lunes 12 de marzo de 2012

Ochenta y tantos


El debate sobre la memoria histórica me parece lógico y necesario, lo que, por otra parte, no me garantiza que la Historia que conocemos por haberla estudiado en el colegio responda efectivamente a la realidad de los hechos acontecidos a lo largo de los años. Puede que en siglos pasados existiera la misma polémica que nutre hoy los periódicos, los noticiarios y algunos debates parlamentarios; tal vez nuestros antepasados también manipulaban o exaltaban la crónica de su tiempo movidos por intereses políticos, económicos o del tipo que fuera.
En un nivel más doméstico y trivial, creo que la cosa funciona igual. Ahora que los que fuimos adolescentes y jovenzuelos durante la insigne Transición y los celebérrimos años 80 empezamos a pasar de la cuarentena y evocamos las correrías de antaño cada vez que se nos va la mano con el vermú, resurgen los 80 a discreción, en los percheros de la tiendas de moda, en las ficciones televisivas, en las campañas publicitarias, en las radiofórmulas, en los bares de copas y en los cansinos envíos piramidales de correo electrónico. Dicen que vuelven los 80, y yo me pregunto, ¿cuáles? ¿Los de La Movida? ¿Los del deseado giro a la izquierda con la OTAN como peaje? ¿Los del 23-F? ¿Los del 12-1 a Malta? ¿Todos a la vez?
Mucho me temo que el marketing manda, y me inquieta la idea de que sean los creativos publicitarios, los consultores y los asesores de mercado quienes escriban la Historia, al menos la parte que se refiere a nuestro costumbrismo y modo de vida cotidiano.
Hoy se me ocurre hablar de esto debido a una conversación mantenida hace pocos días con mis compañeros de trabajo, en la cual (y sólo tomamos café; ni siquiera carajillo) nos dio por repasar éxitos musicales de veintitantos y treinta años atrás. Comprobé entonces que, para algunas personas, los 80 son los años de Bananarama, Rick Astley, Modern Talking, Barry White, Village People, es decir, sonidos discotequeros dentro de lo que ahora se conoce como mainstream.
Pero mis 80 fueron otros. Puede que vivir en Madrid influyera, aunque no todo el repertorio con el que exprimía al máximo la capacidad de resistencia de mi viejo radiocasete pertenecía a las bandas de la llamada Nueva Ola. Sí, por supuesto que me he hartado de escuchar a Nacha Pop, Siniestro Total, Kaka de Luxe, Los Secretos, Radio Futura, 091, Los Elegantes, Loquillo y los Trogloditas, Gabinete Caligari, Alaska y los Pegamoides, Golpes Bajos, Glutamato Ye-Ye o Pistones. Pero, antes de esta explosión rockera autóctona, estuvieron los coletazos del rock sinfónico setentero, grupos como Genesis, Supertramp. Electric Light Orchestra o Pink Floyd. Y de ahí pasamos al pop-rock británico de la era after punk, mezclado o intercalado con otros movimientos o tendencias. Convivían en aquellas cintas desvirgadas grabaciones directas desde el LP original con otras robadas a la radio, en las que a menudo se colaba la voz impertinente del locutor para arruinarte un estribillo o un apoteósico acorde final. Y, sí, uno alternaba lo más conspicuo y alternativo con lo más popular y comercial. A veces The Clash, R.E.M., The Jam, Madness, The Smiths, Kraftwerk, The Stranglers o The Cure, y a veces Depeche Mode, Talk Talk, B-Movie, The Human League, Spandau Ballet o Ultravox. De vez en cuando le salía a uno la vena más macarrilla y ponía a Leño, AC/DC o Alarma, y en ocasiones también te inclinabas por lo elegante y sofisticado, cosas del tipo Roxy Music, China Crisis o Soft Cell. De The Exploited a Deacon Blue; de Counting Crowes a El Último de la Fila. De todo y para todos los gustos, pero, de alguna manera, compatible.
La cuestión es que, a tenor de lo compartido con mis compañeros, sus ochentas y los míos, en términos musicales, fueron épocas radicalmente distintas.
Supongo que ahora sucederá lo mismo. Los nostálgicos de dentro de veinte años se dividirán entre los que evoquen cosas como Britney Spears, Lady Gaga o el plasta de Michel Teló, y los que reivindiquen a Love of Lesbian, Franz Ferdinand y The Strokes, por decir algo.

