miércoles, 6 de diciembre de 2006

Castigados sin postre


No estaba seguro de si iba a necesitar la presencia de mi abogado para decir esto, pero me arriesgaré de todos modos. Ahí va: acostumbro a tomar postre. A diario. No sólo en casa, sino también (oh, horror) cuando voy a un restaurante.
Sé que ello, en los tiempos que corren, me convierte en un raro espécimen. Cada día el número de apóstatas del postre aumenta considerablemente. Quienes defienden esta postura radical hacia el plato que históricamente ha servido para finalizar las comidas aportan todo tipo de razones, pero a mí no me vale ninguna.
En primer lugar, algunos sostienen que los postres elevan el precio total de la cuenta. De hecho, he oído cientos de veces la peregrina excusa de que es el postre lo que hace que una comida o cena resulte finalmente muy cara. Es ridículo. Por poner un sencillo ejemplo, en un restaurante donde los platos de pescado o carne oscilan entre los 15 y los 25 euros, un postre costaría de media entre 4 y 6 euros. O sea, es como afirmar que lo caro de un bocadillo es el pan. Ridículo.
Por otra parte, en los restaurantes donde se sirve el menú del día, el postre está siempre incluido en el precio, y la mayoría de la gente hoy por hoy prefiere cambiarlo por un café. Algunos sitios no permiten el trueque, con lo que el comensal termina pagando más dinero por añadir el café que por engullir el postre maldito. ¿Dónde está el ahorro?
Otra de las excusas preferidas de los anti-postres es la de que engordan. Sabido es que la fiebre contemporánea por poseer una figura esbelta y libre de grasa ha llegado a alcanzar extremos enfermizos. Si a ello le unimos la cada vez más extendida práctica de la endocrinología de andar por casa (o sea, de oídas), no resulta demasiado difícil entender el porqué del éxito creciente de esta nueva raza de fundamentalismo alimenticio. Me niego a admitir que el yogur o la mandarina que tomo al final del almuerzo sean los culpables de que no me guste lo que veo cuando me miro desnudo al espejo. Y claro que los pasteles engordan, pero eso es así siempre, amigos míos, y no sólo cuando los convertimos en postre…
Así que ya lo sabéis. Soy uno de esos friquis tocanarices que pide la carta de postres. A menudo me toca soportar las miradas fulminantes de mis compañeros de mesa mientras maldicen en silencio mi osadía y piensan: “por culpa de este goloso de mierda la cuenta nos saldrá por un riñón”. Pobres infelices. Sí, porque lo que suele pasar luego es que el camarero trae un postre (el mío) y siete u ocho cucharas (las de ellos, que con sus hipócritas sonrisas de glotones reprimidos me sueltan aquello de “me dejarás probar un poquito, ¿verdad?”).
El postre no es el plato principal de una comida, en eso estamos de acuerdo. Pero del mismo modo, una comida no estará completa hasta que no tomemos el postre. Hacedme caso. Dejaos de jugar al endocrino sabelotodo y al dietista posmoderno. Vamos a añadir una ración de dulce a nuestra vida, que sólo cuesta 4 euros.

martes, 14 de noviembre de 2006

¡Al abordaje!


