el cambio horario.
Sí, sí, reíros, pero si lo hubiera dicho Al Gore o el primo de Rajoy, seguro que os lo tomaríais bien en serio.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Memoria de pez


Por mucho que os suene casi a herejía, confieso que la noticia del día (y que sin duda ocupará la actualidad durante semanas y meses) no me interesa prácticamente nada.
Me estoy refiriendo a la sonada sentencia del juicio sobre los atentados ocurridos el 11 de marzo de 2004 en Madrid, de tan infausto recuerdo. Aclaro, para los mal pensados y los próceres de las causas mediáticas, que cuando digo que no me interesa aludo al aspecto noticiable del evento, y no a su naturaleza jurídica y su consecuente importancia para la salud de nuestra sociedad democrática.
Ya no sólo me asquea el circo que se monta cada vez que un acontecimiento o suceso cualquiera posee repercusiones políticas y, más concretamente, electorales. Aparte de ese denostable mercadeo de las sensibilidades primarias que practican tan bien los aspirantes a la poltrona, hace tiempo que me resigné a aceptar que nuestra idea de la justicia sigue siendo demasiado visceral, interesada, subjetiva y primaria.
Es lógico, por otra parte, en algunos casos. Imagino que los afectados por la barbarie desean por encima de todo que pague alguien, quien sea. Es muy difícil convencer a quien soporta el peor de los dolores —el de perder para siempre y por la fuerza a sus seres más queridos— de que sólo puede condenarse a una persona si existen pruebas concluyentes, y que la mínima duda razonable suma más a favor del imputado que un centenar de pruebas circunstanciales en su contra.
Por eso me atrevo a adelantar que la sentencia, sea la que sea, no satisfará a nadie, excepto al Gobierno.
Para las víctimas supervivientes y los familiares de los fallecidos siempre quedará algún cabo suelto, un absuelto indebido, o bien las condenas les parecerán escasas, o simplemente estarán obligados a asimilar la peor de todas las realidades: que ni siquiera la más ecuánime de todas las justicias podrá devolverles lo que los fanáticos desalmados les quitaron. Tiene que ser francamente difícil creer en la justicia cuando uno ha perdido para siempre la posibilidad del consuelo.
Caso aparte es el de los políticos. Está claro que el Gobierno acatará la sentencia incondicionalmente. No queda bien que el poder ejecutivo le lleve la contraria al judicial y ponga en evidencia al legislativo. Menos aún si el aroma de las urnas hiede ya como la carroña en descomposición.
Por su parte, la oposición hará ver que respeta a las leyes y las instituciones del Estado de Derecho (huele a elecciones que apesta, insisto), aunque ya tendrá preparado un rosario de imperfecciones, lagunas, incongruencias, opacidades informativas y demás arsenal corrosivo para no perder el ritmo de la crispación camino del anhelado sufragio universal del próximo año.
Al hilo de esto, lo que más me ha llamado la atención ha sido que el ex ministro Acebes afirmara el otro día que ni él ni su partido sostuvieron nunca la teoría de que ETA estuviera detrás de los atentados. Es impresionante lo que el miedo a volver a perder, mezclado con unas buenas dosis de desvergüenza, es capaz de hacer en la mente y la verborrea de los políticos.
Tengo entendido que la memoria de los peces dura tan sólo tres segundos, lo cual equivale prácticamente a no tener memoria.
Como me consta que Acebes no vive bajo el agua, ni tiene su cuerpo cubierto de escamas, ni tampoco respira por branquias ni se reproduce por huevos, me atrevo a decir que lo que le pasa no es que tenga la memoria de un pez, sino que gasta un morro como el de un oso hormiguero.
Así que, por mi parte, ya me lo sé todo. Sólo espero que la justicia de verdad, la de los juzgados y no la de los periódicos, cumpla con su obligación, aun por encima de mi triste escepticismo.

sábado, 27 de octubre de 2007

Racismo mediático (segunda parte)


