lunes, 18 de julio de 2016

En modo novela (31) - Final y una confesión



Mi tiempo de escritura, como ya habréis comprobado los más fieles seguidores de esta bitácora, anda ocupado casi en su totalidad por esa novela a la que pondré el punto final antes de que se vayan los calores.

Voy a aprovechar también este cierre de ciclo para reciclarme yo mismo y hacer algunos cambios en mi alter ego internauta. Para ser sincero, todavía no sé con exactitud lo que resultará, pero aquellos que sigáis pagando vuestra factura telefónica o pirateando el wi-fi al vecino os vais a enterar seguro. Mientras tanto, me tenéis disponible paseando por las aceras de Facebook, donde me seguiré dejando ver y, cuando toque, os mantendré informados de mis avances, retrocesos, eventos y tejemanejes literarios.

Como despedida de esta etapa, os dejo algunas fotos más a modo de “álbum de boda” (para los clásicos) o “mosaico temático” (para los modelnos) de mi último periplo novelero.

Y sí, una confesión. O media: no tengo más remedio que reconocer que os he engañado un poquito. Despistado, más que engañado, que suena feo. No fue intencionado. Hace unos meses sucedió algo que provocó a su vez un giro inesperado, del cual sabréis todos los detalles cuando la novela haya encontrado un pretendiente digno de sus virtudes y esté preparada para su viaje a la imprenta.

Nos vemos ya mismo.







miércoles, 25 de mayo de 2016

En modo novela (30) - Presunción de frikismo



Antes había melómanos, cinéfilos, bibliófilos, hinchas, gourmets, fashion victims, feligreses, mitómanos, fetichistas, groupies, militantes y fans, a secas, pero desde que descubrimos la palabra friki, decidimos convertirla en nuestro comodín preferido, y ahora nadie se escapa de serlo, ya no hay aficionados ni devotos ni apasionados ni maniáticos; hoy todos somos frikis de algo, no os escapáis ninguno. (La crisis económica, por lo que se ve, también afecta al lenguaje; cada vez somos más rácanos.)

A éste que suscribe lo han acusado de presunto frikismo por muy diversas razones —desde no tener coche hasta ser del Athletic; desde no subir en la montaña rusa hasta conservar mi colección de cintas de casete—, la mayoría de dudosa justificación. La última vez, simplemente se me ocurrió decir que añoraba los videoclubes. En serio. Echo de menos la liturgia de revisar las fundas vacías en los estantes, de escrutar las carátulas, el olor a plástico, la expectación ante los estrenos (antes era así, cuando Internet aún no había impuesto su ley bucanera, uno debía esperar casi un año a que el último gran estreno se editara en VHS y pudiera alquilarse). Por supuesto que siguen existiendo los videoclubes, pero ya son otra cosa, cajeros automáticos, aplicaciones informáticas, sistemas de taquilla en televisiones de pago… nada que ver.

Para los filmófilos como este peatón se hace difícil la adaptación a este nuevo concepto o rol del espectador cinematográfico. Al margen de la nostalgia videoclubera, si algo echo realmente de menos en la cultura de ir a las salas, algo que vamos perdiendo sin apenas darnos cuenta. Muchos cines están a reventar los fines de semana, sí, aunque a menudo tengo la sensación de que quienes a ellos acuden lo hacen movidos por reclamos y sentimientos muy diferentes a los de antaño.

La última vez que paseé por mi antiguo barrio madrileño rememoré la oferta de salas de cine que en su momento tuve a mi disposición y a tiro de piedra, todas ellas enclavadas en un recorrido de alrededor de un kilómetro (la distancia entre la Plaza de Castilla y la glorieta de Cuatro Caminos). Estaban el Versalles, el Murillo, el Tetuán, el Savoy, el Lido, el Carolina, el Lido, el Europa, el Montija —que luego fue el Condado—, el Cristal, el Metropolitano y el Cinestudio Griffith (no menciono el Novedades, el Windsor y el Gayarre por estar fuera de la ruta mencionada, si bien eran opciones tan frecuentadas como las demás, en el mismo barrio). Es decir, más o menos un cine cada cien metros, y es probable que mi memoria se haya dejado alguno por el camino.

