No hace ni un año que le rendía mi modesto homenaje a la película Más allá de la duda, una obra genial de Fritz Lang que el caprichoso discurrir selectivo del tiempo había condenado inexplicablemente al olvido general.
También expresaba entonces mi sorpresa (unida a mi temor) por el hecho de que a nadie se le hubiera ocurrido filmar una versión actualizada de dicha película, a sabiendas de la adicción a los remakes que parece afectar a una buena parte de los productores contemporáneos.
Bueno, pues ya ocurrió. Mis temores se materializaron. Y no lo digo porque la nueva versión de Más allá de la duda, filmada por Peter Hyams, sea una película despreciable. Hyams ya demostró su respeto hacia el cine clásico de género con dos filmes estupendos como Atmósfera cero y Testigo accidental. En ambas, aplicó una fórmula que también repite en su revisión de la cinta de Lang: cine de género puro y duro, para deleite de todo tipo de público, con un buen manejo de la intriga y el crescendo, y con el gancho añadido de una estrella con carisma como protagonista (Sean Connery en Atmósfera cero, Gene Hackman en Testigo accidental y Michael Douglas en Más allá de la duda).
Hyams ha variado muy poco respecto al original. Conserva los golpes de efecto del guión de Douglas Morrow, lo cual está bien. Asimismo, añade espectacularidad a la escena clave de acción automovilística, y le suma además otra no menos inquietante, haciendo uso de una lógica licencia de actualización (si algo ha cambiado del cine de los años 50 al de nuestros días, es precisamente el tratamiento de la acción).
Sin embargo, patina clamorosamente en una variante innecesaria respecto al planteamiento argumental (me huelo presiones por parte de un sector de la industria demasiado conservador; quizá este remake debería haber caído en manos de Soderberg, Clooney, Robbins o cualquier otro integrante de lobby progresista hollywoodiense).
En la película de Fritz Lang, Dana Andrews interpretaba a un periodista que manipulaba las pruebas de un crimen para demostrar la ineficacia de la pena de muerte y los riesgos fatales que podía conllevar la aplicación de una sentencia a partir de pruebas circunstanciales. Es decir, era una historia de trasfondo crítico, que ponía en evidencia al sistema jurídico y que tiraba por tierra las teorías más reaccionarias sobre la ley.
El guión de 2009, en cambio, elude cualquier asomo de crítica institucional al individualizar los objetivos justicieros del protagonista. Aquí, también un periodista, aunque de televisión (una actualización perfectamente razonable), no pretende otra cosa que echar por tierra los planes de ascenso a los altares políticos de un fiscal narcisista, corrupto y sin escrúpulos, magníficamente retratado en la piel de Michael Douglas (una especie de Garzón a la americana).
Parece un cambio mínimo, pero es suficiente como para que aquello que en la obra de Lang era David contra Goliath, aquí se quede en un simple duelo de buenos contra malos, y la tensión del suspense se resiente, por mucho que los giros de la trama sigan siendo efectivos.
Es más: con ello, no sólo traiciona el espíritu del texto original, sino que lo invierte radicalmente, pasando del desafío al sistema de Lang a una defensa del mismo en el caso de Hyams; de cuestionar la infalibilidad de los jueces a redimirla supeditándola a la corrupción de los abogados.
Ya que estamos, aprovecharé para decir que Michael Douglas me parece un gran actor, especialmente cuando le tocan papeles de sujetos con lagunas morales (Jóvenes prodigiosos, Traffic, Black Rain) o directamente villanos y cabronazos (ahí lo tenemos en The game, Un crimen perfecto o Wall street). Su presencia en la nueva Más allá de la duda ennoblece de alguna manera un producto que a veces tantea peligrosamente las pantanosas aguas telefílmicas.
La mejor noticia de todo esto es que, más que probablemente, el estreno de este remake traiga consigo en unos pocos meses la edición (¡por fin!) en DVD del clásico de 1956.
También expresaba entonces mi sorpresa (unida a mi temor) por el hecho de que a nadie se le hubiera ocurrido filmar una versión actualizada de dicha película, a sabiendas de la adicción a los remakes que parece afectar a una buena parte de los productores contemporáneos.
Bueno, pues ya ocurrió. Mis temores se materializaron. Y no lo digo porque la nueva versión de Más allá de la duda, filmada por Peter Hyams, sea una película despreciable. Hyams ya demostró su respeto hacia el cine clásico de género con dos filmes estupendos como Atmósfera cero y Testigo accidental. En ambas, aplicó una fórmula que también repite en su revisión de la cinta de Lang: cine de género puro y duro, para deleite de todo tipo de público, con un buen manejo de la intriga y el crescendo, y con el gancho añadido de una estrella con carisma como protagonista (Sean Connery en Atmósfera cero, Gene Hackman en Testigo accidental y Michael Douglas en Más allá de la duda).
Hyams ha variado muy poco respecto al original. Conserva los golpes de efecto del guión de Douglas Morrow, lo cual está bien. Asimismo, añade espectacularidad a la escena clave de acción automovilística, y le suma además otra no menos inquietante, haciendo uso de una lógica licencia de actualización (si algo ha cambiado del cine de los años 50 al de nuestros días, es precisamente el tratamiento de la acción).
Sin embargo, patina clamorosamente en una variante innecesaria respecto al planteamiento argumental (me huelo presiones por parte de un sector de la industria demasiado conservador; quizá este remake debería haber caído en manos de Soderberg, Clooney, Robbins o cualquier otro integrante de lobby progresista hollywoodiense).
En la película de Fritz Lang, Dana Andrews interpretaba a un periodista que manipulaba las pruebas de un crimen para demostrar la ineficacia de la pena de muerte y los riesgos fatales que podía conllevar la aplicación de una sentencia a partir de pruebas circunstanciales. Es decir, era una historia de trasfondo crítico, que ponía en evidencia al sistema jurídico y que tiraba por tierra las teorías más reaccionarias sobre la ley.
El guión de 2009, en cambio, elude cualquier asomo de crítica institucional al individualizar los objetivos justicieros del protagonista. Aquí, también un periodista, aunque de televisión (una actualización perfectamente razonable), no pretende otra cosa que echar por tierra los planes de ascenso a los altares políticos de un fiscal narcisista, corrupto y sin escrúpulos, magníficamente retratado en la piel de Michael Douglas (una especie de Garzón a la americana).
Parece un cambio mínimo, pero es suficiente como para que aquello que en la obra de Lang era David contra Goliath, aquí se quede en un simple duelo de buenos contra malos, y la tensión del suspense se resiente, por mucho que los giros de la trama sigan siendo efectivos.
Es más: con ello, no sólo traiciona el espíritu del texto original, sino que lo invierte radicalmente, pasando del desafío al sistema de Lang a una defensa del mismo en el caso de Hyams; de cuestionar la infalibilidad de los jueces a redimirla supeditándola a la corrupción de los abogados.
Ya que estamos, aprovecharé para decir que Michael Douglas me parece un gran actor, especialmente cuando le tocan papeles de sujetos con lagunas morales (Jóvenes prodigiosos, Traffic, Black Rain) o directamente villanos y cabronazos (ahí lo tenemos en The game, Un crimen perfecto o Wall street). Su presencia en la nueva Más allá de la duda ennoblece de alguna manera un producto que a veces tantea peligrosamente las pantanosas aguas telefílmicas.
La mejor noticia de todo esto es que, más que probablemente, el estreno de este remake traiga consigo en unos pocos meses la edición (¡por fin!) en DVD del clásico de 1956.






