lunes, 30 de octubre de 2006

Noche de miedo


Nunca he sido precisamente un entusiasta de la fiesta de Todos los Santos, para qué nos vamos a engañar. De hecho, ni siquiera puede decirse que sea un día literalmente “festivo”. Vale, no hay que ir a trabajar, eso es inapelable, pero las ceremonias reservadas para tal fecha tienen que ver, no lo olvidemos, con la honra póstuma a los ausentes y, por consiguiente, con lo fúnebre.
Suerte que lo compensamos, como casi siempre, recurriendo a la repostería tradicional, y se nos llenan las calles y los mofletes de castañas y boniatos, de los dulces y variados panellets, y, en determinados lugares, también de esos pastelillos cilíndricos bautizados no sin macabra ironía como “huesos de santo”.
Y aquí se acababa la cosa. Antes, claro.
¿De qué serviría aquello de la globalidad, el crecimiento sostenible y la expansión de los mercados si no pudiéramos por fin disfrutar de algo tan ajeno y a la vez tan familiar como la noche de Halloween?
El elemento siniestro no se pierde, esa ventaja también es innegable. No sólo no se pierde sino que nuestros amigos del otro lado del charco, fieles a esa afición suya por el espectáculo y la grandilocuencia, nos invitan a saltar la tapia del cementerio y traspasar la barrera del más acá.
Así que las castañas y los piñones han tenido que hacerle un hueco (bien grande, por cierto) a la calabaza esa que se ríe con más mala baba que cachondeo, y los mortales pasamos la noche viendo por televisión al jinete sin cabeza o al asesino de la máscara de hockey, mientras nuestros hijos juegan a eso tan extraño del “truco o trato”, que a mí me suena al timo del tocomocho.
Suerte que este año, nuestros políticos (para que luego digan), se han marcado el detalle de aportar un toque de originalidad y nos han cambiado la noche de los difuntos por la jornada de reflexión. Nada de sangre, vísceras colmillos afilados o cuerpos putrefactos. Esta vez recorrerán nuestros sueños las sonrisas pasteurizadas, los latiguillos mordaces, las promesas sucedáneas y los cuellos almidonados de los candidatos (bueno, tal vez también el trasero de alguno más atrevido…).
No me negaréis que es para morirse de miedo.

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