De todos ellos, sobrevivieron hasta no hace mucho el Lido, que se reinventó en forma de multisalas, y el antiguo Cinestudio Griffith, reconvertido en el Renoir Cuatro Caminos, cuatro salas, también difunto desde hace un par de años.

Tiburón, Terremoto, Poltergeist, Dos hombres y un destino, Gremlins, El coloso en llamas, Grease, En busca del arca perdida, El baile de los vampiros, E.T. el extraterrestre, El retorno del jedi, El jovencito Frankenstein, Ben-Hur… Unas de estreno y otras en programas dobles y hasta triples, en sesión continua, una manera de entender la experiencia cinematográfica que iniciativas como Phenomena, y, a su manera, Sing-Along, están intentando recuperar en algunas ciudades (aparte de la ya consolidada Fiesta del Cine, que de excepción debería pasar a ser la norma).

En fin. He visto centenares de películas en todos esos cines, pero nunca he ido disfrazado de Darth Vader, ni de Tony Manero. Lo digo por lo del frikismo… Otra cosa es que a estas alturas ya se considere friki o raruno el solo hecho de ir al cine en vez de descargarse las pelis para el ordenador. No lo descarto.


miércoles, 27 de abril de 2016

En modo novela (29) - Dragones y fantasmas



Este año tocaba sacar a pasear novela nueva —o semi nueva; o renovada— con motivo del Día del Libro.

La edición 10º Aniversario de El fantasma de Buravia le hizo compañía a La vida privada de Dios en la parada de Sant Jordi, que en esta ocasión se trasladó a Platja d’Aro, porque en abril ya apetece mirar de frente al mar, y porque nuestra anfitriona, Carme Lafay, nos preparó una jornada que ya quisieran los superventas editoriales.

Además de con Carme, tuve el placer de compartir chiringuito librero y comida con Montserrat Fugardo, Carme Rovira, Carmen Chica, Francesc Rovira y Magdalena Albero.

El encuentro dio para hablar de todo, desde las veleidades primaverales hasta la muerte anunciada del futuro de subjuntivo o la multiculturalidad del orgasmo. Y claro, también de nuestros libros.

La cámara de Silvia (que tuvo a  bien “descuidar” a La Nena para la ocasión) ha recogido más de un centenar de momentos, que muchos ya habréis podido chusmear en las redes sociales, junto a otros muchos vídeos y fotos tomados por el resto de autores, la tele local y la organización del evento.

He aquí una pequeña muestra de todo ello.












Como de costumbre, cada libro vendido tuvo su valor en euros y en risas, las que los voluntarios de la Fundación Theodora provocan, convertidos en payasos de bata blanca, en las habitaciones de los hospitales ocupadas por sus internos más pequeños e inocentes.


Con Cynthia Gerlinger, de la Fundación Theodora

Señalar también que mi resucitado fantasma formó parte de la parada del Aula de Escritores y la Editorial Hijos del Hule, en el barrio barcelonés de Gracia, lugar donde puedes cruzar el Amanogawa y abrir una caja en la que hay un gato maullando porque quiere turrón…

Mucho más en:
https://www.facebook.com/joseignacio.garciamartin.3
https://www.facebook.com/ElfantasmadeBuravia/?ref=aymt_homepage_panel



viernes, 8 de abril de 2016

En modo novela (28) - Palabras y cacharros



Ocurrencia del día:

No me importa reconocer que la primera vez que oí la palabra procrastinación pensé que la cosa iba de una campaña a favor de cortarle los huevos a alguien (o al género masculino en su totalidad, incluso). Es normal. Por eso hay gente que dice “delgado como una sífilis” o “encontró la hormona de su zapato”. Cuando nos enfrentamos a una palabra desconocida nos puede la pereza, y en vez hacer el esfuerzo de averiguar nos resulta mucho más cómodo tirar de repertorio y buscar en el saco de los términos ya aprendidos el que más se parezca a ese tan raro que acabamos de escuchar.
Al ignorar el significado de esa nueva palabra, obviamente, la semejanza encontrada será siempre superficial, un mero parecido ortográfico o sonoro.