Ahora la ley actúa.
Seguro que habéis visto el anuncio en el cine o en la televisión. Parece que la piratería contra las obras de arte se haya inventado hace cuatro días, desde que existen la MTV y Operación Triunfo, pero qué va. Copiar es tan antiguo como la vida misma. El laico creerá en la evolución a base de clonaciones y copias mejoradas y/o ampliadas de las especies, y el religioso pensará que él mismo es una copia a imagen y semejanza de su autor.
Ahora bien, con esta manía que tenemos de clasificarlo todo para que nada escape a nuestro control, conseguimos que cosas distintas acaben pareciendo lo mismo. Si nos referimos a la piratería como algo único y absoluto que atañe a todos los sectores creativos y relacionados con los derechos de autor, no estaremos siendo ni justos ni precisos.
Vayamos por partes, porque ni el origen, ni las consecuencias, ni los procesos son los mismos para la música que para el cine, las dos disciplinas más afectadas por los bucaneros de Internet y los bribones del top manta.
La piratería musical ha existido siempre. Tan sólo han cambiado la tecnología y el proceso. Hace años los discos costaban menos dinero, pero en proporción también nos parecían caros. Así que un amigo compraba el disco, y los demás nos lo grabábamos en una cinta virgen de cassette. Era piratería, si bien se practicaba en privado y de forma más sutil. Entiendo que a los autores les moleste más la ostentación del robo que el robo en sí mismo, que se exhiban las carátulas de sus discos fotocopiadas a color y tiradas por la aceras como si fueran desperdicios. Los discretos piratas de antaño guardábamos las cassettes en casa, en un cajón. También grabábamos canciones de la radio. Qué tiempos.
Me temo que las razones de este creciente asalto a la propiedad musical van más allá del precio de los discos originales. El propio concepto actual de la música fomenta el top manta. No quisiera ponerme en plan Abuelo Cebolleta de La Movida, pero antes, no hace mucho, uno era seguidor de un grupo igual que de un equipo de fútbol, quería leer las letras de las canciones y los créditos del álbum para ver qué otros músicos colaboraban, y el acto de comprar un disco no respondía tan sólo al efecto machacón de un tema repetido hasta la saciedad en la radio, la televisión, el hilo musical de los centros comerciales o el tono de un teléfono portátil. Había cultura de bandas, de conciertos, Dios se llamaba Lennon y no Brittney Spears. Ahora los cantantes son flor de un día y de un tema, parecen sacados de un molde y las canciones se componen pensando ya en su adaptación al móvil. Los nuevos soportes están imponiendo el establecimiento de la música en un entorno exclusivamente virtual, lo cual tiene su parte de sentido poético, pues no olvidemos que el hogar originario de la música es el aire, el espacio etéreo. Todo apunta a que la materia sólida del vinilo y el compacto está condenada a perecer como basura reciclable. Descanse en paz, pues.
Ni defiendo ni fomento la piratería musical, pero he de admitir que entiendo mejor su existencia que la de su pariente cinematográfica. Lo explicaré. Un cedé original de reciente publicación comprado en una tienda nos costará entre veinte y veintitantos euros. El del top manta lo podemos sacar por tres. La diferencia de precio es ya importante, pero es que, además, la calidad del sonido, aun siendo peor, no resulta escandalosamente inferior. Por otra parte, el soporte para reproducirlo es el mismo, el único. La disquetera de compactos puede estar en un equipo de alta fidelidad o en un ordenador, pero está claro que el sistema de reproducción no varía.
El caso del cine es distinto. Para empezar, una entrada de cine cuesta entre 6 y 7 euros, si bien, dependiendo del día de la semana, nos puede salir entre 4 y 5. Ya vemos que, aun en el caso de que regateáramos al mantero para llevarnos la película pirateada por 2 euros, la diferencia de coste es mínima. En segundo lugar, la calidad de la grabación pirata cinematográfica es, directamente, pésima. Suelen ser grabaciones realizadas con una videocámara desde el interior de una sala, con lo cual la imagen es mala, el plano vibra, el sonido es lamentable, vemos las siluetas de la gente que se levanta al baño, se oyen las toses y los crujidos de las palomitas… Un desastre. En tercer lugar, y al contrario de lo que sucede con los cedés, el medio de reproducción no es ni mucho menos el mismo. Las películas pirateadas sólo pueden verse en casa, a través del aparato de DVD, en la pequeña pantalla del televisor (vale, las teles son cada vez más grandes, pero nunca tanto como la pantalla de un cine). Resumiendo: Por dos míseros euros más, podemos ver la película en una sala, en pantalla gigante, con sonido espectacular. Ya no estamos hablando de los 14 ó 15 euros de diferencia entre el disco de música original y la copia pirata. Por eso no creo que el precio de las entradas de cine pueda servir nunca de excusa para aquéllos que participan del mercado cutre de las películas clonadas.
Así pues, mientras que los motivos de la piratería musical se apoyan casi exclusivamente en la voluntad de ahorro, los de la cinematográfica tendrían que ver, fundamentalmente, con dos factores: la comodidad y la estupidez.
La comodidad, porque si bien el disco pirateado se escucha en el mismo lugar y las mismas condiciones que el auténtico, el acto de ir a una sala de cine precisa de una serie de condiciones y ajustes radicalmente distintos a los que se necesitan para ver una peli desde el sofá de casa.
Y luego está la estupidez, la fanfarronería innata, ser más listos que el vecino, presumir en la oficina de haber visto una película que seguramente no nos gusta, pero alardear de haberlo hecho antes que nadie y por menos precio, o incluso gratis. Ésta es la verdadera razón de ser del top manta peliculero, estad seguros. Que nadie dude de que sus consumidores habituales son cualquier cosa menos aficionados al séptimo arte. Los cinéfilos de verdad van al cine, graban pelis de la tele, alquilan en el videoclub o compran los DVD originales. Y si piratean, lo hacen por Internet, donde existen determinadas páginas web que ofrecen descargas de calidad.
La literatura, por último, no parece estar afectada de momento por el fenómeno de la manta. ¿Será por la dificultad del proceso de copiado o más bien por la falta de demanda? Mejor ni pensarlo, no vayamos a dar ideas. Aunque eso no quiere decir que no haya piratería. La piratería literaria se llama plagio, y se lleva a cabo dentro del propio entorno. Escritores contra escritores, el enemigo en casa.
En fin. Me parece que esto es como lo del tabaco. Quienes se benefician con su comercio son los mismos que aprueban leyes para prohibir su consumo. Si no, hace tiempo que ya no existirían las cintas y cedés vírgenes, las fotocopiadoras o los escáneres, los móviles con cámara y los DVD grabadores.
Y que tenga cuidado Carlos Latre, que cualquier día de éstos alguien lo denunciará por piratear personajes reales. Ahora la ley actúa.