sábado 3 de marzo de 2012

Asombrosa realidad


Casi siempre, lo mejor de las películas de superhéroes está en su primera parte, en el descubrimiento y el desarrollo de los poderes, en la fase en que el personaje central hace frente al contraste entre su realidad cotidiana (que suele coincidir con la nuestra) y las posibilidades que le ofrece su don recién adquirido. Bien mirado, es lógico. Si alguna vez cualquiera de nosotros ha soñado con gozar de determinados superpoderes, seguramente no ha sido para trasladarnos a hipotéticos universos fabulosos, sino más bien para emplearlos en soluciones quizá más prosaicas, pero sin duda mucho más prácticas: acertar los números de la Primitiva, colarnos en el vestuario de las chicas sin ser descubiertos, leer los pensamientos de la persona amada o de nuestro peor enemigo, ponernos hasta arriba de chocolate o de güisqui y no enfermar nunca…
Sucede lo mismo con algunas películas de terror, como Poltergeist o Monstruoso, en las que lo más logrado e interesante transcurre en escenarios y contextos realistas, domésticos, reconocibles, antes de que los fantasmas y los monstruos hagan su aparición literal.
Y si la sugerencia es más efectiva a veces que la evidencia, apliquemos también el cuento a la parte promocional. Por ello, aunque este texto se debe al entusiasmo que me ha provocado la visión de Chronicle, poco os contaré de la película.
Es más, a quien desee imitarme, le sugiero que se olvide de trailers y reseñas; que vaya a verla, a sorprenderse, a disfrutarla.
Pero, por si acaso, aclararé algunos aspectos, para que nadie se lleve a engaño. En Chronicle no hay superhéroes al uso, ni mucho menos villanos megalómanos ansiosos por dominar el mundo. La excelente película de Josh Trank es una propuesta deslumbrante desde su aparente sencillez. En eso, se parece más a Déjame entrar que a, por ejemplo, X-Men. Aunque, insisto, nada de vampiros, ni monstruos, ni brujas, ni marcianos, ni duendes, ni criaturas del lado oscuro. Un trío de estudiantes con las preocupaciones propias de la edad, con sus vicisitudes sentimentales y familiares, con sus móviles y videoblogs; un retrato de la adolescencia contemporánea que podría haberse contado en forma de cine social a lo Peter Mullan (NEDS) o Ken Loach (Sweet Sixteen), y que encierra su mejor baza en la apuesta por la ciencia ficción sin alharacas tecnológicas, aunque con un sentido del espectáculo innegable e introducido en elegante crescendo y no a espuertas, como gustan de hacer otros.
Los efectos especiales no pueden ser más eficaces, por limpios y transparentes, siempre al servicio de la historia y nunca para eclipsar a los personajes.
Entre el David Cronenberg de Scanners, el M. Night Shyamalan de El protegido y el Matt Reeves de Monstruoso, y con, quizá, una pizca de esas otras joyas minimalistas del género como Gattaca, de Andrew Niccol, o Nunca me abandones, de Mark Romanek.
Como curiosidad, apuntar que el guionista, Max Landis, es hijo del legendario John Landis, autor de la maravillosamente gamberra Un hombre lobo americano en Londres y del videoclip más famoso de la historia, Thriller, de Michael Jackson. Los genes a veces juegan a ser lógicos.
Una pequeña gran obra que parece haber nacido con la etiqueta “de culto” debajo del brazo. Todo un sorpresón.

jueves 23 de febrero de 2012

Fabio el copión


En mi entrada anterior me permití una ironía sobre Ana Rosa Quintana, conocida periodista y presentadora de televisión, a quien no obstante la gran mayoría siempre recordaremos por culpa del escandalo que protagonizó al ser acusada de plagio literario, circunstancia que reveló asimismo otra trampa: la novela copiada no había sido escrita por ella, sino por un negro (o un escritor fantasma, que diría un anglosajón).
Mencionar a la ilustre dama de las mañanas catódicas me ha hecho acordarme de una información que leí en cierta ocasión, firmada por Miguel Mora, acerca de un personaje llamado Fabio Filipuzzi, escritor y editor italiano que confesó haber publicado como propios seis libros que en realidad resultaban ser sendos plagios de obras ajenas.
Durante cerca de un lustro, el jeta de Filipuzzi se atribuyó la autoría de tres ensayos y tres novelas. Estas últimas son:

La parola smarrita (La palabra perdida), un calco casi literal de la versión italiana de la novela La tarde del escritor, de Peter Handke.

La hipótesis de la belleza, escandaloso remedo de Aurore, la primera novela de Jean-Paul Enthoven (quien, según comenta Miguel Mora en su artículo de septiembre de 2010, es conocido principalmente por haber sido novio de Carla Bruni); en este caso, el insaciable Filipuzzi se permitió añadir también unas líneas robadas de El animal moribundo, de Philip Roth.