Es curioso como a veces el sonido de las palabras es la pauta que nos conduce hacia su significado, con el riesgo que ello conlleva. Los árboles de la fonética nos impiden ver el bosque de la semántica, por decirlo en modo meme o viral 2.0 (o lo que sea, que para eso estamos en internet).

Ya sobre la novela, propiamente dicha:

Algunas cosas no han cambiado apenas en el transcurso del último siglo, pero si atendemos a todo lo relacionado con la tecnología, los últimos diez años concentran una actividad tan desaforada que ha terminado por distorsionar nuestros parámetros para decidir qué es antiguo o moderno.

Una historia ambientada en 1979 implica prescindir de teléfonos móviles, de reproductores de DVD, Blu-Ray, MP3 o MP4; de tablets, iPads e iCacharros en general, y no sólo eso: de ordenadores, no ya portátiles, sino de cualquier computadora de uso cotidiano o doméstico. Olvídate del fax, de la impresora láser, del GPS, de la PlayStation, y ojo al dato: accesorios tan corrientes como el mando a distancia de la tele o el cajero automático, aunque ya inventados entonces, eran material más cercano a la ciencia ficción que a la teletienda (que, por cierto, tampoco existía; los televisores eran todavía mayoritariamente en blanco y negro, y había un canal y medio para ver, nada más).

Así que no puedo decir que esté escribiendo lo que se conoce como una novela histórica, pero si bien la brecha cronológica sitúa los hechos en una época que podemos definir como contemporánea, la brecha tecnológica me obliga a tener activado el modo “alerta de anacronismo” cada tres líneas, y también a resolver según qué situaciones sin ayuda de la informática, lo que supone un ejercicio francamente estimulante.

Para acabar, otra pista musical, que ya no tiene que ver con los Beatles, pero que no explicaré más, para no hacer trampas… si es que no las estoy haciendo ya…


miércoles, 16 de marzo de 2016

En modo novela (27) - Arquímedes es la polla


 
Las historias del clan Puccio y del ex policía José Luis Torrente se escriben con el trazo grueso de la sordidez, y ahí parecen terminar todas las posibles y razonables semejanzas entre ambas. 
 
La primera es un hecho real acontecido en la Argentina ochentera y post Videla que ha dado lugar a una muy buena película de Pablo Trapero y a una no menos fabulosa serie de televisión dirigida por Luis Ortega. Creedme que lo que se ve y se oye tanto en el largometraje como en la serie pondría los pelos de punta al mismísimo Lovecraft. Miedo, asco, grima, angustia, escalofrío, y de vez en cuando la tentación de volverse un misántropo recalcitrante o de pedir que te den baja el carné de ser humano. Dos obras tan aterradoras como imprescindibles.
 
Si hablamos de Torrente, a estas alturas poco puede añadirse que no se sepa ya. Suma fieles y detractores casi a porcentajes iguales, y tanto unos como otros reconocerán que, aun partiendo de referentes que conocemos y presenciamos cada día, el personaje creado por Santiago Segura es una parodia, una invitación a recrearnos en nuestro acervo carpetovetónico y casposo, un festival satírico en el que los freaks dan risa o pena, pero casi nunca miedo.
 
Dicho esto, ¿qué conexión narrativa o dramática podría existir entre una y otra historia? ¿A qué guionista podría ocurrírsele remedar la verborrea embriagada y troglodita de Torrente en el discurso maquiavélico y cavernoso del inquietante Arquímedes Puccio?
 