lunes, 30 de octubre de 2006

Noche de miedo


Nunca he sido precisamente un entusiasta de la fiesta de Todos los Santos, para qué nos vamos a engañar. De hecho, ni siquiera puede decirse que sea un día literalmente “festivo”. Vale, no hay que ir a trabajar, eso es inapelable, pero las ceremonias reservadas para tal fecha tienen que ver, no lo olvidemos, con la honra póstuma a los ausentes y, por consiguiente, con lo fúnebre.
Suerte que lo compensamos, como casi siempre, recurriendo a la repostería tradicional, y se nos llenan las calles y los mofletes de castañas y boniatos, de los dulces y variados panellets, y, en determinados lugares, también de esos pastelillos cilíndricos bautizados no sin macabra ironía como “huesos de santo”.
Y aquí se acababa la cosa. Antes, claro.
¿De qué serviría aquello de la globalidad, el crecimiento sostenible y la expansión de los mercados si no pudiéramos por fin disfrutar de algo tan ajeno y a la vez tan familiar como la noche de Halloween?
El elemento siniestro no se pierde, esa ventaja también es innegable. No sólo no se pierde sino que nuestros amigos del otro lado del charco, fieles a esa afición suya por el espectáculo y la grandilocuencia, nos invitan a saltar la tapia del cementerio y traspasar la barrera del más acá.
Así que las castañas y los piñones han tenido que hacerle un hueco (bien grande, por cierto) a la calabaza esa que se ríe con más mala baba que cachondeo, y los mortales pasamos la noche viendo por televisión al jinete sin cabeza o al asesino de la máscara de hockey, mientras nuestros hijos juegan a eso tan extraño del “truco o trato”, que a mí me suena al timo del tocomocho.
Suerte que este año, nuestros políticos (para que luego digan), se han marcado el detalle de aportar un toque de originalidad y nos han cambiado la noche de los difuntos por la jornada de reflexión. Nada de sangre, vísceras colmillos afilados o cuerpos putrefactos. Esta vez recorrerán nuestros sueños las sonrisas pasteurizadas, los latiguillos mordaces, las promesas sucedáneas y los cuellos almidonados de los candidatos (bueno, tal vez también el trasero de alguno más atrevido…).
No me negaréis que es para morirse de miedo.