Por su parte, La donna di velluto (La mujer de terciopelo), contiene elementos “prestados” de diversos autores, como Paul Auster, Christopher Isherwood, Josephine Hart y Alain Elkann.

En cuanto a los ensayos, se trata de los titulados Eros y logos, La función social del arte y un tercero (el artículo La questione dello spazio e l'estetica decostruttivista di Bernard Tschumi) incluido en la antología Construir, vivir, pensar.
El engaño fue descubierto por Jean-Pierre Bouerdick, lector, traductor, ensayista y librero, y a la sazón admirador de Peter Handke, razón por la que no le fue difícil advertir las flagrantes similitudes existentes entre La tarde del escritor y la primera novela publicada por Filipuzzi. A partir de aquí, Bouerdick se autoerigió en policía editorial implacable hasta acabar destapando el resto de los plagios mencionados.
De vez en cuando pienso en la cantidad de textos indebidamente apropiados y atribuidos por tanto a falsos autores que deben de circular por ahí, como si tal cosa, disfrutando de su inmerecida impunidad. Textos impresos, sin duda (si a alguien se le ocurre, pongamos, plagiar a un novelista moldavo y publicar una tirada de cien ejemplares, por ejemplo, en Cataluña, ¿cuántas posibilidades reales hay de que aparezca un Bouerdick autóctono para ejercer de justiciero?); pero sobre todo pienso en los millones de artículos, relatos, poemas, diarios, entradas de blog y otras creaciones literarias, periodísticas o sencillamente escritas que habitan en el insondable recipiente internauta.
Aunque también es verdad que, desde mi modesta condición de autor, reconozco que la más o menos remota opción de ser plagiado contiene un elemento digno de orgullo; ya sabéis, aquello de “si me copian, tan malo no seré”...

jueves 16 de febrero de 2012

El sexo de los libros


Lo mismo que a todo el mundo, de vez en cuando alguien me pregunta acerca de mis lecturas o escritores preferidos. Depende del momento y del estado de mi memoria, respondo una u otra cosa, siempre varios nombres, aunque nunca exactamente los mismos (si tuviera que nombrar realmente a todos me alargaría demasiado).
La semana pasada volvieron a interesarse por mis gustos literarios, y tras responder con la retahíla más o menos habitual, mi curiosa interlocutora me sorprendió con una extraña observación: “¿Nunca lees a mujeres?”
Reparé entonces en que efectivamente mis escritores favoritos son casi todos hombres, sin que ello se deba a ningún tipo de intención consciente o prejuicio. Cuando elijo un libro no me planteo el sexo de su autor, si bien es cierto que la oferta de escritores masculinos es considerablemente (e históricamente) más amplia.
Este dato resulta aún más interesante si observamos que, según parece, la afición a la lectura abunda más entre las mujeres que entre los hombres, aparte de que, tal como he venido comprobando, la representación femenina es ligeramente superior a la masculina también en las escuelas de escritura y talleres literarios.
Además, esta anécdota coincide justo en el tiempo con una de las lecturas más sorprendentes que he realizado en los últimos meses. Hablo de la novela Dientes blancos, la opera prima de la británica Zadie Smith, todo un descubrimiento (y una autora cuya obra, que es aún poco prolija, estoy deseando repasar).
Así se lo hice saber a la persona que me cuestionó sobre mis gustos literarios, y a continuación me tomé unos minutos para hacer recuento de otras tantas novelas escritas por mujeres que he disfrutado en los últimos tiempos.
Reseñé en su día la asombrosa Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver, de quien también me gustó mucho su siguiente libro, El mundo después del cumpleaños. Otro feliz descubrimiento fue A. M. Homes, con dos títulos más que interesantes: El fin de Alice y Este libro te salvará la vida. De Siri Husvedt conozco Elegía para un americano, la cual me dejó tan buen sabor de boca que en breve me asomaré a su última obra, El verano sin hombres. De Sarah Waters leí este año Falsa identidad, un brillante ejercicio neovictoriano, y de Amélie Nothomb ya disfruté Estupor y temblores (y me han recomendado Metafísica de los tubos).
Hay bastantes más. Clásicas como Nada, de Carmen Laforet, y contemporáneas como La conquista del aire, de Belén Gopegui. Nombres como Isak Dinesen, Yasmina Reza, Patricia Highsmith, Almudena Grandes, Cristina Cerrada, Clara Sánchez, Carmen Lafay, Luisa Castro, Neus Arqués, Agatha Christie o Eva Díaz habitan en minoría de género —como al parecer hay que decir ahora— en mi biblioteca personal.
Es evidente que existe una cierta producción literaria dirigida de manera intencionada y transparente al sexo femenino, en una operación editorial que va más allá de los contenidos y se refleja incluso en el propio diseño gráfico de los libros. Sucede lo mismo con determinadas obras de literatura infantil, lo que no impide que algunos adultos puedan disfrutarlas (y en este terreno, hoy por hoy, gana por goleada precisamente una escritora: J. K. Rowling).
Por lo que a mí respecta, no me interesan los traumas de Bridget Jones ni me atrae el universo cool que proponen escritoras como Marian Keyes o Lauren Weisberger, aunque tampoco me atrevería a afirmar que sus libros no puedan ser accesibles para otros lectores masculinos con gustos diferentes al mío.
Y soy consciente de que mi biblioteca acusa la ausencia de dos figuras fundamentales: Ana Rosa Quintana y Corin Tellado. Pero mucho me temo que prefiero pasar por lector machista antes que sucumbir a semejante tentación...