Hace algún tiempo hablé aquí sobre Jaime Jiménez Arbe, el delincuente apodado “El Solitario” y al que durante unas cuantas semanas la prensa convirtió en estrella, aun pesando sobre él graves acusaciones criminales.
Pero la rabiosa actualidad, que es insaciable e impaciente, necesitaba colocar ya un nuevo personaje en el epicentro de la crónica de sucesos, y parece haberlo encontrado en Sergi Xavier Martín, el sujeto que el martes pasado atacó a patada limpia a una chica de 16 años en el metro de Barcelona.
Ya adelanté ayer que, a pesar de que se está tildando el suceso en todos los medios de “agresión racista”, en mi opinión no es el componente xenófobo el más importante a considerar en este caso concreto.
Por supuesto que el jovenzuelo de marras será racista, y machista, y homófobo, y antimadridista, y sabe Dios cuántas cosas más. Pero, del mismo modo, es fácil adivinar que un tipo así no es de los que te andan pidiendo el DNI para ver dónde has nacido, antes de decidir si te suelta o no un soplamocos o una patada en las narices.
Sergi Xavier Martín representa una variante de energúmeno que por desgracia prolifera en nuestras calles y nuestros transportes públicos. No hay que olvidar que ya cuenta con antecedentes penales, y que éstos, al parecer, no tienen que ver con ningún tipo de comportamiento xenófobo.
Tengo la impresión de que este individuo ha utilizado hoy el odio a los extranjeros del mismo modo que otro día utilizará la excusa del fútbol para zurrar a cualquier aficionado de un equipo que no sea el suyo (si es que no lo ha hecho ya). Es verdad que esta vez le ha tocado a la pobre adolescente ecuatoriana sufrir su ira embriagada y palurda, pero si limitamos los titulares al aspecto racista del hecho, creo sinceramente que lo infravaloramos, que nos quedamos cortos.
Desde luego que un insulto racista no merece crédito ni tolerancia, pero al menos se puede huir de él cambiándonos de vagón o ignorando al imbécil que lo profiera. Sin embargo, cuando el provocador hace uso de la violencia, está traspasando una frontera que nos coloca en un territorio mucho más delicado.
Hace tiempo que sostengo (e incluso lo he escrito ya en algún otro sitio) que los medios de comunicación han hecho un flaco favor a nuestros extranjeros residentes al haber establecido el término “inmigrante” como la etiqueta distintiva de un tipo de extranjero concreto.
¿Verdad que a nadie se le ha ocurrido nunca llamar inmigrante a Ronaldinho, a Schuster, a Zidane o a Eto’o? Tampoco pensamos en inmigrantes cuando nos hablan del presentador Michael Robinson, del actor Federico Luppi o del músico Andrés Calamaro; ni siquiera cuando vemos al gigoló cubano Dinio o al vividor italiano Alessandro Lecquio. Siendo rigurosos, hasta la mismísima Reina de España debería ser considerada una inmigrante, pues esta palabra define simple y llanamente a la persona que se establece en un país distinto al de su origen.
Lo que han conseguido nuestros medios es dotar al calificativo “inmigrante” de una connotación marginal que lo distingue de los extranjeros a secas o de los turistas, también conocidos como guiris.
Así, inmigrante es el sudamericano, el marroquí, el europeo del este o el africano negro que vive en condiciones humildes o directamente precarias. Los demás, sean de donde sean y vengan de donde vengan, se librarán de la chusca etiqueta si consiguen una profesión de fama o prestigio, o bien si son capaces de ganar buenas cantidades de dinero y vivir en un chalet.
Y he aquí el problema. Dudo mucho que Sergi Xavier Martín considere “inmigrante de mierda” a su ídolo extranjero del fútbol, si es que lo tiene. Por eso opino que su racismo es más una excusa que una creencia, y que si alguien de su confianza le dijera mañana que hay que odiar a los pelirrojos o a los violinistas, ahí estaría él, con su cabeza hueca y sus botas de suela gorda para partirle la cara al más pintado.
Detrás de quien disfruta ejerciendo la violencia siempre se esconde un cobarde que sabe detectar al más débil para ensañarse con él. Ojalá se haga justicia, que el culpable no quede libre y que la joven agredida pueda seguir viajando en metro o paseando por nuestras calles sin miedo. Igual que todos nosotros, independientemente del lugar de nacimiento que conste en nuestro carnet de identidad.