sábado, 7 de octubre de 2006

Blanco y en botella


Vaya fracaso. La primera vez que participo en un concurso y menudo ridículo. Eso por fiarme de mis familiares y amigos, que me dijeron que las preguntas eran facilísimas y estaba chupado volverse a casa con unos miles de euros como si fueran una paga extra improvisada.
El nombre que le han puesto al concurso (Blanco y en botella) sugiere claramente esa supuesta poca dificultad, pero una vez allí, con los nervios inevitables que un tipo del montón como yo experimenta cuando le enfoca una cámara con semejante alevosía, la cosa no es tan sencilla, qué diablos.
El presentador era un hombre simpático, eso no lo voy a negar. No tan socarrón como ese que levanta la ceja y ahora no recuerdo el nombre, ni tampoco tan gamberro como esos de las gafas oscuras y el traje negro. Trató en vano de inspirarme confianza, sobre todo insistiendo en que las preguntas que me haría estaban catalogadas dentro de esa relativa e inconcreta categoría que denominamos “cultura general”. Pero nada, ya digo. Un desastre.
Las normas del juego eran simples. Tres preguntas, supuestamente sencillas, valoradas en 300 euros cada una. Podía fallar incluso dos. Es decir, con una sola de ellas que hubiese acertado, habría pasado a la segunda fase, donde las preguntas serían más complicadas, si bien los premios más cuantiosos.
La dinámica, igualmente fácil. El presentador leería en cada ocasión un enunciado orientativo, con las pistas suficientes como para que sólo un lerdo pudiese fallar la respuesta.
Y he aquí lo que ocurrió.
Primera pregunta: Evento de carácter internacional y multitudinario que hace poco se celebró en Barcelona y congregó a una muestra representativa y variada de las culturas del mundo.
Supongo que, condicionado por la insistencia de mis familiares en que las preguntas eran fáciles, no dudé ni un segundo: “¡La final de la Champions!”, afirmé con rotundidad.
Un ¡Ooooooooh! del público y una mueca agria del presentador me confirmaron que había metido la pata. Resulta que era el Fórum… Como para acordarse.
Pero bueno, aún podía ganar 600 euros como mínimo, y mi honor todavía estaba casi intacto.
Segunda pregunta: Nombre de un español que últimamente se ha hecho muy famoso conduciendo un coche.
Ésta sí que la sabía: “¡Farruquito!”.
Otra vez la mueca del presentador y el lamento del respetable… La respuesta era Fernando Alonso. Pues vaya. Yo creía que Fernando Alonso era el presidente de Tele 5. Ya se imaginarán por qué lo digo.
En fin. Una última oportunidad para salvar la honra y volver a casa con cincuenta mil pelas de las de antes.
Tercera pregunta: El antiguo alcalde de una ciudad que fue famosa por una “movida”.
Los fallos anteriores habían debilitado mi confianza. Aun así, lo sabía. Estaba seguro. La respuesta era Julián Muñoz. No podía ser otro. No obstante, intenté apelar a la compasión del presentador, y le rogué que me diera una pista más.
El hombre, supongo que tan avergonzado como yo por mis anteriores muestras de ineptitud, accedió a mi ruego y me sopló: “Se trata de un hombre ya fallecido”.
¡Ajá! Así que esta vez tenía trampa… O sea, que no era Julián Muñoz, sino el otro. Jesús Gil. Y lo dije, claro: “¡Jesús Gil!”.
En esta ocasión, el público ni siquiera se molestó en exclamar lamento alguno. Era normal. Ya no les pillaba de sorpresa.
“Lo siento, amigo”, me dijo el presentador. “Nos referíamos a Tierno Galván”.
Maldita sea. Mira que confundir la movida madrileña con la “malaya”…
Al salir del estudio de televisión no tuve valor para regresar a mi casa, al menos no sin unas cuantas copas en el cuerpo. Me metí en un bar irlandés muy oscuro y casi vacío. Desplomé sobre la madera desgastada y chorreante de la barra el fardo de mi cuerpo inculto y fracasado. Un camarero pelirrojo con acento de Doña Croqueta tomó nota de mi pedido.
Allá por el cuarto cubata, añadí la torpeza al rosario de despropósitos, y derramé sin querer mi vaso, cuyo contenido fue a estamparse en la camisa floreada del barman. Por unos segundos, imaginé su rudo y rosáceo puño estrellándose contra mi cara descompuesta, pero el hombre me indicó con un gesto de la mano que no pasaba nada.
Con la lengua pastosa y trabada, acerté a decir: “Perdone. Una pregunta… ¿Blanco y en botella…?”.
“Baileys”, me contestó. Y se quedó tan ancho.

