lunes, 2 de octubre de 2006

Pobre verdad


Tiene gracia la cosa. Yo que me reí en su tiempo de mis abuelos porque no se creían lo del hombre en la Luna. Yo que fui tan condescendiente con ellos y pensaba: “pobres, es la época que les tocó vivir y la educación que les tocó sufrir”.
Tiene gracia porque, en este siglo XXI que tantos novelistas visionarios asociaron con la conquista del espacio galáctico, día a día crece el número de incrédulos respecto a ese pequeño paso para el hombre y grande para la humanidad que presuntamente tuvo lugar hace cuarenta años sobre la superficie de la Luna.
Es curioso, ¿verdad? Los intelectuales y los vecinos del barrio, los presentadores de televisión y los compañeros del trabajo. Todo el mundo se ha vuelto de repente objetor de conciencia espacial. Y encima, por si hiciera falta echar más leña al fuego de las dudas, va la NASA y extravía, precisamente, todo el material grabado que supuestamente probaba la inefable hazaña del señor Armstrong y compañía.
Yo siempre he creído que un poco de escepticismo en la vida es fundamental y necesario, pero me parece que ya no somos tan sofisticados. O sea, que no es que pongamos en tela de juicio lo que antes suscribíamos a ciegas porque seamos más inteligentes y, por tanto, exigentes de cara al conocimiento. Ojalá, pero no.
Lo que pasa es que somos unos desconfiados. A secas. Nos hemos envuelto sin darnos cuenta en el parapeto de los inseguros, en la desconfianza por sistema del que se siente inferior a los demás y siempre teme que lo engañen. ¿Quién nos ha robado esa facultad de decidir qué es verdad y qué no lo es?
Sería demasiado fácil echar la culpa a la televisión. Y no es que no tenga que ver con ello nuestro aparato doméstico favorito. Pero yo, más que como el culpable, lo veo como la prueba del delito. El instrumento.
No voy a volver a mis abuelos, pero conviene recordar que no hace tanto, salir en televisión era como aportar la prueba definitiva de que algo era real. Qué extraño que hoy suceda justo lo contrario.
La niña Natascha de Austria, a quien ayer mismo compadecíamos, mañana será carnaza de la salsa de tomate, la salsa rosa o cualquiera de los mejunjes habituales del chafardeo. El robo del presunto sillón de Zapatero, que se nos vendió como la reencarnación de las gestas de Robin Hood en versión oenegé, se ha quedado en un sainete de videoclip perpetrado por los mismos que ya nos engañaron este verano con sus anhelos de castidad mojigata, y que en realidad servían a la todopoderosa MTV, que de ONG no tiene ni siquiera una letra.
Y así puedo seguir hasta eternizarme: cachivaches de cartón piedra que parecen sacados de las páginas del TBO y presentados grotescamente como máquinas de la verdad; sucedáneos de reportajes supuestamente furtivos, en versión original subtitulada, y grabados con cámaras que tienen tanto de oculto como de sincero los personajes que retratan; noticias de telediario patrocinadas por marcas de desodorante y clínicas de liposucción, como si la información gratuita, aparte de un derecho, fuese también un deshecho…
Sí amigos. El día en que descubrimos que la tele podía manipularse se nos derrumbaron los sólidos cimientos de la veracidad. Lo que no entiendo es por qué tardamos tanto… Perdón, abuelos míos, dondequiera que estéis.

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