Comprenderéis ahora mi asombro al contemplar, en el capítulo segundo de la serie Historia de un clan, la siguiente escena en la que el patriarca de los Puccio conversa con uno de sus hijos en un baño público:
 
video
 
 
 
Por si alguien aún no lo ha pillado, aquí tenéis una de las secuencias paradigmáticas del torrentismo:
 
 
 
No está mal que de vez en cuando recordemos que no importan tanto las palabras en sí mismas como la persona que las dice o el contexto en el que se pronuncian, y que una frase, la que sea, puede ser comedia o drama sin cambiarle una sola letra ni una mísera coma.
 
Y, bueno... luego está eso de decidir cuándo la realidad copia a la ficción o dónde están los límites del método Stanislavski... Algunos actores se ganan tan bien el sueldo que terminan poseídos por sus personajes o bien injustamente encasillados por el público perezoso (Segura es un caso evidente, y, si no recuerdo mal, a Larry Hagman, el J. R. de Dallas, casi lo corren a cintarazos y bolsazos durante una visita promocional a España). Será por eso que casi me enternece ver a Alejandro Awada (que interpreta a Arquímedes Puccio en la serie Historia de un clan) recogiendo el Premio Tato al mejor actor en un estado de envidiable comunión con el dios del vino y el himno de la patria asturiana.
 
 
 
Y ahora, a lavarme las manos para seguir escribiendo.
 
 

viernes, 5 de febrero de 2016

En modo novela (26) - El cine con eñe


Como de costumbre, mi resumen sobre el cine español antes de que se entreguen mañana los premios de la Academia.

Si tuviera que escoger una película como ganadora, le daría mi premio peatonal a Truman, de Cesc Gay. Cada edición hay Goyas cantados, y hay uno que este año, más que cantado, viene recitado con el inconfundible chamullo porteño de Ricardo Darín, probablemente el mejor actor de habla hispana que existe hoy por hoy en el cine y el teatro y hasta en la tertulia del bar de su barrio. Su trabajo en Truman es un alarde de credibilidad y sutileza, con el talento de quien no precisa de aspavientos ni muecas para encabritarte las emociones y ponerte los lacrimales en alerta def con dos. Y no me olvido de Javier Cámara, perfecto en su misión de guiarnos e implicarnos como testigos privilegiados en el recital de Darín. Pero ojo, ésta no es una película sensiblera como esos telefilmes de la siesta dominical. Uno de los principales méritos de su director es saber encontrar siempre la justa medida para que el material no se le vaya de las manos y termine desembocando en la tragedia o el desmadre. Cesc Gay no es una estrella del cine español, pero es (como Alberto Rodríguez o Daniel Monzón) un profesional de los que creen tanto en su manera de hacer las cosas que ha encontrado en la constancia y la paciencia las mejores aliadas para acabar subiendo al podio de los ganadores. Si alguien tiene curiosidad por comprobarlo, que revise las que a mi parecer son, junto a Truman, sus mejores obras: En la ciudad, Ficción, Krampack y Una pistola en cada mano.
 


En la lista de aspirantes de honor, incluiría:

El clan (Pablo Trapero). Al director argentino se le da de miedo (nunca mejor dicho) explorar los recovecos más oscuros y retorcidos del ser humano. En este caso, algo más estilizado, pero igual de inquietante que siempre (recordad El bonaerense  o Carancho). Un caso real que pone los pelos de punta, algo a lo que ayuda mucho la gélida y a la vez escalofriante presencia de Guillermo Francella. Imprescindible.

Negociador (Borja Cobeaga). Cobeaga es uno de los profesionales más valiosos del cine español, aunque parezca que donde más a gusto se siente es el segundo plano (de hecho, su mayor éxito lo ha logrado en la sombra, como guionista de Ocho apellidos vascos). Más minimalista que nunca, en esta película consigue hacer comedia costumbrista de un tema el terrorismo de ETA que hasta ahora era un tabú casi inédito en la filmografía ibérica(Días contados, La voz de su amo…). Elegante e inteligente. La rareza más interesante del año.