miércoles 8 de febrero de 2012

Mis premios (2011)


Como siempre, por estas fechas, nos viene la época de premios cinematográficos. Cada evento, festival o academia tiene los suyos, de muy variopintos diseños: desde conchas hasta espigas, pasando por osos, palmas, globos, biznagas, bustos de pintor o esculturas en miniatura —las más famosas— que, según dicen, recuerdan al tío de alguien y por eso se llaman como se llaman.
Y para no perder la costumbre iniciada hace ya dos temporadas, esta bitácora seguidora y admiradora del séptimo arte presenta sus premios del 2011, totalmente oficiosos, informales y subjetivos.
El símbolo elegido, por pura coherencia conceptual, no es un pintor, ni una planta, ni un animal.

He aquí los semáforos verdes, ámbar y rojos a las películas estrenadas en el 2011.



Semáforo verde

Aquí está lo mejor, lo que más me ha calado o dejado huella, las imprescindibles que no faltarán en mi filmoteca casera, las sorpresas más agradables, los proyectos de clásicos, los momentazos del año.

Animal kingdom, de David Michôd
The fighter, de David O. Russell
Valor de ley, de Joel y Ethan Coen
Secuestrados, de Miguel Ángel Vivas
El mundo según Barney, de Richard J. Lewis
En un mundo mejor, de Susanne Bier
Scream 4, de Wes Craven
Midnight in Paris, de Woody Allen
Pequeñas mentiras sin importancia, de Guillaume Canet
Un cuento chino, de Sebastián Borensztein
El hombre de al lado, de Mariano Cohn y Gastón Duprat
El origen del planeta de los simios, de Rupert Wyatt
Super 8, de J. J. Abrahams
Los amos de Brooklyn, de Antoine Fuqua
No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu
Four lions, de Christopher Morris
Nader y Simin, una separación, de Asghar Farhadi
Mientras duermes, de Jaume Balagueró
Another year, de Mike Leigh
Cinco metros cuadrados, de Max Lemcke
Drive, de Nicolas Winding Refn
El topo, de Tomas Alfredson
The artist, de Michael Hazanavicius
Un dios salvaje, de Roman Polanski



Semáforo ámbar

Alumnos aventajados, viejos maestros, debutantes prometedores, alegrías inesperadas, celebradas resurrecciones, nombres a tener en cuenta a partir de ahora… No llegan a lo más alto pero la mayoría de ellas lo rozan.

También la lluvia, de Iciar Bollain
No controles, de Borja Cobeaga
Más allá de la vida, de Clint Eastwood
El demonio bajo la piel, de Michael Winterbotton
Primos, de Daniel Sánchez Arévalo
Sin retorno, de Miguel Cohan
Cisne negro, de Darren Aronofsky
Carne de neón, de Paco Cabezas
En el centro de la tormenta, de Bertrand Tavernier
Nunca me abandones, de Mark Romanek
La vida de los peces, de Matías Bize
Código fuente, de Duncan Jones
No tengas miedo, de Montxo Armendáriz
Año bisiesto, de Michael Rowe
Sin identidad, de Jaume Collet-Serra
X-Men Primera Generación, de Matthew Vaughn
Blackthorn, de Mateo Gil
Paul, de Greg Mottola
La deuda, de John Madden
Cómo acabar con tu jefe, de Seth Gordon
Crazy, stupid, love, de Glenn Ficarra y John Requa
Eva, de Kike Maíllo
Las aventuras de Tintín, de Steven Spielberg
Misión imposible 4, de Brad Bird

 


Semáforo rojo

Los aburridos, los pedantes, los enteraos, los insufribles, los timos y la estafas, las decepciones, los malos de siempre y los buenos con un mal día.

