martes, 26 de septiembre de 2006

El verbo hablar


He visto recientemente un anuncio de La Caixa en televisión que me ha producido un insano estupor, cercano incluso a la indignación. Esta última no se debe en absoluto a ningún tipo de animadversión concreta hacia esa entidad, sino más bien a un efecto acumulativo, pues son ya muchos, lamentablemente, los ejemplos que día a día va uno recopilando en este mundo que cada vez adora más al número y la aritmética, en detrimento de la palabra y la comunicación.
Y es que me resulta francamente difícil entender cómo una empresa que ha demostrado frecuentemente un notable interés por el fomento la cultura puede haber cometido un desliz como el que evidencia el mencionado spot publicitario (quiero pensar que se trata de eso, un desliz, un despiste, una torpeza sin más, una falta de rigor inconsciente y nunca un desprecio intencionado hacia el idioma).
El anuncio al que me refiero hace alusión a las diferencias generacionales entre los más jóvenes y los más mayores, ilustrando dicho contraste con varios ejemplos del tipo “piensan diferente”, “visten diferente”, o, aquél que nos ocupa y motivo de mi desagradable sorpresa, “hablan diferente” (en el rótulo que el anuncio muestra en pantalla se lee, literalmente, “Ablan dfrnt”) .
Me parece perfectamente acertado elegir el lenguaje abreviado de los mensajes telefónicos o SMS para aludir a esta innegable diferencia de hábito entre jóvenes y viejos, tan propia de nuestros tiempos. Es de sobra sabido que esta nueva forma de comunicación está más que extendida hoy en día, y especialmente entre la comunidad adolescente y juvenil (si bien cada vez gana más adeptos también entre los adultos, todo hay que decirlo). El caso es que dicho lenguaje se caracteriza por el uso de las abreviaturas, justificando esta particularidad siempre que atienda a motivos puramente prácticos. Es decir, las limitaciones obvias del SMS obligan a aprovechar al máximo el reducido espacio que ofrece algo asimismo tan ínfimo como la pantalla de un teléfono móvil, y de ahí que la tendencia a suprimir letras (vocales, en la mayoría de los casos) y contraer por tanto las palabras resulte tan lícito y procedente como cuando se toman apuntes en una clase cualquiera del instituto o la universidad.
Ahora bien, abreviar no tiene por qué implicar necesariamente un atentado contra las normas gramaticales, algo que desgraciadamente ocurre más a menudo de lo que sería deseable y a lo que la mencionada entidad, aunque sea de forma involuntaria, ha contribuido también por medio del anuncio.
Utilizar “Ablan dfrnt” como ejemplo de texto juvenil resultaría ideal en un reportaje de divulgación destinado a alertar de esta creciente y preocupante afición contemporánea por el empobrecimiento lingüístico, pero supongo que el objetivo de la campaña publicitaria no responde a fines tan altruistas ni didácticos, por lo que, tras ver el spot, uno puede correr el riesgo de concluir algo tan simple y penoso como que los jóvenes hablan diferente porque, sencillamente, no saben hablar.
Pensemos en lo fácil que hubiera sido emplear la abreviatura “Hblan dfrnt”. Con ello, además de gastar exactamente el mismo número de letras, se evita la aberración ortográfica de suprimir la hache en el verbo hablar.
En resumen, y sin ser precisamente un fanático de las abreviaturas, me parece que, una vez admitido su uso como práctica cotidiana e informal destinada a facilitar el flujo de la comunicación interpersonal, deberíamos todos (y en especial aquéllos que se ganan la vida en sectores como la información, la comunicación, la publicidad o las letras) hacer el esfuerzo de no caer en determinados descuidos e imperdonables perezas que seguramente no afecten a los objetivos comerciales o las cifras de negocio, pero sí que estarán contribuyendo a la degradación de una sociedad cada vez más inculta y menos sensible con el uso de algo tan valioso como la palabra escrita.
Para finalizar, quisiera invitar tan sólo a reflexionar sobre una cosa. Pensemos en la tremenda contradicción que supone este tratamiento tan desafortunado del verbo hablar en una entidad que desde hace tiempo alardea orgullosa un eslogan que dice: “¿Hablamos?”.