lunes, 2 de octubre de 2006

Pobre verdad


Tiene gracia la cosa. Yo que me reí en su tiempo de mis abuelos porque no se creían lo del hombre en la Luna. Yo que fui tan condescendiente con ellos y pensaba: “pobres, es la época que les tocó vivir y la educación que les tocó sufrir”.
Tiene gracia porque, en este siglo XXI que tantos novelistas visionarios asociaron con la conquista del espacio galáctico, día a día crece el número de incrédulos respecto a ese pequeño paso para el hombre y grande para la humanidad que presuntamente tuvo lugar hace cuarenta años sobre la superficie de la Luna.
Es curioso, ¿verdad? Los intelectuales y los vecinos del barrio, los presentadores de televisión y los compañeros del trabajo. Todo el mundo se ha vuelto de repente objetor de conciencia espacial. Y encima, por si hiciera falta echar más leña al fuego de las dudas, va la NASA y extravía, precisamente, todo el material grabado que supuestamente probaba la inefable hazaña del señor Armstrong y compañía.
Yo siempre he creído que un poco de escepticismo en la vida es fundamental y necesario, pero me parece que ya no somos tan sofisticados. O sea, que no es que pongamos en tela de juicio lo que antes suscribíamos a ciegas porque seamos más inteligentes y, por tanto, exigentes de cara al conocimiento. Ojalá, pero no.
Lo que pasa es que somos unos desconfiados. A secas. Nos hemos envuelto sin darnos cuenta en el parapeto de los inseguros, en la desconfianza por sistema del que se siente inferior a los demás y siempre teme que lo engañen. ¿Quién nos ha robado esa facultad de decidir qué es verdad y qué no lo es?
Sería demasiado fácil echar la culpa a la televisión. Y no es que no tenga que ver con ello nuestro aparato doméstico favorito. Pero yo, más que como el culpable, lo veo como la prueba del delito. El instrumento.
No voy a volver a mis abuelos, pero conviene recordar que no hace tanto, salir en televisión era como aportar la prueba definitiva de que algo era real. Qué extraño que hoy suceda justo lo contrario.
La niña Natascha de Austria, a quien ayer mismo compadecíamos, mañana será carnaza de la salsa de tomate, la salsa rosa o cualquiera de los mejunjes habituales del chafardeo. El robo del presunto sillón de Zapatero, que se nos vendió como la reencarnación de las gestas de Robin Hood en versión oenegé, se ha quedado en un sainete de videoclip perpetrado por los mismos que ya nos engañaron este verano con sus anhelos de castidad mojigata, y que en realidad servían a la todopoderosa MTV, que de ONG no tiene ni siquiera una letra.
Y así puedo seguir hasta eternizarme: cachivaches de cartón piedra que parecen sacados de las páginas del TBO y presentados grotescamente como máquinas de la verdad; sucedáneos de reportajes supuestamente furtivos, en versión original subtitulada, y grabados con cámaras que tienen tanto de oculto como de sincero los personajes que retratan; noticias de telediario patrocinadas por marcas de desodorante y clínicas de liposucción, como si la información gratuita, aparte de un derecho, fuese también un deshecho…
Sí amigos. El día en que descubrimos que la tele podía manipularse se nos derrumbaron los sólidos cimientos de la veracidad. Lo que no entiendo es por qué tardamos tanto… Perdón, abuelos míos, dondequiera que estéis.