Felices 140 (Gracia Querejeta). Ya lo dije aquí. El mérito principal de Felices 140 es que parece que la hemos visto ya cincuenta veces (otra película sobre el reencuentro de viejos amigos, como Reencuentro, Los amigos de Peter, Pequeñas mentiras sin importancia y un etcétera tan largo como la obra de la Sagrada Familia), pero resulta que guarda cartas en la manga para  convencerte y sorprenderte a partes iguales. Gracia Querejeta, que no suele brillar en la faceta técnica, sí acostumbra a hacerlo en la narrativa, y aquí alcanza el buen nivel que ya mostró en El último viaje de Robert Rylands, Héctor y Siete mesas de billar francés. Los actores y, sobre todo, las actrices, destacan en una trama que viaja de lo corriente a lo extraordinario y que se enriquece a base de un par de giros cuya efectividad depende del tipo de información previa que se haya leído o visto sobre el filme. Además de la típica historia de secretos, rencillas y nostalgias que suele derivarse de este planteamiento, la película termina regalando una jugosa invitación a plantearnos hasta qué punto el ser humano puede ser egoísta o generoso, leal o traidor, noble o rastrero, incluso con sus amigos y sus seres presuntamente queridos.

El club (Pablo Larraín). No niego que con el tiempo ha crecido mi reticencia hacia el feísmo como consigna de estilo, hacia esa excusa que esgrimen ciertos autores para descuidar la estética en aras de hacer prevalecer la presunta profundidad de sus mensajes, como si filmar bien y bonito fuera incompatible con el arte y todo eso. Bueno, en este caso, el estilo desaliñado y cuasi documental de Larraín le viene al pelo a esta historia que rezuma terrible realidad por todos sus poros y te deja tan helado como acojonado. Perfecta para montar un programa doble con la magistral Spotlight (Tom McCarthy), que tenéis ahora mismo en los cines. Con la iglesia hemos topado... que Dios nos pille confesados. Impresionante, aunque no apta para todos los públicos.

El desconocido (Dani de la Torre). Uno de esos thrillers que, como los primeros de Amenábar y los recientes de Daniel Calparsoro, Alberto Rodríguez, Daniel Monzón o Enrique Urbizu, hacen sacar pecho y hablarle de tú a tú al hollywoodiense de turno. Buen ritmo, brillante en lo técnico y con interpretaciones en general sobresalientes, en especial la de Luis Tosar, que es un pedazo de actorazo, valga la rima consonante. Cierto que no es excesivamente original, pero los giros son resultones, y el hecho de utilizar la crisis económica como trasfondo dramático le da su aquél. Una buena elección para ir al cine a entretenerse y descargar un poco de adrenalina.

Éstas son para mí, junto a Truman, las mejores películas habladas en castellano del 2015.

 


No entiendo demasiado la casi total ignorancia de la Academia hacia la película de Querejeta (tiene sólo dos nominaciones, Marian Álvarez y Nora Navas, como actrices de reparto), ni tampoco que a Cobeaga sólo lo hayan nominado como guionista, que ya es mucho, aunque no suficiente, en mi opinión.

Otras películas que merecen recordarse más allá de los podios y los laureles son A cambio de nada (Daniel Guzmán), que ganará seguro el premio al mejor director novel; Requisitos para ser una persona normal (Leticia Dolera), Sexo fácil, películas tristes (Alejo Flah), Techo y comida (Juan Miguel del Castillo), Anacleto. Agente secreto (Javier Ruiz Caldera) y Mi gran noche (Álex de la Iglesia).

