martes, 14 de noviembre de 2006

¡Al abordaje!


Ahora la ley actúa.
Seguro que habéis visto el anuncio en el cine o en la televisión. Parece que la piratería contra las obras de arte se haya inventado hace cuatro días, desde que existen la MTV y Operación Triunfo, pero qué va. Copiar es tan antiguo como la vida misma. El laico creerá en la evolución a base de clonaciones y copias mejoradas y/o ampliadas de las especies, y el religioso pensará que él mismo es una copia a imagen y semejanza de su autor.
Ahora bien, con esta manía que tenemos de clasificarlo todo para que nada escape a nuestro control, conseguimos que cosas distintas acaben pareciendo lo mismo. Si nos referimos a la piratería como algo único y absoluto que atañe a todos los sectores creativos y relacionados con los derechos de autor, no estaremos siendo ni justos ni precisos.
Vayamos por partes, porque ni el origen, ni las consecuencias, ni los procesos son los mismos para la música que para el cine, las dos disciplinas más afectadas por los bucaneros de Internet y los bribones del top manta.
La piratería musical ha existido siempre. Tan sólo han cambiado la tecnología y el proceso. Hace años los discos costaban menos dinero, pero en proporción también nos parecían caros. Así que un amigo compraba el disco, y los demás nos lo grabábamos en una cinta virgen de cassette. Era piratería, si bien se practicaba en privado y de forma más sutil. Entiendo que a los autores les moleste más la ostentación del robo que el robo en sí mismo, que se exhiban las carátulas de sus discos fotocopiadas a color y tiradas por la aceras como si fueran desperdicios. Los discretos piratas de antaño guardábamos las cassettes en casa, en un cajón. También grabábamos canciones de la radio. Qué tiempos.
Me temo que las razones de este creciente asalto a la propiedad musical van más allá del precio de los discos originales. El propio concepto actual de la música fomenta el top manta. No quisiera ponerme en plan Abuelo Cebolleta de La Movida, pero antes, no hace mucho, uno era seguidor de un grupo igual que de un equipo de fútbol, quería leer las letras de las canciones y los créditos del álbum para ver qué otros músicos colaboraban, y el acto de comprar un disco no respondía tan sólo al efecto machacón de un tema repetido hasta la saciedad en la radio, la televisión, el hilo musical de los centros comerciales o el tono de un teléfono portátil. Había cultura de bandas, de conciertos, Dios se llamaba Lennon y no Brittney Spears. Ahora los cantantes son flor de un día y de un tema, parecen sacados de un molde y las canciones se componen pensando ya en su adaptación al móvil. Los nuevos soportes están imponiendo el establecimiento de la música en un entorno exclusivamente virtual, lo cual tiene su parte de sentido poético, pues no olvidemos que el hogar originario de la música es el aire, el espacio etéreo. Todo apunta a que la materia sólida del vinilo y el compacto está condenada a perecer como basura reciclable. Descanse en paz, pues.
Ni defiendo ni fomento la piratería musical, pero he de admitir que entiendo mejor su existencia que la de su pariente cinematográfica. Lo explicaré. Un cedé original de reciente publicación comprado en una tienda nos costará entre veinte y veintitantos euros. El del top manta lo podemos sacar por tres. La diferencia de precio es ya importante, pero es que, además, la calidad del sonido, aun siendo peor, no resulta escandalosamente inferior. Por otra parte, el soporte para reproducirlo es el mismo, el único. La disquetera de compactos puede estar en un equipo de alta fidelidad o en un ordenador, pero está claro que el sistema de reproducción no varía.
El caso del cine es distinto. Para empezar, una entrada de cine cuesta entre 6 y 7 euros, si bien, dependiendo del día de la semana, nos puede salir entre 4 y 5. Ya vemos que, aun en el caso de que regateáramos al mantero para llevarnos la película pirateada por 2 euros, la diferencia de coste es mínima. En segundo lugar, la calidad de la grabación pirata cinematográfica es, directamente, pésima. Suelen ser grabaciones realizadas con una videocámara desde el interior de una sala, con lo cual la imagen es mala, el plano vibra, el sonido es lamentable, vemos las siluetas de la gente que se levanta al baño, se oyen las toses y los crujidos de las palomitas… Un desastre. En tercer lugar, y al contrario de lo que sucede con los cedés, el medio de reproducción no es ni mucho menos el mismo. Las películas pirateadas sólo pueden verse en casa, a través del aparato de DVD, en la pequeña pantalla del televisor (vale, las teles son cada vez más grandes, pero nunca tanto como la pantalla de un cine). Resumiendo: Por dos míseros euros más, podemos ver la película en una sala, en pantalla gigante, con sonido espectacular. Ya no estamos hablando de los 14 ó 15 euros de diferencia entre el disco de música original y la copia pirata. Por eso no creo que el precio de las entradas de cine pueda servir nunca de excusa para aquéllos que participan del mercado cutre de las películas clonadas.
Así pues, mientras que los motivos de la piratería musical se apoyan casi exclusivamente en la voluntad de ahorro, los de la cinematográfica tendrían que ver, fundamentalmente, con dos factores: la comodidad y la estupidez.
La comodidad, porque si bien el disco pirateado se escucha en el mismo lugar y las mismas condiciones que el auténtico, el acto de ir a una sala de cine precisa de una serie de condiciones y ajustes radicalmente distintos a los que se necesitan para ver una peli desde el sofá de casa.
Y luego está la estupidez, la fanfarronería innata, ser más listos que el vecino, presumir en la oficina de haber visto una película que seguramente no nos gusta, pero alardear de haberlo hecho antes que nadie y por menos precio, o incluso gratis. Ésta es la verdadera razón de ser del top manta peliculero, estad seguros. Que nadie dude de que sus consumidores habituales son cualquier cosa menos aficionados al séptimo arte. Los cinéfilos de verdad van al cine, graban pelis de la tele, alquilan en el videoclub o compran los DVD originales. Y si piratean, lo hacen por Internet, donde existen determinadas páginas web que ofrecen descargas de calidad.
La literatura, por último, no parece estar afectada de momento por el fenómeno de la manta. ¿Será por la dificultad del proceso de copiado o más bien por la falta de demanda? Mejor ni pensarlo, no vayamos a dar ideas. Aunque eso no quiere decir que no haya piratería. La piratería literaria se llama plagio, y se lleva a cabo dentro del propio entorno. Escritores contra escritores, el enemigo en casa.
En fin. Me parece que esto es como lo del tabaco. Quienes se benefician con su comercio son los mismos que aprueban leyes para prohibir su consumo. Si no, hace tiempo que ya no existirían las cintas y cedés vírgenes, las fotocopiadoras o los escáneres, los móviles con cámara y los DVD grabadores.
Y que tenga cuidado Carlos Latre, que cualquier día de éstos alguien lo denunciará por piratear personajes reales. Ahora la ley actúa.