martes, 26 de septiembre de 2006

El verbo hablar


He visto recientemente un anuncio de La Caixa en televisión que me ha producido un insano estupor, cercano incluso a la indignación. Esta última no se debe en absoluto a ningún tipo de animadversión concreta hacia esa entidad, sino más bien a un efecto acumulativo, pues son ya muchos, lamentablemente, los ejemplos que día a día va uno recopilando en este mundo que cada vez adora más al número y la aritmética, en detrimento de la palabra y la comunicación.
Y es que me resulta francamente difícil entender cómo una empresa que ha demostrado frecuentemente un notable interés por el fomento la cultura puede haber cometido un desliz como el que evidencia el mencionado spot publicitario (quiero pensar que se trata de eso, un desliz, un despiste, una torpeza sin más, una falta de rigor inconsciente y nunca un desprecio intencionado hacia el idioma).
El anuncio al que me refiero hace alusión a las diferencias generacionales entre los más jóvenes y los más mayores, ilustrando dicho contraste con varios ejemplos del tipo “piensan diferente”, “visten diferente”, o, aquél que nos ocupa y motivo de mi desagradable sorpresa, “hablan diferente” (en el rótulo que el anuncio muestra en pantalla se lee, literalmente, “Ablan dfrnt”) .
Me parece perfectamente acertado elegir el lenguaje abreviado de los mensajes telefónicos o SMS para aludir a esta innegable diferencia de hábito entre jóvenes y viejos, tan propia de nuestros tiempos. Es de sobra sabido que esta nueva forma de comunicación está más que extendida hoy en día, y especialmente entre la comunidad adolescente y juvenil (si bien cada vez gana más adeptos también entre los adultos, todo hay que decirlo). El caso es que dicho lenguaje se caracteriza por el uso de las abreviaturas, justificando esta particularidad siempre que atienda a motivos puramente prácticos. Es decir, las limitaciones obvias del SMS obligan a aprovechar al máximo el reducido espacio que ofrece algo asimismo tan ínfimo como la pantalla de un teléfono móvil, y de ahí que la tendencia a suprimir letras (vocales, en la mayoría de los casos) y contraer por tanto las palabras resulte tan lícito y procedente como cuando se toman apuntes en una clase cualquiera del instituto o la universidad.
Ahora bien, abreviar no tiene por qué implicar necesariamente un atentado contra las normas gramaticales, algo que desgraciadamente ocurre más a menudo de lo que sería deseable y a lo que la mencionada entidad, aunque sea de forma involuntaria, ha contribuido también por medio del anuncio.
Utilizar “Ablan dfrnt” como ejemplo de texto juvenil resultaría ideal en un reportaje de divulgación destinado a alertar de esta creciente y preocupante afición contemporánea por el empobrecimiento lingüístico, pero supongo que el objetivo de la campaña publicitaria no responde a fines tan altruistas ni didácticos, por lo que, tras ver el spot, uno puede correr el riesgo de concluir algo tan simple y penoso como que los jóvenes hablan diferente porque, sencillamente, no saben hablar.
Pensemos en lo fácil que hubiera sido emplear la abreviatura “Hblan dfrnt”. Con ello, además de gastar exactamente el mismo número de letras, se evita la aberración ortográfica de suprimir la hache en el verbo hablar.
En resumen, y sin ser precisamente un fanático de las abreviaturas, me parece que, una vez admitido su uso como práctica cotidiana e informal destinada a facilitar el flujo de la comunicación interpersonal, deberíamos todos (y en especial aquéllos que se ganan la vida en sectores como la información, la comunicación, la publicidad o las letras) hacer el esfuerzo de no caer en determinados descuidos e imperdonables perezas que seguramente no afecten a los objetivos comerciales o las cifras de negocio, pero sí que estarán contribuyendo a la degradación de una sociedad cada vez más inculta y menos sensible con el uso de algo tan valioso como la palabra escrita.
Para finalizar, quisiera invitar tan sólo a reflexionar sobre una cosa. Pensemos en la tremenda contradicción que supone este tratamiento tan desafortunado del verbo hablar en una entidad que desde hace tiempo alardea orgullosa un eslogan que dice: “¿Hablamos?”.