En cuanto a los actores, pienso que merecían una candidatura Ramón Barea y Josean Bengoetxea por sus papeles en Negociador, así como Guillermo Francella por su monstruoso Arquímedes Puccio de El clan. Tampoco hubiera estado de más reconocer a Jaime Ordóñez como aspirante a mejor actor revelación por su fan fatal raphaeliano de Mi gran noche, y lo mismo a la jovencísima Paula del Río, revelación absoluta de El desconocido. Y añado un apunte personal al hilo de esto: creo que los Goya (y de paso también los Oscar) deberían incluir una candidatura al mejor reparto. Además de premiar los trabajos individuales, hay películas que destacan sobre todo por el conjunto de sus intérpretes. Este año podría haber entrado en esa categoría un filme como Felices 140, y a lo largo de la historia de los premios ha habido otros muchos que justifican mi sugerencia: En la ciudad (Cesc Gay), Mensaka (Salvador García Ruiz), La comunidad (Álex de la Iglesia), En la ciudad sin límites (Antonio Hernández), Smoking Room (J.D. Wallovits y Roger Gual), El método (Marcelo Piñeyro), Casual day (Max Lemcke), Remake (Roger Gual), Familia (Fernando León de Aranoa), Días de fútbol (David Serrano), Flores de otro mundo (Iciar Bollaín), La niña de tus ojos (Fernando Trueba), La noche de los girasoles (Jorge Sánchez-Cabezudo), El otro lado de la cama (Emilia Martínez-Lázaro), El viaje a ninguna parte (Fernando Fernán Gómez)…

 

Y por supuesto que comprendo que las taquilleras Regresión (Alejandro Amenábar) y Ocho apellidos catalanes (Emilio Martínez-Lázaro) no hayan entrado en las candidaturas, la segunda por ser una repetición de algo que ya se exprimió hasta la última gota, y la primera más por la decepción (Amenábar despierta tanta expectativa que todo lo que no sea brillante le va en contra) que por la mayor o menor calidad de la película.

Hace veinte años, las películas de Amenábar eran buenas porque “no parecían españolas”, y ahora Regresión ya no es tan buena porque “no parece de Amenábar”.

Tras el fiasco de Ágora, en 2015 recuperamos la alegría al saber que el nuevo proyecto del director era otra vez un thriller. Pero jugar en la primera división de Hollywood puede haberle costado ese plus de autor que tenían sus otras películas. Regresión podría estar firmada por Gergory Hoblit, Gary Fleder o Scott Derrickson, o sea, esos directores cuyas películas habéis visto pero cuyos nombres no os suenan de nada. Va a resultar que el truco está en “parecer” o “hacer sombra” o “no tener nada que envidiar”, más que en formar parte literal de ese cine de gran presupuesto y ambición comercial (ya lo he dicho un poco más arriba: A Urbizu, Monzón, Rodríguez o Calparsoro  les va mejor porque se han quedado aquí).

Pese a los guiños a sí mismo (el nombre de Ángela, un comentario sardónico sobre las snuff movies…), la atmósfera conseguida y las interpretaciones de Ethan Hawke y David Thewlis, Regresión no terminó de funcionar, aunque tampoco es para según qué hostias que le han llovido (hay conflictos personales entre el director y ciertos críticos, en los que no me voy a meter, pero se notan mucho). También el final (que había constituido un punto fuerte reconocible en sus tres primeras obras) resulta algo tibio; puede que el deseo de Amenábar de no pecar de efectista se le haya ido de la mano. En fin, que Regresión es sosegada y no hiperactiva, como abunda ahora. Eso tal vez pase factura, pero no la convierte necesariamente en tostón.

Parece una contradicción, pero no lo es. Darle un poco de caña a Regresión significa a la vez reconocer el talento de Alejandro Amenábar.

 

 

miércoles, 13 de enero de 2016

En modo novela (25) - El estado de las naciones y el estado de las letras


 
En Aula de Escritores hemos empezado el 2016 igual que acabamos el 2015: con una celebración. Víctor del Árbol, antiguo alumno de la escuela, le ha dado un acelerón kilométrico a su ya desde hace tiempo desenfrenada carrera ganando la última edición del Premio Nadal.
 
