En un nivel más doméstico y trivial, creo que la cosa funciona igual. Ahora que los que fuimos adolescentes y jovenzuelos durante la insigne Transición y los celebérrimos años 80 empezamos a pasar de la cuarentena y evocamos las correrías de antaño cada vez que se nos va la mano con el vermú, resurgen los 80 a discreción, en los percheros de la tiendas de moda, en las ficciones televisivas, en las campañas publicitarias, en las radiofórmulas, en los bares de copas y en los cansinos envíos piramidales de correo electrónico. Dicen que vuelven los 80, y yo me pregunto, ¿cuáles? ¿Los de La Movida? ¿Los del deseado giro a la izquierda con la OTAN como peaje? ¿Los del 23-F? ¿Los del 12-1 a Malta? ¿Todos a la vez?
Mucho me temo que el marketing manda, y me inquieta la idea de que sean los creativos publicitarios, los consultores y los asesores de mercado quienes escriban la Historia, al menos la parte que se refiere a nuestro costumbrismo y modo de vida cotidiano.
Hoy se me ocurre hablar de esto debido a una conversación mantenida hace pocos días con mis compañeros de trabajo, en la cual (y sólo tomamos café; ni siquiera carajillo) nos dio por repasar éxitos musicales de veintitantos y treinta años atrás. Comprobé entonces que, para algunas personas, los 80 son los años de Bananarama, Rick Astley, Modern Talking, Barry White, Village People, es decir, sonidos discotequeros dentro de lo que ahora se conoce como mainstream.
Pero mis 80 fueron otros. Puede que vivir en Madrid influyera, aunque no todo el repertorio con el que exprimía al máximo la capacidad de resistencia de mi viejo radiocasete pertenecía a las bandas de la llamada Nueva Ola. Sí, por supuesto que me he hartado de escuchar a Nacha Pop, Siniestro Total, Kaka de Luxe, Los Secretos, Radio Futura, 091, Los Elegantes, Loquillo y los Trogloditas, Gabinete Caligari, Alaska y los Pegamoides, Golpes Bajos, Glutamato Ye-Ye o Pistones. Pero, antes de esta explosión rockera autóctona, estuvieron los coletazos del rock sinfónico setentero, grupos como Genesis, Supertramp. Electric Light Orchestra o Pink Floyd. Y de ahí pasamos al pop-rock británico de la era after punk, mezclado o intercalado con otros movimientos o tendencias. Convivían en aquellas cintas desvirgadas grabaciones directas desde el LP original con otras robadas a la radio, en las que a menudo se colaba la voz impertinente del locutor para arruinarte un estribillo o un apoteósico acorde final. Y, sí, uno alternaba lo más conspicuo y alternativo con lo más popular y comercial. A veces The Clash, R.E.M., The Jam, Madness, The Smiths, Kraftwerk, The Stranglers o The Cure, y a veces Depeche Mode, Talk Talk, B-Movie, The Human League, Spandau Ballet o Ultravox. De vez en cuando le salía a uno la vena más macarrilla y ponía a Leño, AC/DC o Alarma, y en ocasiones también te inclinabas por lo elegante y sofisticado, cosas del tipo Roxy Music, China Crisis o Soft Cell. De The Exploited a Deacon Blue; de Counting Crowes a El Último de la Fila. De todo y para todos los gustos, pero, de alguna manera, compatible.
La cuestión es que, a tenor de lo compartido con mis compañeros, sus ochentas y los míos, en términos musicales, fueron épocas radicalmente distintas.
Supongo que ahora sucederá lo mismo. Los nostálgicos de dentro de veinte años se dividirán entre los que evoquen cosas como Britney Spears, Lady Gaga o el plasta de Michel Teló, y los que reivindiquen a Love of Lesbian, Franz Ferdinand y The Strokes, por decir algo.