Thor, de Kenneth Branagh
¿Estás ahí?, de Roberto Santiago
El Capitán Trueno y el Santo Grial, de Antonio Hernández
Insidious, de James Wan
Cowboys & Aliens, de Jon Favreau
El árbol de la vida, de Terrence Malick
Colombiana, de Olivier Megaton
Somewhere, de Sofia Coppola
La voz dormida, de Benito Zambrano
Verbo, de Eduardo Chapero-Jackson



lunes 6 de febrero de 2012

domingo 5 de febrero de 2012

Sobrevivir a una tarde de domingo oscura y fría (4)

Libro:

Dientes blancos, de Zadie Smith


Película:

El prado, de Jim Sheridan


Disco:

Automatic for the people, de R.E.M.


Dieta calórica:

Chocolate con porras


miércoles 1 de febrero de 2012

Polisemia e informática


Esta mañana me equivoqué al teclear la contraseña de entrada en la página web de mi sucursal bancaria y me salió un mensaje que decía: “Lo sentimos. No es seguro que usted sea El último peatón”.
Lo cierto es que uno se espera indicaciones más asépticas y menos solemnes en estos casos; no sé, algo del estilo “Contraseña incorrecta; inténtelo de nuevo” o “Error en contraseña”, a secas.
El significado de la advertencia es claro. Adivino con facilidad que lo que argumenta mi banco es que los datos consignados no son suficientes como para demostrar que yo soy yo, o sea, el titular de la cuenta.
Lo que ocurre es que esa forma tan rara de expresarlo, empleando la frase No es seguro que usted sea El último peatón, provoca un dilema interpretativo derivado de la polisemia aplicable a la palabra seguro.
De esta manera, a la versión en la que mi banco no ve demasiado claro que yo sea yo, tendríamos que añadirle la posibilidad de que lo que se me está indicando es que ser yo es peligroso para mí, es decir, que ser quien soy no es bueno para mi seguridad, cualquiera sabe por qué.
Paranoias imposibles aparte, no me cabe duda de que la explicación a semejante galimatías semántico proviene de perezas o aun negligencias a la hora de traducir el pertinente programa informático que gestiona las consultas de los usuarios.
Partiendo de la base de que cualquier idioma posee diversas versiones en función de la región o el país en que se hable, creo que deberíamos empezar a considerar ya una nueva vertiente de nuestra lengua que no procede de estados, pueblos o naciones identificables en cualquier mapa, sino que ha nacido como resultado de la evolución global de las herramientas de comunicación.
Si atendemos a su omnipresencia y continua propagación, cabría vaticinar que el idioma del futuro será ese simulacro empobrecido de castellano que solemos encontrar en páginas web, aplicaciones informáticas y soportes cibernéticos diversos (incluiría también los manuales de instrucciones de los electrodomésticos, aunque la peripecia peatonal de hoy se refiere concretamente al ámbito de los ordenadores).
Cada día, además de asomarme a mis sufridos movimientos bancarios, accedo a otros ciberespacios como mi cuenta de correo electrónico o el sistema de gestión de la empresa, y ello me obliga a seguir una serie de indicaciones redactadas con un estilo tan rudimentario que termina siendo confuso. Si sois capaces de imaginar cómo hablaría la versión Spanglish de Tarzán, me entenderéis perfectamente.
Claro que esto no sucede por un problema de redacción, propiamente dicho. Supongo que la clave del despropósito está en que la persona que traduce el texto del inglés al castellano es también un anglófono con unos conocimiento demasiado elementales de la lengua de Cervantes, los cuales le permitirán sin duda disfrutar de unas estupendas vacaciones en Mallorca o la Costa del Sol, pero que son insuficientes para elaborar un texto que suene mínimamente coherente a oídos de un español.
No quisiera pensar —aunque realmente me tienta— que dichas traducciones se llevan a cabo directamente por un programa informático a tal efecto y no por una persona; es decir, un programa desarrollado en inglés por gente que habla inglés y que traduce automáticamente basándose en ciertos parámetros predeterminados, lo mismo que si un servidor, que no tiene puñetera idea de alemán, agarra un diccionario hispano-teutón y se dedica a cambiar palabra por palabra de un idioma a otro, creyendo que con eso está efectivamente traduciendo el significado del original.
La traducción, como actividad asociada a los idiomas, no es una simple conversión automática como la que algunos seguimos haciendo cuando nos enfrentamos a un precio marcado en euros. Más allá de la búsqueda e intercambio de signos y sonidos, creo yo que la labor del buen traductor implica la capacidad de no ser tan sólo la voz que recita o la tecla que redacta, sino también el oído del que escuchará o los ojos de quien leerá.