Víctor es sin duda el ex alumno más exitoso. No sé si el mejor escritor, o el más talentoso. Ese juicio le corresponde a cada lector. Lo que sí pienso en estas situaciones es si alguien como Víctor estará disfrutando ahora más o, como mínimo, lo mismo que cuando nadie lo conocía. A ver, claro que está disfrutando de sus éxitos, de su reconocimiento y su buen momento profesional. Pero no hablo de eso. Me refiero a si disfruta escribiendo. Tengo la impresión de que sí, de que sus palabras y sus expresiones no verbales lo atestiguan, pero eso no significa que la relación entre el éxito y el oficio sea una ciencia exacta. Escribir una novela mediocre puede proporcionarle a su autor el mismo placer que escribir una obra maestra. Una vez publicadas ambas, la cosa cambia, claro. La cuestión es, ¿se puede llegar a la obra maestra como resultado cuando el proceso ya no resulta satisfactorio? Ahí os lo dejo. Pensad, pensad, malditos.
 
Por fortuna para mí, arranco el año contento de poder ponerme de nuevo ante el teclado y seguir alimentando de palabras ese archivo que ya cuenta por centenares sus páginas. Disfruto del proceso y, en estos momentos, es lo principal. Ya nos preocuparemos más adelante por sacar buena nota.
 
Cambiando de tema. Vivo por partida doble el guirigay parlamentario que nutre las parrillas informativas y sacia la gula del tertuliano común. Se supone que mi bienestar ciudadano depende tanto de Las Cortes como del Parlament, ahora que en ambos hemiciclos se ha puesto fin al apoltronamiento histórico, y la pluralidad volcada en las urnas amenaza con tener que partir en más porciones el apetitoso pastel del poder. Pues mira, me parece cojonudo. Es decir, tengo la impresión (y no es de ahora, pero me viene muy al caso insistir) de que de algún modo habíamos aceptado una versión del proceso electoral que se parecía más a la liga de fútbol que a la formación de un gobierno democrático.
 
Lo digo en modo Barrio Sésamo: si el parlamento es una representación de todos los ciudadanos, y éstos, o sea, nosotros, nos caracterizamos por pensar de maneras diferentes, tener puntos de vista dispares o aun opuestos, entender las prioridades de la vida desde perspectivas variadas e incluso enfrentadas; es decir, si la sociedad está compuesta por millones de individuos que conforman a su vez numerosas alternativas de opinión, ¿por qué aspirar a que lo ideal sea que quien dirija nuestro rumbo represente tan sólo a una de las múltiples corrientes existentes?, ¿por qué seguir pensando que discrepar significa necesariamente liarse a hostias?, ¿por qué si (al menos hasta el día de hoy) hemos sido capaces de convivir con vecinos, amigos, familiares y compañeros de ideologías distintas, nos encanta parapetarnos en las redes sociales para repartir “hijoputas” a diestro y siniestro, como si la discrepancia no fuera compatible con la tolerancia? Pues eso. Que trabajen los parlamentarios, que ya era hora. Y si por mí fuera, nada de mayorías absolutas. Esto no va de ganar o perder (habría que eliminar dichos verbos del lenguaje electoral). Se trata de entendernos entre todos, no de expulsar o aniquilar a los que piensan distinto. Que algunos dais hasta miedito.

 

martes, 29 de diciembre de 2015

En modo novela (24) - Fin de año


 
Primer año de trabajo completado, y parece que fuera hace un rato cuando desde los glaciares de la Patagonia os anunciaba el comienzo de la faena.
 
Estoy disfrutando de veras con la escritura de esta novela, pero al mismo tiempo tengo la sensación de que cuanto más produzco, en vez acercarme al final, lo que provoco es que crezca el conjunto, que es casi lo mismo que decir que el final sigue estando en el mismo lugar, si no aún más lejos. Así funciona esto, y nada peor para un novelista que las prisas. Veremos cómo cunde el 2016.
 
Por supuesto, La vida privada de Dios conserva la energía suficiente para continuar dando guerra durante el próximo año. En el 2015 vivimos la interesante experiencia de los clubes de lectura, aparte de las citas obligatorias del Día del Libro y las actividades del Aula de Escritores, así que seguiremos buscando nuevas maneras para convencer a los indecisos y a los adictos al bestsellerismo.
 
Ahora, una pausa para despedir el año. ¡Salud!